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El polvorín

Cánones de belleza

19 Agosto 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

  
Lunes, 16 de Agosto de 2010 11:00
Evomor1(APe).- “Me marcaba demasiado los rasgos incas”, dijo el hombre nacido en la ecuatoriana Guayaquil e inmigrante clandestino en Madrid. Como tantos otros, decidió someterse a la rinoplastía, “intervención quirúrgica estrella”, como la suelen definir, entre los cientos de miles que buscan un horizonte un poco más bondadoso con su vida. Lejos de su patria grande. Lejos ya de su identidad. Se trata, sea como sea, de occidentalizarse. De buscar nuevos rasgos. De trabajar a destajo miles de horas para poder pagar, euro sobre euro, el costo de esa operación que desde hace tiempo observa en una curva de crecimiento llamativo la Sociedad de Cirugía Estética, Plástica y Recuperadora de muchos países del viejo continente.

Nadie llega a esa decisión gratuitamente. Cada uno de esos migrantes atravesó antes, durante largo tiempo, procesos crueles de discriminación. De rechazo y de persecución. Ser diferente es un precio a veces demasiado caro: el acceso a un trabajo o las relaciones humanas suelen medirse por esas extrañas varas. Y se terminan pagando costos demoledores con tal de ser aceptado por aquel otro que valúa según cánones de belleza estandarizados y netamente occidentales. Costos que no sólo pasan por la burla del bisturí sobre la propia piel sino sobre todo, por el renunciamiento histórico al propio origen. Y que pagan hombres y mujeres llegados desde miles de kilómetros de distancia desde las viejas colonias dominadas por la Europa rica e invencible de otros tiempos. Pero que aún hoy continúa marcando cuáles son los modelos detrás de los cuales encolumnarse. Una Europa que todavía destella riquezas ante los ojos desesperados de los despojados de la Tierra.

La forma de la nariz es tal vez el rasgo que mejor define el origen étnico. “Es una forma de adaptarse al medio en el que viven”, comenta con rostro serio y carente de dudas un cirujano plástico de Valencia. Y esa búsqueda de adaptación al medio deriva en rinoplastías y en blefaroplastias, que es aquella a la que se somenten fundamentalmente los inmigrantes orientales decididos a occidentalizar sus ojos.

Europa no fue pionera, sin embargo, en este camino. Como tantas veces a lo largo de la historia Estados Unidos hizo escuela con orientales, dispuestos a renunciar a sus ojos rasgados, y con árabes decididos a transformar el formato de su nariz.

Después de todo, la medicina no está hecha únicamente para curar. Para sanar de males evitables y no tanto. La medicina también ha sido maestra, a lo largo de la historia de la humanidad, en pergeñar planes de estandarización étnica, por un lado, y de formidable lucro económico, por el otro. Esa ciencia nacida en los inicios de la humanidad como un camino de sanación atado a los designios de los dioses conoce desde hace largo rato y a la perfección la vileza de quienes quisieron y quieren utilizarla para otros fines. En un camino liderado por médicos como Josep Mengele, maestro experimentador sobre los cuerpos vulnerados de millones de perseguidos por el nazismo. Lejos hoy se está de aquellos preceptos de los médicos franceses Bérard y Gubler cuando a fines del siglo XIX sintetizaban que el papel de la medicina era el de “curar pocas veces, aliviar a menudo y consolar siempre”.

Richard Herrera, cirujano plástico, está por estos días a la cabeza de una promoción de operaciones a bolivianos determinados a modificar sus narices aguileñas y prominentes propias de los pueblos andinos. “Embellecerse” es el desafío. Dejar atrás ese rasgo típico en algunos pueblos del origen.

“Lo hago para mejorar mi rostro, para no escuchar las humillaciones de los que me dicen ´tienes nariz de loro´”, dijo al cronista de la BBC el joven paceño Juan Carlos Calamar. “Me decidí porque escuché en la radio un anuncio que decía cirugía de nariz a mitad de precio. No tenía recursos pero vine al doctor y me dijo que el monto era 2.800 bolivianos (unos US$400). Mi mamá me prestó, ella vende en la ciudad, es vendedora ambulante”, contó con 19 años recién cumplidos y el sueño de dejar de ser discriminado en su propia patria.

La clínica de Herrera convoca a los bolivianos a corregir “deformidades de la nariz” en lo que llama un “paquete quirúrgico”. Y que promociona la idea de “democratizar” las cirugías plásticas por las que ya pasaron -según el propio Herrera- unos 5000 bolivianos.

Ya lo dijo Galeano: sólo los pobres están destinados a ser feos y viejos. Los demás pueden comprar cabelleras, narices, párpados, labios, pómulos, tetas, vientres, culos, muslos o pantorrillas que necesiten para corregir la naturaleza. Y si no, seguramente habrá algún Richard Herrera dispuesto a ofrecer una promoción.

Lo aprendieron desde muy niñas las pequeñas cholitas de El Alto cuando caminan entre las góndolas de un supermercado o aplastan su nariz contra la vidriera de una juguetería repleta de muñecas altas, rubias y de lacias cabelleras. Ese es el modelo que les devuelve el espejo del sistema en el que las obligan a mirarse y que les imponen como sueño ajeno e inalcanzable.

Evo Morales proclama el orgullo de su pueblo a contramano de los richards herreras dispuestos a aplastarlo. Desde sus entrañas más hondas, América Latina puja por emerger de la opresión de los poderosos, eternamente dispuestos a someter y a aplacar las reivindicaciones identitarias. Aún en su propia tierra. Aún en su propio continente. Ese que grita ahogadamente en palabras del ecuatoriano Adoum “¿No es mío acaso el sitio donde me han matado tanto?”.
Tomado de Agencia de Noticias de Niñez y Juventud Pelota de Trapo (APE)

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