Overblog
Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog
El polvorín

666999 desde Argentina: la bestia ha muerto…recordemos a la bestia!!!

17 Noviembre 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Murió Emilio Eduardo Massera. Tachando seres, sellando compromisos con sangre, marchaban los hacedores de parajes físicos de aniquilación; Massera los encabezaba. Massera doctor honoris causa de la Universidad del Salvador, en 1978. 666999.

ESMA,FENOMENOLOGÍA DE LA DESAPARICIÓN

 www.losderechoshumanos.com.ar/esmamartyniuk.htm

Los que igualan crear con aniquilar. Y aniquilan. Crean tierra desierta y vacía, tinieblas sobre el abismo. Hágase la oscuridad, y hacen desaparecer. Desaparecidos, creados a imagen de ellos. Fuertes como la muerte, sentados en sus tronos más altos, mandando a sus hombres a hacer desaparecer; cada tanto, descendiendo para secuestrar, robar, torturar, encapuchados, ocultos. ESMA, umbral de un antemundo, laboratorio de lo opuesto a la creación. ¿Hacia dónde se abrían las hojas de la puerta de ESMA? ¿No lo sabés? A la desaparición. ¿Qué le importó al mundo? Microcosmos no: microcaos; ante él, la multitud ciega, los gobiernos mudos. ESMA. Ahí calló el último silencio. Con el correr de los años la resignación se asienta y echa raíces. No hubo liberación: ellos mismos hicieron desaparecer el campo. Sin técnica para anular, paliar o compensar el dolor físico o moral. No hay condenados por hacer desaparecer, por aniquilar. (…) Hay chicos aparecidos. Nacidos en ESMA, o en otros campos, apropiados por miembros por miembros del aparato represivo, entregados a otros, cómplices casi todos, encargados de darles otra identidad. Aparecidos, hacen posible que la historia del desaparecido vuelva sobre la tierra después de la desaparición. ESMA, siempre en la misma ciudad, en la que se confuden antros y escombros.

Fuera de ESMA, lo demás, como escribió Primo Levi en el final de ‘La tregua’, lo demás tan sólo habrá sido breve vacación, ilusión de los sentidos, sueño incierto. Y sin embargo, esa apariencia de verdad parece aniquilada, desaparecida por la violencia misma de la desaparición. ¿Quién puede sobrevivir realmente? Atravesar la desaparición, una experiencia no de la vida. La desaparición no puede ser experimentada. Sombras incapaces de hacerse cargo de la experiencia. Sombras que olvidan el terror (el terror, una idea fugitiva, dice Aira).

Adorno, en ‘Dialéctica Negativa‘ (1966) trazó un nuevo ‘imperativo categórico‘: pensar y actuar de modo de Auschwitz no se repita, que no ocurra nada parecido. Ocurrió ESMA. Nada de lo sucedido, nada de lo sabido ni de lo juzgado nos ha hecho más sabios, tampoco más profundos o mejores. Ni siquiera sentimos nuestra fragilidad al pasar frente a ESMA, fábrica de desaparecidos. ESMA hizo que la muerte adquiriera una forma que nunca se había temido: desaparición, violencia en la cual la negación del crimen es parte del interior del crimen. Cavó una fosa en los aires, en el cauce del ancho rio, allí donde no hay estrechez. Luego de torturados, anestesiados y arrojados desde el aire; hundidos en el río. Eso, la desaparición, sigue provocando extrañeza, aun sabida.

Entre 1980 y 1983 se montó, con mano de obra esclava -prisioneros trasladados a Esma desde distintos campos de concentración- un servicio de falsificación de documentos. Hasta se proyectó falsificar dinero chileno. Víctor Melchor Basterra integró ese grupo. Fue secuestrado el 10 de agosto de 1979 y “liberado” en diciembre de 1983, antes de que asumiera Raúl Alfonsín, pero los represores lo siguieron intimidando. En agosto de 1984 llevó al Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) un bolso deportivo que contenía tarjetas falsas de identificación de automotores robados que se usaban en los operativos; ordenes manuscritas de hacer documentos falsos; datos y antecedentes de los secuestrados en Esma; cédulas de identidad de la Policía Federal falsificadas; autorizaciones falsas para portar armas; volantes impresos en Esma para algunos candidatos justicialistas; listas de desaparecidos; fotografías de desaparecidos y de los sectores de detención y tortura de Esma. Basterra le sacó fotos a sus represores para hacerles documentos falsos. Hacía copias. Sacó de Esma un centenar de esas fotografías. Fue un desaparecido que hizo aparecer los rostros de los desaparecedores.

Ver las fotos que Víctor Basterra sacó dentro de ESMA.

Visitaron el campo desaparecidos Esma, en los tiempos de funcionamiento pleno, periodistas al servicio de Massera y el pro-bicario castrense, monseñor Bonamín. Instituciones civiles pusieron a disposición del “grupo de tareas” vehículos, instalaciones y redes de comunicaciones. En la navidad de 1979 el cura de Esma celebró una misa en el sótano del campo de concentración. Asistieron los desaparecidos, engrillados y encapuchados. Pudieron retirarse las capuchas al inicio de la misa. Ya antes, en 1978, habían recorrido Esma el nuncio apostólico, Pío Laghi y Monseñor Aramburu, cardenal primado de la Argentina

ESMA tuvo más sobrevivientes que los restantes campos; fue un lote pequeño, pero mayor que el de los campos del ejército y la aviación. A diferencia de Videla, Massera citaba a Martínez Estrada, y criticaba a la política económica de Martínez de Hoz. Propagó el horror a través del rumor nihilista, el medio más fuerte de propaganda. Igual, en los hogares, las señoras de los oficiales tomaban el té en vajilla robada, como denunció Lanusse. Tachando seres, sellando compromisos con sangre, marchaban los hacedores de parajes físicos de aniquilación; Massera los encabezaba. Massera recibió el doctorado honoris causa de la Universidad del Salvador, en 1978.

 

Emilio Eduardo Massera nació el 19 de Octubre de 1925 en Paraná, Entre Rios, hijo de un ingeniero y nieto de inmigrantes suizos. (…) Se casó Delia Esther Vieyra, Lily, hija de un escribano presidente del Jockey Club de La Plata. (…) Hizo carrera: secundó al Ministro de Marina durante la segunda presidencia de Perón; continuó con su puesto luego del golpe de Estado, hasta que comenzó a trabajar en el Servicio de Inteligencia Naval fomentando la pujas y las divisiones del Ejército. Entre el hipódromo, el tango y el whisky llegó a los cuarenta. Luego fue destinado a la Base Naval de Puerto Belgrano y, ya como capitán, recorrió el mundo con la Fragata Libertad. Massera, con amigos peronistas, saludó a Perón cuando retornó por primera vez al país; luego su amigo Raúl Lastiri, interinamente a cargo de la presidencia por la renuncia de Cámpora, lo nombra al frente de la marina; Perón, ya electo presidente, lo confirma y le entrega su confianza; así penetra en el círculo del poder, con Isabel Perón y José López Rega, un ex cabo, brujo y portero del cabaret donde trabajaba Isabelita. Muerto Perón, le enviaba flores y bombones a Isabelita y le disputó poder a López Rega, quien tuvo que marcharse del país. Luego pone a su fuerza en lucha contra la subversión, cuando Ítalo Argentino Luder, como Presidente Provisorio de la Nación, firma un decreto que le asigna a las tres armas la misión de “aniquilar el accionar de los elementos subversivos en todo el territorio del país” (Decreto 2772, 6/10/75). Fue la antesala del Golpe. Seguro de sus planes, en 1975 comienza a acondicionar el edificio del Casino de Oficiales de la ESMA para su nuevo destino.

Superticioso, masón (Propaganda Due). Interlocutor naval del peronismo, desde Raúl Matera a Raúl Lastiri, Lorenzo Miguel y Angel Federico Robledo. “Masserita” lo llamaba Perón. Le sugirió a Isabel la designación de Videla (“un débil, un nulo”) al frente del Ejército. Antes de que finalizara 1975 convenció a los restantes jefes militares de la necesidad de que la represión fuera clandestina. Hizo del Edificio Libertad el ámbito de planificación del golpe militar; allí se gestó la división de poder entre las fuerzas, según el esquema de división proporcional (un tercio para cada fuerza militar) propuesto por Massera. Desde ESMA, participó en operativos ilegales, picaneó, secuestró con ametralladora en mano. Quiso un porcentual de vivos, ¿cinco por ciento? (Videla, la pantera rosa -apodo puesto por Massera- eliminó a todos). En la industria nocturna de las desapariciones hizo que la Armada se “especializara” en reprimir a montoneros y civiles “vinculados” al peronismo.

Se conserva un signo llevado a través de la oscuridad, una oscuridad que no puede ser percibida porque percibirla es perecer. Es ESMA. Avenida del Libertador 8151/8209/8305/8401/8461, un predio de la Municipalidad de Buenos Aires cedido el 19 de diciembre de 1924 al Ministerio de Marina para la instalación de alguna de sus escuelas. Esma oscuridad, aún el aire persiste oprimido, insidiosamente impregnado de oscuridad. Exhibidas, cosas que lo necesitan para ser; mientras que otras requieren ocultarse. Y nómos, viene de nemein, que expresa, inicialmente no una relación formal, sino un límite material, una muralla, fachada o foso que separa lo transparente de lo privado. Amontonados, en campos. Esma, con su fachada neoclásica dada por unas rejas trabajadas y un primer conjunto de edificios solemnes, de frente visibles, oculta el campo. Tranquiliza la fachada, proporcionó tranquilidad para el alma de millones de personas, indiferentes ante el contenido, convencidos por comodidad de la adequatio entre la fachada y el interior, tranquilas las almas, siguen pasando frente a un campo que persiste –con apoyo de las autoridades políticas y militares- en brindar una fachada de escuela. Oculta un fondo que es la manera en que se impone al “material humano”. Esma, requerida a ocultar, imponer, aniquilar, desaparecer vidas. Oculta la ocultación de vidas. Ese estado de provocación aborda a los hombres como objetos hasta hacerlos desaparecer, hasta hacerlos desaparecer en lo sin fondo del fondo de las aguas. Técnica del ocultar requirente, provocar que concentra, alberga y oculta, tortura y doblega, que impone, que produce desapariciones. Es lo ocultante que oscurece, en cuya oscuridad flota el velo que emboza lo que despliega: aniquilación, desaparición. Técnica fatal, ¿acaso la técnica inevitable por un decurso inalterable, por un destino de ocultamiento, de violencia sofocante, de obra diabólica? Pone al hombre en el camino del desaparecer. No hay peligro hoy en Esma, pero el peligro se halla en su, ¿cómo llamarla?, Heidegger diría esencia, en la imposición de la desaparición, en ese poner provocante que aniquila y a la vez oculta su aniquilación; amenaza aún, porque ya afectó al hombre, ya dominó, ya fue abierto su fondo y podrá cambiar de fachada. Pavoneados, queda oculta la duración de la desaparición.

Desaparición, lejos de la abstracción mítica, delirio del secuestrar, torturar, aniquilar y desaparecer, peligro que dura por la falta de preguntas. (Preguntar, construir un camino, dar testimonio de la situación desesperada.)

Máquina contra los cuerpos y las experiencias, Esma, experiencia de violencia que insensibilizó a los espectadores del dolor. En un Buenos Aires embotado, se dejó a los jóvenes a merced de máquinas como Esma. Estériles, los otros cuerpos pasaban veloces en sus autos por la avenida del Libertador o por la autopista Lugones, detrás, junto a las vías del tren, del mismo tren que usaba para ir de Munro a Retiro. Sólo deseaban atravesar el espacio, sin que nada, sin que Esma, atrajera la atención.

Por la geografía de Buenos Aires, fragmentada por campos de concentración, los cuerpos se movían –y aún se mueven- pasivamente, desensibilizados en relación a lo que existía y a lo que desaparecía. Cómodos, seguían hacia delante, hacia el lugar de destino. El resto –Esma, los desaparecidos- les resultaba ajeno, no tenían contacto con ello, no obtuvieron conciencia. La voz quedó solitaria, sin apoderarse de la audiencia, relegada a la Plaza de Mayo, un ágora en un tiempo y un lugar alejadísimo de la polis griega clásica. Sin libertad de expresión, las madres de desaparecidos se unieron para caminar una al lado de la otra alrededor de la pirámide de Mayo, una pirámide que nunca fue tan de piedra. Se inició un ritual que unió y permitió resistir. El rito, pero, no fue compartido, y los empleados de bancos y oficinas, los taxistas y los escolares pasaban, miraban y seguían. Embotados. Impulsados a obedecer, a mirar sin ver.

La Plaza y algunas iglesias se convirtieron en salas de reuniones –pasaron a ser lo que fueron en sus orígenes. Pero pasaba el tiempo, y a los desaparecidos se le sumaba la indiferencia de la sociedad. Se hicieron pesados los corazones por la indiferencia, por el embotamiento, por la insensibilidad, por el embrutecimiento y la falta de compasión. Hombres económicos, no entendían que se trataba más que de una cosa de madres del lazo político de los hombres.

El trencito salía del túnel de la estación Del Valle y después de cruzar por encima a las avenidas del Libertador y General Paz, pasaba por la parte de atrás de Esma. Sólo la autopista Lugones separaba al tren de Esma. Del otro lado del tren había un campo de deportes donde se veía a soldados de Esma que llegaban desde un puente peatonal que atravesaba la Lugones y el tren. Más allá, turbio, el río. Desde la ventanilla del vagón, una y otra vez, veía avanzar unas construcciones en Esma; construcciones nuevas de una fealdad difícil de describir. Como cubos, se iban articulando unos al lado de los otros, cubriendo la parte trasera de Esma. Era una masa extraña. Terminada la estructura de cubos, se hacía moroso el ritmo de los trabajos, como si sólo hubiera importado levantar esa cortina de hormigón que impedía ver a los edificios del centro, que ocultaba algo peor a un espantoso vacío. No se levantó un muro en Esma: eso hubiera sido mostrar que se ocultaba. Se levantaron barrancas para mostrar otra cosa, haciendo invisible con hormigón al secuestro, la rapiña, las torturas, los partos, las pesadillas, la fábrica de dolor. Hoy, al mirar esos edificios desde el tren, persiste la angustia y la desazón.

Todo se reduce a ese único punto sin extensión e infinito, Esma. Punto de desaparición. Punto donde la juventud, la imaginación y la pasión fueron envidiadas y despreciadas hasta el aniquilamiento, mientras el letargo y la pasividad complaciente avanzaba entre los vecinos, entre los que miraban de afuera y sin tener ningún interés en ver algo. Esa pereza, esa comodidad mezquina de espíritu unió a millones de seres. Borrados que dejaban borrar, que nunca se interrogaron por las supresiones de seres en el proceso que habían, en más de un sentido, producido sin siquiera decir sí, sin tampoco susurrar no.

Esma, el fuego quemando la piel, era invisible para el chico que miraba desde la ventanilla del tren. Unos pocos veían; muchos tuvieron miedo de mirar. Esma, campo sin fronteras. Esma, muro de percepción. Por delante y por atrás, por auto o por tren, rápidos, pasivos y evasivos, circulaban diariamente miles de personas. Se movían alrededor de un centro que nos entrelazaba a todos, se hallaban el exterior de Esma, sin experimentar ese interior. Adentro, el dolor. Un dolor ignorado, de significado incierto en el mundo. Centro de experimentación del dolor, lugar del dolor, aunque una pregunta de Wittgenstein perturba la certeza del torturado y también la del vecino y la del paseante. (“¿Conocemos el lugar del dolor de manera que cuando sabemos donde tenemos dolores sabemos lo lejos que está de las dos paredes de esta habitación y del suelo?”) El dolor sin objeto del mundo exterior, el cuerpo solo con el dolor en un espacio vacío, el dolor sin amparo. Pero el dolor tiene un lugar desde donde puede ser percibido por cada uno, desde donde sus orígenes pueden hacerse visibles. Desde ese lugar, Esma, la experiencia del dolor puede reconstruirse. Se habla de política, de sensibilidad hacia el otro, de la búsqueda de remedios al sufrimiento, de la aparición del dolor, de la incompletitud del mundo que ve desde la ventanilla del tren y del automóvil. Esma, sensación de dolor, de ser el lugar del dolor. Desde allí, mirando el centro de Esma a través de los resquicios del hormigón ya ruinoso, prematuramente ruinoso por la carga de impedir cualquier aparición ante la mirada fija en la edificación de la desaparición, es como si se viera hacia atrás, como si uno observara el pasado desde la altura, desde unas vías que se pierden. Hasta que, de vuelta, todo se hace negro en el vagón que entra al túnel de Del Valle. Todo se pierde entonces. Ciegos, hijos de la peor noche.

Sentencias

i. Astilla en el ojo: ningún juez fue a Esma. Habeas corpus, recurso ante la justicia cómplice. Silencio. Un silencio desconocido, sin igual. Como si la tierra estuviese deshabitada, como si los jueces tuviesen sus ojos fijos en el vacío. Sentencias que rodaban en el silencio; que continúan rodando en un silencio negro y oscuro.

Los menores nacidos en Esma y en los restantes campos de concentración no fueron anotados con sus nombres y datos filiatorios verdaderos en los registros civiles correspondientes. Este delito, supresión y sustitución de estado civil, es consecuencia del secuestro de mujeres embarazadas y de menores. Esma pariendo delitos; médicos torturadores haciendo parir el dolor, el dolor de hijos de padres desaparecidos, padres ocultados, padres asesinados y sustituidos por los asesinos. Esma, ocultado esa ocultación. Esma, terror, mentira. Siguen desapareciendo personas; sigue desaparecida la identidad de muchas chicas y chicos nacidos en cautiverio. Siguen las desapariciones; tratan de hacer plena la desaparición: que los hijos no lleguen a saber que son hijos de desaparecidos.

“El Gobierno argentino acepta y garantiza el derecho a la verdad que consiste en el agotamiento de todos los medios para alcanzar el esclarecimiento acerca de lo sucedido con las personas desaparecidas. Es una obligación de medios, no de resultados, que se mantiene en tanto no se alcancen los resultados, en forma imprescriptible.” (Del acuerdo entre el Estado argentino y la Comisión Interamericana de Derecho Humanos, del 15 de noviembre de 1999, a los veinte años de la visita de la CIDH al país, luego de que el 13 de agosto de 1998 la Corte Suprema de Justicia de la Nación declaró inadmisible el reclamo de llegar a la verdad que formulara Carmen Aguiar de Lapacó por la desaparición de su hija Alejandra.) Pero el Estado no busca la verdad. No tiene ese interés. Ni los jueces, ni los legisladores, ni los presidentes y sus funcionarios buscan la verdad. Sólo permiten formalmente que los interesados la busquen. Solos, sin ayuda, ¿cómo hacer que hablen los ladrillos y la tierra de la Esma? Olvidan que sus sillones de autoridades constitucionales tienen sangre; se olvida todo lo desaparecido, todo cada vez más invisible.

La Cámara Nacional de Casación Penal prohibió, en setiembre de 2000, tomar juramento al militar que se cite a declarar en los “juicios de la verdad”, estableciendo que “cuanto tenga que manifestar emane de su libre voluntad, guiado por los dictados de su conciencia y el respeto por las obligaciones que a la sociedad toda adeuda.” Así establecido por los jueces Gustavo Hornos, Ana María Capolupo y Amelia Berraz de Vidal. Los militares no pueden ser testigos; no pueden declarar como tales. Y esta limitación –un límite al ejercicio de la voluntad de verdad y a la extensión de las normas procesales- se ha hecho alegando que el “sistema de justicia debe colaborar en la reelaboración social de un conflicto social de enorme trascendencia.” Astilla en el ojo.

ii. Baltasar Garzón, en el Sumario 19/97 – L s/Terrorismo y Genocidio, que tramitara ante su Juzgado Central de Instrucción Número Cinco, Audiencia Nacional de Madrid, el 2 de noviembre de 1999 dictó una sentencia por la cual se califica como genocidio lo sucedido en la Argentina, desde 1975 y hasta el 10 de diciembre de 1983, pero fundamentalmente entre 1976 y 1981. En ese lapso “se produce un exterminio masivo de ciudadanos y se impone un régimen de terror generalizado, a través de la muerte, el secuestro, la desaparición forzada de personas y las torturas inferidas con métodos ‘científicos’, reducción a servidumbre, apropiación y sustitución de identidad de niños, de los que son víctimas decenas de miles de personas a los largo y ancho del territorio de la República Argentina y fuera del mismo, mediante la ayuda y colaboración de otros gobiernos afines… No faltan tampoco las acciones de los represores, dirigidas contra los bienes muebles e inmuebles de las víctimas adjudicándoselos en forma arbitraria y continuada hasta sustraerlos totalmente del ámbito de disposición de sus legítimos propietarios o sus descendientes e incorporándolos a los propios patrimonios o a los de terceras personas.”

Genocidio, crimen último, violación más grave de los derechos del hombre, acompañado de esa noche y niebla para que se desconozca el paradero de los secuestrados y eliminados[cm1] . El fin del crimen, dice Grazón, fue “eliminar la discrepancia ideológica”. La norma internacional aplicable: Resolución 96 (I) de la Asamblea General de la ONU, del 11 de diciembre de1946, según la cual es genocidio la destrucción de grupos raciales, religiosos o políticos.

iii. El 6 de marzo de 2001, en la causa “Simon, Julio, Del Cerro, Juan Antonio s/ sustracción de menores de 10 años”, el juez federal argentino Gabriel Cavallo utiliza “la luz del derecho de gentes”, considera a los hechos como “lesivos de normas jurídicas que reflejan los valores más fundamentales que la humanidad reconoce como inherentes a todos sus integrantes en tanto personas humanas.” Son normas imperativas que se imponen a los estados que integran la comunidad internacional, que protegen a las personas con independencia de cualquier disposición convencional, con independencia de la voluntad de los estados y aun contra ella: “la existencia de un orden normativo sostenido por la comunidad internacional (al que se ha denominado ‘derecho penal internacional’) que tiende a la tutela de los derechos más esenciales de la persona humana y que se traduce en principios y reglas de derecho asumidos, en su mayoría, como obligatorios por la comunidad internacional y, por ende, por aquellas naciones que la integran.” Se trata de crímenes contra el derecho de gentes, y en estos casos “la humanidad en su conjunto afirma su carácter criminal, aún cuando el derecho doméstico del estado o estados donde tuvieron lugar no las considere prohibidas penalmente.” Señala que desde antes, en especial a partir de Nüremberg, en los instrumentos internacionales así se lo reconoce; y “la inmensa mayoría de los juristas” lo reafirman. Estas conductas “afectan por igual a toda la humanidad y por lo tanto, su carácter criminal no queda librado a la voluntad de un estado o más estados particulares, sino que es definido en un ámbito en el que las voluntades estatales individuales se integran con otras para afirmar principios y reglas que en ciertos casos regirán para un estado aun contra su voluntad (así el ius cogens o las llamadas obligaciones erga omnes).” Es así como “toda la humanidad y los estados en que ésta se organiza tienen un interés equivalente en el enjuiciamiento y sanción punitiva a sus autores o partícipes” (jurisdicción universal). La Constitución Nacional originariamente en su artículo 102, ahora 108, prevé los delitos “contra el Derecho de Gentes”. Dice Cavallo que “no era desconocido para los hombres de 1853 que el derecho de gentes constituye una materia en continua evolución. Es más, esa evolución no sólo era ya reconocida sino que era deseada como una medida de progreso y de acercamiento entre las nacionaes y como una vía tendiente a la protección de la persona humana. Es por ello que no puede extrañar que volcaran al texto constitucional una expresión de textura abierta (‘Derecho de Gentes’) que pudiera acompañar ese progreso previsible en la materia y que no cerraran el alcance de la norma…” Cita “El crimen de la guerra” de Juan Baustista Alberdi (H. Concejo Deliberante, Buenos Aires, 1934, p. 173): “La idea de patria no excluye la de un pueblo-mundo, la del género humano formado por una sociedad superior y complementaria de las demás”; y, luego (p. 183 del mismo libro del inspirador de la Constitución Argentina): “El derecho es uno para todo el género humano, en virtud de la unidad misma del género humano.”

Entre otros antecedentes jurisprudenciales, Cavallo se detiene en dos fallos. Uno de ellos fue dictado por la Corte impuesta por la dictadura –es obvio que la última dictadura y todas las anteriores no sólo integran la historia del derecho argentino, sino que han ejercido una fuerza determinante del perfil y estilo de los jueces argentinos, y de los contenidos y tareas del poder judicial en el país. Se cita a los jueces de la dictadura Adolfo R. Gabrielli y Elías P. Guastavino, quienes reconocen las normas imperativas del derecho internacional y, a partir de ellas, cuestionaron una “completa privación de justicia y negación del derecho a la jurisdicción” (claro que no lo hicieron en relación a las denuncias por desaparición de personas). Luego se cita a los jueces designados por el menemismo en la Corte Suprema. En el caso donde se concedió la extradición de Erich Priebke a la República de Italia, el 2 de noviembre de 1995, se califica a los hechos por los cuales se solicita la extradición “prima facie delito de genocidio” y luego, el voto de Boggiano, López y Fayt sostiene que “…la calificación de los delitos contra la humanidad no depende de la voluntad de los estados requirente o requerido en el proceso de extradición sino de los principios del ius cogens del Derecho Internacional.” Nazareno y Moliné O’Connor consideran que la “elevada misión de administrar justicia” que tienen a su cargo importa una contribución “a la realización del interés superior de la comunidad internacional con la cual nuestro país se encuentra obligado…” Y en esa causa la Corte se negó a aplicar a los crímenes contra el derecho de gentes los plazos de prescripción previstos en el Código Penal argentino. Cavallo se pregunta, “¿Habrá que sostener, acaso, que los hechos imputados a Priebke son crímenes contra el derecho de gentes y, por lo tanto, imprescriptibles, dado que ocurrieron fuera de nuestro territorio pero que, de haber ocurrido en Argentina, serían meros delitos comunes a los que no se les aplican las reglas de los delitos contra el derecho de gentes?”

En la misma sentencia se menciona una entrevista a Karl Jaspers: “El problema estaría casi resuelto respondiendo claramente a estos puntos estrechamente ligados entre sí: Primero, ¿qué clase de crimen? Asesinato en masa organizado, crimen sin precedentes en la historia; crimen que presupone una nueva clase de estado: el estado criminal. Segundo, ¿de acuerdo a qué legislación debe ser juzgado? Según el derecho internacional, el derecho que une a todos los seres humanos. Tercero, ¿cuál es el instrumento legítimo para aplicar ese derecho? Mientras la humanidad no tenga la institución legal apropiada para hacerlo, las autoridades adecuadas son los tribunales de aquellos estados que reconocen la validez del derecho internacional en su propia jurisdicción…” (“Karl Jaspers y la Prescripción de los Crímenes Nazis”, en “Revista Comentario”, 1967, N° 53, p. 11 y sgtes.)

En 1968, la Asamblea General de las Naciones Unidad aprueba la “Convención sobre la Imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y de los crímenes de lesa humanidad”, la cual “afirma” un principio ya existente. En cambio, considera Cavallo que la ley de Punto Final, Nº 23.492, aprobada el 23 de diciembre de 1986, que extingue la acción penal contra los desaparecedores excepto por los delitos de sustitución de estado civil y sustracción y ocultamiento de menores, sancionada con la finalidad lograr la “reconciliación nacional”, parece más bien una ley de amnistía que una reducción especial del plazo de prescripción. La ley de Obediencia Debida, Nº 23.521, aprobada el 4 de junio de 1987, presume sin admitir prueba en contrario que los desaparecedores que revistaban como oficiales jefes, oficiales subalternos, suboficiales y personal de tropa de las fuerzas armadas, de seguridad, policiales y penitenciarias no son punibles por haber obrado en virtud de obediencia debida. “En tales casos se considerará –agrega el art. 1º- de pleno derecho que las personas mencionadas obraron en estado de coerción bajo subordinación a la autoridad superior y en cumplimiento de órdenes, sin facultad o posibilidad de inspección, oposición o resistencia a ellas en cuanto a su oportunidad y legitimidad.” Se crea así el desequilibrio entre la impunidad de quien mata a un menor y la punibilidad de quien le sustrae y cambia la identidad. Se dijo que esta ley era una modificación del Código Penal; se dijo que era una ley de amnistía para clausurar la persecución penal; ambas cosas, una sentencia (así opinó el juez de la Corte Bacqué, a partir de quien se advirtió que se impone a los jueces una determinada interpretación de circunstancias fácticas sin base empírica alguna y torciendo la tradición jurídica occidental sobre el alcance de la obediencia debida). Cavallo, luego de describir torturas habituales en los campos de desaparición, se pregunta: “¿Es posible que una ley de la Nación presuma que en tales situaciones un sujeto dotado de discernimiento pudo no tener capacidad para revisar la legitimidad de la orden?”

Los militares presionaron para lograr la ley que los declarara ciegos y sin discernimiento. Incapaces. Con la sentencia de obediencia debida, los legisladores llegaron lejos, hasta donde no podían hacerlo. No tenían capacidad. ¿Tenían consciencia y discernimiento político? Una voluntad débil. Otros débiles, los jueces, avalaron todo. Hasta el año 2001. Inválidas, incompatibles con tratados internacionales, en particular el Pacto de San José de Costa Rica, en lo que respecta al Derecho de Justicia, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, la Convención contra la Tortura; inconstitucional (y por ello nulas) a juzgar por un artículo 29 de la constitución argentina que califica de crimen la asunción de facultades extraordinarias como lo hicieron los dictadores, y que por ello, siendo un delito que afecta la soberanía del pueblo, el poder constituido no puede amnistiarlo sin antes derogar la cláusula constitucional (así había opinado Sebastián Soler, cuando era Procurador General de la Nación en 1956, y así lo avaló entonces una Corte Suprema: el peso de las palabras). De esta forma, cada desaparición concebida como un ejercicio de la suma del poder público halla una prohibición constitucional para su amnistía, no importa quién intente amnistiar, sea la propia dictadura (como lo hizo) sea el Legislativo y el Ejecutivo electo con posterioridad, sea que la Corte en un principio hubiera acordado la constitucionalidad de ambas leyes.


Claudio Martyniuk es ensayista y Doctor en Filosofía del Derecho, y profesor de epistemología de las ciencias sociales y filosofía del derecho en la Universidad de Buenos Aires. Entre otras obras de suma importancia ha publicado junto al criminólogo Roberto Bergalli el libro homenaje al recordado Enrique Marí. Los textos de esta página están extraidos del libro de Claudio Martyniuk titulado: “ESMA, Fenomenología de la desaparición”, Prometeo libros, Buenos Aires, 2004.-

 

—-

Etiquetas:

Compartir este post

Comentar este post

simon rodriguez 11/18/2010 00:45



666999 MURIO LA BESTIA 666999


666999 RECORDEMOS A LA BESTIA 666999


QUE NUNCA MAS VUELVA A DARSE


666999