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El polvorín

El dinero, los mercados financieros y la Unión Europea ¿Quién manda aquí?

11 Mayo 2012 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica


199368743_b60d7b11c6.jpgMiguel Otero Iglesias*

 

Miércoles 9 de mayo de 2012

 

En el argot popular se suele decir que el dinero manda. Pero, realmente, ¿qué es dinero? En principio, la respuesta es simple: ese papel o esas monedas que tenemos en el bolsillo. Esas cifras que aparecen cuando consultamos nuestra cuenta bancaria. Sin embargo, definir qué es dinero no es tan fácil. Economistas como Joseph Schumpeter han dedicado gran parte de su vida a estudiar este fenómeno y no han llegado a una conclusión definitiva. Pese a la complejidad del asunto, vale la pena intentar explicar qué es dinero, ya que nos puede ayudar a comprender la crisis que está sufriendo la zona euro.


Los libros de texto de economía lo tienen claro. El dinero cumple tres funciones: la de unidad de cuenta (para calcular valores), la de medio de intercambio (para facilitar el trueque) y la de refugio de valor (como depósito de riqueza). Desde los escritos de Adam Smith nos encontramos con el cuento que dice que en algún momento en la historia, en alguna aldea imaginaria, el lechero, el panadero y el carnicero decidieron que sería más eficiente para todos usar un medio de intercambio neutro, perdurable, con valor intrínseco y fácilmente divisible (algún metal por ejemplo, como oro o plata) para realizar sus intercambios económicos. Así, de repente, pasamos del trueque a un sistema monetario.

Lo interesante de este cuento es que no hay evidencia histórica que pruebe esta teoría. Más bien todo lo contrario, como han demostrado el sociólogo Geoffrey Ingham [1] y el antropólogo David Graeber [2]. El legado escrito apunta más bien a que el dinero surge alrededor del año 3.000 a.C para contabilizar la deuda que los súbditos debían a los emperadores de Mesopotamia.

En sí, hay dos maneras de entender el dinero, una es la metalista, la del cuento, y la otra es la nominal. Es decir, la que considera que la función primaria del dinero no es la de medio de intercambio, sino la de unidad de cuenta. El dinero sirve sobre todo para calcular deuda (todo dinero es deuda), y se da el caso que desde la civilización mesopotámica la deuda más importante para la cohesión de una sociedad ha sido la de pagar tributo (impuestos) a la autoridad regente. Para saber cuánta deuda hay que pagar se necesita una escala. Pues bien, esa unidad de cuenta siempre la ha establecido el poder soberano. ¿Qué tiene que ver todo esto con la Unión Europea, los mercados financieros y la crisis del euro? Mucho, porque el euro se ha creado sobre la base de la teoría metalista del dinero. Tal y como establece la teoría ortodoxa, se ha considerado que el dinero es simplemente un mecanismo neutral que facilita el intercambio económico, por lo que es posible crear una moneda sin tener una autoridad política que la respalde. Es más, visto que el poder soberano a lo largo de la historia ha devaluado el valor del dinero a su favor (reduciendo la cantidad de metal precioso en las monedas o imprimiendo más papel-moneda para generar inflación), los diseñadores del euro concibieron la moneda única con el objetivo de eliminar cualquier intromisión de la política en su gestión. Su dogmatismo llegó a tal punto que prohibieron al Banco Central Europeo (BCE) ser el prestamista de última instancia para sus Estados miembros. Una función clave para cualquier banco central. Si entendemos el dinero como una relación social entre acreedor y deudor, y al Estado como el mayor acreedor (recauda impuestos de los contrieurobuyentes) y deudor (emite deuda a los acreedores nacionales e internacionales), nos damos cuenta de que el euro ha sido diseñado con un claro sesgo a favor de los acreedores del Estado: los mercados. Por primera vez en la historia del dinero el Estado ha desechado una de sus mejores armas: devaluar la moneda cuando lo necesita.

Inflación y teoría neoliberal

Esta construcción monetaria hay que entenderla en su contexto. En los años 1970 y 1980 la inflación fue una plaga en toda Europa y sólo Alemania supo dominarla, con un banco central independiente y una política monetaria anti-inflacionista. Además, en los 80 y 90 la teoría neoliberal se hizo dominante y entre la clase política europea se aceptó como verdad incontestable la hipótesis de la eficiencia de los mercados financieros desarrollada por Eugene Fama [3] en 1970.
Hay que decir que la clase política alemana siempre ha tenido cierta tendencia a ver los mercados financieros como un agente disciplinario. Desde el punto de vista de la teoría ordoliberal, dominante en la democracia cristiana alemana desde los cincuenta y aceptada por amplios sectores de la social democracia desde los años 1990, la función principal del Estado es establecer un marco regulatorio propicio para estimular la libre competencia y así desarrollar una economía de mercado que fomente el bien común. Estamos ante la soziale marktwirtschaft, la economía de mercado social. Es importante distinguir aquí el neoliberalismo de Friedrich von Hayek del ordoliberalismo de Alfred Müller- Armack. Aunque los dos defienden el libre mercado, las premisas de partida son muy distintas. El fin último del neoliberalismo es eliminar completamente la intervención del Estado en la economía, es decir, el principio básico es el laissez faire. El ordoliberalismo, en cambio, entiende que el mercado completamente libre crea injusticias, y por lo tanto acepta una mayor intervención del Estado como agente amortiguador y distributivo.

Volviendo al contexto internacional, los años 1990 y el inicio del siglo XXI se caracterizaron sobre todo por el desarrollo de la ingeniería financiera. Sobre la base de la nueva economía y las nuevas tecnologías, EE UU y el Reino Unido, con Wall Street y la City de Londres al frente, fueron capaces de desarrollar un nuevo modelo de crecimiento caracterizado por la financialización de la economía y el crédito al consumo. Los países industrializados de la Europa continental, especialmente Francia y Alemania, primero se resistieron, pero al final no tuvieron más remedio que aceptar la superioridad del modelo anglosajón. Bancos tradicionales como Deutsche Bank, Commerzbank, BNP Paribas y Société Générale se lanzaron también a diseñar o comprar productos derivados para sus clientes.

Otros países como España fueron más cautos a la hora de dejar que sus bancos invirtiesen en productos tan complejos, pero también basaron su modelo de crecimiento sobre el crédito al consumo y la vivienda. Tal fue la borrachera de crédito, que la Comisión Europea, justo antes de estallar la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, se estaba planteando desarrollar el mercado de las hipotecas subprime en Europa. Afortunadamente esto nunca llegó a ocurrir, aunque en países como España se ha llegado muy cerca.

De monstruos y bestias

Tal y como ha demostrado la crisis global, que empezó en el 2007 justamente en el mercado de las hipotecas subprime de los EE UU, los mercados financieros han tomado unas dimensiones incontrolables. Como declaró en su día el presidente federal de Alemania y ex director del Fondo Monetario Internacional, Horst Köhler, “los mercados financieros globales se han convertido en un monstruo que hay que volver a poner en su sitio” [4]. De repente los líderes europeos, y los alemanes en concreto, descubrieron que su fe ciega en los mercados los había hecho extremadamente vulnerables. Confundiendo ordoliberalismo con neoliberalismo, los dirigentes euro peos se autoconvencieron de que el marco regulatorio más adecuado para fomentar el bien común era la desregulación. Obviamente, este oxímoron les ha pasado factura. El monstruo se ha convertido en una bestia gigante.

Actualmente, el mercado mundial de los productos financieros derivados mueve al año 700 billones de dólares, es decir, once veces el Producto Interior Bruto (BIP) mundial. Solo el mercado de divisas internacional factura al día cuatro billones de dólares, cuatro veces el PIB de España [5]. ¿Y dónde se genera la mayoría de este negocio? Sobre todo en Wall Street y la City. La zona euro, por lo tanto, no tiene capacidad de regular estos productos. Soberanía perdida

En sí, se puede decir que los gobernantes de la zona euro han perdido la soberanía sobre su propio dinero (ya que el BCE es supranacional, independiente y no puede monetizar la deuda pública) y sobre sus productos financieros. Esto ha quedado en evidencia durante la crisis del euro, pues el BCE tuvo que pedir a las autoridades reguladoras americanas y británicas información sobre el mercado de los derivados localizado en Wall Street y la City. Es decir, el BCE se dio cuenta de que no tenía jurisprudencia sobre productos financieros ligados al euro (como derivados de tipos de cambio, de tipos de interés o las permutas de incumplimiento crediticio, las denostadas Credit Default Swaps).

Para recuperar esa jurisprudencia, esa soberanía, el BCE exige ahora que las casas de compensación de derivados realicen dentro de la geografía de la zona euro sus transacciones con productos que tengan el euro como base. Esta exigencia ha provocado una denuncia por parte del gobierno británico ante el Tribunal de Justicia Europeo. Para Londres esta medida es un ataque a la supremacía de la City y una violación del mercado único de la Unión Europea (UE).

Paralelamente a esta disputa está surgiendo cierta tensión entre el nuevo ordoliberalismo continental propuesto por el francés Michel Barnier, comisario del Mercado Único, según el cual “hay que regular todas las plazas, todos los actores y todos los instrumentos de los mercados financieros” en la UE, y la visión laissez faire de David Cameron, primer ministro británico. El apego británico al laissez faire tiene raíces históricas, pero también prácticas. El sector financiero emplea a más de un millón de personas en el Reino Unido y representa cerca del 10 por cieneto del BIP del país [6]. Si a eso le unimos todos los puestos de trabajo indirectos, podemos entender por qué todos los gobiernos británicos, independientemente de su ideología, defienden con uñas y dientes su sector financiero.

Esta visión favorable a los mercados contrasta con la actitud beligerante que están tomando ciertos líderes en el Continente. La mejor representación la tenemos en la canciller alemana Angela Merkel, que ha llegado a decir que hay “una cierta lucha entre el poder que tienen los mercados y el poder de maniobra que tienen los políticos para desarrollar ciertas políticas”. Para ella, “es hora de que la política vuelva a retomar su primacía” [7].

¿Hemos visto algún cambio en este sentido? Conceptualmente sí, materialmente los pasos son muy pequeños. En relación al euro, los líderes europeos han superado el dogma y han aceptado que una unión monetaria es imposible sin una unión fiscal y, por lo tanto, política, que la respalde. La camisa de fuerza del BCE también se ha roto. Aunque sea indirectamente, el BCE está actuando de prestamista de última instancia no sólo para el sector bancario, sino también para el sector público, bien sea a través de la compra de deuda soberana en los mercados secundarios, o bien aplicando presión “política” sobre los bancos para que utilicen la barra libre de liquidez para comprar esta deuda.

El nuevo pacto fiscal aprobado por los países de la UE (excepto Reino Unido y República Checa), también es un paso hacia la unión política, aunque sea un pacto a medias. Establece una coordinación férrea en el control del gasto, pero no a la hora de coordinar los ingresos. Una unión fiscal sólo puede funcionar si hay coordinación en el gasto y la recaudación, pues, si no es así, estamos ante una unión fiscal mutilada.

Es en este punto donde adquiere importancia la propuesta de crear un impuesto sobre las transacciones financieras (ITF) referenciadas en euros. Con esta medida, los líderes de la zona euro podrían matar dos pájaros con un tiro. Por un lado, el ITF, siguiendo la teoría de la complejidad defendida por inversores como James Rickards [8], reduciría el volumen del mercado, es decir, el monstruo. Y por otro, la zona euro adquiriría uno de los atributos del poder soberano: la capacidad de recaudar impuestos. El problema es que si consiguen crear una autoridad política a la altura del euro, los líderes europeos se van a topar con otro dilema: ¿Es posible crear un poder soberano europeo capaz de frenar el monstruo sin una legitimidad democrática avalada por las urnas? Parece improbable.


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*Miguel Otero Iglesias es profesor titular de Economía Política Internacional en la ESSCA School of Management, profesor adjunto en la Universidad de Oxford y miembro de ATTAC España.

Este artículo ha sido publicado en el [nº 51 de Pueblos - Revista de Información y Debate- Segundo Trimestre de 2012

Versión en euskera aquí->2410]

Notas
[1] Ingham, Geoffrey (2004): The nature of Money, Cambridge, Polity.

[2] Graeber, David (2011): The first 5.000 years, New York, Melville House.

[3] Fama, Eugene (1970): “Efficient Capital Markets: A Review of Theory and Empirical Work”, en Journal of Finance, 25, 383-417.

[4] “Kölher attackes markets ´monster”, Financial Times, 14/05/2008.

[5] Bank for International Settlements (BIS), 2011.

[6] Datos del Bank of England, 2010.

[7] “The markets are not the monster”, Financial Times, 21/11/2011.

[8] Rickards, James (2011): Currency Wars, New York, Portfolio Penguin.

Revista Pueblos

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