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El polvorín

CINCO PUNTOS SOBRE QUÉ SIGNIFICA INTRODUCIR CULTIVOS TRANSGENICOS

27 Julio 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica


 

GRAIN – Camila Montecinos

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Lo que quisiera hacer es presentar cinco puntos que creo que ayudan a construir un cuadro amplio que a su vez permita juzgar adecuadamente qué significa introducir maíz transgénico en México. Son cinco puntos que, por supuesto, deben ser complementados y serán complementados por los muchos otros elementos que serán escuchados por esta audiencia.

 

¿Cuáles son estos cinco puntos? El primero es que los cultivos transgénicos no son una herramienta ni una estrategia tecnológica que permita aumentar la producción agrícola, ni de alimentos ni de otro tipo de productos. Por el contrario, los cultivos transgénicos están inevitablemente asociados a una disminución de la producción. ¿Por qué? Porque las plantas transgénicas son plantas a las que se les obliga a producir sustancias extrañas, sustancias que normalmente no producirían. Para eso las plantas transgénicas le deben robar energía, agua y nutrientes a su producción normal y por ende terminan produciendo menos. En otras palabras, si comparamos un grupo de plantas con otro grupo de plantas con las mismas características, pero a las cuales se las ha convertido en transgénicas, las transgénicas producirán menos que las normales. Este es un fenómeno comprobado, no sólo a través de la experiencia de campo, sino también en ensayos de centros de investigación que indican que la disminución del rendimiento -al cual se le llama “brecha productiva”- es de al menos un 10% .

 

La pregunta, entonces, es ¿por qué, si los cultivos transgénicos no aumentan la producción, se les está tratando de imponer con tanta fuerza? La respuesta es que los cultivos transgénicos tienen otros objetivos que para las empresas son muy importantes. Aquí mencionaré dos de ellos. El primero es maximizar las ganancias del puñado de empresas que hoy controlan las semillas transgénicas y la producción de agroquímicos. El segundo, muy ligado con el anterior, es pasar a ser parte de ese conjunto de medidas -técnicas, económicas, legales y políticas- que tienen como meta acabar con la producción independiente de alimentos; es decir, acabar con la producción que hacen campesinos, pescadores, pastores, pueblos indígenas y pequeños productores del mundo entero, para poner esa producción bajo el control de los grandes capitales.

 

¿Cómo esperan hacer esto? Primero, todos los cultivos transgénicos, sin excepción, están patentados o sujetos a alguna otra forma de propiedad intelectual. Por lo tanto, quienquiera que los use se verá obligado a comprar semillas año tras año. Y no sólo eso; además se verán obligados, mediante un contrato que deberán firmar al momento de comprar la semilla, a comprar un conjunto de agroquímicos, producidos la mayoría de ellos por las mismas empresas semilleras. Hoy día, por ejemplo, la mayoría de quienes cultivan transgénicos se ve obligados a utilizar glifosato, pero ya se están preparando otros transgénicos que obligarán a quienes los cultiven a comprar y utilizar además otros productos químicos. Entonces, los transgénicos son una herramienta diseñada y utilizada para expandir el mercado de las semillas y el mercado de los agroquímicos. Aquí estamos hablando de muchísimo dinero. Actualmente el mercado de las semillas es de alrededor de 20000 millones de dólares anuales y las empresas quieren llegar a al menos 40000 millones para el año 2020, y seguir creciendo después de eso. El mercado de los agroquímicos es aún más grande, tres o cuatro veces eso. Lo que no debemos olvidar es que si las empresas quieren vender todos los años 20000 millones de dólares adicionales sólo en semillas, significa que alguien deberá pagarles ese dinero. En los planes empresariales, ese “alguien” incluye a campesinos e indígenas.

 

 

Como decía, el segundo objetivo de los cultivos transgénicos es terminar con la producción independiente de alimentos. ¿Qué tiene que ver esto con todo lo que hemos hablado? Con los transgénicos los agricultores y campesinos se verán obligados a firmar contratos donde se comprometen a cultivar de la manera en que la empresa lo determine. La empresa determinará fecha de siembra, dosis de semilla, distancias entre surcos, labores de cultivos, qué agroquímicos usar, cuándo y en qué dosis, etc. De acuerdo a las leyes de propiedad intelectual, las empresas incluso tienen la posibilidad de fijar a quién se le va a vender el producto. La capacidad de decidir cómo cultivar, cuándo cultivar, qué cultivar, cómo cuidar el suelo o el agua al cultivar, cómo combatir las plagas o enfermedades, y las muchas otras capacidades necesarias para ser un buen cultivador, van a quedar eliminadas por contrato. A eso se le suma que será delito guardar o intercambiar semilla y que aumentarán los costos por la obligación de comprar esas mismas semillas y otros insumos. Lo que veremos entonces es la imposición de contratos que nos dirán que está bien no ser un cultivador libre, que está bien despreciar el conocimiento propio y someterse al de las empresas, que es un delito cuidar e intercambiar semillas, como los pueblos del mundo lo han hecho desde que hay agricultura, y que está bien obligar a campesinos y pueblos indígenas a endeudarse. Para las empresas el camino está claro: o logran obligar a los campesinos e indígenas del mundo a pagarles, o se les expulsa de la tierra para que los reemplacen grandes empresarios que sí pagarán. Y los cultivos transgénicos sirven para una y otra cosa.

 

Pero los transgénicos no actuarán por sí solos. Cada uno de estos elementos será reforzado por un conjunto de otras leyes y políticas que ya están en marcha. Son los programas como los clusters productivos, los encadenamientos productivos, o las leyes de semilla, las llamadas buenas prácticas agrícolas, los tratados de libre comercio que permiten que grandes capitales extranjeros compren millones de hectáreas en nuestros países, las normas de calidad que sólo benefician a los más grandes, y muchas más. Son un conjunto de leyes y políticas que si se imponen y tienen éxito, el resultado será campesinos y pequeños productores endeudados y dependientes, las condiciones exactas que han llevado a la expulsión desde la tierra a un número inmenso y creciente de comunidades indígenas y campesinas. Si los campesinos y pueblos indígenas desaparecen, lo que veremos es que las transnacionales no sólo controlarán las semillas, los agroquímicos y los fertilizantes, además controlarán la alimentación. Y ese es el mercado más grande del mundo, el más lucrativo y el más cautivo, por lo que controlarlo es hoy un objetivo central de los grandes capitales. Y en ese cuadro, los cultivos transgénicos encuadran perfectamente, son la herramienta perfecta para avanzar hacia los objetivos que las grandes empresas tienen. Por eso quieren imponerlos.

 

El segundo punto que quiero destacar es que la contaminación transgénica no es un accidente, no es un descuido de las empresas. Tampoco es un descuido de los campesinos o agricultores, como nos quieren hacer creer. La contaminación es un proceso impulsado deliberadamente por las empresas que controlan las semillas transgénicas.

 

¿Cuáles son los principales cultivos transgénicos hoy en día? Son principalmente cultivos asociados a la alimentación: maíz, soya, canola. Son tres cultivos que tienen un altísimo e inexorable poder de contaminación. El maíz -como todo el que lo siembra sabe- se puede cruzar a kilómetros de distancia con cualquier otra variedad de maíz. Al contaminar el maíz se contaminaron cientos de variedades y se contaminó toda la cadena agro-alimentaria industrial, porque el maíz lo comemos no sólo directamente, sino también como aceite y como azúcar. Por lo tanto, con el maíz se contaminó la alimentación de miles de millones de personas. La soya transgénica fue la herramienta que utilizaron las empresas para contaminar la alimentación animal y con ello los alimentos de origen animal, además de casi todo los alimentos procesados, que utilizan la soya como conservante. La soya contamina mucho menos que el maíz en el campo, pero su poder de contaminación de los alimentos es posiblemente mucho mayor, y seguirá creciendo en la medida que la alimentación sea cada vez más procesada y controlada por la industria procesadora . La canola o raps también sirvió para contaminar la alimentación animal y los aceites. Este es otro cultivo que se puede cruzar a grandes distancias, pero no se cruza sólo con otras variedades de canola, sino con una larga lista de otras plantas, desde hortalizas como la coliflor o el repollo, hasta plantas silvestres como la mostaza silvestre. Al contaminar la canola, se perdieron diversas variedades de canola no transgénica y se contaminaron de manera invisible cultivos que comemos tranquilamente como naturales.

 

Si las empresas biotecnológicas hubiesen querido evitar la contaminación transgénica, lo último que habrían hecho habría sido elegir el maíz, la soya y la canola. Ni el más mediocre o ignorante de los genetistas, biólogos, agrónomos o biotecnológos puede desconocer el alto poder contaminante de estos tres cultivos. Por lo tanto, la contaminación es una estrategia deliberada, y lo es porque quieren imponer la contaminación de hecho. Su objetivo es causar una contaminación tan alta que puedan decir que ya no hay nada que hacer. Fue la estrategia que siguieron en los países del Cono Sur y es lo que quieren hacer en México. En México se encontraron con que no es tan fácil contaminar mediante la introducción ilegal de semillas, como lo hicieron en Brasil y Paraguay, porque ha habido una reacción desde las comunidades y desde quienes cultivan el maíz propio, que ha impedido que la contaminación se esparza como fuego. Por lo mismo, necesitan introducir el maíz transgénico de manera legal para hacerlo de manera masiva.

 

Pero la contaminación no es utilizada sólo para vencer la resistencia. Es además parte de una estrategia altamente perversa: las empresas semilleras contaminan a través de los cultivos transgénicos y una vez que contaminan no piden disculpas, no remedian la situación, ni pagan indemnización, sino que dicen que ese cultivo contaminado les pertenece, al menos en parte. Y como una parte es de las empresas, las empresas deciden que quien fue contaminado no puede seguir cultivando esa semilla, a no ser que pague por el permiso. En otras palabras, mediante la contaminación, las empresas pueden obligar a que la gente pague por sembrar las semillas que ha cultivado toda su vida o pueden obligarles a abandonar sus cultivos. Es así que los cultivos transgénicos se convierten en una herramienta para arruinar los cultivos no transgénicos y reclamar propiedad sobre ellos. Es lo que están haciendo en Estados Unidos y Canadá, donde hay miles de agricultores sometidos a juicio o demandados por las empresas. Este es un peligro que hoy se cierne sobre todos los agricultores; el peligro es incluso mayor para los que se resisten a los transgénicos, pero que están en las cercanías de ellos. En el caso del maíz, debido a su capacidad para cruzarse ampliamente, “estar cerca” bien puede significar todo el territorio mexicano.

 

Un tercer punto que quisiera presentar es que la liberación de cultivos transgénicos es el equivalente a contaminar el mundo y especialmente nuestra alimentación con una cantidad creciente de sustancias químicas desconocidas. Es una cantidad creciente, porque la contaminación se multiplica, porque esas sustancias extrañas que las plantas se verán obligadas a producir irán en aumento en la medida que más plantas se contaminen. Si los transgénicos se imponen tendremos una cantidad incalculable -en el sentido que no sabremos qué cantidad será- de sustancias químicas desconocidas y no sabemos qué efectos esas sustancias tendrán sobre otros seres vivos, sobre la naturaleza, o sobre nosotros mismos. Hoy sabemos muy poco sobre los efectos de los cultivos transgénicos, no sabemos qué hacen esas sustancias extrañas y menos sabemos sobre cómo interactúa cada una de esas sustancias extrañas con cada cultivo transgénico. Es posible que comer soya resistente al glifosato cause un efecto muy distinto a comer maíz resistente al glifosato, pero no lo sabemos. Y no lo sabemos porque las empresas que producen semillas transgénicas han utilizado todo su poder y riqueza para amenazar, amedrentar, perseguir y marginar a los científicos que se han atrevido a investigar al respecto, incluso arruinando las carreras de científicos respetados. Y esta represión agresiva y violenta la han desplegado con la complicidad de los gobiernos, las universidades, los centros de investigación, los organismos públicos y los organismos internacionales.

 

Lo poco que sí sabemos acerca de los efectos de los transgénicos es aterrador. Ver las deformaciones del maíz en zonas donde hay contaminación transgénica asustan y hacen que duela el alma. Lo poco que se ha logrado filtrar de los resultados de investigaciones muestra que el consumo de transgénicos altera significativamente el desarrollo y la reproducción. Años atrás supimos de la ocurrencia de falsos embarazos en marranas alimentadas con transgénicos. Supimos que las bacterias de nuestros intestinos -las que nos ayudan a digerir y a mantenernos sanos- sufren transformaciones cuando comemos transgénicos. Pero a todo rápidamente se le echa tierra y el objetivo es mantenernos en la ignorancia. Es una ignorancia criminal, porque cuando descubramos cuáles son los efectos reales de los transgénicos, también descubriremos que absolutamente todos y toda la vida sobre el planeta nos hemos convertido en conejillos de indias.

 

Un cuarto punto muy relacionado con el anterior es que todo esto de maximizar las ganancias y lanzar al mundo sustancias desconocidas de manera irresponsable y criminal es una estrategia que no tiene límite. De hecho, hoy se está preparando un paso más de esta estrategia. Ese paso es la producción mediante cultivos transgénicos de sustancias de todo tipo: toxinas, hormonas, vacunas, solventes, plásticos, pinturas, pegamentos, drogas, etc. En vez de producirlos en un laboratorio mediante síntesis química, se utilizarán cultivos transgénicos que serán altamente tóxicos. Son los llamados farmacultivos, que hoy son parte central de las estrategias de desarrollo de las empresas que producen transgénicos, incluidos Bayer, Monsanto y Syngenta. Los peligros de estos cultivos son obvios, pero las empresas tienen la complicidad de organismos como la FAO, que en la conferencia que está desarrollando en Guadalajara los presenta como una gran “oportunidad”.

 

Los farmacultivos van a ser plantados especialmente en países como los nuestros, donde los gobiernos se han convertido en grandes aliados de las transnacionales, donde las regulaciones son pocas y donde la diferenciación social hacen muy difícil procesos de defensa mediante cursos legales. Seremos el espacio de contaminación que las transnacionales necesitan para seguir llenando sus bolsillos.

 

Pero los farmacultivos sí son una gran oportunidad de negocios y de marginar a campesinos y pueblos indígenas. Como serán cultivos de mucho valor económico y altamente tóxicos, deberán mantenerse bajo estricta vigilancia policial. Las leyes que hoy se están aprobando en distintos países especialmente para los transgénicos permitirán que esa policía sea privada, en manos de las empresas o de contratistas privados. Lo previsible es que nos encontraremos con áreas donde se le permita a las empresas instalar estos cultivos de manera exclusiva y donde -supuestamente para proteger nuestra alimentación- se prohíba cultivar alimentos. Las comunidades rurales de esas zonas tendrán que elegir entre cultivar alimentos clandestinamente, convertirse en mano de obra barata para las empresas de transgénicos o abandonar la tierra. Las posibilidades de conflictos sociales crecientes son altas y por ende las posibilidades de pasar del control policial al militar son también altas. La idea de que el ejército o empresas como Blackwater se desplieguen para cuidar zonas exclusivas para ciertos cultivos transgénicos dejó de ser impensable o absurda. Con o sin control militar, estas zonas causarán inevitablemente contaminación en las zonas que las rodeen, lo que posiblemente será utilizado para expandir las zonas con farmocultivos, y expandir así la expulsión de campesinos, la prohibición de producir alimentos y el control por las empresas.

 

El quinto y último punto que quisiera presentar es que dentro de todo este cuadro México no es un caso único. Lo que aquí sucede está sucediendo en todo el mundo. Las diversas leyes, políticas y programas que hoy buscan debilitar, destruir, marginar o arrinconar a comunidades indígenas y campesinas son casi idénticas de un país a otro. Los políticos que aprueban estas leyes o aplican estas políticas ni siquiera se dan el trabajo de redactarlas o diseñarlas ellos mismos; en la inmensa mayoría de los casos reciben los textos listos de las organizaciones empresariales o de organismos como el Banco Mundial, la FAO , la OMPI, o los equipos negociadores de los tratados de libre comercio. Más y más estamos viendo leyes en un país que son idénticas a las de otro país, con las mismas palabras y los mismos conceptos.

 

Los procesos de contaminación también tienen muchas similitudes de un país a otro. Lo que hace distinto a México es que la contaminación no se expandió tan fuerte y tan rápido como ha ocurrido en otros países. Y por ello México es un caso de prueba para las empresas biotecnológicas: si pueden contaminar México, el mensaje será que pueden contaminar cualquier cosa. Si logran destruir un cultivo que es sagrado para tantos pueblos, si lograr pasar por alto la resistencia que los pueblos de México han desplegado, entonces se atreverán con cualquier otro. Por esto decía en un principio que esta audiencia y los procesos en defensa del maíz son importantes no sólo para México, sino para todos nuestros países.

 

Si tienen éxito, una vez que ocurrida la contaminación, seguirán con estrategias y discursos múltiples, incluso contradictorios. Dirán, por ejemplo “¿Vieron? Se contaminó y no pasó nada”. Esto es un absurdo, puesto que los efectos de la contaminación no necesariamente los veremos de inmediato: podrían pasar años antes que viéramos que pasa “algo”, pero el daño se estará produciendo desde el primer momento. Un segundo discurso que han usado en otros lados y utilizarán es México es “tienen razón, la contaminación puede ser gravísima y habrá que controlar fuertemente las semillas y la producción”. Para ello se implementarán programas como la recolección de semillas para ponerlas en bancos de germoplasma y/o programas de uso obligado de semillas certificadas compradas a las grandes empresas. El tercer discurso es que los campesinos y pueblos indígenas, producto de su ignorancia, son incapaces de seguir las normas técnicas destinadas a evitar la contaminación transgénica. Es decir, las empresas causarán la contaminación, pero dirán que los campesinos son incapaces de evitarla. Y en base a ello justificarán la imposición de reglas y controles muy estrictos. Habrá reglas y leyes que digan qué se puede cultivar, cómo se puede cultivar, cuándo cultivar, qué semillas se prohíben y qué semillas se pueden utilizar. Por sobre todo, habrá leyes que prohíban o restrinjan el intercambio de semillas con el pretexto que la ignorancia de pueblos campesinos e indígenas hará que los intercambios sólo sirvan para expandir la contaminación.

 

Usarán estos discursos y muchos otros, muchas veces contradictorios entre ellos. Pero el efecto buscado es el mismo: destruir las semillas y los cultivos locales y las formas independientes y propias de cultivar, para imponer sobre la producción de alimentos el control empresarial total.

 

 

Resumiendo, los cultivos transgénicos no traen beneficio alguno, sólo costos y destrucción que caerán sobre los hombros de campesinos e indígenas y sobre los seres vivos en general. Las empresas buscan imponerlos para maximizar sus ganancias y su control sobre la alimentación, sin importarles los daños criminales que con ello provocarán. La complicidad de muchos gobiernos, centros de investigación y organismos internacionales es también criminal, ya que facilita y agrava estos peligros. Por lo mismo, se hace urgente que los pueblos se organicen para defender su alimentación y su entorno.

 

 

 

GRAIN es una pequeña organización internacional sin fines de lucro que trabaja apoyando a campesinos y agricultores en pequeña escala y a movimientos sociales en sus luchas por lograr sistemas alimentarios basados en la biodiversidad y controlados comunitariamente.


  Camila Montecinos
Camila Camila se unió a GRAIN en 2002. Es agrónoma, y ha trabajado con campesinos la mayor parte de su vida profesional, especialmente con la organización chilena CET y durante algunos años en el programa global de CBDC. Camila es responsable de respaldar a las contrapartes de GRAIN en América latina y ayudar a implementar nuestro programa por toda la región. Es asesora de la comisión de biodiversidad de Vía Campesina, por parte de GRAIN, y participa activamente en la producción de la revista Biodiversidad, sustento y culturas.
 

 

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