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El polvorín

Drogas: La dialéctica de la dependencia y la libertad

15 Octubre 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Katerina Matsas
Reconocida psiquiatra y activista trotskista,
miembro del Comité Central del Partido Revolucionario de los Trabajadores de Grecia (EKK).
Dirige la Unidad de Drogadependencia del Hospital de Salud Mental estatal de Attica (Atenas).

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El uso de sustancias psicotrópicas por parte del ser humano siempre ha formado parte de la cultura de una sociedad dada y se remonta a la antigüedad. Como señala correctamente Jacques Derrida, la dependencia de sustancias como las drogas y el alcohol es un fenómeno social entretejido con la modernidad (1). Es su contemporáneo.

Sin embargo, la dependencia de esas sustancias difiere de su uso no sólo cualitativamente. La dependencia se ha convertido en un fenómeno social desde el comienzo del capitalismo. El nacimiento de ese fenómeno está estrechamente vinculado con la Revolución Industrial, el comienzo de la ciencia y las migraciones masivas de campesinos hacia las ciudades, así como con el proceso de proletarización que lo acompañó. La relación entre las drogas y los cambios sociales se evidencia por primera vez en las clases proletarias del siglo XIX, que eran obligadas a sufrir condiciones de vida y de trabajo extenuantes, así como entre las mujeres oprimidas y los artistas. Debido al rápido desarrollo de la medicina y la farmacéutica en esa época, el fenómeno comenzó a extenderse rápidamente. Por ejemplo, los derivados del opio se podían obtener fácilmente por prescripción médica y, en muchos casos, se podían comprar en farmacias sin restricción alguna.

La idea de la adicción relacionada con las drogas y el alcohol se utilizó con un sentido legal y médico por primera vez en el siglo XVII para indicar un estado entre la enfermedad y el delito que ponía en peligro tanto la salud de un individuo como el orden público. La extensión ulterior de este fenómeno hasta nuestros días puede relacionarse con varios factores, conectados con cuestiones tales como el individuo y su entorno, la estructura de la familia y la sociedad y además con las representaciones sociales adaptadas por la sociedad a través de su cultura y las diferentes regulaciones legales establecidas por el Estado.


La civilización y sus descontentos

La confusión entre los términos dependencia y uso sugiere una tendencia a ignorar sus puntos de referencia históricos, reduciéndolos al campo de la psicopatología individual. Como señala Zafiroupulos: "incluso si la adicción a las drogas pertenece indudablemente al campo de la psicopatología, ésta trasciende las restricciones de cualquier reducción y se autoconfirma como la expresión del descontento por excelencia en nuestra civilización" (2). La dependencia de sustancias es básicamente un fenómeno social que se explica por una variedad de determinantes. Entre ellos, existen tres factores con los que está estrechamente relacionada. Según Olievenstein, estos factores son: la personalidad, la sustancia y la pauta temporal sociocultural, todos con igual grado de importancia (3). El término "pauta temporal sociocultural" refiere a las condiciones sociales y culturales dentro de las cuales la personalidad entra en contacto con la sustancia. Nadie deviene en drogadicto o alcohólico por casualidad, aun cuando diga haberse acercado a las drogas por curiosidad o por atracción hacia lo prohibido. Lo hace porque quiere soportar su crisis personal y la crisis de la sociedad, en tanto se reflejan en el interior de su entorno familiar y éste no puede funcionar normalmente. Lo hace porque, a través de su conducta, busca desesperadamente un camino fuera de su propio Yo y fuera de su realidad, llena de tensión, contradicciones, negaciones y sufrimiento. Busca una función y una identidad social, aunque sea en los márgenes de la sociedad. Procura los medios para tolerar su insoportable soledad, para ser aceptado aunque sea por una minoría marginal, para llenar su vacío existencial. Trata de encontrar una vía para escapar de la fuente de las contradicciones sociales y termina en un estado de alienación total de sí mismo y de los demás.

El drogadicto es, sobre todo, una persona alienada. Como señala Olievenstein, es alguien que ha organizado su vida dentro y a través de la dependencia. Este modo de vida es la culminación de la no-autonomía, de la no-autodefinición, de la pérdida total de la libertad respecto de la sustancia y de la sumisión total a ésta, a costa de los otros parámetros que caracterizan la existencia humana, como las relaciones, los intereses, las actividades individuales y colectivas, los valores y las metas. Desde este punto de vista, podemos definir la dependencia de las sustancias como la expresión extrema de la alienación del hombre moderno.


El ser humano alienado

El ser humano es alienado cuando carece de todas las cualidades que lo definen como ser humano y lo diferencian de los otros seres. Es alguien que ha perdido la esencia de su existencia y que se ha transformado en una abstracción. Según Bertell Ollman, la entidad de las relaciones sociales de un individuo alienado, que también constituye su esencia, ha sido escindida en trozos desintegrados, diferenciados, fragmentarios y descoordinados. Estos, habiendo perdido su carácter universal y la capacidad de la esencial comunicación humana, se consumen en la parcialidad de una u otra relación, lo que simplemente confirma el carácter general de la alienación (4).

Esto es exactamente lo que estigmatiza la pérdida de su libertad. El significado de la libertad no se limita a la ausencia de coerción sino que llega a ser una fuerza positiva mediante la cual el ser humano puede confirmar su individualidad positiva. Marx describió esta noción positiva de la libertad como un desarrollo energético y un despliegue, como la realización de todas las posibilidades y la satisfacción de las necesidades, la total cooperación con sus semejantes en un ambiente de reciprocidad, con el fin de incorporar la libre actividad de la naturaleza en la actividad humana. Por consecuencia, la libertad personal sólo puede existir dentro de una comunidad, dentro de un conjunto integrado y diverso de relaciones entre los seres humanos en un acto de libre creación, en un cambio radical de su relación con la naturaleza y en el logro de una autonomía mediante una mayor conciencia de las necesidades naturales.

Así pues, la autonomía es precisamente la plena culminación de la naturaleza social del ser humano. No tiene nada en común con la supuesta autonomía del individuo dependiente que le da la espalda a todos, que reduce sus necesidades a una actividad biológica mínima y disminuye sus relaciones a una sola y única transacción: la búsqueda de la sustancia de su adicción. Estamos ante un caso de un pseudo sentimiento de autonomía, una ilusión mantenida a través de la negación de la realidad social, mediante el cuestionamiento del sistema y sus valores, a través del conflicto con la entidad social. En muchas ocasiones, dicho conflicto es violento y, por consecuencia, toma la forma de una conducta desviada. Sin embargo, es importante subrayar que esta violencia individual no es más que la encarnación de la violencia histórica que funciona a nivel social en esta persona particularmente tentada y predispuesta. Cuando vivimos en tiempos de profunda crisis, como indudablemente ocurre hoy en día, se activa un mecanismo que crea personas victimizadas que soportan todo el sufrimiento y la crisis de la sociedad. Estas personas serán llevadas al ostracismo. Tal como en la antigua Pharmacos, serán excluidos de la sociedad que ellos habían negado.


El sujeto de la aflicción

El dolor psíquico de la personalidad dependiente de una sustancia es agobiante e inefable. Como señala Olievenstein, sólo puede ser comparado con el sufrimiento experimentado por los sobrevivientes de los campos de concentración. Este dolor psíquico encierra una amplia amargura que proviene de la pérdida de un Yo que en realidad nunca existió de forma integral, pues su representación fue fragmentada durante su formación en el espejo del significante Otro —en la mirada de la madre— dejando atrás cierta nostalgia que no se puede conceptualizar a través de los procesos del sentido común.

Este indescriptible dolor psíquico subyace tras el desafío constante a todas las leyes y medidas, así como tras la negación estéril, la continua controversia y el comportamiento agresivo de la personalidad del que depende de una sustancia. Este es el dolor que no puede soportar. Es exactamente lo que quiere adormecer cuando toma las sustancias psicotrópicas para "alimentar su cabeza". Por esta razón, la personalidad dependiente de una sustancia no es otra cosa que el sujeto de su propia aflicción, el cual, a través del proceso terapéutico, está llamado a transformarse en sujeto de su propia historia y de la historia humana en general.


La negación destructiva

La inclinación hacia el uso de sustancias expresa la necesidad interna de escapar de la insufrible presión de una realidad personal y social que el adicto no puede tolerar. Este cambio crucial constituye la primera negación, la cual usualmente se manifiesta a través de la oposición al statu quo; un tipo de resistencia que frecuentemente se torna desconsiderada, violenta y autodestructiva. Mediante esta tendencia destructiva, la personalidad dependiente tarde o temprano incorpora las características más extremas del hombre alienado contemporáneo.

Esta primera negación destructiva está relacionada no sólo con la realidad que vive la personalidad dependiente sino también con el sentido de su Yo para sí mismo. Al asumir la identidad del drogadicto, el individuo niega su previa identidad, es decir, a sí mismo antes del uso de la sustancia. En realidad, lo que niega es esa identidad desorganizada que no sólo constituyó su sustrato psicológico vulnerable y residual, sino que también creó la predisposición hacia el uso de la sustancia en el momento crucial del sínodo de su crisis personal, social y familiar.

Por último, la adicción en tanto condición de vida de la miseria en los tiempos modernos, no es nada más que el verdadero rostro de la sociedad, pero visto a través de un espejo deformante. Este espejo, roto en varios lugares, refleja la negatividad. A través de su conducta, el individuo dependiente rechaza a la sociedad en su conjunto, sus reglas y principios. Sin embargo, esta negación es básicamente una pseudo-negación, puesto que trata de escapar de la fuente de la contradicción. Es una elaboración de la contradicción original y de su solución. En este caso específico, la transición —la vuelta a un nivel más alto de la contradicción original— está bloqueada. La segunda negación, que contiene y da lugar a la negación del presente, es absolutamente irrealizable sin la intervención de un factor externo e interno que actúe como factor intermedio, capaz de reestructurar la entidad inicial, determinándola en cada detalle y transformándola en una inmediatez intermedia (5).

La negación de la negación y el mediador

Las condiciones para la segunda negación —la negación de la negación— deben crearse mediante los procesos terapéuticos del tratamiento del drogadicto. La contradicción social original es inherente a la nueva identidad psicosocial, organizada a través del proceso terapéutico. Sin embargo, existe un intermediario en esta contradicción. El contexto terapéutico, así como el adicto dentro de él, funcionan como mediadores.

El papel del mediador puede ser asumido sólo por el contexto terapéutico y el adicto debe ser comprometido voluntariamente con este proceso, donde es él quien tiene la experiencia. "El grupo llega a ser aquí un espacio intermedio, un intermediario, una tríada, con las cualidades de un espacio transitorio que sostiene la secuencia de delirios, seguido por la desintegración de los mismos. Se encuentra entre la realidad interna, mental y la realidad externa, social." (6) El contexto terapéutico y el adicto dentro de él pueden funcionar como mediadores siempre que el contexto tenga principios claros basados en una filosofía liberadora y que el adicto continúe inspirado por una decisión sobrepotenciada de convertirse en el factor activo del proceso de tratamiento. Sólo en la medida en que deja de ser el objeto de nuestra preocupación y se convierte en sujeto del proceso liberador ya mencionado, el adicto será capaz de organizar su nueva identidad psicosocial y, por lo tanto, crear un nuevo estilo de vida. Sólo así se pueden dar las condiciones para la transición de la negación destructiva y la pseudoindividualidad hacia la negación de la negación (la negación dialéctica de la desdichada realidad individual y social —de la cual trató de escapar) y finalmente hacia su maduración y emancipación.


La dialéctica de la Necesidad y la Contingencia

Debido a su naturaleza transitoria, el contexto terapéutico comprende el concepto de lo inacabado, lo imprevisible y la apertura a lo nuevo, tanto en la realidad clínica como social. Este contexto transitorio constituye un campo de potencialidades, donde los terapeutas y los grupos de terapia descubren y crean conjuntamente posibilidades que deben realizarse (percibirse) a través de la realización colectiva de actividades plenas de sentido. El significado de dichas actividades que tienen que descubrirse permanentemente está relacionado no sólo con la parte simbólica de la realidad sino también con la parte imaginativa que debe activarse. Lo imprevisto y aparentemente casual —que podría ser una iniciativa, un movimiento, una actitud o una acción— puede realmente revelar una nueva posibilidad. Esta nueva posibilidad puede ser percibida sólo en la medida en que el adicto adquiera, a través de su permanente aprendizaje, la habilidad de confrontarla de manera positiva y creativa, sin derrumbarse ante la primera reacción emocional creada por esta posibilidad.

En el proceso terapéutico, "lo imposible" puede transformarse en "lo posible". A través de las rutinas cotidianas, el adicto aprende a descubrir la posibilidad de realizar (percibir) cosas que anteriormente parecían imposibles. Aprende a buscar la controversia detrás de lo imposible, la cual podría ser intermediaria y, de esta forma, podría abrir nuevos horizontes hacia el futuro. La posibilidad siempre se busca en la dialéctica de la necesidad y de la contingencia. En este caso, lo contingente es lo imprevisible, que perturba los planes y los horarios. Lo necesario se infiere de la evaluación de las necesidades terapéuticas del individuo en cada momento. La necesidad siempre está relacionada con el cambio que tiene que ocurrir y que se infiere a través de la evaluación colectiva (por parte de los miembros del grupo terapéutico) de todos los parámetros de la realidad clínica específica. Esta evaluación se debe realizar a todos los niveles y en cada momento del proceso terapéutico. Esta necesidad se ha hecho consciente (autovoluntaria) para el adicto por medio del proceso de la psicoterapia. Sobre la base de esta evaluación, habrá que establecer la organización de la intervención sistemática del grupo terapéutico en todos los aspectos de la vida del adicto y dentro del contexto terapéutico. En primer lugar y ante todo, este terreno constituye el análisis teórico de todas las relaciones plenas de sentido y de las interconexiones internas de todos los elementos que constituyen la realidad operativa del contexto terapéutico y del adicto dentro del mismo.


Transición y responsabilidad

El grupo terapéutico dentro del programa y las fuertes relaciones establecidas con el adicto pueden servir de catalizador en el cambio de su crítica de la sociedad. A menudo, la crítica es muy confusa, autodestructiva y dañina, pero puede convertirse, al menos, en algo positivo que esclarece la verdad. Esta es la única forma en que el individuo dependiente puede tomar decisiones fuertes y libres —es decir conscientes—, incluso puede decidir organizar la transición de la sociedad hacia el reino de la libertad.

Evidentemente, el concepto de responsabilidad y los grupos de terapia que tratan con el adicto —en tanto ciudadano responsable— es un tema esencial de política y moral. La moralidad, en este sentido, debe verse como un modo de vida, un modo de existencia en el mundo, o sea la búsqueda constante de la verdad. La verdad es lo que se busca, incluso para aquellos que, como Jacques Lacan, creen que no podemos hablar de moralidad sino siempre de un proceso que examina a otro proceso, que es la verdad.

II

Cuestiones morales

En este contexto y desde el punto de vista de alguien personalmente involucrado, trataré de abordar algunas cuestiones de moral y política que son el resultado de una larga experiencia en la Unidad de Droga y Alcoholdependencia del Hospital Mental Estatal de Attica. Específicamente me referiré al programa "18 años", uno de los primeros programas desarrollado aquí, en Grecia, basado en psicoterapia individual y de grupo, que sigue los principios básicos de funcionamiento de la comunidad terapéutica en sus clínicas de pacientes internos para la desintoxicación fisica y mental de drogas. Esto puede considerarse como un punto de partida para algunas reflexiones en el campo del tratamiento en su conjunto en la difícil realidad griega (y europea) de hoy.

1.- El individuo dependiente no es un enfermo mental ni un demente; sólo ha elegido —en condiciones muy específicas— un modo de vida que incluye el consumo de sustancias. Es por esto que es él quien debe elegir un modo de vida alejado de las sustancias a través de su integración voluntaria al programa terapéutico. Es él también quien debe ser responsable de su progreso terapéutico y debe reconocer esta obligación. Los resultados van a depender de él y no de los terapeutas.

Los terapeutas deben aprender a enfrentar la presión que ejerce la lógica de los dependientes, en la cual se insiste que "los otros son los responsables". Esta lógica también es frecuentemente compartida por la familia; lógica que exige rápidas y hasta mágicas soluciones para cada problema, transfiriendo la responsabilidad a los terapeutas y dándoles el papel de salvador o instructor. Deben aprender a confrontar su propio narcisismo, que puede llevarlos a asumir ese rol.

2.- No existe un solo tipo de drogadicto o alcohólico. Cada dependiente tiene su propia historia, su propia personalidad, pero también su propia psicopatología, su propia familia y su ambiente social, sus propias necesidades y habilidades, su ritmo personal e idiosincrasia. Por consiguiente, no es posible seguir sólo una cura —una todoterapia (panacea)— o un solo tipo de modelo de programa terapéutico que cubra todas las necesidades existentes. Cualquiera sea el tipo de enfoque terapéutico, la cuestión moral más importante es la actitud hacia el dependiente, el respeto por el individuo, por su historia, su dolor, incluso cuando todo esto está oculto por su "degradación". Sin embargo, esto no implica de ningún modo que las condiciones, las reglas y los límites del contexto terapéutico sean negociables. Por el contrario, los terapeutas sólo pueden mostrar su fe en los principios del programa y su respeto por ellos a través de una actitud de respeto por el dependiente y de un constante diálogo y comprensión. Es la única manera de hacer que el dependiente funcione dentro de ciertos límites, de enseñarle a respetarse a sí mismo y a los demás, de exigir y brindar ayudar, de ser criticado y criticar, de fomentar un pensamiento colectivo a través del grupo.

3.- El discurso terapéutico debe ser utilizado como una herramienta para generar un sentido de responsabilidad (7). Su objetivo es hacer que el individuo dependiente —a través de la psicoterapia individual y de grupo— pueda entender el sentido de sus acciones, aprender a decodificar las profundas razones de su dependencia, a iluminar las tinieblas de su alma y a llegar a conocerse a sí mismo a través de los demás, mediante un proceso de constante cambio. En este sentido, el proceso terapéutico es una fuente de cambio incesante.

Los terapeutas, en sus variados roles complementarios, son miembros del grupo terapéutico que trabaja sobre una base de igualdad. Todos los terapeutas juegan un papel importante en el proceso terapéutico y son los guardianes de los principios del programa. Su lugar no está al frente de los miembros del grupo sino a su lado. Deben acompañarlos a lo largo de este difícil proceso de cambio, construyendo con ellos una relación terapéutica esencial que es, de hecho, la piedra angular del proceso terapéutico. Mantienen un diálogo fluido con los miembros ayudándolos a definirse sobre la base de la comprensión. Los terapeutas no detentan la verdad absoluta, no ejercen el poder, no interpretan fácilmente. Su autoridad viene de su función, pero no es evidente por sí misma, es algo que deben lograr con su actitud. Sabemos que, debido a la estructura deficiente de su personalidad y para ser capaces de funcionar, las personas dependientes necesitan un modelo con el cual identificarse. Sin embargo, según Olievenstein, los terapeutas deben ofrecer apoyo más que servir de modelo. Deben evitar adjudicarse el papel de líder carismático. No tienen el derecho de imponer su modelo de vida a priori o sus propias verdades.

Su rol es el de moldear la verdad, lo cual da libertad y —junto a los miembros del grupo— cultivar su sentido crítico, ensanchar sus horizontes, rechazar cada expresión de conformidad a rutinas y criticar positivamente cada instancia de poder consciente o inconsciente. De lo contrario, cada paso conllevaría el peligro de que ellos mismos llegaran a ser los portadores del control social y las herramientas de represión en nombre de la normalización. La confrontación exitosa con este peligro presupone un entrenamiento constante, una gran experiencia y una actitud personal hacia la vida enriquecida con principios y metas. Los individuos dependientes deben aprender a manejarse en situaciones de estrés de forma positiva para ser capaces de disfrutar de la vida de manera que el peligro de recaer en la conducta autodestructiva del pasado se vea disminuido (8).


Identidad positiva

A través del proceso terapéutico, el adicto debe ser capaz de continuar su desarrollo psicosentimental desde el punto en el que fue interrumpido alguna vez y debe construir su ego. Debe aprender a llenar el desfase comunicacional que tiene con los demás, ser capaz de establecer un diálogo con los demás y consigo mismo; poder valorar sus aspectos positivos y los de los demás; decodificar las razones más profundas de su dependencia; crear una identidad positiva en la realidad existente; encontrar su propia función, tomar responsabilidades, superar dificultades y obstáculos, derrotas y desilusiones. El proceso de poner en pie una nueva identidad comienza dentro del marco terapéutico y con la ayuda del grupo. Demanda una perspectiva dual del dependiente, una hacia afuera y una hacia el interior, hacia sí mismo. Como señala Kataki, "aunque la formación de una identidad constituye un proceso interno, el diálogo con otros y la experiencia en general es el contexto donde tendrá lugar el proceso fructífero del cambio interno. Nuestro Yo no es una celda aislada de conciencia ubicada en algún lugar cerrado de nuestro cerebro, ni tampoco emerge automáticamente de la experiencia cotidiana. Por el contrario, se interrelaciona de forma personal y obtiene su sentido a partir de las circunstancias históricas que formaron los valores colectivos. A través de narraciones acerca de algo que se refiere a nosotros, podemos revisar algunos de esos atributos que nos pertenecen y gradualmente logramos transformar la imagen total que vemos en nuestro espejo. Este proceso de enriquecimiento interno toca dimensiones esenciales de nuestra identidad" (9). De esta forma, el proceso de aprendizaje está basado en la experiencia no consciente y el proceso de poner en pie una nueva identidad constituye un gran desafío para el nuevo individuo.


Democracia mental

El aspecto más importante en relación con la moralidad de un proceso terapéutico es la formación de las condiciones necesarias para ayudar al adicto a alcanzar el estado de democracia mental (10). Debe aprender a poner en pie su sólido ego psíquico, ideológico y cultural, ser capaz de crear relaciones directas y esenciales con los demás, actuar dentro de un grupo, comunicarse, comparar, expresar su opinión, rechazar su estigmatización y exclusión, luchar contra toda tendencia a escapar, encontrar su propio papel independiente en la vida lejos de la gente, los lugares y las situaciones relacionadas con las drogas, ser autónomo a través de sus propias elecciones profesionales, emocionales y demás —más allá del programa y su terapeuta— como una familia adulta y no como un niño que lo quiere todo aquí y ahora.


Una nueva forma de vida

Apuntamos a una moralidad que el adicto sólo puede alcanzar a través del programa terapéutico, de la creación de una forma de vida que haga de él una entidad social y lo aleje de las sustancias, dado que ya no las necesitará más. Una forma de vida en la cual el presente se inserta nuevamente en un marco histórico. Finalmente, el propósito de todo el proceso psicoterapéutico es dar mayor claridad a su existencia y al sentido que ésta tiene actualmente para el individuo. Además, una vez más debe controlar cada momento de su pasado y alcanzar a ver su verdadero sentido. En otras palabras, el sentido que le dará a cada instancia en su vida está relacionado con la pregunta de cuándo ocurrió y qué momento está representado en toda la cadena de acontecimientos en su vida. Esto significa que el ‘timing’ (el cuándo) debe reintegrarse en el sentido que le da a cada momento de su vida, según el cual el presente debe ser estructurado sobre la base de la comprensión del pasado para construir su futuro. Esta es la única forma en que el individuo puede superar la inicial negación autodestructiva de la realidad individual y social, a través del proceso de concienciación de las contradicciones sociales que determinan su vida.

Al tomar conciencia conscientemente, el individuo es liberado, confirmado y evaluado. "El propósito de la terapia no puede ser comprometer al drogadicto con una realidad miserable de la cual alguna vez quiso escapar con la ayuda de la droga sino hacerlo capaz de estar dentro de esa realidad y no en el margen, confrontarla sin mitos ni ilusiones, encarar dicha realidad y su ideología, abrir más amplias perspectivas a sus actividades cotidianas y finalmente encontrar el verdadero sentido de su vida, volverse responsable y serio y siempre luchar contra la hipocresía social para ganar y preservar su real autonomía e independencia, libre de temores, prejuicios ... exclusiones y discriminación" (11).

Por lo tanto, la moralidad del procedimiento terapéutico nada tiene que ver con moralizar. Es una moralidad que apunta a la felicidad de las relaciones humanas a través de la búsqueda constante de la autenticidad, la felicidad de la creación, la felicidad de comprometerse con la lucha por una mejor vida personal en una sociedad realmente humana, libre de explotación, libre de toda forma de dependencia de drogas o de cualquier otra cosa. Sólo bajo estas condiciones, podemos hablar de la dialéctica de la emancipación del hombre moderno.

 


Notas

 

1. "Rhetorique de la drouge. Entretien avec Jacques Derrida", L’ésprit des drogues, Nº 106, April 1989, págs. 197/214.

2. M. Zafiropoulos, Le toxicomanie n’existe pas, Navarin.

3. "De la toxicomanie. Entretien avec C. Olievenstein", Nervure, Nº 4, April 1991, págs. 74/82.

4. Bertell Ollman, Alienation, Cambridge University Press, 1976, págs. 116 y 133.

5. Savas Mikhail, "On the Concept of the Crisis of Transition", Reform or Revolution, Athens, 1992, págs. 153/163.

6. Jean Luis Beratto, "De l’espace de soins a la psychotherapie dans le cadre de la clinique des toxicomanes".

7. J. L. Genard, "Toxicomanie, droit et responsabilité", Interventions, Nº 45, July 1994, págs. 42/43.

8. Martin Kooyman, The Therapeutic Community for Addicts, Amsterdam, 1993, pág. 64.

9. C. Kataki, The Violet Liquid, Athens, 1995, págs. 322/323.

10. C. Olievenstein, "La place des therapeutiques transitionnelles en toxicomanie", La clinique du toxicomane, Paris, 1987.

11. K. Matsa, "Psychological Recovery: A Liberation Process. Basic Principles of the Programme of the Drug Dependency Unit of the Psychiatric Hospital of Attica", Notebooks of Psychiatry, Nº 35, 1991, págs. 109/116.

 

Tomado de En defensa del Marxismo

Foto El Polvorín

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