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El polvorín

Argentina: Oesterheld Las viñetas del horror

2 Junio 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Oesterheld

Las viñetas del horror

Una testigo declaró en el juicio que obligaron al creador de El Eternauta a dibujar mientras estaba detenido.
 

Represores. Arriba, Durán Sáenz. Abajo, a la izquierda, Gamen. A la derecha, Pascarelli.
22-05-2010 /  
Por Gabriela Juvenal
gjuvenal@miradasalsur.com

Ese anochecer, su cuerpo sobrevivía a las heridas infectadas, al frío, al hambre. El hombre, de casi 58 años, había sido llevado en la mañana a la casa 2, que era la sala de tortura. “Si lo sabe cante, y sino aguante”, indicaba un cartel de tergopol en la puerta. De su cabeza caía un hilo de sangre. Sentado en una silla, solo, casi invisible, se lo veía de espaldas apoyado en una mesa de roble del comedor supremo de aquel predio verde, ubicado al costado de la autopista Ricchieri, que alguna vez había sido utilizado por las bandas de la Triple A y que ahora era controlado por el Primer Cuerpo de Ejército. De costado, un velador de bronce reflejaba la imagen de aquel que, hacía una hora, con lápiz en mano escribía algo, siempre sobre el mismo papel. Era mayo de 1977 y hacía una semana que Héctor Oesterheld había sido secuestrado. Al cabo de unas horas, un hombre de aspecto marcial vestido de uniforme saludaba a dos guardias que custodiaban esa puerta semiabierta. Era el mayor Pedro Alberto Durán Saénz, el máximo jefe de ese campo de concentración, conocido como El Vesubio. Ahora, guiñándole el ojo a uno de los carceleros, con largos pasos se acercaba al autor de El Eternauta.
–¿Y? ¿Cómo está la obra?– preguntó Durán Sáenz.
–Ya casi terminada– se anticipó a responder un guardia ansioso que conocía algunas de sus obras.
Bajo tortura, a Oesterheld lo habían obligado a hacer una historieta del General San Martín.  Desde el día que había caído, Durán Sáenz deseaba ese momento. Era un trofeo. Y, en su pasaje por El Vesubio, así lo habían tenido. Hasta que lo desaparecieron.

El testimonio. Treinta y tres años después, ahora en la sala de juicio oral de los tribunales de Comodoro Py, el tercer testimonio de los 280 que habrá en el juicio sobre El Vesubio, de los cuales 75 son sobrevivientes, y que tiene a ocho imputados, correspondió a Ana María Di Salvo, psicóloga de 72 años.
 –¿Puede usted identificarlo?– dijo un letrado.
De a poco, al costado, un anciano de traje y corbata, de anteojos grandes, menudo, tez pálida y algunas pecas, se paraba de frente al Tribunal.
–Sí, es él.
Era Durán Sáenz, en su versión disminuida.  
Al cabo de un rato, Di Salvo reconocería también a Roberto Zeoliti, Ricardo Néstor Martínez, alias Pájaro, Ramón Erlán, Pancho, y los coroneles retirados Héctor Humberto Gamen y Hugo Pascarelli. A José Maidana, El Paraguayo, lo sindicó como quien violó a Graciela Moreno, que está desaparecida. A Diego Chemes no lo identificó porque estuvo en otro período.
Di Salvo daba inicio a su relato a las 10 de la mañana.
“Un día como hoy daban la orden de liberarme. Esta bufanda que llevo puesta, me acompañará toda la vida”, dijo.
Jueves, 19 de mayo de 1977. El guardia le quitó la venda, y al oído le dijo. “Despídase, se va mañana”. Di Salvo, que estaba secuestrada hacía 73 días junto a su marido, Eduardo Kiernan,  no lo podía creer. De inmediato, pensó en su amiga, Marta Brea, también psicóloga,  con quien había compartido todo su cautiverio. Hacía poco,  le había hecho con sus dedos una bufanda tejida al crochet con restos de lana, sin saber, quizá, que la conservaría toda la vida en su recuerdo. Tiempo después, Di Salvo se enteraría que su amiga había desaparecido en ese infierno.
A Di Salvo, a diferencia del resto,  le decían “la psicóloga”. Allí todos eran identificados con una letra y un número. Los que tenían la M, se suponía que eran de Montoneros. La R, era del ERP y la V, aún se desconoce si era Varios o Vanguardia Comunista. 
Lo cierto es que la actitud de Brea había sido clave para que Di Salvo sobreviviera. Durán Sáenz le había pedido que hiciera un “diagnóstico situacional” sobre lo que sucedía en El Vesubio. Di Salvo pensó que con ese trabajo llegaría su hora. Fue entonces cuando Brea le sugirió que minimizara el horror, que mintiera. “Si no lo hacés, te matan. Te ayudo”, le había dicho. Al cabo de unos días, Durán Sáenz la recibiría en su despacho, el mismo donde solía recibir a algunas prisioneras para que se bañaran.
–Pase, psicóloga– ordenó.
Di Salvo temblaba. Durán Sáenz continuó:
–Está bien, pero ¿qué le agregaría al diagnóstico?
La mujer no sabía qué contestar. De modo irónico, dijo:
–Señor, veo poco lugar para la iniciativa personal.
En ese instante, ese hombre que por entonces parecía un tipo robusto y alto, se acercó, la miró de cerca y le dijo:
–Tiene razón. Pero sepa que todo lo que sucede acá, pasa antes por mis manos. El que manda soy yo. ¿Está claro?
Los jueces, los fiscales, las querellas, los testigos, los sobrevivientes, y los familiares de los represores que miraban desde la bandeja de arriba de la sala, escuchaban atentamente el relato. Lo hicieron en silencio. Durán Saénz, que tiene ahora el peso de un niño, miraba el piso con cara de poco arrepentido.
En su rol de jefe había tenido una particular perversión a diferencia del resto de las autoridades que por allí pasaron. Los días de semana, habitaba una de las tres casas, que a su vez tenían distintas salas. Era de la ciudad bonaerense de Azul, a donde solía viajar los fines de semana para visitar a su familia y no perderse las misas del principal templo cristiano de allí. Los detenidos del Vesubio, por lo general, estaban en la casa 3, en cuyos espacios los tenían contra la pared atados de pies y manos. En la 2, estaba la sala de tortura. Las puertas de ese centro cerrarían poco antes de la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. 
“Había un guardia, además de Durán Sáenz, que era lector de las historietas de Oesterheld. Por eso, lo obligaron a escribir una historieta sobre San Martín. Recuerdo que estaba muy golpeado, sobre todo en la cabeza –declaró la mujer, pasada las cinco horas de declaración–. Ella quería declarar. “Es mi deber”, dijo al comienzo. Y lo hizo. A las 9 de la noche, una ambulancia llegaba al tribunal. Su testimonio había concluído.

 

 

Tomado de Revista Utophia

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