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El polvorín

El top ten mediático de la dictadura Argentina

6 Mayo 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

PERSONAJES PARA NO OLVIDAR

El top ten mediático de la dictadura

Por Pablo Llonto

Gentileza Revista 2010. De Neustadt a Morales Solá. De Grondona a Magdalena. De Muñoz a Fontevecchia. Un repaso a los iconos del periodismo autoproclamado independiente que supo (y sabe) servir a los intereses más oscuros en nuestro país.
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Joaquín Morales Solá

Luego de un breve paso por La Gaceta de Tucumán, redactor del Panorama Político de Clarín en los tiempos de Videla, Viola y Galtieri, Prosecretario de redacción de Clarín (el número dos de la redacción) fue responsable de la sección Política; páginas en donde centenares de hechos de exterminio y fusilamiento de militantes políticos eran “enfrentamientos”. Eran habituales sus tardecitas para “tomar el té” con empinados generales. Fue premiado por quien sería el gobernador de la dictadura en Tucumán (Antonio Bussi) el 22 de marzo de 1976, antes del golpe. En los últimos años intentó tapar el sol con las manos desmintiendo su complicidad. En cuestión de segundos, los memoriosos nos remitieron a la edición del martes 8 de junio de 1976 de La Gaceta. En su página 5, el matutino muestra a Morales Solá, antes de la caída del pelo y de la memoria, compartiendo el agasajo que Bussi ofreció, un día antes, a los periodistas en su día. A todos les agradeció "la colaboración en la lucha contra la subversión” y los exhortó a que “continuaran prestando el mismo apoyo". Meses antes, el 23 de abril, Morales había mostrado lo suyo. En nota de tapa, con su firma, saludó la designación del general Bussi como gobernador porque “conoce el ámbito local y no ignora las necesidades y las urgencias de la provincia”.

Samuel Gelblung

Director de la revista Gente (Editorial Atlántida) desde 1976 a 1978. Como resulta imposible describir las más de mil notas favorables a la represión que se escribieron en dicho semanario, bastaría tal vez el ejemplar del 25 de mayo de 1978 para mostrar un Chiche: Gelblung le pidió a Vigil, el dueño, viajar a Francia para cubrir la información que surgía de los exiliados argentinos y de los organismos de Derechos Humanos. Cruzando el Atlántico, se denunciaban la tortura, la desaparición, los crímenes, los centros clandestinos. Gelblung hizo la nota y la tituló “Cara a cara con los jefes de la campaña antiargentina”. Allí denunció a los principales militantes bajo este párrafo: “el terrorismo abrió un frente externo. Y esto que aquí investigamos es sólo una de sus expresiones. Pero el país no está desarmado para hacerles frente. Debe contrarrestar, con la verdad, su arma más poderosa, esa campaña”.

Magdalena Ruiz Guiñazú

Conductora en radio Continental durante la dictadura, por las mañanas elogiaba a Martínez de Hoz, el ministro de Economía de Videla, habitual analista financiero en los programas previos al golpe. Fue una de las 16 mujeres periodistas que recibió el ministro del Interior de facto, general Albano Harguindeguy, en agosto de 1980, cuando el tema de las violaciones a los Derechos Humanos era el sello característico de los militares en todo el mundo. Llegado el momento, el hipócrita de Harguindeguy se refirió a la censura y la autocensura de la prensa. Magdalena no tuvo otra feliz idea que decirle: “No queremos que usted crea, señor ministro, que éstas son acusaciones en contra suyo. Son simplemente comentarios que le hacemos para que sepa qué es lo que se dice, qué es lo que se piensa”. En junio de 1985, al declarar en el juicio a las Juntas, certificó la teoría alfonsinista de los Dos Demonios al denunciar que había sido amenazada por los Montoneros, por burguesa.

Bernardo Neustadt

 

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Para muchos, el mayor de los sirvientes de los dictadores. Dirigía las revistas Extra y Creer, saltaba de una radio estatal a otra radio estatal y luego a Canal 13, en manos de los marinos, o al Once (en manos de los pilotos) para vociferar, ante los argentinos, que estábamos en el mejor de los mundos. El programa se llamaba Tiempo Nuevo y tenía, además de la música de Piazzola, el sello de un acompañante que por entonces la jugaba de segundón: Mariano Grondona. Neustadt elogiaba a Videla, a Viola, a Galtieri (una de sus entrevistas fue en el despacho del general del whisky y la muerte, para sonreír con él por aquella frase de “las urnas están bien guardadas”) y a cuanto uniforme verde se le cruzara en el programa. Fue impecable en su ignorancia y en su mentira. Ni siquiera en la guerra de Malvinas calló su ultraoficialismo y comandó el lote de animales que gritaban “estamos ganando, estamos ganando” mientras los soldados morían.

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Mariano Grondona

La jugó de copiloto de Neustadt en la televisión estatal de los militares. Pero el sostén brindado a ellos, con quienes compartía ideología y crímenes desde los ‘60, se concretaba en las revistas Carta Política y en diversos diarios. En alguno de ellos (El Cronista Comercial) usaba el sinónimo de Guicciardini. Para Grondona, apoyar a los dictadores era cuestión de piel. Profesor de la Escuela de Guerra, abrazador oficial de Martínez de Hoz y de los liberales, su catedrática pluma lanzaba párrafos como estos: “Nuestra revolución consiste nada menos que en la aparición de un orden en medio del desorden (...). Sólo los que han bebido hasta el fondo el cáliz del desorden sabrán apreciarla”.O aquellos del 12 de septiembre de 1979, mientras la Comisión Interamericana de Derechos Humanos visitaba cárceles y tomaba denuncias: “Por creer que el derecho a la seguridad es un derecho humano que el Estado debe proteger, los argentinos recibimos hoy la visita de la CIDH. Esto es lo malo. Que están aquí precisamente porque somos derechos y humanos”. Su coherencia se exponía también en la revista Visión, financiada por el dictador nicaragüense Tachito Somoza.

José María Muñoz

Su popularidad estaba ligada al fútbol. Y a radio Rivadavia, la radio Diez de aquellos años. Convertido, por propia boca, en el “Relator de América”, demostró que ser chupamedias era la razón de su vida. Montó una estructura de móviles y conexiones por las que siempre hablaba un brigadier, un mayor o un cabo de la policía. Basta verlo en la película La Fiesta de Todos, propaganda repugnante del Mundial 78, o escucharlo en las grabaciones ocultas del Campeonato Juvenil de 1979 para ver cómo operaba este buen amigo del general Camps.

Ramón Andino

Formaba pareja con Juan Carlos Pérez Loizeau en los mediodías de Canal 13. El programa se llamaba Realidad 82, y allí no faltaban consejos paternalistas, recetas de cocina, y muchos, pero muchos, comunicados oficiales de los gobernantes de turno. Los silencios sobre las marchas de las Madres o las movilizaciones de los trabajadores eran permanentes, bajo un clima de continua amabilidad en un país, para ambos, que no tenía problemas. También de triste rol en los meses de Malvinas, logró alternar sus amigables contactos como periodista de Clarín en temas militares (especializado en los avatares de la Fuerza Aérea) y la imagen de columnista que bregaba por los derechos de los jubilados.

Mónica Cahen D’Anvers

Estrella de la TV en aquellos años, fue valorada por dirigir un pasatiempo llamado Mónica presenta, programa que le permitió recorrer buena parte del mundo con notas divertidas y con agregados políticos que le daban cierto interés. No ocurría lo mismo cuando regresaba a la Argentina y gracias a su alto rating lograba convertirse en pieza importante para las convocatorias contra exiliados y organismos de Derechos Humanos. Brilló en mayo de 1979 cuando encabezó el llamado a los argentinos para que se subieran a un avión y viajaran a Italia a contestarles a los hombres y mujeres que habían alzado carteles y pancartas contra la dictadura en un partido de la selección. Su nombre figura en el Documento del Estado mayor Conjunto (punto 5.1 Comunicadores clave) dado a luz por el colega Martín Sivak en el libro El Doctor. Allí se lee: “Enrique Llamas de Madariaga, Julio Lagos, Magdalena Ruiz Guiñazú, Roberto Maidana, Mónica Cahen D’anvers, César Mascetti, Raúl Urtizberea, Lidia Satragno (Pinki)...” y siguen las firmas.

José Gómez Fuentes

Su rostro ya ha sido olvidado por millones de argentinos, por el sencillo hecho del paso del tiempo. Fue la imagen de ATC y su noticiero Sesenta minutos. Sobre él ha quedado grabada la frase “estamos ganando” (durante la guerra de Malvinas), con cierta injusticia. No fue el único que la pronunció. Pero eso sí, le tocó decirla unas cuantas veces y por el canal que, aunque usted no lo crea, peleaba los primeros puestos. Gómez Fuentes había participado muy activamente en las exaltaciones pro-Videla desde el canal oficial, en especial cuando en septiembre de 1979 se produjo la visita de la Comisión de la OEA. Su voz aguardentosa, llamando a la gente a colmar la plaza, sólo fue superada por la del Gordo Muñoz.

Jorge Fontevecchia

Extraño caso, en 1976, el del joven y siempre pequeño dueño de Editorial Perfil. Por entonces, la editorial de papá (don Fontevecchia era el dueño de la revista Weekend) sacaba una publicación que se vendía como un choripán. Se llamaba La Semana y era dirigida... por el pibe. Entonado con los demás directores de revistas de época (Gente, Siete Días), Fontevecchia convirtió a La Semana en una publicación oficial que acompañaba a los generales y almirantes en sus viajes y legitimaba el golpe con elogios al Operativo Independencia. No hay una sola nota crítica en los años 76-77-78 y 79. De aquellos tufillos cuarteleros, sobresale este editorial, previo al Mundial 78, cuando Fontevecchia escribía y firmaba en contra de las campañas antiargentinas: “Por favor, no nos vengan a hablar de campos de concentración, de matanzas clandestinas o de terror nocturno (…) Esta es una fecha clave para defender al Proceso”.

 

Tomado de Revista Utophia

 

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Por Eduardo Anguita

El miedo, los periodistas y Carlos Souto

30-04-2010 / 
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Eduardo Anguita
La edición del domingo pasado de Miradas al Sur incluyó una investigación periodística que, curiosamente, tuvo una gran repercusión en algunos medios y absolutamente ninguna en otros. Pudimos acceder, en detalle, a cómo la agencia publicitaria La Ese tiene un equipo de jóvenes que, en negro, hace un trabajo de desinformación que contraviene todos los principios éticos de la información pública. Resumidamente: algunos muchachos y chicas tienen que llamar a las radios para leer mensajes escritos por creativos publicitarios mientras que otros intervienen en las páginas webs de los diarios simulando ser lectores interesados en dejar sus opiniones. La Ese no actuó por vocación cívica sino por un contrato con el Grupo Clarín.

El lunes, Carlos Souto mostró que había acusado recibo. La Ese, que se muestra en su página web como una sólida estructura de comunicación política, tembló varios grados en la escala Magnetto. Souto dio consigna de que llamaran a todos los trabajadores en negro con la orden terminante de que no se presentaran a trabajar. Evidentemente, tenía miedo de que la investigación periodística hubiera alertado a los inspectores de la AFIP o del Ministerio de Trabajo y quedara ensartado en esa maniobra miserable de tener una fachada de publicitario millonario y una trastienda de “taller de costura clandestina” –como afirmó Miradas al Sur– con el agravante de que los trabajadores de esos talleres no están obligados a mentir todo el tiempo, como tienen que hacerlo los empleados de La Ese.

El martes, los empleados en negro fueron convocados a trabajar y los esperaba un regalo: ¡El bueno de Souto los ponía en blanco! El miércoles, el dueño de La Ese tenía una conferencia en público y el periodista Ezequiel Siddig, de Miradas al Sur, concurrió a la misma y pudo hacer algunas preguntas. Souto, cuyo fuerte es hacer libretos para otros, perdió el control y atinó a decir, muy enojado: “¡Yo no tengo un taller clandestino de costura!”. Es cierto que no lo tiene, al menos a partir del martes.

La investigación publicada el domingo anterior fue, incluso, generosa en cuanto a las labores que despliega para el monopolio Clarín, que le adjudicó, casi casi, la autoría de la solicitada firmada por Felipe y Marcela Noble Herrera así como la adaptación televisiva emitida por TN. La realidad es que los directivos del Grupo Clarín están tan atacados por las debilidades de su comunicación pública que no dejan en manos externas el armado de esas piezas. Un joven, pero experimentado, ejecutivo del monopolio fue quien escribió el texto. El lugar de los creativos de La Ese fue, si era posible, embellecerlo con algún giro sintáctico que impactara para mostrar qué buena madre es Ernestina Herrera de Noble. Lástima que ni siquiera revisaron los archivos en los que ella decía que había hablado con los chicos muchas veces sobre la posibilidad de que fueran hijos de desaparecidos. Lástima, porque el texto les endilgó a Felipe y Marcela que “no hay ningún indicio de que seamos hijos de desaparecidos”.

De todos modos, el escaso trabajo de Souto en este tema no pudo servir para mucho. El desplazamiento del juez Conrado Bergesio de la causa por el análisis de ADN y la responsabilidad de la dueña de Clarín como supuesta apropiadora puso al monopolio en el escenario más temido. Por decisión de la Sala II de la Cámara Federal de San Martín y en virtud de un pedido de recusación por parte de la fiscal Rita Molina, este expediente ahora lo tramitará la titular del Juzgado Federal I de San Isidro, Sandra Arroyo Salgado, quien ya tuvo dos causas de hijos de desaparecidos y las tramitó con toda corrección. En concreto, Clarín no maneja a Arroyo Salgado como sí manejaba a Bergesio. Tampoco sus abogados ahora pueden acudir a chicanas jurídicas para impedir que el Banco Nacional de Datos Genéticos devele, finalmente, quiénes son los padres biológicos de Marcela y Felipe si, como todo indica, fueron efectivamente secuestrados cuando eran bebés y entregados como parte de una maniobra típica del terrorismo de Estado.

La construcción del emporio mediático Clarín tiene cada vez menos puntos oscuros. Cuando se devele la identidad de los padres de Felipe y Marcela, se podrá avanzar un paso más. Quizá se descubran las razones subyacentes por las cuales Clarín fue cómplice activo de la dictadura

Periodistas famosos. Mientras este escenario fue cobrando un lugar preponderante en algunos medios de comunicación, el Grupo recurrió a otro golpe de efecto. Esta vez, con la participación protagónica de algunos connotados comunicadores que revistan en sus filas, quienes fueron al Senado a escuchar la solidaridad de la presidenta de la Comisión de Comunicación, María Eugenia Estensoro.

Bien vale recordarlo, es la hija del poderosísimo empresario José Estensoro, que presidió YPF al principio de la privatización y que murió en una situación que nunca fue investigada a fondo. En plena guerra entre Ecuador y Perú, mientras las figuras principales del menemismo estaban asociadas al contrabando de armas a Ecuador, Estensoro viajó en su avión particular a ese país. Lo pilotaba el experimentado Arturo Pagnés. Lo que se reportó como accidente tuvo muchos puntos oscuros. Especialmente sobre un viaje a Ecuador en plena guerra.

La familia de Pagnés siempre fue remisa a hablar, ni siquiera en confianza con sus ex compañeros de Aerolíneas Argentinas. Las compañías de seguros no investigaron. No se sabe cómo fue –si es que hubo– el resarcimiento económico a la familia de Estensoro. En la Argentina no se radicó ninguna causa. Seguramente la senadora Estensoro, más allá del dolor personal por la muerte de su padre de la cual el lunes próximo se cumplirán 15 años, sabrá cosas sobre las cuales no querrá que los periodistas investiguen. Ella es la que tomó la voz cantante en esta nueva maniobra que pretende que hay miedo entre los periodistas. Ella fue la que recibió al grupo de comunicadores del establishment que fue el miércoles al Senado. A excepción de Magdalena Ruiz Guiñazú, el resto son formadores de opinión del grupo Clarín: Eduardo Van der Koy, Ricardo Kirchbaum, Nelson Castro, Edgardo Alfano, Marcelo Bonelli, Daniel Santoro y Joaquín Morales Solá. Se trata de periodistas de mucha trayectoria y, sin dudas, con mucha influencia sobre las vastas audiencias del grupo.

Todos abordaron el peligro del autoritarismo K. TN y Clarín hablan del miedo de los periodistas. Un arma tan efectista como superficial e inconsistente. Ninguno de ellos se anima a romper el cerco de silencio de Clarín sobre el miedo de los directivos del grupo a que se sepa la verdad de los hijos de la dueña. Ninguno de ellos se anima a dar una explicación sobre este vuelco del grupo cada vez más insidioso sobre una agenda periodística sólo destinada a atacar a un gobierno que sí se animó a impulsar una ley que democratice la palabra.

Y, desde ya, ninguno de ellos se animó a hablar de la actividad de Souto para Clarín. Si lo hacen por miedo o por convicción es algo que excede el análisis de esta columna. Pero ya que hablan tanto de miedo podrían decir si hay algo a lo que no le tengan miedo. Por bien de la comunicación. Y, sobre todo, de la sociedad.
Elargentino.com

 

Carlos Souto y el arte de la fuga

01-05-2010 /  miradas salió en busca del publicista contratado por clarín. lo encontró marketineando a lo pavo pero remiso a la hora de explicar lo que hace
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Nuevo Archivo
Por Ezequiel Siddig
esiddig@miradasalsur.com

Campus de la Universidad Nacional de General San Martín. Av. 25 de mayo y Francia. Miércoles 28, 16 hs. y el sol que aúlla con rabia. El publicista Carlos Souto sale de su conferencia en la IX Cumbre Iberoamericana de Comunicadores. Saco cremita, va vestido como esos dealers que perseguía el teniente Castillo en Miami Vice. Es el empresario que el domingo pasado Miradas al Sur denunció por reclutar en negro a aprendices de periodistas o creativos para congestionar las líneas de teléfonos de ciertas radios –como Nacional, Metro o Rock&Pop– y saturar mediante falsos post las páginas digitales de medios como La Nación o Perfil para atacar al Gobierno y a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual.
Sale Souto bajo ese sol intenso. Carga con la megalomanía de hacerse filmar a cada paso y allá va el cámara, siguiéndolo a paso redoblado. Descendiente de gallegos portugueses, su apellido, Souto,  significa “bosque de castaños”, un árbol que prefiere las situaciones abrigadas y frescas. Será por eso que se va apresurado, para que el sol no lo descubra.
Carlos Souto no quiere que le pregunten nada. Huye. Antes, en su conferencia, había dicho que creía en la democracia. “Soy un demócrata; vivo de la democracia. A mí me gustaría votar cada tres meses, para ver si estamos seguros de lo que votamos tres meses atrás.” Antes de comenzar la disertación, se había dicho que “por una cuestión organizativa”, no se iban a aceptar preguntas al final. Souto sabe que algunos ya saben lo que hace: apelando a tecnología de punta, La Ese manipula la opinión pública a favor de una empresa e impugnando una ley votada por los representantes del pueblo en el Congreso de la Nación.

Democracia de bambalinas. Conferencia de Carlos Souto. Dice el folleto: “Creatividad, campañas y política”. Tras de sí, en la pantalla, un diploma del año 2000, pero sin la foto que lo mostraba con el rubio platinado que usaba después de haber trabajado con el Grupo Sushi. “Una imagen de la última vez que me presenté en público”, acota con un hilo de voz que le tiembla. “El video que van a ver es fruto de 13 años de trabajo. Soy un hacedor: hago campañas políticas. No tengo tiempo de explicar.”
Pareciera que hablara para los que saben lo que hace. Se le arquean las comisuras hacia abajo y se le llenan los ojos de lágrimas. “¿Estará nerviosho, como su cliente?”, pregunta alguien, un tanto maligno. En la pantalla aparece él y el título real de la charla: “Políticas, mentiras y video”.
En la sala Tanque del campus de la Unsam, La Ese exhibe un clip institucional de 25 minutos mostrando el basckstage de sus campañas electorales. Souto lo llama “documental”. En el mediometraje, aprovecha para mostrarse escribiéndole a Menem el discurso de su renuncia al ballotage de 2003. Y también saca lustre con el inefable Julio Cleto Cobos, al retarlo por su alicaída participación en su propio spot para gobernador de Mendoza: “¡Con energía, con continuidad…!”.
El video asegura que Souto “ganó” seis elecciones. Lo dice también su página web, laese.com. Debe ser la única persona en el mundo que ganó tantos comicios y no asumió nunca. Hizo con otros creativos (Dick Morris, Ramiro Agulla, David Ratto, Miguel Sal) la campaña del “Dicen que soy aburrido”, con la que Fernando de La Rúa peleó en las presidenciales de 1999. Trabajó para que Aníbal Ibarra fuera un candidato ducho al enfrentar en televisión a Domingo Cavallo por la elección a jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de 2000. Hace de Chapulín Colorado para Julio Cobos en la disputa por la gobernación de Mendoza en 2003. “Una vez  lanzada la candidatura de Cobos –cuenta en su sitio web-, y faltando apenas dos meses para la elección, todas las encuestas coinciden en ubicarlo 15 puntos por detrás del candidato rival. Entonces contrata a Carlos Souto.” Y hacer ganar a Francisco de Narváez el año pasado, en las legislativas bonaerenses.
En la democracia soutista no gana la política, sino el mejor spot. Gana el marionetista de la comunicación masiva, el que manipula, el que tergiversa. En su página web ya lo advierten: “Hoy en día, La Ese está decidida a seguir invadiendo amigablemente el territorio más importante de las campañas en las que interviene: la cabeza y el corazón de quienes votan”.
Atemoriza comprobar cómo el marketing y el periodismo se han equiparado y se confunden. El marketing se disfraza de información. Hay un periodismo que machaca con ideas prefabricadas. La Ese es la novia natural del gigante monopólico. Tras bambalinas.

El rey de las tinieblas. Carlos Souto es alto como Tinelli, pelado al rapé y cool, a la moda de los ’80: el saco cremita también lo usó con Macri, De Narváez, Cobos. Cuando termina su disertación mágica, Miradas al Sur trata de que conteste en público –él mismo habilitó las preguntas– porqué contrató decenas de estudiantes para hacer el trabajo sucio contra una ley que democratiza el uso de los medios de comunicación en Argentina. Souto quiere hablar de su sistema de medición de imagen. El cronista le insiste: dé explicaciones. Souto dice que las dará al final. Responde otras preguntas y refiriéndose al cronista le perjura que al final le responderá. Responde otra y vuelve hacia el cronista y le dice al público que ahora sí le tiene que “preguntar” (sic) a éste cronista lo que le había preguntado.
- …Respecto de la nota a la que te referís [“La agencia de comunicación que hace el trabajo sucio para Clarín”, Miradas al Sur, 25/4/10], se ilustra la nota: yo entrando con un directivo de Clarín, que es el octogenario arquitecto mío Atilio Di Cecco, que está haciendo reformas en los baños. Con eso quiero terminar. Muchas gracias, eh.
Cubierto de sombras, cuando Carlos Souto sale, el cronista interpela.
–Qué tal, Souto. Soy...
– ¿Vos sos de Miradas al Sur?
–Sí. Venía a preguntarle…
–Al fin alguien da la cara.
–Justamente, el que tiene que dar la cara es usted. ¿Está trabajando para el Grupo Clarín?
–Mirá, yo nunca digo para quién trabajo, ni en el momento en que trabajo (sic).
–Pero para De la Rúa… (Menem, Telerman, De Narváez y Cobos su asesoría en marketing fue pública.)*
–Bueno, pasaron diez años. Pero para muchos clientes trabajo. Nuestro sistema, este… Pits de medición de imagen, es un sistema que le interesa a muchas empresas porque es absolutamente adaptable. Creeme que cuando lo conozcas, se te va a pasar toda la desconfianza y lo vas a adorar. Hasta por ahí consigo nuevos clientes a través tuyo.
–¿Pero usted confirma que copan los blogs y los programas de radios con posts y mensajes en contra de la nueva ley de medios, pagados por el Grupo Clarín?
–No, eso no. Si tuviera una máquina… Mirá, estuve preguntando. ¿Y sabés qué me dijeron? Que la única máquina que puede bloquear centrales telefónicas que hay en el país, la tiene la Side. Entonces digo, ¿cómo habrán sabido que hay una máquina de esas, no?
–Claro, claro, pero los chicos empleados suyos llaman a las radios y escriben a los blogs (en aras de desprestigiar al Banco Nacional de Datos Genéticos)...
–No, no. Nosotros lo que tenemos, sí, es un sistema de monitoreo que se llama Pits, que te voy a mostrar sin ningún problema, porque no tiene secretos y que es muy bueno y que controla taylormade (para cada cliente) temas específicos. No te puedo decir ni qué clientes ni qué temas. Pero de ninguna manera intervenimos en… coso, coso (sic). (Levanta la cabeza, la voz, e interpela a varios jovencitos que rondan alrededor, sin acercarse). Acá hay unos cuantos que trabajan en La Ese…. ¿No? (Silencio alrededor) ¿Así que hay unos cuántos que trabajan en La Ese? (El mutis reina en la universidad. Los jovencitos miran para abajo o para otro lado, como si  los ojos del cronista fueran una cámara de televisión). ¿Y en negro cuál está? Que levante la mano. (Algunos se atreven a pispearlo de reojo, incrédulos. Sigue el mutis). ¿Entendés lo que te digo? (Palmea dos veces la espalda del periodista).
–Sería importante que desmintiera….
–¡Por supuesto!
–… que La Ese trabaja para el Grupo Clarín y que no preparó la ofensiva…
–No, yo lo que desmiento…
–Escúcheme. A usted lo escuché una hora y media.
–Yo lo que desmiento es ¡que tengamos un taller clandestino de costura!
Su aclaración costuril tiene que ver con una metáfora menor de la denuncia de la semana pasada en este medio. Souto apoya la mano sobre el grabador, pega media vuelta y se va. A las zancadas. El séquito de aprendices talentosos se arremolina tras él como la cohorte del maquiavélico alférez Yago, sembrador de la cizaña en el Otelo de Shakepeare. No desmiente lo otro, porque es cierto. El lunes, a los empleados que La Ese tenía en negro, es decir de manera clandestina, les prohibió que concurran a la casa antigua de Perú 837, donde funciona la agencia. El martes a algunos los blanqueó. Una manera original de entender la democracia.
Allí corre y se aleja para volver al mundo de las tinieblas, Carlos Souto, el Democrático. Un bosque de castaños que da frutos espinosos. En las sombras.
*Entre paréntesis, lo que el periodista
pretendía preguntar pero el entrevistado
se negaba subiendo la voz.

 

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