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El polvorín

Comunicar y educar para la solidaridad: ¿Imperativo ético, estratégico o necesidad vital?

29 Abril 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Javier Erro Sala

Viernes 29 de abril de 2011, por Revista Pueblos

Como sucede en otros ámbitos sociales cuando hablamos de comunicación en la acción social, en la cooperación internacional para el desarrollo y en las organizaciones no gubernamentales para el desarrollo (ONGD), hay que comenzar explicando lo evidente.


En primer lugar conviene tener muy claro que la comunicación no es sólo un instrumento, una herramienta que utilizamos para conseguir objetivos. Es, sobre todo, una proyección social de nuestra personalidad individual e institucional. La comunicación constituye entonces una dimensión vital sin la que no se puede comprender este mundo (complejo, fluido, interactivo y contradictorio), ni, en consecuencia, actuar y sobrevivir en él. Por tanto, nada “dice” más que nuestra forma de comunicarnos; nada “educa” tanto, predispone y contagia los valores y las actitudes que mueven realmente nuestros actos.

En segundo lugar conviene reparar en que, entendida así, integralmente, la comunicación sigue siendo todavía una dimensión poco y mal conocida en la acción social, en la cooperación internacional para el desarrollo, y en las ONGD. Parece muy difícil que sin redescubrir lo comunicativo, sin reinventarse desde la comunicación, puedan a medio plazo mantener su actual reputación de agentes de transformación social, de organizaciones que batallan por cambiar aspectos sustanciales de este mundo.

En tercer lugar parece necesario comenzar a cultivar una actitud abierta hacia lo comunicativo. Sólo así se pude descubrir que la acción social, que el trabajo en el que están enfrascadas las organizaciones sociales en general y las ONGD en particular, pertenece al género de la comunicación. [1] Por eso hoy la acción comunicativa (subversiva en sí misma) se erige en el mejor mapa orientador a la hora de actuar socialmente, en estos tiempos desbrujulados. El desafío estriba entonces en saber desprenderse de los miedos institucionales al cambio y en abrir el mundo de la acción social a la comunicación. [2] Recordemos, por favor, lo que la tozuda realidad se empeña en repetirnos: que la solidaridad, o es comunicación entre sujetos (y por lo tanto sacude estructuras y educa en la transformación) o se acaba convirtiendo tarde o temprano en alguna variedad efímera de simulacro.

¿Cómo nos planteamos la naturaleza de las relaciones entre la comunicación y la educación cuando hablamos en concreto de ONGD?

Podemos entenderla, como se ha venido haciendo hasta ahora, como un imperativo estratégico cuya máxima es “comunicarnos para estar presentes”, y donde el riesgo de caer en la promoción institucional resulta evidente. Los tiempos de crisis, donde sobrevivir se hace más difícil, suelen agudizar todavía más esta tentación. También podemos concebirla como un imperativo ético, siguiendo la premisa de “comunicarnos para el deber ser”. Los códigos éticos con los que las ONGD se vienen dotando representan un gran avance en este sentido cuando nos recuerdan que “lo que comunica educa”, que las prácticas comunicativas y las educativas no pueden vivir de espaldas. ¿Pero es esto suficiente?

Creo que el desafío es mayor, más profundo. Me parece que las ONGD tienen sobre la mesa una necesidad vital y urgente, la de descubrir que están obligadas a comunicarse porque “son en sí mismas comunicación”. Lo contrario, dejarse arrastrar por miedos e inercias, puede suponer renunciar a sus señas de identidad y ser tragadas definitivamente por las lógicas mercantiles. Con otras palabras, creo que las ONGD están ante la tesitura de reinventarse desde la comunicación o arriesgarse a que la sociedad acabe percibiéndolas como otras instituciones más de las muchas que carecen de “vocación y actitud comunicativa”. El escenario se presenta cada vez con un rostro más descarnado: o las ONGD se suman con voz propia a la búsqueda de formas de participación auténtica y decisiva, a la interactividad que la sociedad viene reclamando cada vez con más fuerza (sobre todo los jóvenes), o corren el riesgo de entrar en la creciente categoría de instituciones bajo sospecha.La crisis generalizada que vive la sociedad tiene mucho de falta de confianza en las instituciones. Sectores cada vez mayores y más densos de la población recelan de las actitudes instrumentales cuando estas se encarnan y atrincheran en instituciones encerradas en sí mismas, como bien saben iglesias, partidos políticos, organizaciones sindicales, universidades, empresas o medios de comunicación.

ONGD: descubrirse así mismas desde la comunicación como agentes sociales esencialmente educadores

En primer lugar hay que comprender aquello que la comunicación contiene en sí misma de solidaridad y de transformación social profunda, y que se debe a la subjetividad. Es ahí, en la subjetividad, donde reside lo que atesora de humano. Es esa subjetividad la que eleva a los sujetos (fuera, pero también dentro de una ONGD) por encima de las estructuras injustas y de las instituciones ciegas o desorientadas. Entonces, la solidaridad, la cooperación, se convierten necesariamente en un juego de voces, en un diálogo de perspectivas, en un proceso social permanente que va mucho más allá de la publicidad de los gabinetes de prensa o de la instrucción educativa. La apuesta emerge diáfana: más comunicación (dentro y fuera de nuestras organizaciones sociales) y menos reingeniería social. Más cuerpo humano y menos abstracción geométrica. La comunicación pone así al descubierto la presencia decisiva del sujeto, del ser humano, en la acción social. Pero cuidado, porque esto remueve a las organizaciones, tan acostumbradas a mirar horizontes abstractos preconfigurados (ideológicos, caritativos o tecnológicos) que corren el riesgo de perder la sensibilidad de la visión humana, aquella que permite distinguir y sentir a las personas aunque sea dentro de una profunda y oscura cueva. Porque también en el caso de las ONGD es contra la dictadura de los números y de los protocolos que amenaza con esclavizar, con tragarse a las personas, contra lo que hay que encararse. Y hacerlo armados con una premisa de alcance: aquella que nos dice que hacer solidaridad es, sobre todo, aprender a ser humanos.

En efecto, eso que llamamos “humanidad” es una construcción comunicativa. No estamos ante un producto acabado, ante un modelo preestablecido, sino ante un objetivo al que sólo el acontecer, el proceso mismo de la intervención, puede llevarnos. Dejemos ya de tener miedo a los resultados que, si son humanos son imprevisibles y, en muchas ocasiones, contradictorios. Hoy sabemos que la construcción de un gran hospital puede generar situaciones de subdesarrollo, y que es posible que un pestilente vertedero contribuya a organizar y desarrollar a las personas que lo cohabitan.

Tal vez ha llegado la hora de que apostemos abiertamente por el juego humano de lo comunicativo. Todo parece indicar que las organizaciones sociales, las ONGD, están “condenadas” a recrear la acción social desde las puertas que hoy abre de par en par la comunicación. La razón instrumental ya no es capaz de dar cuenta de la complejidad y fluidez del mundo, y si dejamos que ahogue del todo a la razón comunicativa la solidaridad acabará reducida a la condición de mercancía.

En segundo lugar tenemos que recordar que el modelo de solidaridad al que debemos tender tiene que basarse, como señala García Roca, en los principios de “indeterminación”, “complejidad” e “implicación”. Si queremos movernos en terrenos de lo humano, las soluciones sólo pueden buscarse en la comunicación y educación de todas y todos los interlocutores. Se trata de activar los mecanismos comunicativos y comunitarios de nuestra sociedad y de convertirlos en los ejes de un proceso educador permanente que lo atraviese todo, incluidas (en primer lugar) las organizaciones sociales. Ya no es suficiente poner a dialogar a las disciplinas (la comunicación y la educación para el desarrollo), sino de entender que “todo lo que hacemos” forma parte de un proceso comunicativo-educador mucho más amplio, envolvente. Todo: fuera y dentro de nuestras instituciones.

Parece que ahí es donde realmente se juegan los objetivos de solidaridad y cooperación internacional para el desarrollo. Pivotan sobre premisas sencillas e irrefutables. Primera: todo comunica (es imposible dejar de comunicar). Segunda: todo lo que comunica educa (activa o desactiva valores y actitudes).

Luego la comunicación y la educación desarrollan o subdesarrollan directamente (también fuera y dentro de las ONGD), y, en consecuencia, podemos afirmar que las ONGD son organizaciones “esencialmente educadoras”. Dicho de otra manera: las ONGD mismas son (deben ser) “laboratorios de solidaridad”, no sólo gestoras de programas, proyectos o actividades de sensibilización pública. En sus interiores, en sus habitaciones con vistas, deben recrearse nuevas formas de relacionarse, debe educarse en otras formas de convivencia. Si esto es así, necesaria y urgentemente estas instituciones deben ponerse a construir un modelo propio de comunicación que les distinga no sólo como organizaciones que gestionan acciones de solidaridad, sino como organizaciones solidarias, que es mucho más. Porque la cultura informativa y publicitaria que han trasladado del ámbito mercantil les ha traído más problemas que soluciones; las ha encerrado dentro de un modelo que las agota.

Reflexiones

Algunos autores y autoras creemos que ese modelo propio de comunicación debe nacer precisamente del reencuentro entre los estilos de comunicar y de educar. Por eso planteamos pensarlo desde la triangulación entre tres ámbitos que nunca debieron distanciarse: la comunicación, la educación y la cultura. [3] Porque toda acción comunicativa, consciente o inconsciente, tiene consecuencias educativas y, en última instancia, culturales, como deja claro Nos Aldas cuando propone los conceptos de “eficacia” y “eficiencia cultural”. [4] Y esto no tiene que ver sólo con el discurso, sino también con toda la estructura de las organizaciones sociales y, sobre todo, con las relaciones sociales, aquellas que generan en su interior, y aquellas otras que irradian hacia afuera.

Por nuestra parte, hemos planteado la opción de un modelo de trabajo que denominamos de “apertura a las mediaciones y a las hipermediaciones” y que pretende explicar y reformular el campo de la comunicación en el caso concreto de las ONGD. Un modelo que pretende además dejar la puerta abierta a la demanda de interactividad y participación social que la sociedad reclama a las organizaciones sociales, a la vez que permitiría que las propias ONGD redescubrieran sus propias capacidades comunicativas que permanecen latentes, pero todavía ocultas.

En definitiva, se necesita que las organizaciones de solidaridad y específicamente las ONGD revisen el campo de la comunicación revisándose a sí mismas desde lo comunicativo. Es a esta potencialidad a lo que nos referimos cuando decimos que las ONGD son organizaciones “esencialmente educadoras” y que, además de considerarse organizaciones dedicadas a la gestión de las acciones de solidaridad, deben reconocerse primero en privado, y presentarse después públicamente, como “laboratorios de solidaridad”. Porque de eso se trata: igual que hoy hablamos de convertir las escuelas en “organizaciones de aprendizaje” (Informe PISA) [5], las ONGD deben reinventarse como “organizaciones de solidaridad”. Tendrán que reformularse como laboratorios en los que se ensayen y cultiven formas directas de solidaridad y formas más humanas de convivencia. La clave: ¿educar con el ejemplo?


Javier Erro Sala es coordinador de la Fundación Mundubat y profesor de comunicación para el desarrollo y de sociología de la comunicación.

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