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El polvorín

El cine y la guerra cultural con el Opus Dei: sí, hay dragones

11 Agosto 2012 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

 

Después de haber tocado la gloria en la época de Wotyla como una pieza indispensable en restauración neoliberal, el Opus Dei ha vivido una fase de “mala prensa“ en el que la literatura y el cine no han sido ajenos. Sin ánimos de resultar exhaustivo anotemos simplemente tres películas que le han afectado duramente. | PEPE GUTIÉRREZ-ÁLVAREZ.*

 

Dos de ella de un estimable valor fílmico, y otra, netamente inferior, pero que ha llegado a todo el mundo como una peli de “multinacional” (que es lo que te decían en los video-club para advertirte de que se trataba de un producto de primera)…

 

Las primeras son, respectivamente,  el documental Opus Dei, una cruzada silenciosa. (2006) de la chilena Marcela Said, que plantea la posibilidad de que un miembro del Opus, heredero del pinochetismo, llegase a ser candidato a la presidencia en Chile (Joaquín Lavín, un tipo que quería que su país olvidara el gran terror como se había hecho aquí), historia que le llevó a la directora a preguntarse sobre las aspiraciones políticas e ideológicas de la organización, y sus complicidades con los “milicos”  y las multinacionales.

 

La otra es Camino (2008), realizada por Javier Fesser conquistó seis premios Goya e indignó a los responsables de la prelatura. Fesser describe la historia de una niña santa (Alexia González Barros en la vida real) a la que el Opus quiso canonizar, una obra conseguida (sobre todo en la parte actoral), que no dejado indiferente a nadie.

 

Pero mientras que la primera ha tenido una distribución muy minoritaria, y la segunda solamente ha tenido un éxito relativo, en el caso de El Código da Vinci (EEUU 2006), la cosa cambian. Es de esas películas que goza de una distribución mundial, que se emite constantemente en la pequeña pantalla. Dirigida por el irregular Ron Howard, era una adaptación del celebérrimo “best seller” de Dan Brown. Literariamente la obra no quedará para la posteridad, pero su eficacia narrativa enganchó a millones de lectores que pudieron percibir al Opus como una poderosa secta en la sombra con criminales monjes albinos incluidos.

 

No hay que decir que la Obra puso el grito en el cielo, con Franco o con Pinochet esto no hubiera pasado. Pero el resultado fue que la película tuvo una secuela Ángeles y demonios (USA, 2009), no menos “multinacional” que la anterior e igualmente protagonizada por Tom Hanks y, seguramente, no menos execrable.

 

Con esta ofensiva crítica, llegamos a un momento cualquier conversación cotidiana sobre la Obra tiende sin dificultada al reconocimiento de sus partes más sórdidas. Una parte que ya se hizo evidente en el tardofranquismo, aunque, como tantas otras cosas más, la anemia política y moral de la llamada “sociedad civil”, y las miserias de la izquierda institucional le permitió influir como en lo mejores tiempos, y si hace falta una muestra no habría más que recordar el repulsivo espectáculo que las cadenas de televisión dieron con el sepelio del penúltimo monarca del Vaticano. El mismo que había bendecido la “contra” mundial y tratado de aniquilar la Teología de la Liberación, sin reparar en medios, ni tan siquiera la liquidación de monseñor Romero.

 Un “lobby” con un poder y con las complicidades (el neoliberalismo ha hecho su matrimonio de conveniencia con todos los fundamentalismos religiosos, sobre todo los que además bendicen los buenos negocios), como el Opus Dei, no podía por menos que tratar de desarrollar una contraofensiva.  

 

En este cuadro se inscribe la contratación de un realizador con un cierto prestigio como el británico Roland Joffé, al que se le encargó un ambicioso “biopic” sobre Escrivá de Balaguer canonizado en 1992 por Wotyla

como parte de un proceso de beatificaciones en los que se podían distinguir no pocos representantes de un catolicismo cómplice, no ya con los grandes negocios, sino también los fascismos, incluyendo los que creyeron que Franco era Caudillo por la gracia de Dios.

 

Joffe había logrado un gran prestigio trabajando con el inteligente productor David Puttman. Gracias a esta colaboración consiguió dos nominaciones al Oscar, primero en 1984 con Los gritos del silencio (The Killing Fields), un alegato contra el estalinismo que no se olvida de dejar clara la responsabilidad del Imperio (Iñaki), y sobre la cual habría mucho que hablar,  nominación que repitió dos años más tarde con La misión (The Mission), no menos apasionante que, por más que se pudieran hacer reparos históricos, suponía un alegato en defensa de las comunidades indígenas…

 

Estas películas contaron con grandes guiones: de Bruce Robinson, la primera, y Robert Bolt, la segunda: una ventaja de partida que ya no volvió a contar, de tal manera que no volvió a realizar ninguna otra película memorable, ni tan siquiera la mitad de la mitad de memorable. Según el Wikipedia, Joffe se declara agnóstico y  de izquierdas, y que “incluso ha apoyado públicamente la Labour Party”, todo un detalle considerando que el autor de Camino haya sido más de izquierdas que Tony Blair.

 

Pues bien, Joffe fue designado para dirigir el proyecto de Encontrarás dragones (There be dragons, 2011), una producción argentina, estadounidense y española en la que participan empresas privadas que se dicen no  vinculadas al cine, un terreno donde el Opus tiene su propia historia en los tiempos de Franco, y no precisamente en proyectos críticos; también cuenta con editoriales, revistas, con todo un entramado que se extiende un poco por todas partes, baste recordar que el último secretario del que fue el Partido comunista italiano (PCI), Mássimo D´Alema, se convirtió a la Obra sin dejar por ello la secretaria del partido “de izquierda” heredero.

 

El argumento de Encontrarás dragones parte de un supuesto: está hablando de un santo. Por lo tanto, los hechos se acomodan a esta premisa. Lo demás es un mero pretexto que Joffe trata de cocinar con una tonalidad muy cuidada.

 

El argumento que aburre antes de comenzar, nos cuenta la historia de un joven periodista que vive en Londres decide ir a ver a su padre moribundo en España para reconciliarse con él. El joven, casualmente, investiga a uno de los viejos amigos de su padre. Un sacerdote fallecido que es candidato a ser canonizado. Es entonces cuando descubre la complicada relación entre los dos hombres desde la niñez.

 

La trama pasa por la Guerra Civil. La República perseguía a los curas, en la guerra los mataban. La descripción del “bando republicano”  parece el propio de alguien que confundía a todos los “rojos”; así el anarquista hace proclamas comunistas que grita viva la república. Con las maneras vaticanas propias de la Orden, el antiguo representante de la Oficina de Información del Opus Dei, Luís Gordon, declaró que ellos solamente habían facilitado el acceso al archivo del santo.

 

El resultado no puede ser más detestable. La película no solamente respira falsedad documental e hipocresía a raudales, también es mala de solemnidad. Es tan indigerible que uno llega a añorar aquel cine de “estampitas” del franquismo en la que por lo menos se percibía cierta ingenuidad, y salían actores con una gran capacidad de representar gente popular.

 

Así, pues, esta contribución a la guerra cultural en torno al Opus y sus siniestros negocios, no ha podido resultar más contraproducente. Parece como si el mercenario Joffe hubiera actuado como un infiltrado, y se hubiera empeñado en destruir el arma desde dentro. De ser así, habría hecho una significada contribución a la causa de los trabajadores y de la tierra, a todo ese mundo contra los que el Opus Dei y el Vaticano conspiran en nombre de Dios.
——
* Escritor, crítico de cine español.
En http://www.kaosenlared.net

(Marxista redomado, según algunos, anarquista irredento, según otros).

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