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El polvorín

Agroquímicos, veneno que acaba con la resistencia de las tierras

18 Julio 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Creciente fobia campesina al uso de agroquímicos

Degradación ambiental, uno de los efectos del modelo tecnológico productivista

Avanzan los cultivos orgánicos, pero apenas en 300 mil hectáreas se ha adoptado el método

Labriegos de San Salvador Atenco desarrollan sus labores a principios de este mes en la localidad mexiquense. Foto Yazmín Ortega Cortés

Matilde Pérez U. / La Jornada

Contaminación de mantos acuíferos y suelos, pérdida de biodiversidad y degradación ambiental son los costos del modelo tecnológico productivista implantado hace cuatro décadas con la llamada revolución verde, basada en la relación recíproca entre semillas híbridas y agroquímicos para elevar, se dijo entonces, la producción de alimentos y terminar con el hambre.

En ese lapso, México pasó de ser exportador de granos –maíz, frijol y trigo, principalmente– a la dependencia alimentaria. Hoy, los resultados productivos basados en el uso intensivo de agroquímicos son cuestionados por  organizaciones de productores que están en contra de la siembra de maíz transgénico.

Apenas el año pasado, con un presupuesto pequeño –63.8 millones de pesos– la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa) inició en zonas de temporal de Jalisco, Chiapas, Nayarit, Guanajuato, Michoacán y Campeche un programa piloto para elevar la producción de maíz, grano primordial para los mexicanos, mediante el uso de lombricomposta, menor uso de fertilizantes y técnicas tradicionales de cultivo.

Sin embargo, para la mayoría de los campesinos romper con la dependencia de los herbicidas y fertilizantes es prácticamente imposible, pues, dicen, resulta inviable trabajar la tierra sin ellos, en un mercado dominado por las trasnacionales Syngenta, Bayer, Dupont, Monsanto, Dow AgroSciences, Cuproquim, FMC, Cyanamid, Makhteshim Agan, Sumitomo y el grupo mexicano Agricultura Nacional.

Filiberto Nava, agricultor de Izúcar de Matamoros, Puebla, es uno de esos miles de labriegos dependientes. Acompañado por cuatro jornaleros, carga el costal de semilla de maíz híbrido a la parcela de casi una hectárea que rentó en 4 mil 800 pesos para el ciclo primavera-verano. Antes de que sus ayudantes arrojen las semillas a los surcos abiertos por la yunta atada a un par de bueyes, vacía un granulado verdoso en un par de botellas de refresco, las coloca en ambas manos y utilizadas como un salero deja caer el granulado verdoso a la tierra negra.

Explica que es un nuevo herbicida, más potente que el utilizado el año pasado, complemento casi perfecto para la semilla híbrida de maíz, de color rosado por contener furadan (indicado para el control de insectos y gusanos), y en la que invirtió casi 2 mil pesos.

Confía en que con la combinación de semilla híbrida, agroquímicos, riego y un buen temporal logrará una excelente cosecha para cubrir los gastos y obtener un pequeño margen de utilidad, pues, además de los gastos por la compra de los insumos, debe pagar 130 pesos a cada uno de sus ayudantes, 50 pesos por cada hora de riego.

Otros, como Marcos Francisco Hernández, productor de maíz elotero, y Martín Nolasco Sánchez, cañero, empiezan a dudar de la efectividad de los herbicidas y fertilizantes. Su desconfianza se acentuó tras la explosión, el 24 de marzo, de tres tanques de dimetoato –químico utilizado para elaborar herbicidas y fungicidas– en la empresa Grupo Dragón Agricultura Nacional, localizada en el kilómetro 5 de la carretera a San Juan Epatlán, en la Mixteca poblana, lo que causó pánico e intoxicaciones entre la población.

“A la tierra, que es como nuestro cuerpo, la estamos matando con los herbicidas y agroquímicos”, dicen los agricultores. “Ya no se trata sólo de tener mejores semillas, sino de cómo lograr que la tierra vuelva a tener la resistencia de antes. La hemos adelgazado con el uso de los químicos; es como si a nosotros nos metieran tóxicos en el cuerpo.”

Hace 20 años en los ejidos y propiedades privadas de Izúcar de Matamoros había arrozales, sandías “que se abrían a voluntad de maduras”, jitomates. Ahora, éstos sólo se dan en los invernaderos, los cañaverales sustituyeron a los arrozales y a los huertos de sandía. Los plantíos de maíz son más delicados, la planta sale muy enfermiza; se aloca la siembra, describe Marcos Francisco Hernández.

Menciona que las parcelas cercanas a las instalaciones de Grupo Dragón son poco productivas y considera que es resultado de la contaminación del suelo, pues, se dice que la compañía descargaba ilegalmente sus desechos en el subsuelo. Los dueños de las parcelas dejaron de sembrar porque “las plantas ya no crecen parejas”.

Dragón es una de las 163 empresas, la mayoría mexicanas, que importan algunos de los 322 ingredientes activos de plaguicidas autorizados por el gobierno para elaborar los productos que se ofrecen en más de mil presentaciones. Pero son nueve las trasnacionales que controlan 72 por ciento de las ventas en el mercado, tasadas en más de 700 millones de dólares, ya que no hay información precisa sobre el volumen, ventas y tipos de agroquímicos y pesticidas que se venden en el país, apunta Fernando Bejarano González, coordinador de la Red de Acción sobre Plaguicidas y Alternativas en México (RAPAM).

“Los plaguicidas químicos con su efecto mortífero en las poblaciones de insectos, hongos y malezas aparecen como solución rápida y compatible con las prácticas de fertilización química y variedades de semillas híbridas de alto rendimiento. Son una solución aparente, pues a los que se combate pueden desarrollar una resistencia biológica, y la muerte de insectos benéficos y enemigos naturales conducen al surgimiento de nuevas plagas”, explica Bejarano González.

“Estamos esterilizando la tierra”

En la parcela de Martín Nolasco Sánchez, cañero, los agroquímicos y herbicidas dejaron de tener los efectos positivos, la producción se estancó en 113 toneladas por hectárea, durante varias temporadas. “Me di cuenta de que es una mentira el uso de los agroquímicos; la temporada anterior, después de levantar la caña, dejé que el bagazo cubriera la tierra, como lo escuché en una plática sobre el método de agricultura orgánica, y este año logré 141 toneladas por hectárea. Algunos de mis vecinos están haciendo lo mismo, pues nos damos cuenta de que con los agroquímicos estamos esterilizando la tierra”.

Otros campesinos de la región comentan sobre los efectos del herbicida Coloso. Unos hablan en pro. “Es efectivo para detener la maleza por un tiempo corto.” Otros cuestionan su constante aplicación. “Ha fragilizado la tierra, se vuelve como harina; lo vemos en los canales de riego. Hace algunos años eran de 60 centímetros de ancho ahora son de un metro o más por los desprendimientos”. La mayoría de los campesinos siguen aplicándolo una vez al año en las siembras de maíz, jitomate, calabaza y otras.

Coloso es una de las formulaciones del glifosato, producto registrado en más de un centenar de países. En Estados Unidos se utiliza en más de 60 cultivos agrícolas. Las industrias lo describen como herbicida ligeramente tóxico de uso agrícola, urbano, industrial y jardinería. Según Monsanto, uno de sus principales comercializadores, es uno de los descubrimientos agroquímicos más importantes del siglo XX y el herbicida de mayor uso en el mundo por “efectivo y seguro”.

“Sabemos que nuestras áreas de cultivo están contaminadas, pero ya perdimos el conocimiento tradicional para el uso de los depredadores naturales y no queremos deshierbar manualmente, preferimos los químicos”, comentan los agricultores.

“Hace años, era común encontrar en los campos verdolagas, quelites, pápalo, pero se empezó a hablar de elevar la productividad y de la necesidad de eliminar plagas; empezamos a usar selladores químicos y dejaron de aparecer esas hierbas, consideradas plagas en los cultivos. Ahora hay que comprar las semillas para producirlas en los invernaderos”.

Los campesinos saben que están en un fuego cruzado. El conocimiento heredado por sus abuelos y padres les indica que la tierra se ha agotado por el monocultivo; continuar aferrados a ese sistema productivo implica invertir más en herbicidas y fertilizantes en cada temporada agrícola.

En el país son 12 los plaguicidas de mayor consumo, ninguno está libre de sospecha de causar efectos crónicos graves en la salud, asienta Bejarano. Si bien la industria recomienda que para evitar los riesgos se sigan instrucciones de la etiqueta y las autoridades establecen límites máximos permisibles de cada plaguicida en el ambiente y en los residuos de los alimentos, ambas medidas resultan insuficientes.

“No se trata de exterminar las plagas con armas químicas, sino de crear condiciones para que las poblaciones de insectos, hongos y plantas encuentren un equilibrio dinámico”, apunta Fernando Bejarano.

Aunque en el país avanza la agricultura orgánica, la superficie destinada a ese tipo de cultivos apenas rebasa las 300 mil hectáreas con poco más de 80 mil productores y más de 45 cultivos, según datos de RAPAM y del Centro de Investigaciones Económicas, Sociales y Tecnológicas de la Agroindustria y la Agricultura Mundial.

 

Tomado de Pocamadrenews

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