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El polvorín

Ha muerto Mario Monicelli // "un grande del cine, y un partisano" // "Bella ciao" per Mario Monicelli // Monicelli, un amico

2 Diciembre 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Ha muerto Mario Monicelli, un hombre bueno, director de cine, comunista. Viva Mario !!!

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N e s t o r 
rana 059
Västerås, Suecia
Dejan suicidarse a Mario Monicelli, un grande del cine, y un partisano
Los diarios e informativos acaban de dar la noticia del suicidio no aistido de Mario Monicelli, uno de los más grandes cineastas populares de su tiempo, autor de obras maestras como Camaradas...
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red |

Los diarios e informativos acaban de dar la notita del suicidio de Mario Monicelli, uno de los más grandes cineastas populares de su tiempo, autor de obras maestras como La gran guerra o Camaradas, y poco o nada conocido por las nuevas generaciones. Vivimos en un mundo en el que, en cualquier video-club o grandes almacenes puedes encontrar casi todas las películas de humor tonto con Leslie Nielsen (1), pero será un milagro que encuentres una de Monicelli,  Comencini, Zampa, Zurlini, de cualquiera de los maestros italianos de segunda línea. En la primera estaban visconti, Fellini, Pasolini…

En Italia, la Iglesia  sigue teniendo un peso determinante, no hay más que ver hasta qué niveles alcanza la corrupción, o el hecho de que algunos de los líderes de la izquierda eurocomunista, y antes estalinista, pertenecen al Opus Dei. Esto explica que la eutanasia sea un delito grave, y que el bueno de Monicelli haya tenido que dar su triple salto mortal para hacer lo que quería: dejar de vivir. Seguro que su vida fue plena y llena de vida, no hay más que recordar sus películas. Claro que ha oposición, en una visita allá por la mitad de los ochenta, me contaron que la felliniana Sandra Milo, una suerte de Concha Velasco en la RAI, tras falta unos días a los programas, se dirigió al público, y afirmó: “Se ha dicho que he ayudado a morir a mi madre. Es verdad”. Por supuesto, ni la curia ni el burdel de la política osó decir esta oca es mía. No se atrevieron, y todos sabemos que el problema de la eutanasia para esta gente no tiene nada que ver con la tradición o el conservadurismo, es pura hipocresía. La gente de respeto –título de Zampa con James Mason-, no necesita que se legisle sobre la eutanasia, relegan sus seres próximos terminales a una enfermera o una emigrante que esté muchas horas con el agonizante por poco dinero…

Mario tenía ya 95 años, había recibido todo tipo de homenajes, el último si no recuerdo mal del Festival de Donosti

Ahora ya lo repiten las agencias. Mario Monicelli fue  uno de los grandes cineastas italiano de la “dopo guerra”. Podía aspirar a un lugar entre los mejores, y a ser estimado entre ellos como uno de los más populares.

Comenzó su trayectoria como amateur, después como ayudante de director de Gustav Machary y del “profesional” Augusto Genina, para seguir como guionista y dialoguista. En sus inicios rodó una serie de comedias (en colaboración con Stefano Vanzina, más conocido como Steno),  algunas de ellas al servicio de Toto. Entre ellas sobresale Guardias y ladrones (Guardie e ladri, 1951), con la genial pareja formada por el grueso Aldo Fabrizi y el enjuto Toto (más la bellísima Rossana Modesta), de la que guardo un recuerdo imborrable, me reí como un energúmeno en la filmoteca de la rue d´Ulm, en al lado de donde impartía sus clases Altusser. Esta divertida sátira del “cine negro” puede considerarse un antecedente de una de sus mayores obras maestras, la que aquí se llamó ingeniosamente Rufufu (Soliti Ignoti, 1959), posiblemente la mejor de las comedías policíacas de la historia del cine, tantas veces imitada. Solamente en el cine español podríamos citar Atraco a las tres y Acción mutante. Hasta Woody Allen le hizo un homenaje en Granujas de medio pelo, pero el original era irrepetible por algo muy sencillo: respiraba verdad y naturalidad por los cuatros costados.…

  Monicelli tuvo una larga trayectoria de la que sobresale especialmente esta época, entre finales de los años cincuentas y principios de los sesenta, fase en la que se encuentra igualmente nada menos que La gran guerra (La grande guerra, 1959), su sarcástica visión medio anarquista (está llena de referencias libertarias a través del personaje de picaron con ínfulas inconformista interpretado por Vittorio Gassman)  de la lucha de clases en medio de la “Gran Guerra”, un despiadado alegato antimilitarista que sin embargo, consiguió pasar la miserable censura franquista que, no obstante, cortó algunos de sus escenas más incisivas.

Será también por esta misma época cuando Mario Monicelli, llevaba a la gran pantalla una de las primeras manifestaciones abiertamente comerciales del cine social y político, y con un talento que no tendrían en mi opinión ni Costa-Gravas ni el Godard más “enrâge”. Il compagni (1963), titulada en francés Les camaradas y estrenada en estos andurriales en una medianoche de TV2.  Los compañeros es una de las grandes películas sobre el comienzo del movimiento obrero, un   gran fresco, lleno de vida y de detalles, n retablo sobre las condiciones de vida del proletariado italiano a finales del XIX y de sus iniciales relaciones con el socialismo encarnado en este caso por “il profesore” (inigualable Marcello Mastroianni), que tuvo una interpretación tan efectiva que según me contaba el camarada y amigo Antonio Moscazo, lo utilizaba hasta la propia policía italiana cuando se encontraba con un “profe” subversivo. Rodada en un hermoso y voluntarioso blanco y negro que se inspira en las ilustraciones obreristas de la época, rodada en diversos lugares del norte italiano (en Cuneo, en Turín, en Savigliano) y en parte también en Yugoslavia, ofrece una recreación del Turín de los años de la industrialización acelerada y de la unificación ita­liana, dos eventos históricos que tuvo en la ciudad norteña a uno de sus polos más dinámicos.

  Vista desde el ángulo de la historia social, la película se sitúa en una encrucijada política, tal vez la más importante en la que se vio envuelta la convulsionada sociedad italiana desde la post­guerra mundial y antes del invierno caliente de 1968-69: el paso de un gobierno de centro­derecha, democristiano con participación neofascista, fuertemente contestado por partidos y sindicatos de izquierda que acabaran entrando en el juego tan italiano de la “componenda”, lo que dará lugar en los años siguientes, a una fuerte radicalización obrera-estudiantil de la que se hará eco un discípulo de Monicelli, Elio Petri en La clase obrera va al paraíso…En este tiempo, Italia se vio sacudida por una oleada de huelgas salvajes que tuvieron su epicentro en los mismos escenarios que el film recrea y que ciertos historiadores suelen identificar como el más significativo antecedente del estallido obrero de fina]es de la década-, a un cambio de alianzas propulsado por el ascendente Aldo Moro, y que daría lugar, en diciembre de 1963, al llamado "centro-sinistra", un gabinete con participación socialista, aunque con mayoritario predominio democristiano.

    Se respira este contexto en el guión escrito por Monicelli y sus habituales coguionistas, Agenore Incrocci "Age" y Furio Scarpelli, con la puntual ayuda de la excelente Suso Cecchi d ' Amico, un equipo que decidió a recuperar, desde la izquierda, la memoria histórica de la industrialización, en un intento de film nacional-popular, tan caro a la tradición cultural en general, y cinematográfica en parti­cular, de la sociedad italiana. Es en este sentido que cabe definir I compagni como un film ­catálogo de la condición proletaria, con su galería de personajes y situaciones comunes a multitud de películas que ambientan su acción en el mundo obrero, todas ellas vistas desde situaciones que casi siempre parten de las mismísimas fuentes históricas, y que se repiten en buena parte del cine de tradición obrerista que tan necesario sería recuperar...

  Monicelli era un tipo de izquierda integral, situado muy críticamente a la izquierda del PCI, y que nos habla de la Historia sin perder de vista algunos de los elementos más habituales en su cine: el cuidado en la reconstrucción de la vida cotidiana y los arquetipos populares, el mismo  tema de su film inme­diatamente anterior, Renzo e Luciana, episodio del film colectivo Bocaccio 70 (1961), afortunadamente recuperado en la edición de DVD de esta película. Monicelli no olvida para ello en utilizar el recurso a ciertos estilemas de la "comedia alla italiana", filón que con tanta fortuna aborda­ra el propio director en varios de sus filmes más famosos; la mezcla agridulce de drama y sátira, sin olvidar además algunos apuntes críticos que alejan a la película de la hagiografía laica en que suelen caer en ocasiones ciertos filmes militantemente proletarios.

  Los compañeros muestra sus cartas desde la primera secuencia. Comienza la trama cuando son las 5.30 de la madrugada en un hogar proletario turinés y el joven Omero se apresta a vestirse para ir a su trabajo en una fábrica textil. Hace frío y Omero tiene que romper la capa de hielo que se ha formado en el agua de la jofaina, mientras el resto de su familia comienza igualmente a levantarse. Condiciones de vida de las clases subalternas, la dura cotidianidad, el invocado universo fabril, la estructura familiar, incluso ciertas contradicciones entre los miembros de la familia sólo levemente embozadas y que estallarán más tarde configuran algo así como el huevo de serpiente de la trama que el film desarrollará desde entonces, con especial acento en la presencia del universo popular.

  Monicelli construye un universo lleno de vida y de verdad que tendrá en el relato un coprotagonismo compartido con el propio estre­llato, no en vano el cabeza del elenco, un Marcello Mastroianni en un papel pensado en rea­lidad para Alberto Sordi, sólo aparecerá cuando el espectador tenga ya una clara idea de lo que el film le plantea e incluso, en consonancia con su propio personaje -un socialista ilu­minado, entregado a la causa de la defensa del proletariado y ontológicamente solitario- verá diluida su presencia en varios pasajes de la acción en aras de un protagonismo colectivo que ni siquiera las condiciones de la producción. Se trata de un film Titanus, la mayor productora italiana de la época, y cuenta con un elenco trufado de grandes actores como Renato Salvatori y Annie Girardot, pareja coprotagonistas de Rocco y sus hermanos, otra peripecia proletaria debida a la mano maestra de Luchino Visconti; el también francés Bertrand Blier, el gran secundario Folco Lulli, entre otros, quienes a pesar de ser famosos, consiguen un punto de verismo insuperable.

  La película es como un compendio que detalla la realidad de la vida proletaria: la fábrica, la dure­za de las condiciones laborales, el trabajo de jóvenes que tienen que abandonar la escuela para poder ganarse el pan; un conflicto violento, la actitud cerril de la patronal, el empleo de fuerzas militares para intentar abortar la ocupación de la fábrica; la muerte de dos inocentes, la desesperación de los deudos, el desgaste que produce una huelga prolongada entre quie­nes no tienen posibles para subsistir; la desunión, pero también la solidaridad; la irrupción en la Historia de una ideología basada en la defensa de los más oprimidos, la marginación e incluso el descrédito de quienes se saben dispuestos a asumir cualquier riesgo por su causa; el camino abierto, y difícil, que les espera a quienes intentan despertar las conciencias más devastadas por la subordinación y la alienación.

  Por motivos que me parecen obvios, esta es su película más memorable, pero en su filmografía se pueden encontrar oras “perlas”. Pero esto me esá quedando largo, y espero proseguir en otro trabajo.

--1) Según he podido saber, Nielsen tenía otra vida. Cuando no tenía trabajo en esas comedias de tres al cuarto que repetían la fórmula de Aterriza como puedas, se dedicaba a montar obras del teatro clásico más inconformista….

Pepe Gutiérrez-Álvarez en Kaos en la Red

Fallece el cineasta italiano Mario Monicelli

El maestro de la comedia italiana se suicida a los 95 años de edad

GREGORIO BELINCHÓN - El Pais - Madrid - 29/11/2010

 

Hubo un tiempo en que la comedia italiana tenía sustancia, como un buen guiso, con todos sus ingredientes en su justa cantidad. En aquel tiempo no se llamaba comedia italiana, sino commedia all'italiana (comedia a la italiana), y Mario Monicelli era su cocinero estrella, el cineasta que dominaba los ingredientes de la risa como nadie. Ayer, Monicelli decidió acabar con su vida saltando desde una ventana de la quinta planta del hospital romano San Giovanni. A sus 95 años, casi ciego, Monicelli sufría un cáncer de próstata en fase terminal, y decidió acabar con su vida, como hace 70 años hizo su padre. Hoy Italia se ha levantado conmocionada con el fallecimiento de su último gran director, de un cineasta que dirigió 65 películas y que fue cinco veces candidato al Oscar: dos veces como guionista por las películas Camaradas (1963) y Casanova 70 (1965) y otras tres en la categoría de mejor película en habla no inglesa: Rufufú (1958), La gran guerra (1959) y La ragazza con pistola (1968).

Repasar la carrera de Monicelli es echar un vistazo a la historia del cine italiano. Nacido en Viareggio (Toscana), en 1915, Monicelli fue el segundo hijo de un periodista que sufrió en carne propia el fascismo de Mussolini. "Mi padre había dirigido un periódico en los años veinte. Era antifascista, se puso contra Mussolini y le echaron, no le dejaron escribir más. Estuvo muchos años sin poder hablar, viendo a sus amigos adaptados al fascismo. Pensó que cuando acabara Mussolini podría volver, pero se habían olvidado de él. Esa amargura le pudo. Yo era un soldado, estaba recién regresado de la guerra, y entendí perfectamente que se suicidara". Antes de participar en la II Guerra Mundial, Monicelli ya había trabajado en el mundo del cine: rodó su primer corto en 1934, una adaptación de El corazón delator, de Poe, que codirigió con Cesare Civita y su íntimo amigo Alberto Mondadori, y un año después llegó su primer mediometraje -mudo-: I ragazzi della via Paal, que logró en premio en el festival de Venecia. Por fin debutó con un largo en 1937, Pioggia d'estate, pero el filme solo se distribuyó en el sur de Italia.

De 1939 a 1942, antes de irse a la guerra, Monicelli trabajó como ayudante de dirección. Después, fue llamado a filas. "Me destinaron a Yugoslavia, a caballería, pero nunca luché". Hasta 1949 no volvió a ponerse detrás de las cámaras, en compañía de Stefano Vanzina, con Totò busca piso. En los siguientes cuatro años Monicelli y Fanzina codirigieron ocho filmes más protagonizados por el cómico Totò. "Era muy particular. Un gran mimo, movía todo el cuerpo además de la cara. Los grandes actores recitan con el cuerpo, trabajan la entonación y el cuerpo...". Monicelli, que era un gran fan de Buster Keaton y Charles Chaplin ("eran la voz de los perdedores que se eleva contra las normas sociales"), aplicó todo lo aprendido en pantalla. Eran también años de cafés en Roma, de tertulias con los guionistas Age y Scarpelli, con los aún incipientes directores Luigi Comencini, Steno, Pietro Germi... "Hablábamos de todo, de las noticias del día, el cine quedaba en algo secundario. Hoy, tristemente, los directores ven la vida a través del cine". En 1951 ya llamó la atención con Vida de perros y con Guardias y ladrones, premiado en Cannes, y en 1957 logra un premio en Berlín con Padres e hijos, pero el gran aldabonazo lo dio en 1958 con Rufufú (Concha de plata al mejor director en San Sebastián), con Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, Totò y Claudia Cardinale. "Nuestra mirada era así. Sarcasmo, ironía. El humor es la forma más penetrante de mirar. Un bisturí que va al fondo de las cosas. La comedia a la italiana surgió al contar argumentos muy dramáticos con humor". El mejor ejemplo, su obra maestra, llegó al año siguiente con La gran guerra (León de Oro en Venecia), la comedia sobre la I Guerra Mundial con Alberto Sordi y Gassman, que le consagra como gran cineasta. "Pusimos un espejo delante de los italianos para reflejar su lado más innoble".

Durante treinta años, Monicelli no bajó el pistón de la producción: I compagni (1963), La armada Brancalone (1966), La chica con la pistola (1968), Amici miei (1970) o Un burgués pequeño pequeño (1978)... "No teníamos pretensiones, aunque es cierto que sin quererlo, hacíamos política. Pero luego llegaron los críticos y organizaron teorías, buscaron significados, intelectualizaron la comedia, lo que en sí mismo es una contradicción". Monicelli fue el mago de contar las cosas de forma directa, y contó con algunos de los mejores actores del siglo XX: colaboró con muchos de los actores italianos más importantes del siglo XX: Monica Vitti, Totò, Anna Magnani, Vittorio Gassman, Vittorio de Sica, Giancarlo Giannini, Stefania Sandrelli, Sofia Loren, Nino Manfredi, Gian Maria Volonté, Marcello Mastroianni... "No éramos conscientes de la importancia de lo que estábamos haciendo. Era una vida dura. Los horarios no son como los de ahora. Te levantabas al alba y trabajabas de siete a siete. Llevábamos pan con salami y eso comíamos. Durante 15 años fuimos el centro de la creatividad, duró un par de generaciones".

En 2006, tras dirigir Las rosas del desierto, decidió retirarse -aún dirigió un último documental- tras una carrera llena de obras de teatro, trabajos televisivos, decenas y decenas de guiones y 65 largometrajes. "Ya ha sido suficiente, ¿no?". Hace dos años el festival de San Sebastián recuperó en una antológica toda su obra, un canto al hombre y al humor como forma de vida.





"Bella ciao" per Mario Monicelli
Addio cantando al rione Monti

mario monicelli
Nel rione Monti di Roma, tra Colosseo e stazione Termini, gli abitanti del quartiere, registi come Virzì e tanti cittadini hanno salutato Mario Monicelli. Intonata "Bella ciao". Poi la salma è stata portata alla Casa del Cinema. Ma intanto si accendono le polemiche sulla sua morte, ovvero sull'eutanasia, il diritto a una vita dignitosa o meno.


Prima il saluto al rione Monti, dove viveva e che amava. Poi dalle 12 proseguirà il commiato di Roma a Monicelli alla Casa del Cinema, nel parco di Villa Borghese. La famiglia ha spiegato che la salma resterà alla Casa del Cinema da mezzogiorno fino alla sera. Due cerimonie sobrie. Non ci saranno funerali religiosi. E il suo corpo sarà cremato.

Aperta un'inchiesta per il suicdio, ma nel frattempo la moglie Chiara ha fatto sapere che l'ospedale «ha aiutato moltissimo» il regista. Che non avrebbe lasciato biglietti.

MONICELLI. L'ULTIMO GIGANTE ITALIANO
di Alberto Crespi


La notizia è arrivata ieri sera verso le 22, ed era la notizia che non avremmo mai voluto sentire, anche se lo scorrere inesorabile del tempo la rendeva sempre più probabile. Mario Monicelli ha detto basta. A 95 anni, e con il cervello sempre lucidissimo, al punto che ci eravamo ormai illusi che fosse immortale. Ma se la testa lo è, il fisico arriva a un punto in cui non si riesce più ad andare avanti.

Era ricoverato all’ospedale San Giovanni, come ultimamente capitava spesso, per controlli che regalavano sempre ulteriori speranze. Non questa volta. Questa volta Mario ha deciso che il momento era propizio. Si è lanciato dalla finestra, mettendo la parola “fine” alla sua straordinaria avventura artistica e umana. Toscano d’acciaio Mario Monicelli era un toscano d’acciaio. Piccolo e indistruttibile. Era già morto parecchi anni fa, in un incidente d’auto: era in macchina da solo, in una strada di campagna, a sera tarda. La macchina era uscita di strada e lui era rimasto nell’abitacolo, ferito e sanguinante, fino al mattino dopo.

Lo avevano portato in ospedale e si era rimesso perfettamente. Sembrava Gassman in Brancaleone alle Crociate , quando sfida ripetutamente la morte – che era “interpretata”, pochi lo sanno, da Gigi Proietti, coperto dal sudario nero e con la falce in mano – e riesce sempre a sfangarla. Aveva parlato tante volte della morte, Mario Monicelli, nei suoi film. Era stato il primo a far morire un personaggio in una commedia all’italiana: I soliti ignoti , 1958. Il ladro Cosimo, intepretato da Memmo Carotenuto.

Finiva sotto il tram durante una rapina, e al suo funerale si radunava tutta la banda di cialtroni che si accingevano a rapinare il Monte di Pietà. Fra loro c’era anche Totò, il maestro di scasso Dante Cruciani, che uscito dalla camera ardente mormorava “pare che dorme”, il che ci sembra anche oggi il commento più giusto. Poi, forte del successo di quel film, era riuscito a convincere il produttore più potente dell’epoca, Dino De Laurentiis, a far morire entrambi i protagonisti della Grande guerra . Alberto Sordi e Vittorio Gassman erano i due fantaccini fannulloni della prima guerra mondiale, costretti nel finale a diventare eroi loro malgrado, e ad affrontare il piombo del plotone d’esecuzione austriaco.

Quel film contribuì, più di mille saggi, a demolire il mito patriottardo della “grande guerra”, a denunciare come i conflitti siano bagni di sangue a cui politici corrotti e militari imbecilli costringono i poveri cristi, i figli del popolo. È la stessa storia che Monicelli ha raccontato nel suo ultimo film di pochi anni fa, Le rose del deserto, fortissimamente voluto per tornare nell’Africa dove era stato da ragazzo (come assistente di Genina nel film di regime Lo squadrone bianco ) e per rinnovare la sua denuncia sulla follia della guerra.

Anche in L’armata Brancaleone , film superbo in cui viene distrutta l’immagine arcadica del Medioevo, una delle scene più belle è una scena di morte. È quella in cui muore Abacuc, “tesoriere della truppa e maestro di mercati”, il piccolo ebreo interpretato da quel Carlo Pisacane che era già stato l’immortale Capannelle dei Soliti ignoti. Abacuc muore perché i cristiani, a lui tanto superiori, hanno voluto battezzarlo, immergendolo in un fiume gelido.

La polmonite se lo porta via, e i suoi compagni di sventura lo seppelliscono nel cassone che lui si trascinava sempre appresso, non dopo avergli preannunciato un aldilà laico, addirittura pagano, in cui scorrono i ruscelli, c’è da bere e mangiare, belle fanciulle ti porgono “prosciutti e caci e coppe di vino e ti dicono, prendi vecchio, saziati”, e soprattutto – è la frase più toccante di tutta la scena – non ci sono più “spaventi”. Ecco, Monicelli è stato molto di più di un comico.

È stato un narratore epico, ma la sua epica è stata quella dei poveracci che trascorrono la vita tra fame, stenti e spaventi, e possono rendere grazie a Dio – o a chi per lui – se alla fine dell’avventura li aspetta un piatto di pasta e fagioli, anziché il fuoco nemico. Poi, certo, molti suoi film erano spassosi e divertenti. La chiave era (quasi) sempre quella della commedia, nella quale ha avuto straordinari complici: scrittori come Age & Scarpelli, Benvenuti & De Bernardi, Suso Cecchi D’Amico; attori come tutti i grandissimi della commedia tranne Nino Manfredi (con il quale curiosamente non lavorò mai), ma anche altri: il citato Proietti, che può raccontare su di lui aneddoti fantastici; Monica Vitti, che inventò attrice comica nella Ragazza con la pistola; Alessandro Haber, che di divertiva a torturare sul set e che negli ultimi film era una presenza fissa; Michele Placido, che lanciò in Romanzo popolare , un film che amava moltissimo e che gli faceva sempre piacere citare.

Ma sotto la “crosta” della commedia si nascondeva una visione pessimista del mondo, una lettura quasi darwiniana dei rapporti umani, osservati con lucidità e con un pizzico di sano cinismo. Varrà la pena ricordare, tra i film (tanti, troppi) che non riusciamo a citare, Il borghese piccolo piccolo tratto da un libro duro, breve e bellissimo di Vincenzo Cerami. In una delle prime scene, il pensionato-pescatore Sordi ammazzava con una pietra, con grande indifferenza, il pesce che aveva appena catturato. Alla fine del film, riservava lo stesso trattamento al ragazzo che aveva accidentalmente ucciso suo figlio. Come scrisse Ugo Casiraghi su questo giornale, la commedia all’italiana diventava tragedia davanti ai nostri occhi, e in un anno non casuale, il 1977. Ma tale mutazione era già avvenuta. In mano a Monicelli erano tutte tragedie, anche quando facevano morir dal ridere.
1 dicembre 2010

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mercoledì 01 dicembre 2010


FUORIPAGINA
30/11/2010

Valentino Parlato

Monicelli, un amico

Mario Monicelli ci ha lasciato. Ci ha lasciato con il suo stile. Non lamenti e lacrime, addii addolorati, ma riaffermazione del suo sé. Se ripensiamo ai suoi film (altri ne scrivono con più competenza), nonostante l'apparente giocosità sono tutti «scabri ed essenziali». Qualcuno si ricorda di Montale? Lo stile è l'uomo, dice un vecchio adagio, e Mario lo ha confermato anche nella sua fine.

Alcuni dicevano che era cattivo. Certamente sì, ma perché guardava al di là delle apparenze. Le rappresentava romanzesche e anche divertenti, ma sempre faceva intuire (a chi voleva) la verità di fondo. In questo senso è stato anche un protagonista della politica che, purtroppo, sta alle nostre spalle. Proviamo a rivedere e rileggere i suoi film. Ma di Mario Monicelli grande regista di un'epoca di grandi speranze scrivono i nostri bravi  cinematografari.
Io vorrei limitarmi ad alcuni ricordi personali. Con Mario abitavamo nello stesso quartiere, Monti, non a caso l'antica Suburra, dove anche Nerone andava a puttane. Lui abitava a via dei Serpenti, io a via del Boschetto. Ci incontravamo anche senza volerlo. Spesso nel locale «Al vino, al vino», dell'amico Giacomo, o per strada, o al ristorante le Tavernelle (dove andavano anche «i ragazzi di via Panisperna» in ricordo di Fermi e degli altri fisici). E con lui avevo un po' collaborato a un suo corto sul quartiere nel quale avevano abitato amici importanti come Vittorio Foa, Carlo Aymonino e altri ancora. In queste strade molti ricordano ancora il bravo Farid. E' in quartiere che fece un grande omaggio a un simpatico e bizzarro mendicante, che ebbe anche la protezione di Clio Napolitano. La vicinanza mi aveva indotto a impegnare Mario in una discussione sul parallelismo tra i suoi film e le vicende politiche del nostro paese. Tutto registrato in cassetta che purtroppo nella mia naturale confusione non riesco più a trovare, ma le troverò per obbligo verso Mario.
Il mio è un ricordo di quartiere, ma Mario resterà persona di rilievo internazionale. I suoi film, se li mettete insieme, sono un po' la nostra storia e la critica alla nostra storia. E nelle conversazioni, al bar o per strada, mai nostalgie, ipocrite e impotenti, del passato, ma attenzione e impegno sul presente. E proprio per questo, spesso, Mario mi dava soldi per il nostro/vostro manifesto (che tra un po' farà quarant'anni, ma vorrebbe farne 95 come Mario). Non che ne fosse entusiasta (non era nel suo carattere) ma, con i tempi che corrono, lo riteneva inutile.

Mario Monicelli ci ha lasciato oltre che i soldi anche un insegnamento, a resistere, sempre attenti alla realtà del nostro paese e anche del mondo. Una lezione di realismo. Vi ricordate La grande guerra.

Non è stato il maestro della commedia all'italiana, come titolavano ieri molti giornali, ma qualcosa di più. Un comunista.

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