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El polvorín

A 30 años de su insurgencia: Sendero Luminoso es visto en retrospectiva por historiador Antonio Zapata

22 Mayo 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

 
Por Antonio Zapata- historiador

Esta semana se cumplen 30 años del inicio de la guerra senderista, que estremeciera al Perú como ninguna conflagración del siglo XX. El primer problema histórico es la motivación de la lucha. Como ellos mismos han explicado a la CVR, se trató de un impulso ideológico. El maoísmo llevó a la decisión de levantarse en armas, sin considerar el baño de sangre que vendría a continuación.

Pero no hubiera sido posible que este levantamiento cobrara vuelo sin un fundamento que trascienda a Sendero. Esa base eran las humillaciones sociales y el desenfrenado racismo que hacían de parte de la población peruana un grupo ofendido y listo a estallar.

Como ninguna otra ocasión de la historia peruana, esta guerra plantea el tema del asesinato como arma de la política. Fue utilizado ampliamente por Sendero para “batir” el campo y despejar terreno, implantando sus comités populares. Luego, fue igualmente empleado extensamente por las fuerzas del orden, como procedimiento para recuperar posiciones y castigar a las comunidades rebeldes. 

Las FFAA ingresaron a Ayacucho en diciembre de 1982 y buscaron arrasar con los puntos de apoyo de Sendero. Por su parte, los insurgentes maoístas organizaron represalias, venganzas y ajustes de cuentas. Mientras se elevaba tremendamente el número de víctimas civiles, la guerra se extendía a otras regiones. Los crímenes fueron seguidos por la vesania y así tuvimos muertes a pedradas, ácido en los ojos y asesinatos masivos. Al Perú le costaba caminar, cuando cotidianamente las noticias daban cuenta de interminables actos tanáticos que enlutaban a medio país.

Una cuestión decisiva es, ¿qué provocó la derrota de Sendero Luminoso? Parecía que estaban a la ofensiva y de pronto la caída del líder los desmoronó. La mayoría de estudiosos piensa que el mismo SL sobrevaloró sus fuerzas y despreció al Estado. En este sentido, la tesis del equilibrio estratégico adoptada en enero de 1990 habría facilitado la caída de Abimael Guzmán.

El trabajo policial detectó algunos contactos claves de la dirección senderista y procedió a la captura, habiendo obtenido información decisiva de un delator. Ese trabajo fino fue parte de un plan integral desplegado por el Estado a finales de los años 1980, que incluyó rondas campesinas e inteligencia policial. Aprovechando el optimismo de la dirección subversiva, el Estado derrumbó a Sendero como un castillo de naipes.

Otro punto clave es el financiamiento de la guerra y determinar si hubo alianza narcoterrorista. Aunque muchos analistas la dan por sentada, otros discrepan. Ellos argumentan que Sendero Luminoso parece haber sido pobre hasta el final; no compraron armas en el exterior y no aumentaron significativamente su poder de fuego. Por otro lado, una academia preuniversitaria habría financiado a la dirección y ese fue el hilo de la madeja que siguió la policía.

Por último, se plantea el tema de la rendición. ¿Por qué no continuaron la guerra después de la captura de Guzmán?

Aparentemente no había dirección de reemplazo en Sendero; habían caído muchos dirigentes y quienes quedaban no daban fuego como cuadros políticos. Ante sus carencias, Guzmán decidió replegarse para salvar a su organización. Pero no se ha arrepentido y piensa que las leyes de la historia conspiraron contra su proyecto. En ese momento, otros militantes de SL no aceptaron y tomaron la decisión de proseguir, origen de la facción que hasta ahora tiene presencia en el VRAE.

Treinta años después, muchos protagonistas aún están vivos y la mayor contribución que podemos hacer por la paz es recoger sus testimonios; contar los hechos y evitar que vuelvan a suceder. Tener presentes los temas de la CVR, cultivar la memoria y exorcizar, para sanar definitivamente.

 
 
Lucha armada: 30 años | LaRepublica.pe  19 May 2010 ... Lucha armada: 30 años. Mié, 19/05/2010 - 05:00. Promedio ... Por Antonio Zapata. Esta semana se cumplen 30 años del inicio de la guerra ...www.larepublica.pe/sucedio/19/05/.../lucha-armada-30-anos - En caché
  

Lucha armada: 30 años

 
 
Antonio Zapata, acompañado de "Benito" en la TV
 
enero de 2010 -  "Sucedió en el Perú" el único programa documental de historia en la televisión abierta peruana, dirigido por el historiador Antonio Zapat, ha llegado a su fin luego de 9 años. Las razones son de índole profesional, el historiador y conductor del programa ha decidido regresar al claustro universitario para difundir su conocimiento como docente. Tambien está embarcado en un nuevo proyecto político que trata de amalgamar las izquierdas políticas peruanas ahora hechas trizas.
 
Nota de El Polvorín:
Esta la pongo porque me gusta.
 
 

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Carlos Tejada 06/06/2010 13:40




La Guerra de los Tenientes


Artículo de Gustavo Gorriti en su columna “Las Palabras” de Caretas 2131 del 27 de mayo.


¿Por qué hubo matanzas de gente indefensa perpetradas por las fuerzas de seguridad durante la guerra interna? Sendero, que había iniciado y agravado la violencia, mataba casi cada día a
víctimas inermes. Pero si Sendero asesinaba, ¿las fuerzas de seguridad no debían proteger?


Me pregunté eso muchas veces durante la década de los ochenta, pero sobre todo en los primeros meses de 1983, cuando la acción contrainsurgente de la Fuerza Armada era relativamente nueva. Las
primeras medidas del general Clemente Noel, a cargo de las operaciones militares y, en los hechos, del mando político en la zona, parecieron al comienzo racionales y congruentes, cuando
declaraba que su objetivo era recobrar el imperio de la Constitución en las zonas remecidas por la violencia.


Dada la gravedad de la situación entonces, en la que para todo propósito práctico la Policía había sido derrotada, se sabía que iba a haber enfrentamientos duros y mortales. Pero, ¿no se
suponía que el combate entre grupos armados debe regirse por las leyes de guerra, que respetan la rendición y protegen a la población desarmada?


El general EP Clemente Noel, a quien entrevisté varias veces, era una persona más bien afable, que parecía tener una disposición gregaria y concertadora. Había sido alumno en el CAEM del mentor
intelectual de Abimael Guzmán, el filósofo arequipeño Miguel Ángel Rodríguez Rivas, y le profesaba parecido respeto al que años atrás había expresado Guzmán.


Pero poco tiempo después de la tragedia de Uchuraccay, Ayacucho se precipitó en el despeñadero que en los meses y años siguientes lo habría de convertir en una de las capitales del mundo en
desapariciones y asesinatos. Los cadáveres amanecían en las quebradas de Infiernillo y Puracuti, y las madres y esposas atardecían en colas largas en la oficina de la Fiscalía de la Nación,
donde la entonces joven fiscal Flora Bolívar podía hacer poco más que llenar un registro fiel de quienes –la experiencia prontamente lo enseñó– difícilmente retornarían a su hogar.


El primer gran cambio sucedió con el lenguaje. El pretendido desconocimiento burocrático, la hipocresía y el eufemismo ocultaron las sustantivas, soterradas pero fulminantes realidades de una
violencia en la que al totalitarismo fanático y asesino de Sendero se le oponía un blando discurso de fachada, de supuesta defensa de la Constitución, y una cruel realidad de guerra de
aniquilamiento.


¿Por qué? ¿No era aquello, además de ilegal, contraproducente y estúpido? Lo pregunté, como queda dicho, muchas veces, pero la respuesta más sincera me fue dada ese año por un general que tenía
entonces uno de los puestos más altos en el Ejército. Yo lo conocía desde varios años atrás, cuando fui agricultor en el departamento de Arequipa. El general, que ya ha fallecido, era, aunque
de temperamento vivo y hasta violento, un hombre correcto y honesto.


Aunque en rigor no lo éramos, me trataba de “paisano”, y ese día, en su oficina del Pentagonito, cuando le pregunté sobre el tema, se puso serio, pidió a su secretaria que no lo interrumpieran
y me dijo, palabras más, palabras menos, lo siguiente:


– Paisano, esto no se puede decir, pero tienes que entenderlo: no hay otra. A un subversivo cristalizado no lo puedes cambiar. Nos duele, somos padres, somos gente correcta, pero no hay otra.
Ese no va a cambiar. Si no lo eliminas, saldrá a la calle y matará a otros, a gente inocente, no como él, y envenenará a otros que cuando se cristalicen ya no van a tener remedio tampoco. ¿Tú
crees que nos gusta? ¿Crees que no nos duele? Pero no hay otra.
Un subversivo cristalizado ya no tiene remedio.


Finalizó diciéndome que en situaciones como la que vivíamos, no saber actuar a tiempo era más cruel que hacerlo.


Ese general, que al morir no tenía otro ingreso que su fraccionada pensión, demostró algo probado hasta el desaliento por la Historia. La poderosa distorsión de las ideologías convierte muchas
veces a gente correcta en implacables victimarios.


Entonces recién declinaba en Latinoamérica un ciclo de brutales dictaduras contrainsurgentes que sofocaron todas las insurrecciones guerrilleras de la época, desde México hasta Argentina, salvo
dos excepciones, Nicaragua y El Salvador (Colombia fue y es un caso diferente). La ideología contrainsurgente que imperó entre las fuerzas armadas latinoamericanas fue la de la guerre
révolutionnaire francesa, profundamente antidemocrática y de raíces ultramontanas. Para sus profesos se trataba de una guerra virtualmente metafísica entre el “occidente cristiano” y el
“comunismo ateo”. Al defender la tortura, uno de sus más célebres sistematizadores, el coronel Roger Trinquier, escribió, citando a Clausewitz, que “no hay errores más peligrosos que aquellos
inspirados en la benevolencia”.


En esos años, esa contrainsurgencia tenía el prestigio de la victoria y el respaldo del poder, actual o reciente. Estableció redes operativas y de inteligencia en toda América Latina, e
influenció a las Fuerzas Armadas peruanas, sobre todo a partir del gobierno de Morales Bermúdez. Interrogatorio a través del tormento, desaparición de cuerpos y de huellas, doble historia: esa
fue la doctrina subyacente que se aplicó durante buena parte de la guerra interna.


Fue un proceso de sorda y corrosiva esquizofrenia, entre la democracia nacida en 1980; y el imperio de una contrainsurgencia ilegal, que en dos años produjo más muertes en los Andes y la Selva
que, por ejemplo, todas las víctimas que causó Pinochet durante su larga dictadura.


Pero, como sucedió en varios otros momentos de nuestra historia militar, la logística y el comando y control de la Fuerza Armada fueron más bien débiles en la relación entre las grandes y las
pequeñas unidades. Por eso, la capacidad de iniciativa que tenía cada joven teniente o capitán que se hacía cargo de un distrito, era muy grande. Con muy pocos medios, tenía que alimentar,
cuidar y mantener la disciplina de su tropa. A la vez, debía operar y, finalmente, proteger a la población local. Para los jóvenes, inicialmente inexpertos oficiales, al mando de muchachos casi
adolescentes, generalmente foráneos (casi siempre llegaban de otras provincias), el desafío era inmenso y las instrucciones mínimas o inútiles.


Por eso, hay veteranos que sostienen que esa fue una guerra de tenientes y de capitanes. En esa situación de responsabilidad e inexperiencia, las diferencias individuales afloraron y fueron
decisivas. Muchos jóvenes oficiales se identificaron profundamente con la población que les tocaba defender y se convirtieron en líderes comunales en tiempos de guerra.
En otros, sin embargo, el poder, la distancia cultural, la sospecha, el miedo y, a veces, la corrupción, los convirtieron en tiranos letales e impredecibles. A veces un tipo de oficiales
sucedió al otro de un año al siguiente. Para los comarcanos, sobrevivir no solo suponía enfrentar a Sendero.


Claudio Montoya fue un joven teniente de ingeniería en el Ejército durante los años duros de la guerra. Ingeniero o no, le tocó actuar como infante una y otra vez, en increíbles marchas y
misiones entre descabelladas, cómicas, heroicas y muchas veces trágicas. Años después, retirado y emigrante, escribió una novela en primera persona sobre sus días de campaña. El libro se llama
“El pecado de Deng Xiaoping” (1) y su lectura enseña más que la mayoría de análisis. Lo que a veces le falta en oficio narrativo se compensa con creces en la autenticidad del relato.


Desgraciadamente, Montoya hizo una edición particular, muy pequeña, para amigos, compañeros y familiares. Gracias a uno de ellos pude leer el libro. Ojalá decida ofrecerla a una editorial que
la pueda hacer llegar al público. Y ojalá otros de aquellos que alguna vez fueron jóvenes oficiales (o sargentos y cabos aún más jóvenes) escriban sus mejores y sus peores recuerdos de esos
tiempos, con sinceridad, autenticidad y ojos de ver. Eso ayudará mucho a desenterrar la atormentada verdad del pasado, y al comprenderla y reconocerla, conquistar la memoria y la paz.


Notas:
(1) “El Pecado de Deng Xiaoping”, Claudio Montoya Marallano. España, 2008