Overblog
Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog
El polvorín

URUGUAY - El dolor que no se olvida

27 Junio 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Por Osvaldo Bayer 
3213731941_dc4bc65596.jpg
Desde Bonn, Alemania 

El jueves pasado se cumplieron setenta años de la invasión de Hitler a la Unión Soviética. 
Hecho que se recordó con suma tristeza aquí, en Alemania. Se calcula que en la última guerra 
mundial murieron millones de seres humanos. Millones, no miles. Unos historiadores hablan de 
veinte millones de soviéticos muertos y, últimamente, el historiador Viktor Koslov, de la 
Academia de Ciencias de Moscú, señala que hay que calcular aproximadamente en 40 
millones los soldados y civiles de esa nacionalidad que perdieron la vida. Los alemanes, por su 
parte, han calculado en dos millones el número de sus soldados caídos. 

Todavía ni los historiadores ni los sociólogos ni los psicólogos ni los ensayistas han podido 
encontrar una explicación de por qué Alemania, después de haber perdido la Primera Guerra 
Mundial de 1914-1918, un cuarto de siglo después, en 1939, inició la Segunda Guerra Mundial. 
Después de esa guerra de trincheras –donde los jóvenes de ambos lados se abrían el vientre 
con las bayonetas en los asaltos entre esos mutuos fosos enfrentados– se llegó al extremo de 
las matanzas crueles con el bombardeo de ciudades abiertas y se terminó, por parte desde 
Estados Unidos, arrojando bombas atómicas a ciudades de miles de habitantes. 

¿Qué pasó con el ser humano? Es lo que se pregunta la nueva generación de alemanes. En un 
país con universidades plenas de sabiduría, con una tradición filosófica de búsquedas 
interminables, con movimientos pacifistas históricos. Sí, con aquel libro de Erich María 
Remarque –la mejor obra antibélica– llamado Sin novedad en el frente, que obtuvo el Premio 
Nobel en 1928. El dolor, la estupidez de las armas de fuego, la vaciedad de las órdenes 
militares, la vocación de asesinos que de pronto adquieren todos los jóvenes que son enviados 
al frente. 

Justamente sobre eso, un libro ha conmocionado a esta sociedad últimamente. Soldados es su 
título y es un compendio de protocolos sobre tres palabras: “luchar, matar y morir”. 

Son declaraciones de soldados que intervinieron en guerras. Queda claro allí cómo los jóvenes 
al vestir uniforme y llevar armas comienzan a sentirse todopoderosos. En su análisis del libro, 
Felix Ehring señala que la guerra “convierte al soldado en asesino porque el matar es la fácil 
meta de su acción.” El libro es un compendio de declaraciones de veteranos de guerra. Allí se 
muestra cómo se transforma el ser humano cuando se le da la orden de matar y el soldado lo 
toma como un privilegio. Es que para él es normal ya verse rodeado de cadáveres en su vida 
diaria. La misma sensación siente el soldado cuando entra en ciudades enemigas y ve a las 

mujeres de sus enemigos. Se cree con derecho a tomarlas y violarlas. Lo mismo sienten los 
pilotos de los bombarderos. Uno de los pilotos entrevistados dice, con orgullo: “Para nosotros, 
los pilotos de caza, era una especie de prólogo del placer cuando desde lo alto perseguíamos 
con fuego de ametralladoras a soldados enemigos a través de los campos”. Lo mismo los 
pilotos de bombarderos cuando comienzan a arrojar bombas sobre las poblaciones civiles. 
Sentirse dioses con la consigna de que eso es positivo porque así se “aprende a defender a la 
Patria”. Dice Ehring sobre las declaraciones de las experiencias como soldados: “No se 
encuentran contradicciones, todos conocen el matar y el morir”, por supuesto el morir de los 
“otros”, los seres humanos llamados “enemigos”, y esos ex soldados toman como “innecesario” 
el lamentarse por haber hecho eso. A los ex soldados no les gustaba hablar sobre sus propios 
sentimientos, al contrario, les gustaba relatar cómo le daban al contrario. Matar seres humanos 
en la guerra se convierte en una especie de deporte y el ganador es quien mata más gente 
“enemiga”. 

Los autores del libro Soldados, Sönke Neitzel y Harald Welzer, tuvieron la suerte de dar con 
archivos de la guerra donde figuran esas declaraciones de soldados, suboficiales y oficiales 
sobre su misión. Y llegan a estas conclusiones: “Los uniformados creían con absoluta fe en los 
valores militares como dureza, rigor y cumplimiento del deber, que es la obediencia ciega ante 
la orden de mando. También el fusilamiento de civiles indefensos pertenece a ese deber. Lo 
hicieron pues, primero por la obediencia debida y más tarde por propia iniciativa. En la guerra, 
la persona civil es siempre una meta potencial. Y los autores del libro, luego de un estudio 
profundo, sostienen que soldados, policías y miembros de servicios de informaciones piensan 
todavía así, que ése es su “oficio”. 

Qué bien que vendría un estudio similar en la Argentina, investigar el porqué del 
comportamiento de jefes, oficiales y subalternos de las Fuerzas Armadas, policías y empleados 
de los servicios de informaciones durante la aplicación del método de la desaparición de 
personas. Por ejemplo, estudiar si los pilotos de aviones que arrojaron prisioneros vivos al mar 
sentían el mismo poder que aquellos pilotos que bombardearon y bombardean desde la altura 
ciudades indefensas. Algo que tienen que estudiar profundamente los nuevos profesores de las 
instituciones militares para que no se repita nunca más la atmósfera que se vivió entre los 
miembros de las Fuerzas Armadas durante la dictadura. 

Y aquí nace la pregunta: ¿por qué esos miembros de las Fuerzas Armadas, de la policía y de 
los servicios se sintieron de pronto omnipotentes y creyeron ser dueños de la vida y la muerte 
de todos? Con el derecho a matar, torturar, hacer desaparecer, regalar los niños de las 
prisioneras. Es decir, ¿se sintieron con los mismos atributos que soldados en un país enemigo? 
¿Como pilotos de bombardeos de ciudades civiles? ¿Es el poder que da el uniforme? ¿Es el 
poder que les dan las instituciones políticas (o económicas) a los uniformados en los momentos 

de peligro? ¿No es hora de comenzar el debate en Naciones Unidas y en los organismos 
internacionales para cambiar el sistema de autocustodia llevado a cabo por la humanidad 
desde que existe la historia, con su repetición de crímenes oficiales cada vez más asesinos y 
de la violencia al servicio del poder y no de la paz interior y exterior de los pueblos? 

¿Por qué no intentar de una vez por todas el diálogo frente a la violencia de la represión? ¿Es 
tan difícil? La represión no es otra cosa que la omnipotencia del poder. En vez de ideas nuevas 
y conciliación, el palo. El gas lacrimógeno. El bañar en agua helada al enemigo en pleno 
invierno. Y si no, la bala. Cuando el enemigo no aprende bastan tres o cuatro muertos para que 
arruguen todos. Esa es la consigna del poder. El buen gobernante nunca tiene que perder la 
paciencia. 

Debe creer en el diálogo. En la participación de la sociedad para buscar soluciones a los 
problemas. 

A Europa ha llegado la noticia de la represión de los maestros santacruceños en Buenos Aires. 
La sociedad debe decirse como primer paso al diálogo: “Con los maestros nunca la violencia”. 
Porque es como si aplicáramos la violencia contra nuestros hijos y nuestros nietos, que son sus 
alumnos. Todos los problemas tienen solución mediante el diálogo. Y el político, el gobernante 
deben proponerse el diálogo como única arma de poder. Porque si no caeríamos en reconocer 
a la guerra como única solución para los problemas entre los pueblos. Y eso finalmente 
significa la muerte. 


--
N e s t o r 

rana 059
Västerås, Suecia





--
Ricardo Ferré
ex Prof. de la Universidad de Lund, Suecia

Compartir este post

Comentar este post