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El polvorín

Chile: El regusto por Pinochet y la masacre mapuche

6 Septiembre 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

En Chile todo está tranquilo. Ya lo dijo Isabel Allende. “Hay que darle un margen de confianza a la derecha”. Supongo que el límite está entre Mauthausen y Guantánamo.
Carlos Tena | Para Kaos en la Red

La receta política inventada por el Premio Nobel de la Paz, Henry Kissinger, cuya responsabilidad en miles de crímenes y desapariciones de ciudadanos en América Latina y otras áreas, no impidió a la derecha noruega (la que prohibía desnudos en las portadas de revistas) concederle el mentado galardón, fue particularmente idónea para los intereses de la Casa Blanca en el sur de los USA, al que presidentes de toda ralea conocen despectivamente como The Backyard (El Patio Trasero).

De ahí, que este ciudadano de origen alemán nunca haya sufrido menoscabo, moving, críticas o investigaciones en los medios periodísticos, por colaborar, además de lo dicho, en las muertes e intentos de magnicidio, fracasados por fortuna, de presidentes de gobierno como John Kennedy, Salvador Allende, Fidel Castro, Hugo Chávez, Daniel Ortega, Juan Bosch u Olof Palme, siempre a través de una sutil y complicada red de espionaje, en la que no faltan los sicarios, apoyados a su vez desde la CIA y el FBI, con objeto de que el ejecutor disfrute de una rápida escapada de la escena del crimen, o sea víctima de una muerte violenta a manos que quienes le ayudaron en la huída. Puro cine, hermano.

Las películas sobre este tipo de actividad política no tienen nada de fantásticas, sino que más bien desmerecen de la realidad. Las tres entregas de la serie El Padrino no son filmes en los que los personajes no tengan relación alguna con la realidad, sino que son la palpable demostración de cómo se obtiene todo tipo de poder (político, jurídico, mediático, artístico y eclesiástico) gracias a los ingredientes del sabroso plato, del que las balas son el más importante, la sal y pimienta del guisado, esa especia que confiere un regusto especial, alabado por decenas de hombres y mujeres que lo han incorporado a sus restaurantes y funerarias. Con un aroma inequívocamente norteamericano.

La receta de la que hablo, comienza con la formación de los mandos militares de un país soberano en cuarteles y academias norteamericanas, como han venido haciendo jefes de todo los ejércitos de Latinoamérica, e incluso Príncipes, como Felipe de Borbón. En esos cursos, es evidente que a los uniformados se les prepara en el respeto a la democracia, los derechos humanos y la libertad. Lo malo es que tales materias son aplicables únicamente a los miembros de la clase dominante, es decir, militares, senadores, diputados, empresarios de primera clase, terroristas anticubanos con dinero,  ex presidentes o negociantes extranjeros que huyeron de su país con las arcas del estado, artistas afines al régimen, y demás crema de la pirámide yanqui. Para entendernos, desde Obama a Andy García, pasando por Luís Posada Carriles, Anastasio Somoza, Mireya Moscoso, Pedro Carmona, Orlando Bosch, Rafael y Patricia Poleo, Ileana Ros-Lehtinen y llegando a los hermanos Mario y Lincoln Diaz-Balart, cuyas clases de cómo esnifar cocaína sin adulterar, han contribuido al desarrollo de la industria norteamericana del platino, dada la enorme cantidad de tabiques nasales de ese material que se implantan en la zona, que casi alcanzan a los pechos femeninos de silicona.

La United States Military Academy (el viejo West Point) es sin duda el epicentro de esa formación tan humanística. En aquella aulas, se imparten temáticas basadas en cómo asentar militarmente el concepto de democracia, sin que las protestas civiles obtengan eco social. Allí se propugna la vigilancia de un sistema al que hay que dotar de elementos ajenos, como el terror y el miedo provocados desde las cloacas del estado (particularmente de los ministerios de interior y de defensa), en orden a que un improbable triunfo electoral de la izquierda real sea anulado de inmediato, desde el momento en que el gobierno de turno comenzase a derogar las leyes que permiten el robo legalizado, el saqueo legitimado y el expolio de la riquezas del país.

Para ello hay dos clases de maniobra: la rebelión militar dura y sangrienta y la blanda, es decir, con menos muertos. La primera de ellas ya no está de moda (Chile, Haiti, Argentina, Uruguay, Paraguay, Guatemala, El Salvador, Granada, República Dominicana, Panamá y un largo etcétera); la segunda, más chic y elegante, parece contar con el beneplácito de los medios de comunicación porque no hay tantos balazos. Son asonadas ecológicas, como la que fracasó en Caracas en 2002 o la que derrocó en Honduras al presidente Manuel Zelaya, el único legitimado para el cargo, el único al que reconocen las naciones verdaderamente democráticas. Y aún así, las llamadas Fuerzas del Orden del Lobo matan diariamente obreros, profesionales del periodismo, maestros, sindicalistas y niños.

Como se puede comprobar, la cantidad de ciudadanos a eliminar depende de las necesidades internas, de la fuerza e implantación social adquiridas, pero sobre todo la promesa de que esas violaciones, genocidios y asesinatos en masa, jamás serán publicitados en los medios controlados por las familias que poseen la mayor parte de los titulares de diarios, cadenas de radio, televisión y plataformas en Internet.

Cuando el país ya está en su salsa, es decir, liberado de los elementos de izquierda, aunque procedan del mundo de la canción, el cine o la literatura, se da un descanso al personal, creando un ejército repleto de admiradores de Hitler, Franco y Mussolini, principalmente, con objeto de estar seguros de que los cuarteles no serán como el Moncada. Tras eliminar a miles de civiles, se inicia otra etapa en la que se permite el exilio de aquellos que en un futuro cercano protagonizarían un emotivo regreso a la patria, celebrado incluso por el propio gobierno golpista.

A esas alturas, el compromiso político de los jóvenes habría descendido de tal forma, que se haría imposible el relevo de la contestación universitaria y laboral, que llevó a la presidencia a mandatarios hoy casi olvidados. Y no sólo los más jóvenes, sino los propios familiares de los asesinados, como el vergonzoso caso de Isabel Allende, hija del ejemplar y heroico presidente chileno, firmando declaraciones contra Chávez o afirmando “que hay que dar un margen de confianza a la derecha”, en referencia al Berlusconi chileno, es decir, al flamante empresario y presidente actual, Sebastián Piñera, cuya admiración por el nunca condenado Augusto Pinochet es paralela a que profesa el Borbón español hacia el genocida Francisco Franco.

La tercera fase es, como vemos, el regreso a una democracia contaminada, en la superficie parece relucir, pero el fondo hay un mar de sangre coagulada, de manos aplastadas, de cuerpos mutilados, de niños destrozados, de mujeres y ancianos torturados hasta la muerte. Dado que los golpes de estado modernos no deben pasar por aquellas escandalosas estrategias de eliminación sin control, hoy la Casa Blanca aconseja que se adopte otra táctica más sibilina, en la que la izquierda sea sometida a un proceso de depuración ideológica hacia el centro y más allá (hacia la derecha, claro), merced a la infiltración, soborno y amenazas a sus más inútiles militantes e ideólogos, del que surgirá pujante un PSOE, o un Partido Socialista francés o chileno, para el que la ex presidenta Michelle Bachelet cumplió de forma impecable lo que Felipe González realizó en España, permitiendo que el terrorismo de estado, perseguido judicialmente pero controlado desde un descontrol voluntario y una financiación procedente del erario público, se llevara por delante a decenas de militantes de izquierda, concejales, parlamentarios, médicos, periodistas y trabajadores de otros sectores.

En Latinoamérica las cosas cambiaron. Todo lo previsto por los monarcas Bush I y su hijo Bush II, saltó por los aires el día en que, tras el efímero golpe del delincuente Pedro Francisco Carmona contra el presidente constitucional Hugo Rafael Chávez, en Venezuela, entre los aplausos y apoyos de medio como El País, lacras sociales como José María Aznar, y cómicos como Alejandro Sanz, surgió la impresionante valentía de un pueblo saliendo a la calle para tomar el palacio de Miraflores, la Bastilla caraqueña, del que los golpistas salieron huyendo hacia Miami, con el rabo entre las piernas y el dinero en los baúles, seguidos de su cohorte de militares fascistas y periodistas, cómplices de crímenes como Patricia Poleo, sin que la autoridad pudiera ejercer sus funciones de procesamiento y ulterior sentencia.

Es curioso que todos los golpistas fracasados o en retiro, terroristas activos y pasivos o delincuentes de amplias cuentas corrientes, se refugien en Florida, cuna del mayor tráfico de cocaína del mundo, que Álvaro Uribe se encargó de blindar a través de su DAS y de la DEA (que vienen a ser como los supermercados de la droga para la gente bien y la que puede pagar), cuyos ataques a gobiernos como los de Venezuela, Bolivia y Ecuador, se comprenden en tanto en cuanto en ellas se detienen a aquellos narcotraficantes que colaboran con aquellos organismos estatales, requisando y destruyendo el material  incautado.

El Presidente chileno Sebastián Piñera, consciente de su labor, ya tiene en su haber un número de asesinatos en serie, centrados en la etnia mapuche (Gente de la Tierra), pueblo indígena asentado desde tiempos inmemoriales en el centro-sur de Chile y el suroeste de Argentina, al que se ha venido condenando al exterminio, paulatino pero radical, primero por parte de los conquistadores españoles, y desde la independencia de los países del Cono Sur, por diferentes gobiernos chilenos y argentinos. El pueblo mapuche ha venido resistiendo de forma épica, a pesar de las matanzas sufridas en los siglos XVIII y XIX,  hasta lograr un proceso de asimilación de su ancestral cultura durante parte del siglo XX, que permitió la emigración de sus miembros a las grandes urbes, de las que hoy son expulsados, torturados, encarcelados, por órdenes estrictas del mentado Piñera, el Gran Hombre Blanco, el Gran Empresario Criollo, poseedor de una fortuna, calculada en más de 2.000 millones de dólares, que somete a ese digno pueblo a una brutal discriminación racial, cultural y económica. Hoy, un 90% de esa etnia sobrevive difícilmente entre la prisión, la enfermedad y el hambre. Para colmo, una buena parte del resto de la población chilena aguanta una pandemia para la que no hay Tamiflú alguno, que los científicos definen como pobreza, escasez, de las que más del 60% malvive con el equivalente a 150 dólares mensuales.

Desde el asesinato de Salvador Allende, en Chile ha dominado la alta burguesía criolla, la que regala prebendas y negocios a los empresarios europeos, en la que figuran extremistas de derecha (Piñera entre ellos), democratacristianos, centristas, socialistas a la española y radicales sui generis. Todos coinciden en el diagnóstico del Chile actual: penuria, educación, vivienda y   salud, siguen siendo los problemas más acuciantes de la zona. Pero se quedan ahí, en la mera constatación de tan lamentable situación, pero no mostrando la menor preocupación o interés por articular los mecanismos necesarios, para mitigar las terribles consecuencias para la población.

Esa es la democracia en estado impuro, contaminada de un regusto por Pinochet que los potentados exhiben en sus decisiones, mientras en los discursos hablan de libertad y participación. España transitó de la dictadura al neo franquismo, pasando por el experimento González y la mediocridad criminal de Aznar. Chile ha pasado del absolutismo asesino al neo pinochetismo, pasando por el experimento Bachelet y la mediocridad canallesca y sangrienta de Piñera. Le falta un zapatero para acabar definitivamente con el país.

Mas, ¿qué dices, Tena? En Chile todo está tranquilo. Ya lo dijo Isabel Allende. “Hay que darle un margen de confianza a la derecha”. Supongo que el límite está entre Mauthausen y Guantánamo.

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