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El polvorín

Birmania, la mayor prisión del mundo al aire libre

16 Octubre 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

En vísperas de una farsa electoral

Birmania, la mayor prisión del mundo al aire libre

En ningún país del mundo hay tantas formaciones guerrilleras activas como en Birmania: algunas de éstas están, lógicamente, en contra de la dictadura, mientras otras han acordado el cese al fuego, o han decidido trabajar para el enemigo.



Texto y fotografía de Giancarlo Bocchi
Traducción: Marcela Salas Cassani, Sergio Adrián Bibriesca y Amaranta Cornejo


Niños detenidos

Birmania.El destino de Birmania está marcado por sus riquezas. Es rica en gas natural, piedras preciosas y materias primas. Sin embargo, viéndola en el mapa parece un exquisito bocado entre las fauces de China e India, naciones muy distintas entre sí, y al mismo tiempo sedientas de materias primas y regidas por un desarrollo industrial desenfrenado. Pero por el momento, este bocado está siendo disfrutado por los generales que llevan 50 años en el poder

En 1989, Birmania fue re-bautizada como Myanmar por la Junta Militar. El 7 de noviembre del presente año se llevaran a cabo las elecciones, una farsa impuesta por el general Than Shwe, el corpulento y astuto hombre fuerte de la Junta Militar dictatorial, la cual gobierna ininterrumpidamente a este país desde 1962. Se trata de una de las más vetustas y crueles dictaduras del siglo XX. Con estas elecciones busca darse un paradójico tinte de legalidad.

Experto en “guerra psicológica” del Ejército nacional, Than Swe es un sátrapa asiático paranoico que idolatra la astrología hasta el punto de considerarla un instrumento en las decisiones políticas. Con las elecciones quisiera desplazar a la comunidad internacional, poner fuera de la jugada a la oposición democrática y reforzar sus nexos con China. Está listo para quitarse el uniforme militar y ponerse ropa civil como neo-presidente, trajes que el sastre de la confianza le ha confeccionado. En las elecciones-farsa quedarán excluidos los mayores exponentes de la oposición democrática, todos aquellos que han purgado condenas dictadas por los tribunales especiales de la dictadura, comenzando por la premio nobel Aung San Su Kyi, esa valiente mujer relegada por los generales a doce años de arresto en su casa de Rangoon (la ex-capital que fue re-bautizada por los generales como Yangoon).

Aún sabiendo que el punto de la situación está en manos del potente vecino chino, los occidentales continúan convocando a inútiles y costosas conferencias, envían improbables “enviados especiales” (el más inútil en todos estos años ha sido el que envió la Unión Europea, el italiano Piero Fassino). El embargo internacional no ha servido de mucho y la comunidad internacional renunció al uso de instrumentos de presión más fuertes sobre la Junta Militar, como sería la institución de un Tribunal penal internacional para los crímenes de guerra o la confiscación de los bienes del general, que se hayan depositados en el extranjero, mayoritariamente en los bancos de Singapur.

Periódicamente llegan dramáticas noticias de Birmania, pero la situación real al interior de este país, severamente negada a los medios internacionales, es mucho más confusa y desconocida.

El viaje en los misterios birmanos comienza en Mae Sot, al oeste de Tailandia, en la frontera con Birmania. Dos calles principales y paralelas, con miles de colores y olores, llenas de gente, atraviesan esta pequeña capital de la oposición al régimen birmano. En esta ciudad de algunos miles de habitantes están presentes miles de organizaciones de la oposición, las cuales diariamente producen documentos enciclopédicos e inútiles.

El Triángulo de Oro

El Triángulo de Oro

También hay miles de activistas que buscan sobrevivir gracias a las contribuciones extranjeras. Una asociación realmente útil e importante es la AAPP, que defiende a los prisioneros políticos, y es dirigida por Bo Kyi, uno de los estudiantes que en 1998 encabezó la rebelión reprimida sanguinariamente por los militares.

Después de siete años en la cárcel, Bo Kyi logró expatriarse. Me muestra un pequeño museo que ha montado con cientos de fotos e incluso reconstruyendo a tamaño natural una celda de una cárcel birmana. Pegada en una pared está la lista de prisioneros políticos, la cual es actualizada constantemente. Actualmente son 2 mil 185, de los cuales 283 son estudiantes, 253 monjes y 177 mujeres.

En los primeros meses de 2010, fueron liberadas 16 personas. Arriba de la sede de la asociación, está Aung Kyaw Oo, de 41 años, pequeño y simpático, pasó 14 años en las cárceles birmanas. La voz le tiembla cuando me cuenta el ritual de sumisión al cual son sometidos los prisioneros, obligados a acostarse y asumir posturas de esclavos frente a las cárceles. Me dice que “la comida que nos daban nos enfermaba, muchos de los nuestros murieron sin medicamentos o por tratamientos equivocados.”

A la afueras de Mae Sot, en una modesta casita de dos pisos, Blominghtnight (su nombre verdadero), de cincuenta años, es la directora de la Organización de Mujeres Karen, que desarrolla un trabajo importante en medio de miles de peligros. Con una moto vieja, cubierta para que no la reconozcan los espías del sistema, viaja continuamente desde la sede de la organización hasta la frontera. Reúne y difunde noticias sobre los delitos que los militares birmanos comenten en contra de las mujeres y de la población civil.

Son las mujeres, sobre todo, quienes mantienen un rol central dentro de la oposición al régimen, organizando ayudas para la población. Un ejemplo es Cynthia Maung, médica y fundadora de la más importante clínica en la frontera, ha sido candidata al Premio Nobel, y cada mes envía a sus “mochilas”, que son valientes enfermeros que clandestinamente llevan a los pueblos perdidos de la selva birmana canastas repletas de medicinas.

Después de un año encuentro a Zipporah Sein, secretaria general de la Unión Nacional Karen (KNU, por sus siglas en inglés), ala política de la oposición. Ella es la mujer más famosa entre los Karen. Esta señora de cuarenta años, jovial y un poco tímida, hija de un viejo general de la guerrilla, ha reforzado sus convicciones sobre la oposición armada. Dice con convencimiento “la nuestra es una guerrilla pacifista, de autodefensa en los pueblos y para la población”. Aun cuando su predecesor fue asesinado por sicarios del régimen birmano, Zipporah vive sola en una pequeña casa en las afueras de Mae Sot.

Monjes buddhistas en Rangoonpsd

Monjes buddhistas en Rangoonpsd

A algunos kilómetros, más allá de la frontera marcada por el río Moei, se encuentra la ciudad birmana Myawaddy. Una vez superada la frontera hacia Birmania pareciera que se entra en una máquina del tiempo, treinta años atrás. En Myawaddy todo está viejo, arruinado: coches, motos, casas. Mientras que en Tailandia todo está copado por el tráfico, aquí impera el silencio de las bicicletas.

Impresiona el aire de resignación y tristeza de la población. Algunas mujeres reparan la calle principal, escondiéndose del sol asesino tan sólo con un sombrero de paja, lo cual hace pensar en la iconografía clásica de los campesinos de los arrozales del sureste asiático. La mirada lúcida de las trabajadoras se pierde en el vacío, como si vivieran en una constante pesadilla. Te miran a escondidas y con temor, como si fuera un crimen la curiosidad hacia los extranjeros. Incluso los vendedores del mercado (obviamente autorizados por el régimen) no parecen muy contentos.

Puedo tomarles fotos y video, pero no puedo hacerle preguntas a la gente. El traductor (con el típico estilo que vi muchas veces en los Balcanes) responde directamente sin hacerle ninguna pregunta a mis interlocutores. Pasa una procesión de religiosos budistas acompañados del obsesivo ritmo de los tambores y trompetas. Van escoltados por militares con caras chuecas, quienes visten trajes miméticos nuevos. Son los “renegados” Karen de religión budista, pertenecientes al Ejército Budista Karen (DKBA), grupo armado que en 1994 firmó con la Junta Militar un acuerdo de cese al fuego. Pero en realidad son mercenarios que en los últimos años han asesinado a muchas personas, entre ellas connacionales Karen.

Desde Myawaddy se podría llegar a la capital Rangoo en algunas horas, pero es impensable hacerlo en auto. Afuera de la ciudad, a lo largo del camino 85, hay decenas de puestos de control del ejército birmano, imposibles de superar para un occidental.

Frontera birmana en Mae Sai

Frontera birmana en Mae Sai

Desde Mae Sot sigo mi viaje hacia el norte a lo largo de la frontera birmana. Del otro lado del rio Moei está el inaccesible territorio de los Karen. Es una tupida selva habitada por esta población, la cual lucha por su independencia desde 1947. La más longeva guerrilla del mundo contemporáneo, luego de haber perdido en los últimos años importantes puntos de referencia, cambió de estrategia. Un general del KNLA (Ejército Internacional Karen de Liberación), Isaac, tiene modos solemnes y me dice: “En el pasado nos equivocamos… Ahora hemos vuelto a las estrategias de guerrillas de la Segunda Guerra Mundial, cuando vencimos repetidamente a los japoneses, o sea que hemos vuelto a la guerrilla de movimiento.”

Los Karen

La frontera está llena de campos de refugiados Karen. El más grande es el de Mae La, poblado por cincuenta mil prófugos, de los doscientos mil refugiados explotados por Tailandia que se han establecido en chozas de ramas en las colinas.

Fuera de Mae La encuentro a Sonny Boy, tiene más de cincuenta años, es delgado, calvo y de mirada amable, le encanta el rock y el estudio de la religión; él es el encargado de las “clínicas móviles”, las estructuras clandestinas de la sanidad Karen. Se trata de pequeñas unidades móviles que se mueven rápidamente en función de los ataques birmanos.

El año pasado, Sonny Boy me ayudó a cruzar clandestinamente a Birmania. Recuerdo que después de superar innumerables controles militares en Tailandia, a cien kilómetros de Mae La cambiamos de dirección por una calle lateral. Después de algunos metros, en la rivera, encontramos la cabaña del barquero de la guerrilla Karen. Un bote nos esperaba. Un joven Karen respondió con una mirada simpática a mis temores: durante el cruce, el ejército birmano o los policías tailandeses ¿dispararán? ¿Quién podría saberlo? También Sonny Boy parecía dudar.

Guerrilleros Karen

Guerrilleros Karen

El territorio birmano- Karen es muy diferente del tranquilo paisaje tailandés. Una selva inextricable envuelve todo. Incluso los picos rocosos que amenazantes rodeaban el río. El motor de la embarcación rompe con un ruido agudo el profundo silencio de la jungla. Podían oírnos a varios kilómetros de distancia, pero el barquero y Sonny Boy no parecían preocupados. De repente, algunos disparos de ametralladora rompieron en el aire.

Sonny Boy miró perplejo. Señaló una colina y dijo lacónicamente: “Ejército tailandés”. La barca encalló en una playa arenosa, frente un pueblo de desplazados internos Karen, que huyeron de la violencia del ejército birmano. En los ojos de las mujeres y los niños está el recuerdo de la violencia de todo tipo. Habitualmente, los soldados quemaban las aldeas, robaban las cosechas, violaban a las mujeres y secuestraban a los niños más pequeños para “reclutamiento forzoso”.

En el centro del pueblo estaba una iglesia evangélica y la escuela. Además, por encima de un valle, estaba la pequeña “clínica móvil”, una choza de bambú donde una joven enfermera estaba tratando, con herramientas rudimentarias y escasas medicinas, a un niño herido del brazo. Sobre una mesa, había láminas color azul-violáceo que indicaban un alto riesgo de malaria en la zona.

Con Sonny Boy regresamos al río donde nos esperaba un guerrillero del ejército Karen con pañuelo en el cuello, chaqueta de camuflaje y pantalones cortos. Tomamos la misma barca y después de unos minutos de navegación en el río, alcanzamos la base de la séptima brigada Karen. Los jóvenes guerrilleros tenían recuerdos imborrables de su infancia: las fugas en la selva, los pueblos quemados y los familiares asesinados. Eran todos ex agricultores, mal armados, con poca munición, pero muy motivados para defender a su pueblo. Los guerrilleros KNLA me mostraron sus pretensiones. Les bastaba un plato de arroz hervido condimentados con algunos tubérculos de la selva. Eran más de tres mil, a los que hay que añadir las milicias de autodefensa de las aldeas.

Atravesamos el río sin problemas. En el lado tailandés me esperaba Simón, un oficial del general Isaac que me tenía que mostrar algo importante. Empezamos un viaje en auto hacia el norte. Después de varias horas y de superar nueve puestos de control tailandeses, doblamos hacia la izquierda en dirección al río, donde nos esperaba otro barquero.

Después de unos minutos navegando en el río, llegamos a un búngalo con un letrero que decía: “Punto de control KNLA”. Había llegado a uno de los lugares más secretos de la resistencia Karen: la academia militar, la escuela de la guerrilla, una especie de campus hecho de bambú, ramas y flores en medio de la selva.

Me dejaron asistir a un entrenamiento de táctica de la guerrilla que se llevaba a cabo en un gran pabellón de bambú y ramas. Las armas eran tan pocas que los practicantes se entrenaban con fusiles de madera, en lugar de AK47 o M16.

En un viaje más reciente volví a aquellos lugares con Zoya Phan (autora de Little daughter, un libro sobre su infancia en la selva), una joven que aspiraba a convertirse en el icono del movimiento con la ayuda de la prensa británica.

Me dijeron que la base de la séptima brigada de la guerrilla Karen había desaparecido hacía unos meses, junto con el campamento de refugiados, en un ataque de los budistas “renegados”, apoyado por el ejército birmano. Fue imposible conocer la suerte de los jóvenes guerrilleros que conocí. Intenté saber qué sucedió con la escuela de la guerrilla que conocí, pero los Karen que esta vez me acompañaban fingieron no entender mi pregunta.

Campo de profugos en Goongjaw

Campo de profugos en Goongjaw

Viajando en dirección noreste, llego a la segunda capital de la resistencia Birmana: Chiang Mai, que se encuentra a pocas horas de otro lugar muy caluroso, poblado por la etnia Shan de Birmania. En esta ciudad colmada de turistas extranjeros, famosa por los templos budistas que se parecen al Luna Park y por los mercados nocturnos, encuentro a Charm Tong, una joven Shan muy conocida en toda Asia por haber escrito License to rape, un reporte de la utilización de la violencia sexual por parte del ejército birmano como medio para aterrorizar a la población y realizar la llamada “limpieza étnica”.

Charm Tong es amenazada repetidamente por emisarios de los generales, pero circula en moto sin miedo. Su vida ha transcurrido a lo largo de la tragedia birmana. Sus padres, opositores del régimen en eterna fuga en la selva, tuvieron que abandonarla cuando era apenas una recién nacida en un orfanato cristiano.

Me cuenta: “La Liga de Nacionalidades Shan por la Democracia (SNLD), que ganó las elecciones en territorio Shan en 1990 y que obtuvo el segundo mayor número de votos totales, no participará en las elecciones”. Y agrega preocupada: “En los últimos meses las violaciones de los derechos civiles y los ataques militares se han intensificado como consecuencia de la estrategia militar para las elecciones-farsa”.

En una casa de dos pisos, en los callejones ocultos detrás de la vida del campus, vive Saengchuen Shanland, editor de uno de los principales diarios de la oposición en el exilio. Me explica la reciente crisis militar en la frontera entre el ejército birmano y sus aliados, los chinos étnicos narcoguerrilleros del Wa State Army. En ningún país del mundo hay tantas formaciones guerrilleras activas como en Birmania: algunas de éstas están, lógicamente, en contra de la dictadura (los Karen, los Kareni, y los Shan del Sur), mientras que otros han acordado el cese al fuego, o han decidido trabajar para el enemigo. Saengchuen dice que para las próximas elecciones, los partidos de oposición Shan han tenido una idea para eludir los dictados de los militares: “Presentación de las listas con los nombres diferentes para elegir a algunos diputados que representan la oposición en el parlamento.”

Me fui hacia el norte-este, Mae Sai, la capital del Triángulo de Oro, donde se entrelaza tráfico de cada género. En Birmania, además de los presos políticos, hay más de cien mil niños secuestrados para que sean soldados y cientos de miles de personas esclavizadas y utilizadas para el comercio sexual. También existe la problemática de las drogas: el 20 por ciento de la producción mundial de opio proviene de Birmania. Una vez que las enormes ganancias de estos oficios van a parar a los bolsillos de los señores de la guerra como Khun Sa, el ex “rey del opio” capo del “Ejército Unido” de los Shan, están directamente controladas por los generales birmanos. Khun Sa, quien murió hace unos años, así como otros traficantes que habían sido perdonados, se convirtieron en asesores militares. Obviamente, hoy en día, el tráfico prospera más que antes.

Hay otra guerra en el horizonte: ahora por las aguas del río Mekong, rico en ecos literarios. Laos y Tailandia acusan a China (más no Birmania) de robar el agua turbia del río. Los pescadores están preocupados por la desaparición del enorme pez gato que requiere al menos dos litros de agua para sobrevivir. Desde los años noventa, los flujos de agua procedentes de China se realizan de manera artificial. En octubre, los chinos habrán concluido la presa Xiaowan, la represa hidroeléctrica sobre el río. Pero esto no justifica el misterio anual de la desaparición de millones de metros cúbicos de agua.

Ashin Nyanissara

Ashin Nyanissara

Vuelvo a partir y después de un agotador viaje en las carreteras serpenteando por las montañas en la frontera entre Birmania y Tailandia, llego a Goongjaw, el único campamento de refugiados en Tailandia de la etnia Shan. El amistoso jefe de la aldea, Sai Liang, de 58 años, me espera en la plaza polvorienta tumbado en una silla cubierta. Googjaw es lo contrario del campamento de Mae La. Es ordenado, limpio, casi confortable. Los 600 refugiados llegaron en 2002 de cuatro pueblos diferentes Shan de Birmania. Sai Liang me explica que la planificación urbana fue acordada por criterios comunitarios. Las chozas más cercanas a la plaza son más pequeñas y no tienen jardín. A medida que se alejan de la plaza, las chozas son más grandes y tienen más tierra alrededor. Un criterio bastante democrático, que evidentemente los urbanistas occidentales no conocen. Los refugiados cultivan ajo y chile, y las mujeres tejen cestas de fibras vegetales.

Escuchamos disparos. Sai Liang me muestra una pequeña colina, a un kilómetro de distancia y me dice: “Donde ondea esa bandera hay una base militar birmana. En la colina opuesta está la base de los guerrilleros del Shan State Army South (SSA). Allí mismo, en otra colina, hay guerrilleros del Wa State Army. Nuestro campamento es una de las bases en el medio de todas. Pero no podemos regresar a nuestro país, debido a que el ejército birmano nos mataría a todos”.

Recibo una llamada de un oficial de la sede general del SSA (en territorio birmano). El coronel Jawd Serk, líder de los 10 mil guerrilleros Shan no me puede ver de inmediato ni llevarme a visitar las bases secretas en el país. Él quiere encontrarme en diez días. No puedo quedarme tanto tiempo, pero tarde o temprano me gustaría conocer a este tipo Che Guevara asiático que lucha contra los traficantes de drogas y dirige con mano de hierro una de las pocas guerrillas – como Karen-, que aún combate a los generales birmanos sólo por ideales y no por intereses económicos.

Decido ir a Rangún como un turista normal. La capital del más obtuso régimen de Asia está a sólo una hora de vuelo desde Bangkok. Al llegar espero la deportación y la detención de la cámara, en cambio, en el aeropuerto de Birmania, mezclado con decenas de turistas de todas las nacionalidades, paso inadvertido.

El régimen tiene un odio especial a los representantes de los medios de comunicación internacionales, pero sobretodo castiga severamente a quienes tienen contacto con ellos. El caso más llamativo y dramático es el actor y director birmano Zarganar, condenado a 40 años en la cárcel por el sólo hecho de criticar la ineptitud del régimen en el momento de la tragedia del ciclón Nargis.

Mientras estas cosas pasan ¿qué hace el mundo? ¿Basta el retraso de los eventos rutinarios en las capitales occidentales para protestar contra la farsa electoral? ¿Cómo se pueden liberar 50 millones de birmanos segregados en la mayor prisión al aire libre en el mundo? ¿Volverá Birmania a ser “La Tierra de Oro” o será siempre un bocado delicioso para comer?

Tomado de Desinformémonos

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KAROLINA 11/10/2010 22:25



ME ENTRISTECE ENORMEMENTE LA SITUACION DE BIRMANIA, PERO ¿QUE PASA CON LOS PAISES QUE COMPONEN LA ONU O MEJOR CON EL RESTO DEL MUNDO QUE NO HA PODIDO AYUDAR A LIBERAR A UNA NACION TAN OPRIMIDA Y
HARTA DE ABUSOS? ¿SERA QUE NO SE PUEDE HACER NADA MAS??  O CON LUGARES TAN OPRIMIDOS POR REGIMENES MILITARES ABUSIVOS Y CRUELES COMO EL TIBET, AFRICA...? HASTA LA PROPIA VENEZUELA ESTA
TOMANDO ESE CAMINO HACIA EL TERROR. NECESITAMOS MAS UNION EN EL MUNDO PARA PROMOVER LA LIBERTAD DE LOS PUEBLOS OPRIMIDOS Y LA DEMOCRACIA.