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El polvorín

Corrientes: ¡Ahí viene Racana!

18 Septiembre 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

  
Martes, 14 de Septiembre de 2010 09:17
conarmaenlamira1(APe).- “Era un buen alumno”, dijeron las maestras de la escuela Olga Cossetini, de Corrientes. Tenía 14 años y se llamaba Ezequiel. Y murió en el Hospital de Pediatría. Había recibido una bala de goma en el cuello. Esther De los Santos, su mamá, dijo que "los policías se equivocaron" y relató que su hijo venía de jugar al fútbol con un amigo cuando la Policía empezó a perseguirlos. Después contó: "Capaz que corrió, como haría cualquiera cuando es perseguido por la Policía, sin saber por qué lo hacían" pero que "hay vecinos que vieron cómo le dispararon y lo trataron como a un animal. Estaba desangrándose y lo tiraron como una bolsa a la camioneta".

Ezequiel tenía un apellido con el que seguramente se podía atrever a soñarse ídolo aclamado por la gente de su pueblo. Ezequiel era Riquelme y tal vez esa tarde, antes de que la bala volara de lleno sobre su cuello niño, y al tiempo que pateaba de zurda, sentía las voces casi lejanas que como eco repetían “Riquelmeee, Riquelmeee”, mientras él ensayaba una rabona digna de los dioses en ese potrero polvoriento.

“Capaz que corrió, como haría cualquiera cuando es perseguido por la policía”, dijo la Esther. Ahora como entonces, cuando el mítico Roberto Arlt plasmaba allá por los años 30 en su “Tratado de la delincuencia” cómo “los chicos, en cuanto a la distancia veían aparecer la popular figura del comisario, lanzaban el grito de alarma: ¡Ahí viene Racana!”, que terminó dándole el mote a los policías.

Ezequiel, el pibe Riquelme, se hermanó fácil con otros 60 en su Corrientes, esa ciudad poblada de ceibos y jacarandaes, de lapachos y naranjales de los que los purretes roban unas cuantas frutas en medio de una corrida feroz de esas que no tienen a la policía detrás, sino simplemente a una vecina que pega unos cuantos gritos.

60 pibes en 27 años de democracia, dice la Red Provincial de Derechos Humanos. 60, caídos por balas o golpizas de la Policía, la Gendarmería o la Prefectura. 60 que cuentan entre su listado a Ramón Alberto Arapí, asesinado en la madrugada de aquel 20 de diciembre de 2001 en el barrio Nuevo cuando el país entero estaba en llamas y muchos cayeron pidiendo por comida, por justicia, por basta de balas, por un sueño, por la vida misma que se iba o por un país que se desangraba violentamente.
O el Moncho Arce, a quien todos querían y la policía entró a su casa a los tiros, bastonazos y patadas y lo mató a golpes en el barrio Quinta Ferré en la Navidad de 2004 cuando no hubo un solo jesucito que le tendiera una mano. O  Patricia Elizabeth Bichini que siete años atrás recibió un disparo que le perforó el brazo izquierdo y el cráneo cuando peleaba con su novio, que era policía y que todavía no fue juzgado. Como tampoco los que mataron al Moncho, que era dirigente barrial y lo arrebatarona de su gente.

Los 60 pibes y jóvenes deglutidos por las balas tenían un nombre, tal vez un sueño, a lo mejor tenían un amor o no alcanzaron nunca a tenerlo. Tenían una historia, un compañero de banco, una pelota que nunca alcanzaron a patear o un beso robado en un zaguán oscuro. Pero había algo que quizás ni siquiera sabían. Ese sistema que los privó de la vida no fue producto del azar. Nació hace demasiado tiempo, cuando ellos aún no eran siquiera una promesa. Cuando ni ellos ni sus padres ni sus abuelos habían echado mano a la historia.

Fue hace un siglo que Max Weber escribió que “el Estado Moderno es una asociación de dominio de tipo institucional que en el interior de un territorio h atratado con éxito de monopolizar la coacción física legítima como instrumento de dominio y reúne a dicho objeto los medios materiales de explotación en manos de sus directores pero habiendo expropiado para ello a todos los funcionarios de clase autónomos que anteriormente disponían de aquellos por derecho propio, y colocándose a sí mismo en lugar de ellos en la cima suprema”.

Pero habría que combinar con escritos paridos mucho después. Como cuando Michel Foucault decía que “todo dispositivo legislativo ha organizado espacios protegidos y aprovechables en los que la ley puede ser violada, otros en los que puede ser ignorada y otros, en fin, en los que las infracciones se sancionarán”.

Se trata de un poder punitivo institucional nacido con la sociedad moderna que actúa a sabiendas de que toda ley puede dejar de serlo. En donde el objeto de ese poder, que ha ido mutando al compás de cada época, ha sido antes despojado de otros derechos. En donde las relaciones sociales se regularon en base a la carencia. A la expulsión. A la expropiación de las garantías de vida digna. Se trata de un poder que regula las relaciones sociales y dice qué frontera pueden trasponer y cuál no aquellos a los que condenó al vacío. A los que arrinconó como sólo se arrincona a los nadies. A los que les arrebató toda promesa de mañana. A los que, como a los 60 correntinos, les destinó una bala feroz o una golpiza cruenta en una noche cualquiera.

La Correpi (Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional) dice en sus estadísticas de fáciles gatillos que el 3 por ciento de los muertos en los últimos años tiene menos de 14 años, que el 49,4 por ciento, entre 15 y 25. Ezequiel, el Riquelme correntino, no llegó a los 15. No le sirvió de nada saber correr como una gacela haciendo sombreritos y pases mágicos en el potrero. Antes de llegar al golazo de su vida, la violencia le cortó las piernas.



Fuente de datos:
Diario El Litoral, Corrientes 10-09-10
Tomado de Agencia de Noticias de Niñez y Juventud Pelota de Trapo (APE)

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