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El polvorín

Gonzalo Abella: Las redes de la resistencia, base de la Liga de los Pueblos Libres

24 Agosto 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica


El historiador uruguayo Gonzalo Abella disertó en la escuela “Mendoza” de María Grande sobre las bases de la Liga de los Pueblos Libres, impulsada por José Artigas, de la que formó parte Entre Ríos, y sobre las “redes de resistencia” de los pueblos originarios y esclavizados de América que tuvieron influencia decisiva en ella.


Abella se refirió al “sincretismo” de creencias en los pueblos de Nuestra América, como llama José Martí a todo el territorio al sur de los Estados Unidos.

Consideró el sincretismo un fenómeno muy complejo de agregado y decantación a través del tiempo, y no solo de imposición por los conquistadores de su fe, el catolicismo.
Admitió como correcto que con la espada de los conquistadores vino la cruz de los religiosos, como política imperial de reyes “que de fe no tenían nada”, en alusión a Fernando e Isabel, los “reyes católicos”.

Para Abella los reyes sólo sabían que si conseguían uniformidad de creencias iban a dominar con más facilidad, en la diversidad de creencias el dominio se les haría más difícil.

ESE ES DE LOS MÍOS

Cuando a un indígena se le decía que un hombre divino había dicho que antes entraría un camello por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos, y que ese hombre había optado por los pobres y que por eso el poder de su época lo había matado, el indígena no dudaba: “ése es uno de los míos”.

Y tampoco tenía problemas en sumarlo -como se diría en las religiones politeístas- a su panteón. No tenía necesidad de optar ni de excluir a una deidad cuando admitía otra. Solamente se beneficiaba con otra energía. Porque era claro que un hombre como ese (Jesús), al que tantas personas veneraban, que recibía tantos rezos, que era depositario de la energía de tanta gente, habría llegado por esa vía a disponer de mucha energía.

Entonces lo sumaba a sus creencias al mismo título que las otras, sin convertirse por eso en un “cristiano” como pretendían los curas.

LA COMPAÑÍA EN AMÉRICA

Abella hizo una clara diferenciación entre los jesuitas y los demás miembros del clero católico, al menos en su actuación en Nuestra América, en particular en las Misiones. Ignacio de Loyola era un guerrero herido que canalizó sus dotes hacia la religión. No fundó una orden sino una “compañía”, la Compañía de Jesús.

En Europa su actuación fue contra los protestantes y por la contrarreforma. Pero para actuar en América, Iñaki Loyola reclutó jóvenes españoles, flamencos, alemanes, franceses que vinieron a un mundo desconocido que los iba a influir notablemente.

Jóvenes, con relativamente poca experiencia, se encontraron a diferencia de Europa en medio de un mundo de creencias animistas que al principio rechazaron; luego vieron que sin ellas era imposible progresar en la evangelización y finalmente las modificaron, las adaptaron y en alguna medida las aceptaron.

Porque empezaron a ver que había así como un fondo común con sus propias creencias y porque estaban aislados y muy lejos del Vaticano, que de otro modo hubiera intervenido rápidamente para “corregir” las desviaciones.

Los jesuitas organizaron a los indios de modo que pudieron resistir por ejemplo a los “bandeirantes”, traficantes brasileños de esclavos, e hicieron cosas notables, como formar orquestas de músicos americanos con instrumentos de fabricación americana que estrenaron en las Misiones algunas obras de Joseph Haydn antes que en Alemania.

Esta organización indígena, la resistencia que probadamente podían ofrecer a los traficantes, el obstáculo que era para las formas de convivencia e intercambio capitalista pronto fueron vistas como obstáculos que era preciso disipar.

Por eso el Papa recibió en el Vaticano la sugerencia de sacar a los jesuitas de América y reemplazarlos con otra orden. Cuando los jesuitas abandonaron sus Misiones, los indios continuaron la vida a que ellos los habían acostumbrado. Ellos mismos daban misa, ya sin cura, ellos cumplían las tareas comunitarias y sobre todo, formaban redes entre organizaciones similares que fueron esenciales para la resistencia contra la opresión que venía de las ciudades.

LA RESISTENCIA SUBTERRÁNEA

Dijo Abella que desde Pernambuco hasta Buenos Aires había redes clandestinas de esclavos fugados, que se disimulaban como cofradías religiosas, a veces con nombres de santos apócrifos, como San Baltazar, que en el evangelio no es un santo, sino un rey mago. En realidad el evangelio no nombra a los reyes. Estas redes tenían contactos que les permitían estar en relación unas con otras.

Hizo un aparte para referirse a Tupac Amaru, Condorcamqui. No quería la independencia ni se oponía frontalmente a los españoles. Solo quería terminar con la esclavitud de los indios, “que el patrón no coma más de mi pobreza”. Fue descuartizado, mataron a Micaela su mujer y le arrancaron la lengua a su hijo en la plaza de Cuzco.

El nombre de Micaela fue estandarte luego porque muchas mujeres lo llevaron en su memoria, entre ella la charrúa Micaela Guyunusa, vendida a Francia por el primer presidente del Uruguay, que pidió más precio porque estaba embarazada y nacería un charrúa en París.

Notablemente, 300 años antes, en el mismo lugar del suplicio de Tupac Amaru, Pizarro le había pedido al Inca que le mostrara los sabios que tenía presos en esa ciudad (antes del imperio Inca habían estado libres en Machu Pichu). Cuando los tuvo frente a sí, mandó fusilarlos a todos. Pizarro era analfabeto, pero sabía dónde había un peligro para sus intereses.

Abella hizo una referencia a los amautas, sabios de etnia aymara, no quechua, que ya desde el predominio inca tenían incluso prohibido hablar su idioma. Estos sabios disponían de un sistema lógico trivalente. Aristóteles formuló la lógica bivalente.

Hegel dio forma a la lógica “dialéctica” sobre bases diferentes, pero los sabios aymaras disponían de una lógica “multiléctica”, que en resumen tiene tres valores y no dos: uno o cero, pasa o no pasa, verdadero o falso, derivados de la lógica aristotélica. Esta lógica contiene además del “sí” y del “no”, un tercer término, puente o enlace entre ellos: “quizás” o “probable”. Abella dijo que actualmente hay en desarrollo computadoras en base a este sistema aymara y no al “0” o “1” de la lógica de Boole.

Se refirió al ritual del mate en los fogones. El ritual no era una mera costumbre alimentaria ni higiénica, era una comunión que recordaba la pertenencia a una red. El mate pasaba de una mano de bronce a una mano oscura y de la mano oscura a una mano blanca; él las unía a pesar de las diferencias de color.

Abella insistió en la diferencia entre los americanos que tenían sus ideales en Europa, los miembros de los cabildos, los que crearon las Juntas y los otros: Artigas, Hidalgo, Morelos, Andresito. Llamó la atención sobre el hecho de que Artigas se dirigió a Buenos Aires solo después del fracaso de Belgrano en su expedición al Norte, que esperaba porque conocía la distancia entre la organización misionera del Paraguay y las

JUNTAS DE LOS CABILDANTES

Las juntas tenían una lógica revolucionaria abstracta, Artigas no. Las redes populares de resistencia se vieron inducidas a apoyar a las Juntas contra la posible invasión europea. No les molestaba España, cuya decadencia era evidente, pero tras el desenlace de la guerra subsiguiente entre Inglaterra y Francia vendría una invasión a América por potencias que sí sabían y podían invadir. Ese fue el motivo del apoyo de las redes que se expresaron en la Liga a las juntas.

Contó Abella que un irlandés que vino dentro del servicio militar obligatorio con las invasiones inglesas, al ver que Artigas se oponía al interés de Buenos Aires y Montevideo, dijo con lógica aprendida en Irlanda durante siglos: Artigas (y Ramírez) son irlandeses, luego yo me voy con ellos. Eran irlandeses porque se oponían al poder central, para él de las ciudades como Londres.

Otro irlandés, Pedro Campbell, tuvo destacada actuación en Corrientes a favor de Artigas por las mismas razones, aunque en cierto momento le provocó un problema con Gaspar de Francia, el dictador del Paraguay. Artigas resolvió el problema tan favorablemente, que salvó su vida luego, cuando debió acudir a Francia para que le diera asilo. Francia le dijo: “que vengan todos los orientales que quieran, pero de a uno, porque acá mando yo”.

Francia deformó su apellido, que al parecer era portugués, cuando estaba en Europa y vio triunfar a Robespierre, en un sesgo revolucionario que le pareció muy interesante. Se volvió al Paraguay decidido a tomar el ejemplo del “incorruptible”. Dijo que su pueblo, en que la marca de los jesuitas era muy fuerte, se daría en el futuro la forma de administración que mejor le pareciera, “pero por ahora yo soy el dictador”.

ARTIGAS

Otro relato de Abella: cuando Artigas era muy viejo y estaba recluido en San Isidro, cerca del Mato Grosso, lo fue a visitar un anciano, con el que habló tres horas. El quincho de Artigas estaba vigilado por orden de Francia.

Cuando el viejo salió, el guardia lo apuntó con el trabuco, ya en la selva, y le exigió que le mostrara lo que llevaba dentro del bolso. Eran yerbas medicinales.

Luego habló con Artigas y le preguntó qué había hablado tres horas “con ese ignorante”. -”He aprendido mucho de él”, dijo Artigas, que anciano no dejaba de aprender y nunca despreció el saber del pueblo.

LA DENIGRACIÓN SEMÁNTICA

Los negros esclavos se escapaban a pesar de los trabucos y los perros de las fazendas y se instalaban en la selva, donde formaba comunidades inexpugnables, que causaban enorme ira en los esclavistas.

Esas comunidades, que se comunicaban unas con otras con sigilo y muchas precauciones, por ejemplo gracias a las lavanderas negras de extramuros, por ejemplo para liberar a más esclavos, se llamaban “quilombos”, que antes había sido el nombre de las jaulas en que se exponían los negros en los mercados de esclavos.

Pero como una evidencia más de su ira los esclavistas designaron a las fortalezas de las selvas con ese nombre, dándole el significado de “prostíbulo” con la idea: “Vaya a saber qué harán esos negros ahí”.

Esas fortalezas selváticas, la organización jesuítica recordada y preservada después de la expulsión de la compañía, el animismo reforzado con aportes de negros, europeos con creencias precristianas y reformado según pasaban los años porque los nietos negros ya no hablaban el lenguaje de sus abuelos ni los entendían plenamente, fueron la base de las redes de resistencia que luego tomaron forma política, contra la ilustración de las ciudades, para la que todo esto era letra muerta, en la Liga de los Pueblos Libres, igualdad para todos: negros, zambos, indios.

TRES GENOCIDIOS

Abella mencionó tres grandes genocidios de pueblos originarios de América. El primero, tremendo, perpetrado por los conquistadores (Se dice que la población indígena de México era de 25 millones de habitantes, pero solo de un millón un año después de la llegada de Hernán Cortés).

A ese genocidio, muy conocido, siguió otro menos conocido: el perpetrado por las nuevas repúblicas americanas después de la Independencia de España.

Las capas dirigentes e ilustradas de las ciudades veían un peligro en las redes de resistencia, sobre todo porque con naturalidad entendían que la tierra era de ellos y se la apropiaron y los pueblos que resistían tenían la tierra como su madre ancestral, provista de un valor religioso desconocido en las ciudades y peleaban por ella como pelean todavía, al menos en algunos lugares de América donde la cultura indígena de ha sostenido mejor.

El tercer genocidio, en marcha actualmente, es el de los agrotóxicos, que están consiguiendo exterminar lo que queda de los pueblos originales de América en medio de la atonía y la indiferencia a que el mundo moderno ha reducido a la masa de “consumidores” pasivos.

Abella consideró a Moreno un ilustrado de la ciudad; pero hizo notar algunas diferencias con el resto. Moreno conocía a los enciclopedistas franceses, los había traducido al castellano. En el caso de Rousseau “salvo donde el autor tuvo la desgracia de desvariar en materia de religión”.

Artigas solo leía en castellano, no tuvo acceso a esos libros en francés, pero leyó a los enciclopedistas en las traducciones de Mariano Moreno. Mientras Moreno proponía expropiar a los terratenientes españoles, Rivadavia permitió que sus sucesores se apoderen de todas las tierras.

DEL ANIMISMO A BLANCANIEVES

En cuanto al clero, la buena nueva evangélica se transformó en su antítesis: la inquisición con sus instrumentos de tortura y su persecución de herejes, cismáticos e infieles. Abella invitó a quienes puedan a visitar el museo de la inquisición en Lima donde se pueden ver los instrumentos de tortura aplicados a figuras de cera de tamaño natural.

Pero los americanos no renunciaron a la buena nueva. Envasaron en sus creencias propias las que les llegaban de afuera. Envasaron, por así decir, a la virgen en sus deidades propias, como antes la fe popular europea hizo algo parecido con Blancanieves, Caperucita y la Bella Durmiente.

Narró Abella el relato de un indígena que le decía a un fraile que él creía en la virginidad de María “porque la selva está llena de misterios”. Pero le preguntaba si era tan fea la madre de dios que después de su parto virginal no había tenido nunca novio.

El indio no entendía el valor de la virginidad como el fraile. Para él era meramente un déficit en la plena realización de la mujer, algo que la alejaba de la plenitud tal como la naturaleza se había encargado de preparar para ella.

Otro relato del sincretismo se refería a una vieja de la frontera uruguayo brasileña que hablaba “portuñol”. Era “médica” y curaba con tisanas y otros procedimientos.

Para conocer cuando estaba listo el té, decía que había que rezarle un padrenuestro y dos aves maría. Arbella le comentó que sus conocimientos venían de los charrúas, de los que ella se decía descendiente. Lo aceptó, pero se asombró cuando le hizo notar que los padrenuestros y las aves maría eran cristianos, no charrúas.

Dudó un momento y le dijo: “todos saben que con tres padrenuestros rezados sobre la olla el huevo ya se convierte en huevo duro”. Es decir, la duración ritual calculada de la oración, cristiana o no, era el tiempo de cocción del huevo. Y así para casi todas las actividades de la vida, siempre acompañadas de plegarias.

Volviendo a los jesuitas, contó Abella que un indio le dijo a un sacerdote, al regresar del seno de su tribu, donde había hablado con su gente de lo que le había dicho el cura: “No entendí nada de eso de que dios es uno y son tres, pero te oí tocar el violín y le dije a mi gente: “este hombre está cerca de dios”.

LAS ETAPAS DE LA PEDAGOGÍA

Abella arrancó su exposición hablando de pedagogía, considerando que su auditorio era mayormente de docentes. Explicó que el siglo XIX creó la escuela activa, es decir, con participación de los alumnos pero con un límite: el conocimiento del docente, que no se debía ni podía superar.

El siglo XX propuso otro paradigma: el ideal del docente no es transmitir lo que sabe sino ser superado por sus alumnos y convertirse él mismo en prescindible. Estos cambios respondieron a que tras la primera guerra mundial, que fue el fin de muchas ilusiones, terminó también el optimismo científico de raíz iluminista que había reinado hasta entonces.

Puso un ejemplo: en el África había hambre. Bien, la ciencia ofrecía una solución sencilla: junto con una población subalimentada había en el continente grandes selvas incultas. Era cuestión de talar las selvas y sembrar trigo en el terreno “limpio”. El resultado, que la ciencia no previó, fue un avance espectacular de la desertificación y el aumento del hambre.

Abella citó a Bertrand Russel: “me asombra la capacidad de transformación que tiene la ciencia sin saber lo que está haciendo”. La idea ilustrada de que la conciencia verdadera es lo mismo que conciencia científica es puesta radicalmente en duda acá por el epistemólogo y matemático inglés, que separa el saber puro del saber hacer.

Entonces la civilización se volvió a los mitos, a las leyendas, a formulaciones milenarias de sociedades “primitivas”, que habían sido arrinconadas por ignorantes, buscando en ellas lo que ya era claro no podía darles la ciencia.

Se aprendió que lo nuevo no puede hacer menospreciar lo viejo y que no se puede manejar lo nuevo sin conocer lo viejo.

Los sistemas educativos de cualquier nación tienen un rol conservador: perpetuar las formas de sentir y vivir de los dirigentes, finalidad que Abella designó como “reproductivismo”.

Esta tendenciosidad se muestra claramente en la historia oficial. En los colegios comunes se insiste hoy en día en la necesidad de enseñar computación, para que los niños no queden fuera de los avances tecnológicos; pero en los colegios de elite, donde los dirigentes educan a sus niños para que los sucedan en la dirección de la sociedad, se trata de enseñarles de nuevo a leer, porque se sabe que la lectura permite una forma de educación inaccesible a medios más “modernos”.

Esta condición conservadora de la educación se evidencia por ejemplo en España, donde sigue sin admitirse el evolucionismo de Darwin porque la iglesia no lo acepta y el catolicismo tiene mucha fuerza allí.

Otra característica de la educación conservadora es otorgar siempre la razón al Estado propio contra los demás estados, en cuanto controversia los enfrente.

En el Uruguay fue preciso crear artificialmente un “antiargentinismo” debido a que el país se había formado por cálculo del imperio británico y en realidad, sin un adversario vecino ficticio, no se podía hablar de ningún país, ya que en realidad es inexistente como tal.

Abella dijo que cuando advierte los efectos del “antiargentinismo” en el Uruguay les pregunta a los orientales porqué un montevideano es menos reconocido como ajeno en Buenos Aires que un jujeño, por ejemplo.

Hizo un breve paréntesis para rendir homenaje a Felipe Varela, a quien puso a la misma altura que Bolívar o San Martín, pero dijo que en la Argentina no hay mucha voluntad de reconocerle semejante estatura.

LA SELVA, EL LLANO, LA MONTAÑA

Una de las definiciones de Liga Federal que dio fue lugar propio de las culturas excluidas, no reunión de provincias.

Admitió que los que estudian las culturas americanas originarios se sienten a veces defraudados por la multiplicidad que no pueden reducir a una unidad comprensible. Pero dijo que a lo largo de milenios en que los habitantes indígenas de América poblaron el continente, se diferenciaron en tres grupos principales; de montaña, de llanura y de selva.

Estos grupos, para Abella, se distinguen ante todo por necesidades diferentes de vida comunitaria. Este necesidad es máxima y se impone como una cuestión vital a los montañeses. Por eso tomaron una organización que daba preponderancia al consejo de ancianos. La montaña es árida, sin trabajo comunitario la vida es difícil, imposible para un individuo aislado.

En la selva, a diferencia de la montaña, hay superabundancia de proteínas y la vida solitaria no es tan imposible, pero de todos modos las ventajas de la vida comunitaria también se hacen sentir, aunque con menos fuerza.

En la llanura, tanto las praderas norteamericanas como las pampas argentinas, se da un caso intermedio. Los europeos luchaban en los llanos; incluso hablaban de “batallas campales”, no de selva ni de montaña.

Los europeos no pudieron nunca dominar más del 10 por ciento del territorio nominal bajo dominio de España o Portugal. No dominaron las selvas ni las montañas.

Sí se impusieron en los llanos, pero solo hasta que los indios aprendieron a andar a caballo. Los indígenas fueron maestros en la cría y domesticación de los caballos, las mujeres parían a caballo, los niños, los viejos, todos andaban a caballo.

La comunidad en las selvas y las llanuras es necesaria sobre todo para tiempos difìciles, pero no siempre como en la montaña.

El vínculo entre los miembros de los pueblos comunitarios, su “religación”, son los ritos y las creencias religiosas, pero no religión institucional como las que trajeron los europeos.

Abella usó el término “animismo” para referirse a las creencias indígenas, de las que dio numerosos ejemplos que en algunos casos suscitaron gran interés en el auditorio, porque a muchos los sorprendió con expresiones concisas de sus propias creencias no cristianas, pero disimuladas bajo un barniz de cristianismo que en general los curas toleran.

Para los indígenas las almas están acá, no van al cielo. Rondan en forma de pájaros en el mundo de los vivos. Por eso el plumaje de pájaros como vestidura de los indígenas, que es su sotana (mejor, la vestidura de los sacerdotes al oficiar misa)

EL VELORIO DE LA CRUZ

Hay almas atormentadas, conocidas como luces malas, o, como un paisano oriental le dijo a Abella, “ceremonias para vincularse con el difunto que está estrenando su muerte”.

Con referencia este punto, que implica una antiquísima tendencia a “sacarse de encima” a los muertos y evitar que molesten a los vivos, citó la ceremonia de “velorio de la cruz” que se hacía en el campo oriental hasta hace medio siglo.

Cuando moría alguien, se lo velaba en su cama la noche entera, con libaciones, comidas, cuentos y truco. Luego se lo colocaba en el cajón y lo llevaban a una cueva.

Cuando pasaba un mes, se hacía otro velorio, en la misma cama. Esta vez se velaba una cruz, que era luego acompañada y colocada en la tumba, para que el muerto advirtiera que pasado un mes no se habían olvidado de él y se quedara en paz, para que supiera que estaba muerto y aceptara su nueva condición.

Se trata de una tradición animista, no cristiana, que la iglesia no mira bien. Incluso para “velar la cruz” había que contar con un comisario complaciente.

El animismo es esencial para entender las culturas originarias. Otra de sus manifestaciones es la “presentación de los niños a la luna”.

El bebé es expuesto desnudo o con poca ropa a la luz de la luna, que lo “energiza”. De la misma manera, se arroja una ofrenda al mar, para las deidades que lo habitan, pero así como el que ofrenda espera recibir algo, él da algo a la deidad, es un intercambio, pero no comercial.

Todas estas creencias estaban en los fogones de Artigas, eran el presupuesto que todos compartían, los datos inmediatos de su confraternidad espiritual y social.

Sin ellos no se comprenderá a los paisanos y los indígenas serían meras bestias, como pretendían los europeos que rechazaban todas estas creencias sin conocerlas.

A estas creencias se sumaron las propias de los negros africanos y las europeas precristianas, las celtas por ejemplo. Abella adjudicó a los celtas el animismo presente en los cuentos de hadas.

En ellos un beso, el beso de amor de un hombre, puede resucitar a una doncella dormida (la Bella Durmiente). Una niña pequeña puede adentrarse en un bosque para hablar con un lobo (Caperucita) o los duendes de la tierra pueden ayudar a una niña perseguida (Blancanieves).

Abella encontró afinidad entre las creencias subyacentes en estos relatos, que desde que Perrault los formuló magistralmente dominaron la imaginación europea, y las de los fogones de Artigas porque el animismo es común a todas ellas, aunque en América fueron los orixas, el mal de ojo, la luz mala y muchas otras formas entre ellas las que aproximó al “dragón” asiático.

DÓNDE Y CUÁNDO

Abella habló durante casi tres horas ante docentes y también periodistas de AIM. Fue presentado por el secretario general de AGMER en María Grande, Mauricio Castaldo. Antes de la exposición, se leyó una resolución de la dirección departamental de Escuelas de Paraná que declaró de interés la disertación del historiador uruguayo.

Gonzalo Abella nació en Montevideo en (1947. Fue maestro de escuela en su país. Cursó estudios en ciencias Sociales en Cuba y URSS (hasta 1979. Es profesor de historia y máster en ciencias sociales. Autor de novelas, cuentos y ensayos históricos, entre estos Historia Diferente del Uruguay, Artigas: el Resplandor desconocido, además de dos recopilaciones sobre relatos sobrenaturales del campo uruguayo y “Nuestro origen charrúa”.

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Tomado de Voz Entrerriana

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