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El polvorín

Bendito sea su recuerdo - Por Graciela Azcárate

30 Enero 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

 

Historia de vida

Por Graciela Azcárate

Bendito sea su recuerdo

A la memoria de Nené Fernandez, se suicidó el 24 de enero de 1989...en Mendoza.



Del lugar en el que tenemos razón

Nunca brotaran

Las flores de primavera.

El lugar en el que tenemos razón

Está pisoteado y duro

Como un patio”.

Yehuda Amijai: “El lugar en el que tenemos razón”



42465-cabala-piedra-por-piedra.jpgEl domingo, 9 de enero de 2011, recorriendo los pasillos de la librería Cuesta encontré un libro de Batya Gur que me deslumbró: “Piedra por Piedra”.

Fue como ese punto final, esa palabra decisiva en la terminación de un libro, fue para mí el broche final de todo lo que viví, pensé, reflexioné, sufrí y escribí durante los últimos dieciocho meses de mi vida.

Al final del libro en un epílogo con el título “Nota de la autora”, ella escribe:

En la conciencia de la población israelí se relaciona la locución “ruleta de la red” con un accidente en el cual falleció Amir Melet, bendito sea su recuerdo, y la batalla que libro hasta su propia muerte su madre, Shulamit Melet, bendito sea su recuerdo, a lo largo del juicio y después de él, contra las instituciones para la preservación de la memoria de los fallecidos del Tsahal.

Batya_Gur1.jpg

Piedra por piedra” es una novela de ficción para cuyo proceso de escritura he utilizado los hechos que la prensa público sobre el caso. A pesar de que Shulamit Melet y su hijo han formado parte de mi vida durante unos cuantos años, los acontecimientos que aquí se narran no tratan de ellos exactamente. Nunca conocí a Shulamit Melet ni hable con nadie de su familia. Además, a pesar de haberlo intentado, no llegue a conseguir leer las actas de las sesiones del tribunal militar, ni me entreviste con ninguno de los jueces, testigos, acusados o resto de implicados en el caso. La figura de Shulamit Melet y el asunto de la ruleta de la red se desprendieron hace tiempo de su contexto concreto y han pasado a ser una parábola. Esta parábola y nada más es lo que he querido contar aquí.”

 

 

Batya Gur, 2005.

A fin de año cuando después de saludar a mis hijos, a mis seres queridos, a mis amistades, a mis compañeros de trabajo, me senté rodeada de mis perros, con mis cuadernos de notas abiertos sobre una mesa que mira al mar, con la casa apacible y arreglada, con la comida cocinándose, fragante, en una cocina que acabo de acondicionar y poner bonita aprovechando el contrato de trabajo temporal, cuando me serví una copa de vino blanco helado y pensé todo lo que había vivido estos últimos dieciocho meses, me sentí una mujer bendecida.

Pensé en los pronósticos astrológicos, en los vaticinios del universo y sentí que había valido la pena todo, que no estaba arrepentida de nada, que me gustaba pensarme en el lugar, en el momento y con la gente adecuada.

Pero sobre todo sentí que si es verdad que hay un karma, las cosas me volvían con la certeza del bien hecho, de la gracia, de la buena voluntad, de las ganas de hacer cosas por los otros con diligencia y alegría, como si las hiciera para mí y los míos. Miré la pantalla de la laptop, alcé mi copa y brindé por 7dias.com y mi primer año de colaboración con ellos desde que publicaron “Esa maldita pared” y como Mercedes Sosa y Violeta Parra le di gracias a la vida.

Y pensé todo lo que había vivido en este último año y medio, en lo que había pasado en mi vida, en la vida de mis hijos, de mis amigos desde que publiqué “Esa maldita pared” y tuve la certeza de que me había dado una segunda oportunidad como la canción de Gloria Stephan, y que todo lo que escribí, lirica, acongojada, pasada de copas de vino blanco, titubeante, frágil, vulnerable, “triste, solitaria y final “ como en una novela de Soriano había construido una realidad de dieciocho meses que se resumían en ese pasaje precioso de Sergio Ramírez en “Adiós muchachos” cuando cita a Dickens, en el primer párrafo de “Historia de dos ciudades” y dice: “ sigo creyendo que “fue el mejor de los tiempos, fue el peor de los tiempos; fue el tiempo de la sabiduría, fue el tiempo de locura; fue una época de fe, fue una época de incredulidad; fue una época de fulgor, fue una época de tinieblas; fue la primavera de la esperanza, fue el invierno de la desesperación”.

Y lo extraordinario del sentimiento que experimenté es que no sentía, resentimiento, furia, venganza, ganas de romperles la cara a mis verdugos ni a trompadas ni a textos furibundos, no quería ni siquiera matar a los verdugos de mis amigas. No tenía ganas de pelear a zarpazos como una tigra enardecida.

No. Por el contrario era como una energía, muy fuerte, poderosa pero apacible. Constante y esclarecedora como eso que escribió Marie Curie: “Se deja de temer aquello que comprendemos”. De pronto había dejada de pelear, porque había dejado de temer, simplemente porque las cosas, los hechos, la gente que yo había amado, de pronto se aparecían transparentes en toda su maravilla y en toda su abyección y yo comprendía el rompecabezas de nuestras vidas sin una gota de rencor.

Y en ese largo ejercicio de vida que se extiende desde el 11 de octubre del 2009, en que desempleada y sin saber qué iba a hacer de mi vida, fui a una pasadía, invitada por unos amigos a una casa de fin de semana en Boca Chica y me bañé en una piscina color turquesa, bebí mucho vino blanco helado, me sentí una hipopótama feliz, no por lo gorda ni monumental sino porque evoqué simbólicamente eso que para los egipcios significa la hipopótama: representa el principio maternal encarnado en la diosa Taueret, que se ocupa de los nacimientos.

En la naturaleza, las hipopótamas dan a luz dentro del agua, buscan cuidadosamente un lugar seguro para que las corrientes peligrosas no puedan arrastrar al recién nacido. Dicen que el hipopótamo puede convertirse en el signo que nos ayude a entender y aceptar nuestro propio nacimiento.

Y cuando salí de esa piscina azul, borracha de vino blanco, regresé a mi casa y como el tigre de la literatura de Juan Bosch, de una sola sentada escribí: “Sé que aun me queda una oportunidad”, sé que fue como una carta de intención, como la cartografía inicial de lo que tenía que construir para no sentirme “triste, solitaria y final”

Mirado a la distancia aquel baño con distintas mujeres de mi vida, de la historia y de la literatura ha sido como el bautismo o el nacimiento de otra mujer.

Nueva, distinta, como la hipopótama feliz he buscado durante dieciocho meses a través de la literatura un lugar seguro, a resguardo de las corrientes peligrosas de la vida para que otras mujeres y yo misma volviéramos a nacer, como si nos reengendráramos y pudiéramos emerger a una nueva vida, sino más segura por lo menos lucidas.

Y cuando a fin de año rodeada de mis notas pensé todo lo vivido, pensé en todo lo que había escrito, en los encuentros y desencuentros con los fantasmas del pasado a los cuales les había tocado la puerta, les había preguntado cosas, y me habían contestado a su modo, yo también respondí a mi modo.

Tal vez respondí de acuerdo a unas viejas maneras de ser que no había logrado superar, con formas arcaicas, anacrónicas, antiguas, insuficientes.

Por eso me tocó de manera tan profunda ese libro de Batya Gur. Porque ese, su último libro es casi como un testamento. Porque se murió de ira, de furia, de descontento con el gobierno israelí, con la realidad odiosa de israelíes y palestinos, porque dedicó el libro a su madre que era una judía polaca víctima del holocausto, porque lo escribe poco antes de morirse de un cáncer fulminante a los cincuentaisiete años de edad, bendiciendo el recuerdo de otra mujer que se pega un tiro de impotencia ante la tumba de su hijo. ¡Dios mío!, porque teníamos la misma edad, la misma furia y la misma impotencia y porque escribíamos para salvarnos.

Por ejemplo toqué personas o historia que me dolieron mucho, con algunos sentí que había cosas pendientes, incluso que había procedido mal y que llevada de la ira no había llegado al agua profunda de la comprensión.

Cuando el 29 de septiembre, escribí “Hay un gato con botas en mi salón” fue para mí un punto álgido. Fue el estallido. Supe que ese asunto no estaba terminado y que mi furia o mi dolor me habían impedido darle “el tiro de gracia” o ese toque final que cierra una puerta del pasado a conciencia, suavemente, pero de manera definitiva y sobre todo sin autodestruirme.

Era como un cabo Anselmo más, suelto en la geografía de Latinoamérica, que pedía una pensión no por los servicios prestados a la humanidad sino por haber sido un confidente y un delator. Cuando ese cabo me escribe “regodéate con tus notas”, cuando me llama “cobarde y vil” porque escribo de mi amiga suicida, cuando me escribe a mí y a otras mujeres que van a publicar libros o a poner su obra de creación a circular, “mucha merde”, cuando rememora a su antiguo amor como borracha, lesbiana y trotskista, cuando sólo recuerda obsesivo los pechos de Isabel Sarli , ese cabo Anselmo se derramó por la geografía de nuestro continente, misógino, asesino, inclemente, letal y macabro como ese juego siniestro del ejercito israelí.

Pero yo no me quería morir como Batya Gur, prematuramente de un cáncer fulminante a los cincuentaisiete años, en su mejor momento como escritora y tampoco me quería pegar un tiro como Shulamit Melet, sobre la tumba de su hijo ni me quería tirar por un balcón, enloquecida y encerrada en un psiquiátrico como mi amiga Nené.

Lo peor de todo era que los cabos Anselmos se habían multiplicado, andaban sueltos por todas partes, impunes, desaparecidos tras sucesivas cirugías plásticas, escondidos detrás de documentos falsos, reclamando pensiones por servicios prestados a la patria.

Por eso al descubrir el libro póstumo de Batya Gur en la librería y leer el epílogo, me di cuenta que ella explicaba esos puntos suspensivos en tantas cosas de nuestras vidas como mujeres que de pronto en un giro lleno de sentido cerraban con suavidad pero definitivamente asuntos pendientes.

Conocí a Batya Gur, en marzo de 1998, en Tel Aviv, en un encuentro de mujeres escritoras acompañando a la poeta sefardí Margalit Matitiahu. Ese mismo año publicó su primera obra de la serie de género policial con el inspector Miguel Oyahon. “El asesinato del sábado por la mañana” inicia una corta y extraordinaria carrera de escritora, nacida en 1947, en Tel Aviv, hija de judíos polacos del holocausto.

En el año 2004, escribí una historia de vida sobre ella, su vida, su obra, su larga reflexión sobre el gobierno israelí, sobre la sociedad israelí, tan fanática y racista que se tituló “Nada es verdad”. Al año siguiente y después de escribir “Piedra por piedra” Batya Gur se murió de un cáncer fulminante.

Cuando se murió yo pensé con tristeza en esa muerte prematura y en la pena de que esa “bestia literaria” porque realmente es “un animal literario” se muriera a destiempo. Sencilla, fuerte, arrebatada, certera. Una maravillosa escritora que tenía por delante muchos años para escribir textos memorables pero que tal vez las terribles tensiones de la sociedad israelí la devoraron con una enfermedad letal. Christa Woolf ha escrito extensamente, sobre su propia enfermedad y sobre los cánceres que se despliegan en los cuerpos de las mujeres escritoras en la antigua RDA.

En “Piedra por piedra” una madre hace saltar con una carga de dinamita la tumba de su hijo. Este murió durante el servicio militar, víctima de un juego macabro. En la tumba se habían esculpido las palabras de rigor para estos casos: “Caído en un acto de servicio”. Pero no es verdad. Entonces Shulamit Melet o la Rajel de ficción que es una escultora reconocida, labra un ángel y una lápida nueva, revienta la lápida puesta por el ejército israelí y en su lugar coloca, bien visible para todos, la verdad:”Asesinado por sus superiores”.

Este es solo el arranque de la tragedia. Desde el inicio sabemos que va a pasar y como una mujer, furiosa, herida de muerte por la mentira que llevó al asesinato de su hijo se enfrenta a los aspectos más sórdidos de la sociedad israelí. Al final del juicio, de la soledad, del abandono y el repudio de su marido, de su familia, de sus amigos ella se pega un tiro.

Y una se queda sin aliento, porque desde el principio sabia que ése era el final pero las preguntas que se me amontonan es si no hay otras formas posibles de resistir, de denunciar, de saltar con dinamita la mentira, el genocidio, de reventar a todos esos Anselmos sueltos en el mundo sin tener que auto inmolarnos.

El periódico Le Nouvel Observateur dice de ella: “Una pacifista convencida ataca al Ejercito israelí…” Es como si encarnara a un David y Goliat con faldas a través del tiempo.

Y como no sé la receta para vivir, escribir, morirme a los ochenta años como Maria Elena Walsh, con gracia , con fuerza, con candor y apacible; o como Ana Maria Matute desde su ático en Barcelona, rodeada de sus perros, con su único hijo y su nuera, también a los ochenta años; o como la vieja poeta japonesa de noventa años…. entonces me meto en el agua de mi segunda oportunidad, floto como una hipopótama feliz…, y escribo…, y fluyo… y bendigo el recuerdo de todas ellas.





Fuentes: Areito- Historia de vida-Por Graciela Azcarate- “Batya Gur: Hoy ya nada es verdad”- sábado 11 de junio de 2005.

Batya Gur. Piedra por piedra. Ediciones Siruela-2005- España.

Historia de vida: Sé que aun me queda una oportunidad- 18 de diciembre 2009 http://www.espacinsular.org/spip.php?article9126

http://guasabaraeditor.blogspot.com/2009/12/se-que-aun-me-queda-una-oportunidad.htm

Historia de vida : Esa maldita pared

http://www.7dias.com.do/app/article.aspx?id=66607

Historia de vida : Hay un gato con botas en el salón.

http://www.7dias.com.do/app/article.aspx?id=84040

Historia de vida : Contra la muerte y el olvido

http://www.7dias.com.do/app/article.aspx?id=76341

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