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El polvorín

Buenos Aires - Vicente López : Cámaras

16 Octubre 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

  
Martes, 12 de Octubre de 2010 08:59
(APe). Lejos, muy lejos, bajo la bruma del primer mundo, Scotland Yard comenzó a cuestionar la eficacia del sistema de cámaras de vigilancia en comparación brutal con el gasto que le genera al Estado. Simultáneamente, mientras a los míticos hombres de pipa les entran las ganas de empezar a apagar el Gran Hermano londinense, los vecinos de Vicente López se aprestan a encender la televisión para tener acceso a un show mucho más atractivo que el de Marcelo Tinelli. Observar, con ojo de espía, la vida de los demás en tiempo real. Eso es lo que prometió Enrique “Japonés” García para cuando termine de instalar la última cámara y convierta al municipio en un tenebroso estudio televisivo. Con el objetivo de bajar, al fin, el delito real en la calle. Una preocupación tardía para dirigentes que concedieron durante décadas, con acción o silencio, la destrucción individual y social de vastos sectores de la población.
En el fondo, en la base del Gran Espía que va ganando las calles de la Provincia y de los centros urbanos más importantes del país, hay un formidable negocio para el que muchos hacen cola con ojos babeantes. Cuando se fundó la Cámara Argentina de Seguridad Electrónica (CASEL), hace ocho años, estaba integrada por 30 empresas. Ahora son 110. “Se dedican a vender y operar cámaras de vigilancia, alarmas y sistemas electrónicos de control de accesos. Es un rubro que viene creciendo a un ritmo de entre un 20 y un 30 % por año ”, dice su presidente, Marcelo Colanero.
¿Podrán las cámaras amedrentar a la criminalidad organizada? ¿Podrán delatar como un reflector terrible y oportuno a los tratantes de niñas para la prostitución? ¿Podrán atrapar a los poderosos narcotraficantes que se deshilan en punteros para que en todos los barrios marginales haya sustancias suficientes, de la peor calidad posible, para destruir a los pibes y quitar de la escena aquello socialmente descartable?
Por supuesto que no. Las cámaras escupieron sus primeros resultados en Tucumán, en Olavarría –Buenos Aires- y en Mendoza. Por dar tres ejemplos lejanos y concretos.
“Las cámaras de seguridad ya atraparon a la primera sospechosa”, titula el diario tucumano. Era una mechera a punto de llevarse jabones y medias en los bolsillos de la campera.
En Mendoza, los medios hacen un racconto de los cien primeros delitos captados por el panóptico que vigila las calles. “Tres mujeres y dos hombres, posibles punguistas, son aprehendidos por su accionar sospechoso”; “Dos jóvenes sentados en la Plaza Independencia son advertidos por personal policial y les encuentran un envoltorio con una sustancia blanca. Los sospechosos son trasladados a la Comisaría 1º”. “Tras un aviso a la policía del robo de una bicicleta, se logra detener a dos personas”.
El intendente de Vicente López prepara la escena para que los vecinos puedan acceder gratuitamente a las imágenes tomadas por las cámaras, llamar a la policía ante cualquier “movimiento sospechoso”, convertirse en delatores de cualquier desprevenido, en condenadores de la inocencia, en mirones de los pasos íntimos de toda la vecindad. Como reality, promete un rating espectacular.
En Olavarría el Municipio difundió el primer video tomado por un flamante sistema de cámaras: dos jóvenes que habían robado una cartera revisaban nerviosamente documentos, pañuelos y unas monedas.
Todos los atrapados son rateros comunes, se supone que muy fácilmente detectables para decenas de miles de policías desparramados por el territorio bonaerense. Sin haber sido juzgados, en algunos casos sus caras se muestran en los videos. Varios son pibes. Doblemente estigmatizados: primero por la sociedad y después por el reality show de la inseguridad.
Cuando la mechera, los pibes, los pungas, se enteren de dónde están las cámaras, irán a robar a otro lado. Sin tener idea de que la policía británica está reviendo la eficacia de su propio Gran Espía, que implica una cámara cada 14 habitantes. En el conurbano hay una cada 9.000.
Para apresarlos a todos y que los vecinos de Vicente López enloquecieran con miles de ojos buscando la sombra conocida que dobló la esquina, debería instalarse una cámara por ochava, con una legión de monitoreantes. La imagen arquetípica de la vecina con el ojo en la ventana se convertiría en la chusma tecnológica del tercer milenio oteando la casa de enfrente a través de un monitor.
El panóptico de la modernidad es poco más que un recurso de moral fluorescente para serenar el terror de la clase media que vota religiosamente y puede arruinar una elección. Y a las gentes se les pierde, en medio de la confusión generalizada, lo importante detrás del videoclip. ¿Es más trascendente atrapar en flagrancia a la mechera, al punguista o a los ladrones de carteras que propiciar una sociedad espía y delatora por el impulso ciego del miedo? El destino horrible de Matías Berardi, asesinado por una banda criminal y con el auxilio negado por la vecindad por creerlo un ratero, es una escena crucial de esta película que no puede inadvertirse.
¿Habrá cámaras en los desarmaderos y en los prostíbulos? ¿Habrá donde se cocina el negocio atroz del tráfico –de drogas y personas- con la anuencia imprescindible de varias patas del Estado? No hubo ni habrá cámaras para desnudar a las mecheras y los punguistas del país, que se cargaron y se cargan en sus cuentas y en sus lustrosos escritorios los trenes, el petróleo y el patrimonio del vientre de la tierra. Los iniciadores ilustres de este tiempo desgraciado. Los que se robaron, impunes y a salvo, el por venir que ya vino. El destino de tantos chicos que se liman el presente fumando paco bajo una cámara de vigilancia.
Fuentes de datos:
El siglo web - Tucumán, El sol online - Mendoza, Infoeme, Olavaria, Infoban y Online-911
Edición: 1878
ojolagrimaaa1(APe). Lejos, muy lejos, bajo la bruma del primer mundo, Scotland Yard comenzó a cuestionar la eficacia del sistema de cámaras de vigilancia en comparación brutal con el gasto que le genera al Estado. Simultáneamente, mientras a los míticos hombres de pipa les entran las ganas de empezar a apagar el Gran Hermano londinense, los vecinos de Vicente López se aprestan a encender la televisión para tener acceso a un show mucho más atractivo que el de Marcelo Tinelli. Observar, con ojo de espía, la vida de los demás en tiempo real. Eso es lo que prometió Enrique “Japonés” García para cuando termine de instalar la última cámara y convierta al municipio en un tenebroso estudio televisivo. Con el objetivo de bajar, al fin, el delito real en la calle. Una preocupación tardía para dirigentes que concedieron durante décadas, con acción o silencio, la destrucción individual y social de vastos sectores de la población.

En el fondo, en la base del Gran Espía que va ganando las calles de la Provincia y de los centros urbanos más importantes del país, hay un formidable negocio para el que muchos hacen cola con ojos babeantes. Cuando se fundó la Cámara Argentina de Seguridad Electrónica (CASEL), hace ocho años, estaba integrada por 30 empresas. Ahora son 110. “Se dedican a vender y operar cámaras de vigilancia, alarmas y sistemas electrónicos de control de accesos. Es un rubro que viene creciendo a un ritmo de entre un 20 y un 30 % por año ”, dice su presidente, Marcelo Colanero.

¿Podrán las cámaras amedrentar a la criminalidad organizada? ¿Podrán delatar como un reflector terrible y oportuno a los tratantes de niñas para la prostitución? ¿Podrán atrapar a los poderosos narcotraficantes que se deshilan en punteros para que en todos los barrios marginales haya sustancias suficientes, de la peor calidad posible, para destruir a los pibes y quitar de la escena aquello socialmente descartable?

Por supuesto que no. Las cámaras escupieron sus primeros resultados en Tucumán, en Olavarría -Buenos Aires- y en Mendoza. Por dar tres ejemplos lejanos y concretos.

“Las cámaras de seguridad ya atraparon a la primera sospechosa”, titula el diario tucumano. Era una mechera a punto de llevarse jabones y medias en los bolsillos de la campera.En Mendoza, los medios hacen un racconto de los cien primeros delitos captados por el panóptico que vigila las calles. “Tres mujeres y dos hombres, posibles punguistas, son aprehendidos por su accionar sospechoso”; “Dos jóvenes sentados en la Plaza Independencia son advertidos por personal policial y les encuentran un envoltorio con una sustancia blanca. Los sospechosos son trasladados a la Comisaría 1º”. “Tras un aviso a la policía del robo de una bicicleta, se logra detener a dos personas”.

El intendente de Vicente López prepara la escena para que los vecinos puedan acceder gratuitamente a las imágenes tomadas por las cámaras, llamar a la policía ante cualquier “movimiento sospechoso”, convertirse en delatores de cualquier desprevenido, en condenadores de la inocencia, en mirones de los pasos íntimos de toda la vecindad. Como reality, promete un rating espectacular.

En Olavarría el Municipio difundió el primer video tomado por un flamante sistema de cámaras: dos jóvenes que habían robado una cartera revisaban nerviosamente documentos, pañuelos y unas monedas.

Todos los atrapados son rateros comunes, se supone que muy fácilmente detectables para decenas de miles de policías desparramados por el territorio bonaerense. Sin haber sido juzgados, en algunos casos sus caras se muestran en los videos. Varios son pibes. Doblemente estigmatizados: primero por la sociedad y después por el reality show de la inseguridad.

Cuando la mechera, los pibes, los pungas, se enteren de dónde están las cámaras, irán a robar a otro lado. Sin tener idea de que la policía británica está reviendo la eficacia de su propio Gran Espía, que implica una cámara cada 14 habitantes. En el conurbano hay una cada 9.000.

Para apresarlos a todos y que los vecinos de Vicente López enloquecieran con miles de ojos buscando la sombra conocida que dobló la esquina, debería instalarse una cámara por ochava, con una legión de monitoreantes. La imagen arquetípica de la vecina con el ojo en la ventana se convertiría en la chusma tecnológica del tercer milenio oteando la casa de enfrente a través de un monitor.

El panóptico de la modernidad es poco más que un recurso de moral fluorescente para serenar el terror de la clase media que vota religiosamente y puede arruinar una elección. Y a las gentes se les pierde, en medio de la confusión generalizada, lo importante detrás del videoclip. ¿Es más trascendente atrapar en flagrancia a la mechera, al punguista o a los ladrones de carteras que propiciar una sociedad espía y delatora por el impulso ciego del miedo? El destino horrible de Matías Berardi, asesinado por una banda criminal y con el auxilio negado por la vecindad por creerlo un ratero, es una escena crucial de esta película que no puede inadvertirse.

¿Habrá cámaras en los desarmaderos y en los prostíbulos? ¿Habrá donde se cocina el negocio atroz del tráfico -de drogas y personas- con la anuencia imprescindible de varias patas del Estado? No hubo ni habrá cámaras para desnudar a las mecheras y los punguistas del país, que se cargaron y se cargan en sus cuentas y en sus lustrosos escritorios los trenes, el petróleo y el patrimonio del vientre de la tierra. Los iniciadores ilustres de este tiempo desgraciado. Los que se robaron, impunes y a salvo, el por venir que ya vino. El destino de tantos chicos que se liman el presente fumando paco bajo una cámara de vigilancia.


Fuentes de datos:
El siglo web - Tucumán, El sol online - Mendoza, Infoeme, Olavaria, Infoban y Online-911
Tomado de Agencia de Noticias de Niñez y Juventud Pelota de Trapo (APE)

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