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El polvorín

Esos recuerdos…que se aparecen - por Graciela Azcárate

23 Febrero 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

 
Historia de vida
  Esos recuerdos…que se aparecen
¿Es que seremos capaces como sociedad de sentarnos como el fotógrafo de Sudán a mirar como devoran la niñez?
La foto de Kevin Carter a que alude el artículo.
 

 

 

“No busco esos recuerdos, aparecen por su cuenta, a veces”

Juan Gelman

 

No sé. Hay recuerdos  que evito como si fueran un mal sueño. A veces me pasa que al abrir  un periódico, navegar en internet o recibir un correo, de pronto como al poeta argentino se me aparecen recuerdos. Recuerdos que no busco.  Es más,  los evado como pesadillas, pero los desgraciados se aparecen, por su cuenta. Otros en cambio son buenos recuerdos. Esos los celebro.

 

Recuerdos como  aquel encuentro de la Organización Internacional del Trabajo en junio del 2006 para tratar los temas de la niñez, cuando Patricia García nos explicó a los periodistas como tratar en la comunicación temas tan dolorosos como la trata y el vejamen de niñas sin ofender su dignidad y sin recurrir al sensacionalismo.

 

La OIT nos entregó distintos materiales para dar seguimiento al trabajo infantil. Dos materiales  eran especialmente ricos: un manual ético en el manejo de la noticia de niñez escrito por el Colegio de Periodistas de Nicaragua, y un libro de Kapucinski con las reglas de oro de todo buen periodista.

 

De aquel encuentro escribí una larga crónica titulada “Una jornada particular”. En la institución donde trabajaba en temas de niñez dijeron que era “muy fuerte” y lo publicaron en la revista censurado, recortado y edulcorado al más puro estilo mediático del PLD.

 

Aquella larga crónica era un resumen de lo que significa el trabajo de los chiquillos en una ciudad que es como esa canción Corazón de neón que interpreta el Grupo Mondragón y que dice “la ciudad donde vivo es un niño limpiando un fusil”

 

La ciudad ha empeorado desde aquel 2006. Los fusiles no los limpian los niños,  los chiquillos están mil veces peor y las periodistas estamos silenciadas, desempleadas, censuradas y desterradas. Los recuerdos me agitan ¿será que  hoy leo en la prensa y miro a ese  diputado  pidiendo criminalizar a los jóvenes pobres, para que los “mozalbetes” paguen como adultos el latrocinio de una elite corrupta? Recuerdo a Tahira Vargas cuando escribe y pregunta:

 

“¿Mano dura contra los menores?

 La población infantil y adolescente vive en un contexto de permanente violencia en el hogar, en las calles y en la vida diaria. ¿Son los menores los principales protagonistas de los crímenes más horrendos en nuestra sociedad?  ¿Quiénes son los culpables de la delincuencia en nuestra sociedad, los menores? (…)  Si estamos buscando culpables para someterlos a las duras penas en la cárcel deberíamos empezar por nuestros gobiernos que no invierten en políticas sociales eficientes dedicadas a esta población ni efectivas en la erradicación de la pobreza y la marginalidad.(…) El intento continuo cada cierto tiempo de revisar el código del menor y de aumentar la pena contra los menores que delinquen es una buena excusa para desconocer los derechos que tiene esta población en su condición de “menor” y de una personalidad en proceso de formación. También se pretende con ello ignorar la gran responsabilidad que tiene el estado y los organismos de seguridad en que estos menores cometan delitos. Es más fácil buscar opciones de “mano dura” que dedicarse a indagar en las causas de la delincuencia y erradicarlas. (…)  ¿Si no hemos sido duros con los narcotraficantes y los grandes criminales vinculados a las grandes redes del delito (por el contrario se les entrega carnets del DNI entre otros…) porque queremos serlo con los más pequeños?”

 

Recuerdo a ese diputado reelegido  hace un mes por la comunidad de La Vega, aceptado por sus pares en el Congreso y en el partido, que recomienda a las mujeres no importa su edad tirarse de nalgas por la escalera para abortar, mientras trafica personas en la frontera aprovechando que es cónsul o recuerdo que ahora en ese bufete que van a conformar cuando el partido del gobierno “Tenga tiempo” debe estar la esposa del violador y embarazador de una adolescente, que no encontró mejor opción para acceder al poder que poner en su lugar a su esposa, y ella aceptó ser manipulada. O  pienso en ese  recuerdo chúcaro, de esos pocos diputados y diputadas que defendieron una ley de aborto terapéutico y que ahora deben legislar junto a esos compañeros que trafican chinos, recomiendan tirarse por la escalera o ponen a la esposa en sustitución de un diputado violador de personas menores de edad.

 

Ante esa invasión de recuerdos me pregunto: ¿Cómo harán para legislar durante los próximos seis años sabiendo que han sido cómplices de esas inequidades?  Bernardo Vega escribe: “el informe finaliza diciendo que desde hace cuatro años nuestro gobierno no ha condenado a nadie por estos crímenes y sugiere castigar a los violadores “especialmente a los funcionarios públicos que se involucran en la trata”.  También cita el tráfico de inmigrantes haitianos sometidos luego a trabajos forzosos”. El recuerdo llega y me pregunto: ¿Hablará y legislará el Chino, que recomendó tirarse de nalgas para abortar, de los chiquillos haitianos cruzados por la frontera y puestos a mendigar en las esquinas de Santo Domingo?  Hace unos días vi en la prensa escrita a Patricia García y a Grisbel Medina,  recordé que Unicef convoca  anualmente a un concurso de textos sobre temas de niñez y adolescencia y como a Juan Gelman, se me aparecieron esos recuerdos que se aparecen por su cuenta.

 

Como en aquella novela Ifigenia de Teresa de La Parra, a Maria Eugenia la mandan y mandarán sus muertos. Estoy como la protagonista de la novela. A mí me mandan y me mandarán mis muertos. Por eso recordé  la redacción de El Siglo en 1989. Recordé cuando iniciaba mi recorrido por las oficinas del periódico y saludaba a Lorelay Carrón, a Mery Sánchez Mulet (Q.E.P.D), a Margarita Cordero, a Elsa Expósito, a Patricia García  editora de Internacionales y llevaba los dibujos de la semana  como  ilustradora del suplemento cultural Coloquio.

 

Mery Sánchez Mulet se suicidó, desempleada y esperando una cita de trabajo de  una Secretaria de Educación que nunca la recibió.

 

Margarita Cordero es la única, al igual que Espacinsular que publica mis Historias de vida, Elsa Expósito, silenciada me alienta desde el ciberespacio. Desde hace años Patricia García es oficial de comunicaciones de UNICEF y fue la única persona que contestó el articulo “Boquitas pintadas”  con,  no diría visión de género sino con comprensión de los derechos humanos para las personas menores de edad. Porque “Boquitas pintadas” no es el drama de una adolescente argentina, sino el reflejo despiadado de lo que les pasa a nuestras muchachas en el mundo entero. Desde que nacen hasta que se mueren.

 

Y recordé aquel colectivo de mujeres periodistas porque aunque golpeadas, apartadas y desempleadas algunas no hemos dejado de  hacer y practicar esas reglas de ética para informar, con decencia a pesar de los obstáculos. Porque es un derecho humano inalienable.

 

¿De qué van a escribir los periodistas de temas de género, de niñez y adolescencia? ¿Cómo van a narrar el comportamiento de los legisladores en temas de personas menores de edad? ¿Serán capaces de recordar su propia niñez y denunciarlos? ¿Se comportarán éticamente como un periodista de raza o se venderán por un empleo? ¿Se olvidarán que a lo mejor nacieron en un barrio pobre y que tienen la oportunidad de ser decentes y denunciar el atropello? ¿Qué van a   hacer éticamente los diputados que fueron los únicos en promover un aborto terapéutico y que ahora deben legislar con estos compañeros?

 

¿Qué van a hacer los periodistas de las oficinas de prensa de ambas cámaras?  ¿Exonerarán más  Ferrari, Bentley, Rolls Royce o presentarán un proyecto de ley para dirimir si se escribe Presidente o Presidenta y salvar la mala conciencia, o como el buitre de Sudán,  sacarán la foto de una bebita a punto de ser comida por una ave de rapiña para mandar a un concurso mediático y ganarlo?

 

Entonces planea sobre mi cabeza el recuerdo de aquel zopilote sobre la bebita moribunda. Recordé al fotógrafo que prefirió fotografiarla y obtener la foto para el premio internacional antes que salvarla.

 

Porque a mí lo que me pasa en este país, cuando convivo con los problemas de  los pobres, con los chiquillos que roban y se drogan porque no pueden hacer otra cosa, con los viejos abandonados en las calles, con las mujeres violadas y encarceladas como Deidania, o la entrevista a los hijos de una narcotraficante prófuga,  para dar “el palo” de la noticia aunque estén violando los derechos de privacidad de personas menores de edad, con las desempleadas,  desde la anciana campesina que recoge basura para el Ayuntamiento hasta la periodista suicidada en el ostracismo, con los inundados, con los perseguidos y con las enloquecidas desnudas en una esquina de Santo Domingo … es que el recuerdo… se me aparece y me trae el lento planeo del buitre de Sudán.

 

Sobre todo cuando leo el 1 de marzo, que en el Hospital de la Mujer devolvieron el cadáver de una adolescente sin órganos. En Diario Libre apareció una nota escalofriante. Con la foto del abuelo y el recién nacido en  sus brazos.  En este Santo Domingo de relumbrón mediático donde un Ministerio de Cultura compra por U$500.000 un título para la ciudad concedido por un español que nos sigue vendiendo baratijas y espejitos como hace quinientos años,  una adolescente de 16 años dio a  luz un bebe. Murió. Nadie explicó la causa,  cuando le entregaron la hija a  Negrito Junior Catalino Blas, le entregaron una muchachita muerta, le recomendaron no abrir el féretro y cuando lo abrió la adolescente estaba sin sus órganos.

 

En la maraña de horrores en que se ha convertido nuestra vida cotidiana nadie dice nada y  a mí los recuerdos se me aparecen…como al poeta.  Aunque no los convoque.

 

Se aparece  el recuerdo de  Kevin Carter y su foto del horror titulada El abrazo macabro de la muerte. Es una escalofriante instantánea ganadora del Premio Pulitzer de 1994. Nadie conoce qué pasó con aquella niña. Ni si quiera el fotógrafo, que abandonó a la criatura justo después de tomar la fotografía. Meses más tarde una depresión lo llevó al suicidio. En una historia de la fotografía  con el titulo “Entre el compromiso y el registro” escriben: “En 1994, el genial fotógrafo documentalista sudanés Kevin Carter ganó el premio Pulitzer de fotoperiodismo con una fotografía tomada en la región de Ayod (una pequeña aldea en Sudán), que recorrió el mundo entero.

 

En la imagen puede verse la figura esquelética de una pequeña niña, totalmente desnutrida, recostándose sobre la tierra, agotada por el hambre, y a punto de morir, mientras que en un segundo plano, la figura negra expectante de un buitre se encuentra acechando y esperando el momento preciso de la muerte de la niña. Al recibir el premio, Carter declaró que aborrecía esa fotografía: “Es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla. La odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña”.

 

Entonces, hastiada de tanta vocinglería, del cinismo y la hipocresía de una sociedad alienada recordé ese viejo periodista portugués, no sé si porque se murió Saramago.  Recordé a ese entrañable periodista  de la novela de Antonio Tabucchi ese  “Sostiene Pereira” que vive, come, duerme, ama y suena como periodista,  en un 25 de julio de 1938, en una Lisboa  que apesta a muerte, que se comporta como esa forma de vida única que significa ser periodista.

 

Le habla al retrato de la esposa muerta, le cierra los ojos claros a Monteiro Rossi, muerto a culatazos por la policía secreta salazarista, se sienta a su máquina de escribir y denuncia “La muerte de un periodista”. Después conspira para decir la verdad, burla la censura,  lo publica, toma una valija, el retrato de la muerta, mira por última vez el cadáver de Monteiro Rossi, elige un pasaporte falsificado  y toma el tren del exilio porque es un periodista que tiene “añoranza de futuro”.

 

Los ojos abiertos y sin vida de Monteiro Rossi se asemejan  a la bebita del Sudán, a punto de morirse de hambre, observada por el buitre y por el periodista reportero en busca de la nota sensacional o la adolescente muerta y eviscerada en un hospital de Santo Domingo.

 

Entonces con el recuerdo de “Sostiene Pereira”, en una Santo Domingo que apesta a muerte, me pregunto: ¿Es que seremos capaces como sociedad de sentarnos como el fotógrafo de Sudán a mirar como devoran la niñez, como evisceran a nuestras adolescentes  y nos ganamos entre tanto el premio mediático de fotografía otorgado por Fundación Global?

 

Por Graciela Azcarate

 

 

Publicado en Periódico 7 Días

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