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El polvorín

Debates/ el estalinismo y la leyenda negra de Domenico Losurdo

12 Mayo 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

157511901_11acb7b367.jpgA propósito del estalinismo
 
  
La leyenda negra de Losurdo
  
  
Antonio Moscato *
Traducción de Viento Sur

 

Domenico Losurdo insiste de nuevo machaconamente en su idea fija: la de que Stalin fue víctima de una campaña sistemática de denigración, de una “leyenda negra” (Domenico Losurdo (2011), Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra. Barcelona: El Viejo Topo).

La elección misma del término es discutible, pero, como veremos, nada casual: es el que se utilizó en España para tratar de negar el horror del exterminio de los indígenas de América, atribuyéndolo a una “leyenda” creada por países hostiles y que competían con ella en la feroz conquista del mundo extraeuropeo. Pero no se trata únicamente del título.

Losurdo, como historiador, es una ruina, pero como polemista es todavía peor: elige como diana a autores más que discutibles. Su primer blanco es Jrushchof, a quien evidentemente conoce poco. Sobre todo da por bueno su “antiestalinismo” y piensa que fue acogido con entusiasmo por los trotskistas (cuyas posiciones ignora por completo), quienes, por el contrario, dijeron de inmediato que el sucesor de Stalin solamente trataba de quitarse de encima cualquier responsabilidad por su larga y estrecha colaboración con el dictador. Ernest Mandel escribió un pequeño libro muy claro sobre todas las mentiras y medias verdades del informe secreto, del que Losurdo insinúa, en cambio, que no es fidedigno porque fue publicado “por la CIA”, ignorando que no solo se sabe muy bien desde hace decenios cómo lo hicieron llegar a Occidente justamente los servicios secretos soviéticos, sino también que las acusaciones contra Stalin –insuficientes, pero desconcertantes para quien había querido mirar para otro lado– fueron confirmadas con las mismas palabras por Jrushchof en el informe y las conclusiones de XXII congreso del PCUS, es decir, en un acto oficial.

La otra fuente elegida para polemizar fácilmente es el famoso Libro negro del comunismo, o mejor dicho, su cuestionable introducción a cargo de Stéphane Courtois, ignorando en realidad que la parte sobre la URSS, de la que se encargó Nicolas Werth, no es tan fantasiosa e “ideológica”. En general, Losurdo ignora todos los testimonios históricos no apologéticos y se centra en gran medida en algunas alabanzas de Stalin expresadas por ilustres conservadores, sin preguntarse por qué Stalin gustaba tanto a esos señores. Así, menciona con entusiasmo el juicio positivo de Churchill (también podría haber recordado el de Von Ribbentrop...) o el de De Gasperi, quien ensalzó a Stalin como a un genio...

Del Gulag, Losurdo dice que no es cuestión de escandalizarse, dado que también en Occidente había campos de concentración para los enemigos y los extranjeros. Eso es cierto, pero ¿adónde nos lleva esto? ¿Para qué sirvió una revolución si después había que hacer las mismas cosas que los otros? Losurdo no se lo pregunta y se diría que, a pesar de algunas proclamaciones verbales, no es un revolucionario, sino más bien un conservador. Aparte de los argumentos que justifican todo lo ocurrido por considerarlo inevitable, en el libro hay tantas cosas que chirrían e inexactitudes que ni siquiera valdría le pena comentarlo. Lo hacemos únicamente porque se trata de una sistematización de un pensamiento bastante difundido en algunos sectores de la izquierda, y no solo la “extrema”. Un pensamiento que nace de la nostalgia por el “orden” que reinaba en la URSS antes de su colapso, sobre el cual, por cierto, Losurdo no se detiene más que de pasada, insinuando que fue obra de varios “demoledores” al servicio del enemigo.

Losurdo ignora completamente la vasta literatura soviética sobre el Gulag (ignora a Solshenitsin y a Salamov, Grossman y Rybakov, a Ginzburg y Mandelstam y a centenares de otros que sufrieron el estalinismo en su propia carne y en la de sus seres queridos), y en cambio se basa, por ejemplo, en un panfleto juvenil de... Curzio Malaparte, para reducir el terror estaliniano a la legítima respuesta a un intento de “golpe de Estado de las oposiciones”.

Se supone así que habría sido un golpe de Estado el intento desesperado de imprimir con ciclostil las tesis de la Oposición de Izquierda en 1927 y de desfilar con pancartas contra la burocracia en el XX aniversario de la Revolución de Octubre. Losurdo está tan ofuscado que ni siquiera cita la carta de Gramsci de 1926, donde criticaba la expulsión de Trotsky y otros del partido y que fue interceptada por Togliatti y Bujarin, mientras recurre a varias frases sibilinas de los Quaderni para contraponer un presunto internacionalismo de Stalin al “cosmopolitismo” de Trotsky. En la URSS estaliniana, esta acusación aludía a sus orígenes hebreos, pero Losurdo no lo admite: así, llega a decir que el “complot de los médicos” desmintió el antisemitismo de Stalin, ya que después de todo, este puso su salud en manos de médicos judíos.

No sigamos, pues, con Losurdo. Cabe señalar que el ensayo de Luciano Canfora que figura al final del libro parece más una toma de distancias que un resumen. Canfora ha sido durante años el inspirador de Losurdo, pero es más inteligente y relativamente más culto y domina el oficio de historiador, aunque en el pasado no siempre lo haya aplicado a la historia contemporánea; en esta ocasión lo ha aprovechado mejor y ha dejado de lado muchas de las tesis que sostenía en un pasado no lejano, como la del “informe secreto” manipulado por la CIA o la que afirmaba la inevitabilidad y el acierto del pacto ruso-germano de 1939.

En este sentido, por ejemplo, Canfora dice: “Los motivos aducidos posteriormente, según los cuales el pacto se cerró para ‘prepararse’ mejor, para ganar tiempo con respecto a un ulterior ataque alemán, son probablemente razones concebidas a toro pasado: no está demostrado en absoluto que Stalin considerara realmente inevitable el ataque alemán contra la URSS; así, la falta de preparación con que se encontró la ‘operación Barbarroja’ en las líneas soviéticas induce a pensar lo contrario.” No es poca cosa, y sobre todo es justo lo contrario de lo que sostenía hace unos años.

Sin embargo, que nadie se llame a engaño, pues el ensayo de Canfora sigue conteniendo numerosos errores de bulto (sobre la interpretación del papel de Stalin en la revolución española, o sobre la inexistencia de una revolución en Alemania y en Austria durante las negociaciones de Brest Litovsk). Aun así, se aprecian trazas de una evolución inesperada tras decenios de tenaz “justificacionismo”.

Así parece reflejarlo el nuevo libro de Canfora sobre las falsificaciones en la historia, aun a sabiendas de que en parte recicló artículos publicados sobre todo en el Corriere della sera (Canfora, Luciano (2008), La storia falsa. Milán: Rizzoli), pero la sorpresa es que abandona algunos de sus caballos de batalla, como por ejemplo la presunta falsificación del informe secreto y el caso mucho más importante de las manipulaciones del “testamento de Lenin”.

Canfora gusta presentarse como una especie de Sherlock Holmes de la filología. A veces acierta, como en el caso de la carta de Ruggero Grieco que tanto indignó a Gramsci en la cárcel /1 y que resulta que había sido modificada por la policía fascista, así como también en el del supuesto “papiro de Artemidoro”, al que Canfora ha dedicado nada menos que dos libros (pero no me detendré en esto, ya que por un lado no conozco bien la materia, y por otro tampoco me apasiona mucho...). Pero a veces también se equivoca.

La novedad es que si alguien a quien él estima advierte el error y le aporta una documentación que lo desmiente, también sabe dar marcha atrás e incluso expresar un reconocimiento indirecto a su mentor incluyéndolo en una larga lista de quienes “han contribuido al nacimiento de este libro con generosidad”.

La mayor parte del libro está dedicada al asunto, ya tratado repetidamente, de la carta de Grieco a Gramsci, con una polémica no disimulada con Spriano, y es un poco pedante y por tanto resulta pesado. Pero la primera parte, que está dedicada al “testamento de Lenin” /2, merece cierta atención. Hace años ya leí, sin estar de acuerdo, lo que escribió Canfora al respecto, pero decidí releerlo a raíz de una nota que de un modo bastante elíptico decía: “Las dudas que expresé años atrás (Pensare la rivoluzione russa (1995). Teti: Milán, p. 25) no parecen legítimas.”

La formulación es cauta, pero la corrección del rumbo total. En 1995, Canfora, que había hojeado apresuradamente el material aparecido en los últimos años de la URSS y poco después del hundimiento, sostuvo en aquel libro que si se había introducido algún cambio en el texto original, quien lo hizo era una de las secretarias, Lidiya Fotieva, de quien insinuaba que simpatizaba con Trotsky. Así, pese a haber tenido entre las manos una descripción minuciosa de cómo se había producido la falsificación, Canfora concluyó: “Hay algo poco claro en esta narración, que aparentemente no pretende más que arrojar una luz negativa sobre las actitudes de Stalin”. Grave acusación...

Ahora alguien le ha hecho llegar el texto de algunas entrevistas realizadas por el historiador soviético Alexandr Bek en 1967 a dos de las secretarias de Lenin, Lidiya Fotieva y Mariya Volodícheva, quienes habían admitido que habían entregado primero a Stalin la parte del texto dictado por Lenin semiparalizado donde éste emitía sendos juicios sobre los principales dirigentes del partido. Stalin, sobre quien el juicio de Lenin era más severo, habría ordenado quemar la hoja, pero se salvó una copia, aunque retocada con la inclusión de una nota poco verosímil que contenía un juicio también negativo sobre Trotsky. Canfora cita toda la documentación en el apéndice: Fotieva, quien al decir de Canfora en 1995 había sido simpatizante de Trotsky, trataba de negarlo todo, desacreditando a la colega; apremiada por Bek, sin embargo, acabó admitiendo el episodio, diciendo que no podía hacer otra cosa porque consideraba a Stalin un “gran hombre”, un “genio” (o mejor dicho, en 1967 esperaba que el juicio oficial sobre Stalin volviera a ser positivo...).

Así, Canfora ha de admitir secamente que “del conjunto de estos datos se desprende que Fotieva era una persona que trabajaba para Stalin. Su perfecta carrera con continuos ascensos hasta la jubilación en 1956 parece confirmarlo”.

No obstante, la conclusión más general es todavía más explícita y sorprendente: “Stalin ganó, en su momento, la difícil partida política también gracias a ese minúsculo añadido en la Carta al Congreso: ‘así como el no bolchevismo a Trotsky’ [la frase incorporada, Nota del Autor]. Pero también ganó, en su país, la partida historiográfica; superó incluso los escollos del XX y del XXII Congreso; ganó haciendo ‘hablar’ a Lenin de un modo totalmente incongruente, pero ahora ya anacrónico tras la unión de Trotsky con los bolcheviques mucho antes de la revolución”.

Esperamos que después de este primer paso, Canfora revise con el mismo rigor algunas de sus otras conclusiones apresuradas y “justificativas” sobre el estalinismo y su principal intérprete italiano, Palmiro Togliatti /3.


* Antonio Moscato (Roma 1938) ha sido profesor de Historia del movimiento obrero e Historia contemporánea en la universidad de Lecce. Es autor de numerosos libros, muchos de ellos sobre el “socialismo real”. Su página web es: http://antoniomoscato.altervista.org/



Notas


1. Gramsci creyó que esta carta de su camarada podía contribuir a aumentar su condena y le hizo sospechar de una traición. Puede leerse la conclusión de Canfora al final de la entrevista publicada en: http://clionauta.wordpress.com/2009/01/19/luciano-canfora-el-historiador-el-juez-y-el-detective/

2. Se conoce como Testamento de Lenin la Carta al Congreso (el XIII del PCUS) dictada, cuando Lenin estaba muy enfermo, entre el 23 de diciembre de 1922 y el 4 de enero de 1923. Fue leída en su momento a las delegaciones del Congreso, pero no fue publicada hasta 1956, después del XX Congreso.

3. Luciano Canfora las expuso sobre todo en su libro Togliatti e i dilemmi della politica (Laterza, 1989), al que respondí con un largo escrito del mismo título, aparecido en el número 4 de la revista A sinistra, de mayo de 1989. La revista hoy en día no se encuentra, como es lógico, pero el texto está en la web.

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