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Thursday 2 september 2010 4 02 /09 /Set /2010 21:45
 

En Pereira, las maniquíes se hacen la cirugía estética. Algunas parece hasta que nacen así. Transformadas. Llegan con ella de fábrica. Te miran desde los escaparates con el escote hinchado como un globo y los ojos de plástico limpio, embotadas en un vaquero ajustado que les marca las nalgas respingonas. Allí la sensualidad es un gen. Una impronta. Como algunos delitos a los que les ha empujado el destino

 La ciudad, antigua reina del eje cafetero, lleva 20 años inmersa en una crisis de la que, ante todo, la salvan sus heroínas: las mujeres. Como pueden. Desde una edad temprana. De la niñez a la vejez, muchas tiran del carro. Mantienen marido, padre, hermanos, hijos. Antes era el café. Pero la ruptura de un pacto que regularizaba los precios, roto en los años noventa, arruinó el negocio. Eso y los estragos de un terremoto en 1999 señalaron una salida a un gran número de habitantes de toda la zona. De Manizales a Armenia. De Pereira a Medellín: el crimen y la prostitución. Para muchos de sus hijos, era el futuro. Ahora manda la economía sumergida. Representa el 58% de la actividad. Se come gracias al comercio, el café y las remesas de los paisas que viven fuera: estas vienen a ser el 19% del PIB. En torno a 30.000 pereiranos salieron el año 2002 como efecto del terremoto y la crisis. La mitad eran víctimas de la trata de personas, según estudios. Eso explica que en la región donde más ha crecido el paro en todo el país -20,1% en 2009- se incremente el comercio, por ejemplo. Las remesas son, sobre todo, las que envían ellas. De esas víctimas de la trata, la mayoría eran mujeres de entre 15 y 30 años. Obligadas a ganarse su dinero fuera. En Madrid, en Panamá, en Estados Unidos, en Holanda, en China, en Japón Unos billetes que no conviene enterarse de su procedencia. Parte de las mujeres pereiranas lo ganan en clubes y en burdeles. La ciudad y sus alrededores pasan por ser una auténtica cantera para el negocio sexual. Nadie pregunta. Nadie afirma. Todo el mundo lo sabe. Punto final. La propia ciudad sangra a plena luz con el comercio de gran parte de su carne. Por el día, en los parques y en los tugurios de la Calle 14. De noche, en los clubes. Para dar prueba del panorama no hay más que sentarse, pasear y esperar a que al forastero le lluevan las ofertas. El parque de la Libertad, quien lo diría, es todo un reino de la esclavitud contemporánea. También de cierta impunidad. Un lugar donde delinquir, prostituirse, buscarse la vida es habitual. Lo hacen desde los seis años, comentan María Victoria Ramírez y Liliana Herrera, responsables de Contigo Mujer, una asociación que colabora, entre otras, con Womens Link.  Niñas acompañadas por madres que las venden y consienten con la policía al lado. En varios lugares se comete proselitismo con menores con las autoridades pasando de largo. Delante de tus narices cualquiera puede ofrecerte un catálogo: "Amigo, ¿le gustan las pollitas? ¿De cuánto? ¿De 10, de 12, de 16?". Lo saben bien Marcela y Sami. Ejercen en la Calle 14 y buscan clientes por el parque. Luego los suben a un burdel medio oscuro donde preside la entrada una imagen del Sagrado Corazón. Debajo, reina el pecado. No el del sexo: el de la explotación. Las camas tienen las sábanas desechas, los baños están sin limpiar. La primera tiene 27 años, seis hijos -la mayor de 12 y la menor de siete meses-, pero también debe mantener a su madre y a sus tres hermanos. ¿Ellos no trabajan? "No, prefiero mantenerlos yo a que caigan en la mala vida, que se vuelvan ratas, ambiciosos y matones, no, no ". La suya no es que sea una salida ideal. Ella hubiese preferido acabar de enfermera o doctora. En cambio tuvo que lanzarse a la calle con 10 años. "Dejaba a los viejos que me tocaran las teticas por unos pesos. Mi madre me empujaba fuera de casa, a buscar dinero, yo no le contaba cómo lo conseguía". A los 11 años le salió marido. A los 12 se quedó embarazada, pero perdió al niño. "Casi me muero. Me gustan los niños. Porque no soy rica, si no tendría 20". Seis son suficientes por ahora. La mayor llega junto con la abuela hacia el lugar donde ejerce su madre. Necesita plata para comprar la cena.   
 
http://www.tribunaabierta.com/v2/index.php?option=com_content&view=article&id=3957:el-precio-de-la-prostitucion-parte-i&catid=2:internacionales&Itemid=3
 
El triste precio de la prostitución en Colombia - Parte II

 
A Marcela, el trabajo no le gusta. Aunque hay veces que sí. Pero esos momentos no traen a cuenta: "Hay veces que una se siente bien con los clientes. A mí me gustan gorditos, son muy buenos pa la cama. Pero esto no es vida. Me han tratado de ahorcar, me han pegado con fierros en la cabeza para no pagarme. Es lo que más me molesta: que me conejeen". Que se larguen sin soltar un peso, es lo que tampoco puede soportar Sami. Con 23 años, ejerce desde los 12. Tiene dos hijos y espera otro. Está embarazada de siete meses, pero no contempla una baja maternal. Se echa las manos a la espalda para aguantar la panza. Es morena, sonriente y tiene voz grave. Pero sabe reír pícaramente. Detesta su vida. También a los hombres. "Fui violada por un médico. Tenía 12 años. No se lo deseo ni a mi peor enemiga". Su pareja, un buen día, se fue: "Hay personas que le cogen pereza a uno", dice, resignada ya a todo. Ahora tiene novia. "Prefiero mil veces que mis hijos tengan madrastra a padrastro. Yo me fui de mi casa porque el mío me manoseaba"  Las dos se llevan bien. Aunque en la calle hay mucha envidia. También mucho vicio. Pero tienen sus técnicas para evitar lo que no les gusta. "Cuando por ejemplo me piden cosas, les doy carambola y les pongo chochito. Les hacemos la canica, que se dice. Algunos no se enteran, otros sí. Son muy aviones, se las saben todas". Por el parque deambulan las dos. La competencia es dura. Hay niñas de 12 años puestas de pegamento, borrachos tirados en el césped, negritas púberes, vendedores ambulantes y trileros al acecho. Más que una Colombia devota de García Márquez, el parque de la Libertad en Pereira es espejo fiel al país que Fernando Vallejo pinta en su último libro, El don de la vida (Alfaguara). Ese recinto de Medellín donde el autor dialoga con la parca es una fotocopia del pereirano: "Este parque desdichado de mendigos, prostitutos, prostitutas, chantajistas, estafadores, lustradores de zapatos, vendedores de lotería, expendedores de droga, travestis, raponeros. Y un puesto de policías bachilleres, que sirve para lo que sirven las tusas de las mazorcas y las tetas de los hombres. Colombia perdió desde hace mucho el respeto a la ley y la escupe a la cara. En fin, en este parque que digo las prostitutas son niñas y mujeres; los prostitutos, niños y muchachos, y los raponeros, ladrones in illo témpore de gafas y relojes, hoy arrancan teléfonos celulares". Pero si se trata de agarrarse a más referencias literarias, hay que mencionar que de Pereira surgió ese fenómeno sociológico que ha sido Sin tetas no hay paraíso. Primero en novela, de mano de Gustavo Bolívar y después como serie de televisión. Para unos ha creado un modelo que ha hecho mucho daño. Así lo cree Olga Dávila, responsable del Coat, el organismo interministerial que coordina la trata de personas en Colombia. "Son modelos que han resultado nocivos", afirma. También pasa con El padrino o Los Soprano. La vida imita al arte o el arte imita a la vida. Un dilema aún sin resolver al que tampoco merece la pena culpar de nada. Gustavo Bolívar se defiende: "Hay una apreciación equivocada por parte del Coat. Los escritores sólo escribimos sobre lo que vemos o sobre lo que investigamos. Si no fuera así, los países se quedarían sin referencias sobre sus procesos históricos. Es imposible que la prostitución, en Colombia o en cualquier otro lugar del mundo, sea impulsada por una obra literaria. La prostitución en nuestro país es producto de la iniquidad social, del abandono estatal hacia los más pobres, de los corruptos que se embolsillan el dinero de la educación y de la falta de políticas serias y sostenidas de generación de empleo. Es esencialmente un problema de pobreza y de falta de educación". Pero hay otros referentes más preocupantes: en la calle, en las propias familias, en la escuela, a cuyas puertas van los ojeadores a fichar futuras víctimas de redes que operan en todo el mundo. "Muchas niñas lo hacen por necesidad. Otras no lo necesitan, pero lo emplean en cirugía", relata María Victoria Ramírez. Las autoridades colombianas empiezan a ser muy conscientes del problema. Aunque en la calle la policía no brille por sus acciones, en la legislación comienzan a darse pasos. Las familias desestructuradas, "los huérfanos de padres vivos que llamamos aquí", comenta Olga Dávila, la vejación, la devastación psicológica de las víctimas, han encendido la luz roja. "Para las mujeres es espantoso. Muchas, después de haber sido explotadas hasta la extenuación, se encuentran con nada". El dinero que han ido mandando para una casa se quedó en la tele, en las zapatillas y en las tetas de alguien. Pero el Coat, que se encarga de hacer eficaz la acción de 14 áreas estatales implicadas en esa política contra la explotación, no sólo actúa en casos de prostitución, también lo hace contra abusos laborales o matrimonios serviles. Todo entra en la trata de personas, término que la legislación intenta aplacar con castigos, ocurra lo que ocurra, contra los tratantes: "Nuestra ley pena de forma directa. El consentimiento de la víctima, un argumento al que se acogían muchos para librarse de las penas, no exime de la responsabilidad al tratante, según el artículo 188 A". 
 
http://www.tribunaabierta.com/v2/index.php?option=com_content&view=article&id=3987:el-triste-precio-de-la-prostitucion-en-colombia-parte-ii&catid=2:internacionales&Itemid=3
Por El polvorín - Publicado en: Politica - Comunidad: POLITICA Y PSICOLOGIA
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