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El polvorín

Imperialismo - El marketing de la guerra

12 Mayo 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

“Odisea al amanecer” y “Libertad duradera” son algunos de los pomposos nombres de operaciones militares recientes. Aquí, quién los elige, cómo y por qué.

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Ana Prieto 
Revista Ñ

 
Odisea al amanecer es el título de best-séller con que el Departamento de Defensa norteamericano ha bautizado a su actual operación contra Khadafi en Libia. Y ese nombre no ha pasado desapercibido para la opinión pública, que tras tantos años de eslóganes bélicos se pregunta qué tiene que ver con las acciones militares que se están llevando a cabo esta vez. ¿Será que los ataques sorprenden a las defensas libias sólo de madrugada? ¿Será que la administración Obama espera que a sus fuerzas les lleve tanto tiempo volver a casa como a Odiseo? ¿Será nada más que otro intento de edulcorar una acción que sin duda se llevará la vida de cientos y cientos de civiles?

Según Africom, la pata militar estadounidense en el vasto continente africano (cuyas oficinas, vale decir, están en Alemania) el nombre no significa nada y fue generado básicamente por una computadora. En efecto, en el año 1975 se creó un sistema llamado Code Word, Nickname and Exercise Term System, NICKA, a través del cual el Departamento de Defensa asigna a los distintos comandos apostados en todos los continentes una secuencia aleatoria de letras para bautizar sus operaciones militares. Esto no significa que el NICKA genere los nombres; es más bien un método automatizado para validarlos y almacenarlos, es decir, para darles luz verde tras comprobar que no se repiten y que se ha respetado la secuencia de letras asignada. Africom podía elegir esta vez entre las siguientes: JS-JZ, NS-NZ y OA-OS. Se decidieron por el último set, con “Odisea”. La segunda palabra puede ser escogida al azar; así es como quedó “amanecer”.

Aseguran que Odisea al amanecer no significa nada, pero el pathos, esa cualidad retórica de apelar a los sentimientos, tiene una presencia innegable. El nombre recurre a la atractiva ambigüedad de las emociones: hace referencia a un gran trabajo, pero no a una guerra; hace referencia al momento del día que todos esperamos tras una mala noche, a la renovación, a la promesa de empezar de cero. Pero sobre todo, parece ser el título apropiado para una acción que ha contado con el impulso y el beneplácito de un presidente que ha ganado el Premio Nobel de la Paz.

La que podría ser una muy interesante historia de los nombres de las guerras no está tan sistematizada como podría estarlo a esta altura. Si pensamos en lo que aprendimos en el colegio, los nombres de las contiendas se suscriben sobre todo al lugar en el que transcurrieron, como Lepanto, Waterloo o San Lorenzo, o bien al tiempo que duraron, y siempre bautizadas cuando el conflicto había terminado –Cien años, Seis días. Pero algunos enfrentamientos escaparon a esta la literalidad, como la muy desconocida Guerra de la Oreja de Jenkins cuyo nombre hacía referencia a su supuesto instigador, es decir, a un eufemismo. Robert Jenkins, un pirata escocés devenido en capitán, se presentó en la Cámara de los Comunes de Gran Bretaña en 1738 para denunciar que los españoles le habían cortado una oreja en la zona caribeña en 1731. La guerra se declaró casi de inmediato, duró nueve años, fue desastrosa para Gran Bretaña y, desde luego, tuvo menos que ver con la mutilación de Jenkins que con los intereses económicos en la zona.

En la era moderna, los primeros en emplear un nombre en código que fuera algo más que un código incomprensible fueron los alemanes casi al final de la Primera Guerra Mundial, conocida durante su transcurso como La Gran Guerra. La ofensiva alemana utilizó nombres míticos y religiosos para bautizar sus últimas operaciones, como Alberich, San Miguel y San Jorge, más conocida como la Batalla de Lys y que al retraerse en sus aspiraciones, terminó en el femenino Jorgelina.
Cuestión de imagen

Durante la Segunda Guerra Mundial los nombres de las grandes operaciones tendrían la función explícita de alentar y enaltecer a las tropas. Winston Churchill fue un apasionado del tema: dio instrucciones para que las acciones en que un gran número de soldados podía perder la vida no llevasen nombres que sugirieran demasiada seguridad en uno mismo, ni fuesen frívolos ni resultasen humillantes para los deudos. Por ejemplo, habría que evitar a toda costa que una madre dijera que había perdido a su hijo en una operación llamada “Alboroto”. Pero Churchill violaría su propia premisa de templar la autoconfianza al ser el responsable directo de que el desembarco aliado en Normandía en 1944 se llamara Overlord, cuya traducción es algo así como “más supremo que el supremo”. Unos meses después, Japón, que acostumbraba numerar o dar códigos alfabéticos a sus operaciones, bautizó su ofensiva contra los aliados en el Golfo de Leyte como Victoria, famosa por su despliegue sistemático de kamikazes.

Esos nombres no llegaban al ciudadano común, nadie más que los implicados conocían los títulos Overlord, Victoria o el hitleriano Barbarossa. Sólo después de 1945 el Departamento de Defensa estadounidense (entonces llamado Departamento de Guerra) dividiría los títulos de sus campañas en dos alternativas: los códigos y los apodos o nicknames. Los códigos son para uso interno y no llegan al conocimiento del civil común. Los nicknames, en cambio, tienen la misión de moldear actitudes y opiniones, y se convertirían en una táctica bélica más bajo la forma de relaciones públicas.

La operación Encrucijada, que consistió en una serie de pruebas nucleares en el Atolón de Bikini a partir de 1946, recibió ese nombre para sugerir que ante el sobrecogedor poder nuclear no sólo las fuerzas militares sino la humanidad entera se encontraba en un posible punto de no retorno. Dos denominaciones que causaron malestar en las buenas conciencias norteamericanas fueron operación Asesina, durante la guerra de Corea, y Machacadora, en Vietnam. Para evitar errores parecidos en el futuro, el Departamento de Defensa estipuló que en adelante las operaciones no expresarían “un grado de belicosidad que fuese inconsistente con los ideales tradicionales de Estados Unidos o su política exterior”. El nombre de la invasión a Granada de 1983, Furia Urgente, inauguraría definitivamente la combinación del método NICKA con esa prosopopéyica creatividad a la que pronto nos acostumbraríamos y además subsumiría guerras e invasiones al rango de operaciones. La invasión de Panamá de 1989 se llamaría Causa justa, la Guerra del Golfo, Tormenta del desierto, acciones contra objetivos serbios durante la guerra de Yugoslavia, Fuerza Resuelta. La Guerra en Afganistán tras el 11-S, se llama, hasta hoy, Operación Libertad duradera (iba a llamarse Justicia infinita pero concedieron que a esta sólo puede administrarla Dios).

Si Churchill viviera, probablemente pensaría que Odisea al amanecer y Libertad duradera son nombres pomposos y floridos que no conmueven a la opinión pública y, sobre todo, que en nada mejoran la moral de los combatientes. Y quizá repetiría ante la comunidad internacional una de sus célebres frases: “No importa qué tan bella sea la estrategia, de vez en cuando hay que fijarse en los resultados”.

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