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El polvorín

Carne, dioxinas y principio de precaución

6 Febrero 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Escrito por Pilar Galindo   
TUESDAY 01 de FEBRUARY de 2011

 

165048_145989_foto_huelga_web_x.jpgEl 4 de enero de 2011 ha estallado en la Unión Europea una nueva crisis alimentaria. En miles de granjas alemanas, la mayor parte en la Baja Sajonia, los piensos están contaminados por dioxinas. Su origen, el fabricante Harles & Jentsch, que empleó aceites industriales no aptos para el consumo animal o humano obtenidos de un productor de biodiesel.

 

Las dioxinas son compuestos químicos que se liberan en la combustión de sustancias entre las que está presente el cloro. Pueden producir efectos sobre la salud inmediatos –envenenamiento, acné- por intoxicación grave. Cuando se introduce en la cadena alimentaria a través del pienso del ganado, los daños sobre nuestra salud se desarrollan a medio y largo plazo ya que las dioxinas se acumulan en la grasa de nuestro organismo pudiendo provocar cáncer.

 

En Europa, ésta es la cuarta crisis por dioxinas en los piensos desde 1999. Aunque los niveles de contaminación han cuadruplicado los permitidos por la UE, no han alcanzado los de la crisis de Irlanda de 2008, cien veces superiores, ni los de Bélgica de 1999, novecientas veces superiores a dicho límite.

 

La penúltima crisis (Irlanda, diciembre de 2008) afectó a la producción de 10 explotaciones de cerdos y 38 de vacuno. Llevaba incubándose desde el 1 de septiembre y se propagó a 21 países, 12 de ellos de la UE. En la actual crisis, la propagación ha sido menor, alcanzando a Dinamarca que importó piensos contaminados con dioxinas, Holanda que importó 136.000 huevos contaminados para la industria alimentaria y Reino Unido, que compró alimentos elaborados con los huevos contaminados.

 

Sin embargo, el impacto actual para el sector ganadero ha sido el más grave. En la primera semana, se han llegado a clausurar 4.700 granjas de cerdos, pollos y pavos en 9 Landers alemanes y una semana después, otras 934 granjas. Hay 25 fabricantes de piensos involucrados. La prensa alemana denuncia que la utilización de grasas y aceites industriales en los piensos viene de lejos. El Ministerio de Agricultura de uno de los Lander afectado tenía pruebas de la utilización de grasa no adecuada para consumo humano en la producción de piensos y sólo ahora lo ha revelado. ¿Negligencia u ocultación de pruebas?

 

Las autoridades responsables de la salud pública quitan importancia a esta crisis. El Instituto Federal de Evaluación de Riesgos de Alemania, el portavoz de la Comisión Europea y el Gobierno alemán emiten el mismo mensaje tranquilizador: la cantidad hallada en los huevos no es peligrosa para los humanos, a menos que se consuman en “enormes cantidades”; la contaminación de dioxinas en la alimentación animal “no presenta riesgos para el consumo humano”. La Autoridad Europea para la Seguridad Alimentaria decía lo mismo en la crisis de las dioxinas de Irlanda en 2008: “apenas hay riesgos sanitarios por la ingesta de carne de cerdo contaminada por dioxinas.... aunque se consumiera en grandes cantidades y por un periodo prolongado, tampoco sería evidente el peligro para la salud”. Todas esta recetas desconocen los efectos a medio y largo plazo.

 

El Director General de la Organización Mundial de la Salud Animal (OIE), Bernard Vallat, ha valorado los mecanismos de prevención y seguimiento de enfermedades animales de la Unión Europea como “los más “punteros del mundo”. Lo que diferencia el sistema de prevención europeo de otros sistemas menos “avanzados” es una red de alerta y una trazabilidad que permite acotar el problema y controlar su avance. Sin embargo, este mecanismo tan perfecto no sirve, como se comprueba crisis tras crisis, para atacar sus causas.

 

Ningún gobierno quiere enfrentarse con el origen del problema: el negocio globalizado de los piensos y de la carne, la industrialización de la producción ganadera y sus enormes intereses corporativos. El aumento de la escala de producción y distribución; el abaratamiento de costes de la alimentación exigido por la competitividad; la ganadería intensiva en condiciones de hacinamiento y proliferación de enfermedades; la alimentación cárnica a animales vegetarianos e, incluso de su misma especie; la generalización de sistemas integrados de producción donde el inversor y verdadero propietario del negocio proporciona al ganadero –propietario o arrendatario de las instalaciones- desde los animales a los pocos días de nacer, a los alimentos y medicamentos y le paga no sólo en función de la rapidez sino del ahorro en costes. Este modelo de producción de proteína animal, responsable de recurrentes crisis alimentarias y pandemias sanitarias, también es causante del hambre y la desnutrición de más de mil millones de personas en el mundo, al priorizar la producción de cereal para pienso en lugar de para el consumo humano de la población.

 

Confecarne, la patronal española del sector cárnico, en julio de 2010 se felicitaba de que la Unión Europea  levantase la prohibición de usar harinas cárnicas en la alimentación de especies no rumiantes. Una vez que el escándalo de las vacas locas (1999-2000) dejó de ser noticia, la industria alimentaria ha presionado hasta conseguir incorporar residuos animales en la alimentación del ganado (excepto de su misma especie), elevando el nivel proteínico de los piensos y bajando sus costes. Para lavar su imagen y desviar la atención, las patronales europeas de productores de piensos (FEFAC), de semillas oleaginosas (FEDIOL) y de las industrias de almidón (AAF) desarrollan una guía de buenas prácticas voluntarias asociadas a sistemas de certificación de piensos seguros.

 

Cuando las crisis alarman a la opinión pública y la desconfianza de la gente castiga a la industria ganadera dejando de consumir productos cárnicos, los gobiernos de los estados y las autoridades comunitarias prometen mayores controles y regulaciones a la vez que relativizan los problemas de salud para reducir la caída de la demanda. Llegan a reprochar la escasa colaboración de la industria de los piensos, de las grasas vegetales, de los biocarburantes (EEB) y del procesado de subproductos animales (EFBRA), todos ellos beneficiarios de que en la alimentación animal se incluyan residuos de origen dudoso y nadie obligue a una separación de las instalaciones de grasas comestibles de las no comestibles (Declaraciones del portavoz comunitario de Sanidad, Frédéric Vicent, a Efeagro 11/01/2011). Pero cuando vuelve la calma, el Parlamento europeo que, había exigido una “declaración abierta” con indicación exacta de cantidades tras la crisis de las vacas locas, se pone del lado de la industria y aprueba un nuevo reglamento de etiquetado de piensos que sustituye dicha declaración por una la lista de ingredientes en orden decreciente según su peso (febrero de 2009).

 

Con la excusa de proteger la propiedad intelectual de los fabricantes de piensos que se niegan a desvelar los componentes que utilizan, el Parlamento Europeo se posiciona a favor de la industria, exponiendo a la población a nuevas crisis. Los sistemas de alerta y trazabilidad son simulacros de confianza que sólo sirven para eliminar a los productores más pequeños y aumentar la concentración del sector. El principio de precaución –prevenir los riesgos y, ante la duda, no comercializar productos que no garantizan su inocuidad- no sólo no se aplica sino que la publicidad institucional nos convence de que es natural que, cada cierto tiempo, ocurran estas crisis.

 

Luchar contra las crisis alimentarias exige construir nuestra seguridad alimentaria. Esto requiere aumentar la cultura alimentaria de la población y avanzar en una dieta que reduzca nuestro consumo de proteína animal por múltiples razones. 1) por desconfianza de la industria ganadera, 2) porque la producción industrial de alimentos cárnicos –como la vegetal- tiene dudosa calidad nutricional, 3) porque la producción en masa estimula a través de la publicidad y la gran distribución, un consumo excesivo de carne desplazando a la proteína de origen vegetal y, en nuestro caso, la cocina mediterránea, 4) porque el consumo de productos cárnicos globalizados es perjudicial para nuestra salud provocando múltiples enfermedades, algunas de ellas con carácter epidémico, 5) porque la industria cárnica somete a los animales a tortura, contamina la naturaleza, es el caldo de cultivo para las gripes y otras epidemias en el ganado que acaban transmitiéndose a los seres humanos con un inmenso riesgo de alta mortalidad, 6) porque la ganadería industrial forma parte del sistema agroalimentario capitalista mundial que impulsa la producción de transgénicos para pienso y biocombustibles, al tiempo que condena al hambre y la desnutrición a la mayoría de la población mundial.

 

 

Pilar Galindo, La Garbancita Ecológica

1 de febrero de 2011

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