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El polvorín

El fútbol, ese leal amigo del capitalismo

6 Julio 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica


Terry Eagleton · · · · ·
 
04/07/10
 

Si mala cosa es el gobierno de Cameron para quienes pretenden un cambio radical, la Copa del Mundo es todavía peor. Nos recuerda a todos lo que probablemente seguirá atravesándose en el camino de ese cambio mucho tiempo después de que la coalición [liberal-conservadora] haya muerto. Si cualquier fundación intelectual derechista tuviera que dar con un esquema capaz de distraer al populacho de la injusticia política y compensarlo por una vida de durísimo trabajo, la solución siempre sería la misma: fútbol. Salvo el socialismo, no se ha imaginado  manera más refinada de resolver los problemas del capitalismo. Y en la concurrencia entre socialismo y fútbol, el fútbol va varios años luz por delante.

Las sociedades modernas niegan a los hombres y a las mujeres la experiencia de la solidaridad, experiencia que el fútbol proporciona hasta el extremo del delirio colectivo. Muchos mecánicos y muchos dependientes de comercio se sienten excluidos de la alta cultura; pero una vez a la semana son testigos de representaciones artísticamente sublimes, ejecutadas por hombres para los que el calificativo de genios no resulta, a veces, hiperbólico. Como en una banda de jazz o en una compañía de teatro, el fútbol amalgama talento individual deslumbrante y abnegado trabajo colectivo, resolviendo así un problema sobre el que los sociólogos han venido devanándose los sesos desde tiempos inveterados. Cooperación y competición, astutamente equilibradas. La lealtad ciega y la rivalidad a muerte gratifican algunos de nuestros más potentes instintos evolutivos.

El juego, además, mezcla encanto con ordinariez en sutiles proporciones: los jugadores son de factura heroica, pero una de las razones por las que los reverenciamos es por su carácter de alter ego; fácilmente podrían ser cualquiera de nosotros. Sólo Dios es capaz de combinar de esta guisa intimidad y otredad, y hace tiempo que ha sido rebasado en celebridad por este otro Uno indivisible que es José Mourinho.

En un orden social desnudo de ceremonia y simbolismo, el fútbol ingresa para enriquecer estéticamente la vida de gentes para las que Rimbaud es un grande del cine. El deporte es un espectáculo, pero, a diferencia del ofrecido por las paradas militares, un espectáculo que invita a la intensa participación de sus espectadores. Hombres y mujeres, cuyo trabajo es cualquier cosa menos intelectualmente exigente, pueden exhibir una asombrosa erudición a la hora de recordar la historia del juego o de describir analíticamente las destrezas de los jugadores. Doctas disputas, dignas de los foros de los antiguos griegos, afloran rebosantes en bares y mercados. Como en el teatro de Bertolt Brecht, el juego convierte en expertos a las gentes del común.

El vívido sentido de la tradición contrasta con la amnesia histórica de la cultura postmoderna, para la que cualquier cosa ocurrida hace 10 minutos tiene que ir a parar al basurero de las antigüedades. Hay incluso un punto de inflexión de género, porque los jugadores combinan la fuerza del púgil con la gracilidad de la bailarina. El fútbol ofrece a sus seguidores belleza, drama, conflicto, liturgia, carnaval y la impar marca de la tragedia, por no hablar de la oportunidad de viajar a África y volver sin abandonar la borrachera. Como alguna que otra fe religiosa, el juego determina qué tienes que vestir, con quién tienes que asociarte, qué himnos has de cantar y qué relicario de verdades transcendentes has de adorar.  Junto con la televisión, es la suprema solución al inveterado dilema de nuestros amos políticos: ¿qué hay que hacer con ellos, cuando no están trabajando?

Durante siglos y en toda Europa, el carnaval popular, al tiempo que proporcionaba a las gentes del común una válvula de escape para sus sentimientos subversivos –profanando imágenes religiosas y haciendo ludibrio de sus señores y amos—, constituía un acontecimiento genuinamente anárquico, un anticipo de la sociedad sin clases.

Con el fútbol, en cambio, puede haber estallidos de populismo airado y rebelarse los aficionados contra los peces gordos empresariales que sacan pecho en sus clubs, pero en nuestros días el grueso del fútbol es el opio del pueblo, si no su crack cocaínico. Su icono es el impecablemente tory y servilmente conformista David Beckham.  Los Rojos ya no son los bolcheviques. Nadie que sea serio y esté a favor de un cambio político radical puede eludir la necesidad abolir este juego. Y cualquier grupo que lo intentara, tendría sobre poco más o menos las mismas posibilidades de llegar al poder que el máximo ejecutivo de British Petroleum de recibir una donación de Oprah Winfrey.


Terry Eagleton, internacionalmente reconocido crítico cultural en la tradición marxista británica de Raymond Williams, es profesor de literatura en la Universidad de Manchester. Se ha publicado recientemente en castellano (editorial Debate) su interesante libro de memorias: El portero.

 Traducción para www.sinpermiso.info: Leonor Març

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auxilio alcalde 07/06/2010 20:52



 


 


¿Dependencia de poderes?: Fútbol y política


Por: Miguel Ángel Cárdenas


Domingo 4 de Julio del 2010


 


Le sucedió al Perú. Y ahora podría ocurrirles a Francia y Nigeria: el fútbol suscita afecciones masivas, nacionalismos sin armas, que los líderes políticos quieren encauzar y que la Federación
Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) rechaza con la autoridad de ser otro poder celoso y represivo. El caso de nuestro país en el 2008 —castigado de toda competencia
porque el Gobierno intentó reformar la federación nacional, aunque luego fue perdonado en 28 días— es mencionado como temible antecedente entre las noticias de que la FIFA piensa sancionar por injerencia política al país de Nicolas Sarkozy y de Goodluck Jonathan.


El miércoles 30 de junio el Parlamento francés citó a su vergonzante seleccionador y debatió la crisis de su fútbol como si les hubieran quemado once banderas en su cara globalizada. Fue el mismo
día en que Goodluck Jonathan ordenó a su equipo nacional no intervenir dos años en competencias para que no siga haciendo el ridículo.


Ambos equipos solo obtuvieron un antipatriótico punto en tres partidos. Primer y tercer mundo enlazados por la cuestión del deshonor nacional, como lo demostró Sarkozy cuando recibió al jugador
Thierry Henry en el mismísimo Elíseo. Para aquel, este encuentro era más importante que sus reuniones con ONG que luchan contra la pobreza en la cumbre del G-20 y una
huelga general de jubilados. Y suscitó así en cadena la reacción biliar de la ministra de Deportes, quien llamó a sus seleccionados líderes pandilleros inmaduros y reclamó inevitable la renuncia
del presidente de su federación. Todo sin contar los ataques de la extrema derecha a “una selección de negros”.


POLOS OPUESTOS
En EE.UU., el Mundial recaló en su bipolaridad partidaria. El crecimiento de la popularidad del fútbol —como lo reportó la BBC, el torneo era visto en innumerables bares
y oficinas— fue a la par de su identificación con los demócratas. El vicepresidente Joe Biden y el ex presidente Bill Clinton fueron con vuvuzelas y platillos a Sudáfrica.


Incluso se sabe que un año antes de que empezara la mayor competencia del planeta, Obama mandó una carta personal al presidente de la FIFA, Joseph Blatter, para pedirle
que su país sea la sede del Mundial 2018 o del 2022. “De niño jugaba al fútbol en las calles de tierra de Yakarta, y ese juego unía a los niños de mi barrio”, escribió el primer presidente negro
de la potencia, quien vivió desde los 6 hasta los 10 años en Indonesia. Y terminaba, confesional: “Como padre, pude ver ese mismo espíritu de unidad vivo dentro y fuera de las canchas en los
juegos de fútbol de mis propias hijas, en Chicago”. Este pedido ha cobrado tanta fuerza que para integrar el comité de la candidatura estadounidense fue convocado el ex secretario de Estado Henry
Kissinger, uno de los hombres más poderosos del planeta en el siglo XX.


Muchos republicanos, en cambio, reaccionaron con virulencia. El influyente periodista conservador Glenn Beck vituperó desde su programa en Fox: “El soccer apesta No importa cuántas celebridades
traigan, cuántos bares abran temprano, cuántos comerciales de cerveza presenten, no queremos la Copa del Mundo”. Otra personalidad de derecha, Gordon Liddy —el mismo que cayó con Nixon en el caso
Watergate— espetó: “¿Qué pasó con el excepcionalismo estadounidense?... este juego se originó con los indios de América del Sur, que en vez de una pelota pateaban la cabeza decapitada de un
enemigo”.


DICTADURA Y RENCOR
Todos rezamos porque los jugadores de Corea del Norte no estén ahora mismo pasando torturas. Entre lo poco que se conoce de su fútbol está el documental “The Game of Their Lives” del británico
Daniel Gordon, quien consiguió un casi imposible permiso de la dictadura comunista para filmar en el 2002 una de las más inusitadas victorias de la historia (las apuestas estaban 1.000 a 1): la
de su selección sobre Italia en el Mundial de 1966, en Inglaterra.


Entonces el régimen preconizó, con fiesta militar, que su equipo demostró el triunfo de la voluntad colectiva sobre la individual. Pero su siguiente partido frente a Portugal fue el epítome más
efímero: de estar goleando 3 a 0, perdieron 5 a 3. Un jugador de esa época, Seung Jin, contó que muchos de esos momentáneos héroes fueron a la prisión de Yoduk.


Hoy la importancia política que el dictador Kim Jong-il le da a este deporte es vasta: en el 2008 despejó rumores sobre su muerte asistiendo a un partido. Por eso, el diario alemán “Bild”
sospecha que salvo Jong Tae-Se, el “Rooney coreano” que no vive en el país, el resto de la selección eliminada irá a trabajar a una mina de carbón.


Tres historias de deporte y dictaduras
La Argentina de Videla
1 El Mundial de 1978 se realizó en Argentina, durante la dictadura de Jorge Videla, quien hoy es juzgado por crímenes de lesa humanidad luego de que se levantara el indulto de Carlos Menem (había
sido condenado a cadena perpetua). En ese entonces sobresalía no solo la selección argentina —que campeonó y levantó la popularidad del régimen— sino la más solidaria de la historia: Holanda, que
no solo había mostrado su protesta por ir a un país donde se violaban los DD.HH., sino que cuando quedó subcampeona se negó a recibir su medalla para no saludar a la Junta de Gobierno. Un día
antes había visitado a las Madres de Plaza de Mayo.


Antecedente fascista
2 Pero si existe un antecedente de la utilización política del fútbol es el de la Italia fascista, en 1934. En este año fue sede del segundo Mundial de estos tiempos y su selección campeonó con
tan abrumadora propaganda antes y después que luego la tomaría Hitler como modelo para manipular los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. Benito Mussolini fue el primero en considerar a los
jugadores soldados al servicio de la patria. El régimen dictatorial de Franco, en España, trató de imitarlo, pero no le resultó porque más fuertes fueron los nacionalismos vascos, catalanes y
gallegos.


Protestas en Irán
3 Si hay una selección que se caracteriza por su protesta política latente es la iraní. En 1979 el ayatola Jomeini prohibió muchos deportes, pero no pudo con el fútbol, pese a que quiso
establecer que debía jugarse con pantalones y no con inmorales shorts. Durante los años 80, en los partidos se coreaban lemas contra el fundamentalismo. Aun el año pasado, que se produjo la
victoria del dictador Mahmud Ahmadineyad y la represión brutal de la oposición, muchos seleccionados salieron a la cancha con un listón verde en la camiseta, en apoyo a los colores del reformista
Musaví.


Influencia en Alemania
Lo primero que hizo el nuevo presidente, Christian Wulff, fue calificar a su equipo como ejemplo para la clase política. Ya la canciller Merkel había dejado la cumbre del G-20 para ver un
partido.


 


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