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El polvorín

CONTACTO CON EL MAR

17 Junio 2012 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

 

2108098709_6e939e780e.jpgCONTACTO CON EL MAR                  

      Autor :  Ing. Jorge Edgar Zambrana Jiménez

 
Cuando los bolivianos hablan del contacto con el mar, no aluden a la vigencia de las supuestas facilidades del “libre tránsito tributario” por Chile, de paso a ultramar. Lo que queremos es ligarnos nuevamente a la ruta de todos que es el MAR para el comercio marítimo. Actualmente estamos enclaustrados y obligados, para no morir, a utilizar Arica pidiendo la venia de Chile.
 
No nos convencen los anuncios de otros lados, con promesas alagadoras de enclaves o corredores sin puerto soberano, porque para nosotros PUERTO significa acceso al Pacífico propio, útil y soberano, tal como siempre fué antes de la invasión chilena de 1879. No queremos enclaves sometidos a servidumbre, así fuese en el mismo puerto de Mejillones, bella bahía nuestra, porque en el malhadado tratado chileno de 1904 los bolivianos no hemos firmado ninguna transferencia de propiedad; el nefasto documento sólo habla de “dominio”.
 
Los pueblos que viven a la vera del océano, con la visión de un horizonte sin fin, son los llamados a entender mejor la tragedia del ENCLAUSTRAMIENTO GEOGRÁFICO. El mayor porcentaje de todo el comercio exterior de una nación, se realiza exclusivamente por MAR. Bolivia está asfixiada económicamente con todas sus ineluctables consecuencias. Bolivia, la «Hija predilecta» de Bolívar, no puede vivir eternamente mutilada, clausurada y encadenada con el dogal mediante el que se la ha reducido con implacable injusticia bajo los tratados de 1904 y 1929, vulnerando la geografía y la historia. Es un problema con características coloniales, existiendo agresión y usurpación territorial por la fuerza, explotación intensiva de recursos y riquezas ajenas y una continua ocupación y dominio ilegales que ya duran 133 años.
 
La Nación boliviana proclama su reintegración marítima como atributo esencial de soberanía, desarrollo y progreso. Los esquemas y fronteras trazados el Siglo XIX a punta de bayonetas y cañones, hay que hacerlos de nuevo en función de un mundo moderno y dinámico. El enclaustramiento al que Bolivia ha sido sometida amerita pronta reparación.
 
Recuperar el mar será reencontrar el destino marítimo de nuestro Estado y salvarlo de caer en el engaño de un “corredor” inservible sin puerto propio ni soberano. Nuestra propiedad marítima debe sernos reintegrada sin compensaciones territoriales a Chile, dando cumplimiento a las normas y acuerdos del derecho internacional y a todos los principios proclamados en todas las conferencias interamericanas. La novena disposición transitoria de la nueva Constitución Política del Estado ordena denunciar el Tratado de 1904 que está contradiciendo el derecho imprescriptible del Estado boliviano al ejercicio pleno de la soberanía sobre su Litoral.             Ese tratado carece de toda legitimidad, ya que en vez de solucionar los problemas emergentes de la usurpación chilena de nuestro litoral, los ha violentado y agravado encerrando a Bolivia, y por ello el enclaustramiento subsiste como una injusticia internacional.
 
No se puede hablar de una Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) si no se exige la justicia evidente para Bolivia y no se deja de ignorar la atroz iniquidad de haber enclaustrado a un pueblo hermano y entronizado en América la política corrupta a la que sólo apelan los pueblos destituidos de justicia y que invocan a su favor la conquista, la fuerza bruta, la invasión y la usurpación.       El deber y el honor imponen a las naciones la necesidad de protestar en nombre de la civilización y hasta del género humano, contra un país que conculca los sanos principios de derecho y equidad. Guardar silencio, observar delicada neutralidad, es hacerse cómplice del atentado despojador, copartícipe de tamaña inmoralidad y alevosía.
 
El “dominio” que Chile nos ha impuesto con el Tratado de 1904  no está respaldado por alguna ley sino por la fuerza bruta de un ejército permanentemente armado mediante dinero que es producto de la depredación de nuestras minas de cobre Chuquicamata y La Escondida, y que impide a Bolivia hacer valer en forma práctica su justo derecho de propiedad. La invasión filibustera, el actual dominio de nuestro Litoral por la fuerza militar y la violencia con la que se nos obligó con coacción a firmar un tratado injusto, son inadmisibles e ilegítimos. La Cancillería chilena dice que son “derechos de victoria”... ¿Llama derechos al cohecho anglo-chileno?, ¿llama victoria al asalto premeditado y agresión a un país indefenso?
 
A Bolivia se le ha cercenado el territorio que constituía una verdadera válvula de su vida, pues hemos quedado completamente aislados del mar y con un carácter de tributarios de las naciones limítrofes; nos han quitado nuestra independencia, que es un derecho inalienable e imprescriptible y que se lo debe considerar fuera del alcance de las transacciones humanas. El tratado de 1904 ha incurrido en una violación flagrante de ese derecho primordial.           La comunidad internacional reprueba y anula todo tratado que afecta directamente a la independencia de los pueblos. El Alto Tribunal de Justicia de La Haya debe revisar y reparar la enorme injusticia que se ha cometido contra Bolivia y debe obligar a Chile a rectificar sus errores y atropellos, de acuerdo con la justicia y la equidad humanas.
 
Bolivia nació a la vida de Estado independiente “con el atributo del mar”, con cuatro puertos útiles, y no es concebible que el irracional estatus impuesto por la agresión y el predominio de la fuerza bruta militar perpetúe el encierro de todo un pueblo que siente la desventaja de no poder desarrollarse libremente como las demás naciones americanas, a tono con los requerimientos de la vida del Siglo XXI. Se trata, por cierto, en su cualidad, de la pérdida territorial más indiscutible como pérdida, la más grave de modo terminante para el destino de Bolivia, que nos ha condenado a un porvenir dependiente del tutelaje portuario chileno desterrándonos detrás de la cordillera para convertirnos en país paria, minusválido, cohibido, aislado y atrasado bajo la carga del agresivo y perverso Tratado de 1904, firmado bajo coacción militar y que nos obliga a ser un país tributario.
 
El embajador de Chile en La Paz, Abraham Koenig, el 13 de agosto de 1900 nos lanzó su célebre brulote sin parangón en los anales diplomáticos de América, manifestando: “El antiguo Litoral boliviano es y será para siempre de Chile, quien lo ha ocupado y se ha apoderado del mismo con el mismo título con que Alemania se anexó las provincias francesas de Alsacia y Lorena, con el mismo título con que los EEUU han tomado Puerto Rico. Nuestros “derechos” nacen de la fuerza y la victoria, la ley suprema de las naciones. El Litoral es rico y vale muchos millones; eso ya lo sabíamos; lo guardamos porque vale; que si no valiera no habría interés en su conservación. Chile no debe nada, ni está obligado a nada, mucho menos a ceder un puerto”.
 
Cada vez que llega un nuevo cónsul chileno a presentar cartas credenciales a La Paz, la ingenua prensa boliviana le pregunta: ¿Qué piensa de la demanda boliviana para la devolución de nuestros puertos?; y el nuevo descarado y prepotente brulote no se hace esperar: ¡Bolivia puede tener todas las aspiraciones que quiera, pero no tiene ningún derecho al mar!.
 
Chile, culpable de nuestra clausura geográfica, tiene la llave del grillete de la prisión que detiene nuestro progreso. Basta de eufemismos y de frases almibaradas de la cortesía protocolar.  Que América y el mundo sepan que Bolivia ya no está dispuesta a seguir soportando en silencio esta situación humillante. No podemos continuar siendo, como Nación, un ave sin alas.

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