El polvorín

La cacica - por Graciela Azcárate

22 Febrero 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Historia de vida
La cacica
La cacica Gaitana, heroína indígena colombiana del siglo XVI (Fuente externa)
 
 

“...Padre ai lemando bender una cautibita en siento sincuenta pesos y dos Corte de paño fino yo espero este fabor de U. Que me aga por que etoy muy pobre ...”

 

(Carta de Manuel Baigorrita, Poitagué, 4 de marzo de 1878, al padre Marco Donati) Cacique ranquel asesinado en 1879 por el ejercito de Julio Argentino Roca.

 

Confieso que las páginas interactivas me seducen. Una vez que ponen los textos espero impaciente los comentarios. Me encantó a rabiar cuando un amigo cubano después de un coño cubanísimo me dijo que mis historias de vida tenían la cualidad de destriparlos a todos. Otra lectora interactiva también cubana me escribió que la crónica de ese día había sido brutal refiriéndose a “Esos recuerdos…que se aparecen”.

 

Me acorde de Herta Muller que relata en una entrevista que al morir el padre ella empezó a escribir por primera vez para saber quién era, también dijo que escribir para ella es un tormento.

 

Escribo desde los seis años en me llevaron a la escuela primaria y me enseñaron a leer y escribir. Cuando regresaba del colegio mis tías me daban la merienda y yo les leía mis redacciones. Las maestras me felicitaban, ponían notas de alabanzas y mis tías aplaudían y lloraban. Las maestras y las tías fueron mi primer y mejor auditorio interactivo. A los catorce años, mientras se desintegraba el matrimonio de mis padres yo seguía escribiendo a escondidas para comprender el desastre. Mi madre como Torquemada revisaba y quemaba todo lo escrito y estoy  segura que  si hubiera leído el mensaje a lo mejor nos hubiéramos salvado los tres. A diferencia de la rumana la escritura para mí no es tormento sino el salvoconducto para la vida. El descuartizamiento, lo brutal, lo terrible, es la realidad que me lleva la mano sobre el papel simplemente para sacar un pasaporte a la vida.

 

Lectura y escritura son mi oxigeno. Cuando escribo no lo hago para ser didáctica,  ni para dar un tono moralizante, ni siquiera para dar consejos. Es una forma de baño diario, como esa ducha refrescante que nos saca la mala onda del cuerpo, se escurre por el desagüe y nos colma de energía.

 

A pesar de los años  que tengo sigo con la misma curiosidad por las personas, la historia, mi entorno, mis amistades, mis hijos, la vida de todos los días.

 

Me gusta la gente, me sugieren cosas, me siento alimentada cuando los observo y evoco. Y no es la actitud del escritor  caníbal  en torno de un argumento para su novela. No. Es que lo que les pasa a los de mi alrededor me multiplican y explican.

 

Por ejemplo, en enero, al morir Tomas Eloy Martínez, el que fue secretario de Cultura cuando estuvo de visita y una periodista lo recordaron.  Reprodujeron entrevistas, declaraciones y fotos.

 

Es cierto.  En mayo del 2004, Tomas Eloy Martínez visitó la Feria Internacional del libro  de Santo Domingo invitado por el Banco Popular y Editorial Alfaguara. Como argentina y escritora me pidieron que hiciera su presentación y escribí un texto titulado “El espejo de Primo Levi” donde con una observación de Nadine Gordimer explico lo que es la metamir y ese espejo que refleja el escritor en sus escritos  de lo no contado y escamoteado a la realidad.

 

Al morir también  lo recordé.  Pero por distintos motivos. La única diferencia es que su muerte no me tomo de sorpresa. A final del 2009, me reencontré con gente del pasado. La impresión que me produjo ese encuentro  con hombres  argentinos de treinta años atrás me hizo preguntar que hay en el pensamiento masculino, que hay en el trasfondo de la sociedad argentina para que como una constante se reproduzcan genocidios, exilios, olvidos  sevicias, torturas, silenciamientos, linchamientos consentidos, tiros, incendios, vuelos de la muerte y desapariciones.

 

Lo que recuerdo de ese encuentro seis años atrás es que al terminar de leer mi presentación, cariñoso, me pidió que le diera una copia del texto. Me preguntó de donde había sacado eso y por qué,  cómo había llegado a Santo Domingo y si me sentía a gusto. Sin dudar le dije que era agradecida pero que me sentía una fronteriza, una extrañada, alguien en el exilio, que no es de ninguna parte, que le han hecho un lugar hospitalario pero que muchas veces no la entienden, ni ella  a ellos. No por maldad sino porque son diferentes. Pero que a pesar de eso me sentía cobijada y que nunca se me había ocurrido volver a Buenos Aires. Al despedirnos me dedicó todos los libros que guardaba de años y al entregármelos me dijo: “Disfruta de la toldería que sos la cacica”.

 

Recién entendí esa frase cuando se murió  el 6  enero del 2010 y el periódico La Nación de quien fue por muchos años su colaborador  le dedicó  un número especial. Entre los textos destacaba un texto entrañable donde recuerda a la que fue su segunda esposa.  Susana Rotker, venezolana, hija de judíos del Holocausto, veinte años más joven,  muerta en un accidente de tráfico  a la salida de un evento en la universidad de Rutgers donde trabajaban los dos como profesores.

 

Me pareció tan elegiaco el recuerdo de ese hombre por la mujer amada que busque en la red la  historia de esta escritora venezolana y encontré una monografía escrita en 1997 titulada: Cautivas argentinas: a la conquista de una nación blanca donde al fin develé por qué el 2 de mayo del 2004  me dijo que yo era la cacica y esta mi toldería.

 

A principios de año al leer los periódicos  argentinos  la crónica policial desbordaba de mujeres muertas a golpes, incendiadas con alcohol, reventadas a martillazos, mujeres de los países limítrofes traficadas para la prostitución  o encerradas en talleres de confección de ropa como esclavas, los suicidios en masa de adolescentes salteñas eran un tendal de muertes en cadena  y la  indiferencia  de la sociedad argentina  era similar a la que vivimos aquí.

 

Porque aquí los periódicos sacan a diario la crónica roja de muchachitas violadas por diputados,  embarazadas o abusadas por sus familiares masculinos,  adolescentes que dan a luz y son entregadas sin órganos , bebitas a las que les inoculan diazepan y se mueren de un paro cardiaco, pobres mujeres mendigando con su hijo tullido en una silla de ruedas mientras los funcionarios dicen que sí: que están haciendo un seminario para decidir cómo van a hacer más fácil la vida de los jóvenes, o el Ministerio de la Mujer prepara manuales para enseñarles a los periodistas como no ser sexistas en el tratamiento de la noticia,  mientras la tasa de mortalidad infantil se dispara, los abortos terapéuticos están abolidos en  la  nueva Constitución  y los titulares de la prensa vaticinan que el país puede convertirse en el país más violento del Caribe.

 

Y me di cuenta  que mi reflexión y pregunta de  principios del  2010 ¿qué se cocina en el alma de los hombres argentinos? no es asunto de argentinos  si no el problema cultural del  patriarcado. Y sé que esa palabra está tan usada  y desgastada que ya no significa nada.

 

Lo enriquecedor  de haber recordado a Tomas Eloy Martínez no fue decir que me saque una foto, me firmó los libros o la cortesía con que nos saludó  a todos por ser sus anfitriones sino lo que su literatura, su actitud como persona y como escritor nos habían influido. Por ejemplo, releí “El espejo de Primo Levi”, y me di cuenta que eso que el menciona como algo muy enfermo y perverso en el alma de la sociedad argentina era copiado como un símil por la sociedad dominicana.

 

 Ensimismada, pensando en esas cotas de horror  a las que llegan algunos hombres en su afán de poder  releí “El vuelo de la reina”  para entender o tratar de comprender por qué un periodista de sesenta años mata a tiros a una periodista  de treinta que deja de quererlo y quiere dejarlo. El personaje de Carmona y de Reina Ramis en la ficción me revivió ese estremecimiento y miedo que siempre me sacude  como si fuera una chiquilla  reviviendo el trato que los hombres argentinos dan a sus mujeres. No importa el tiempo histórico, la condición social, si es rica, pobre, de clase media, vieja, joven o niña.

 

En aquel momento, pensé que estaba marcada por la forma de ser de mi padre. Era un exiliado español. Llegó con 17 años a Buenos Aires, en 1923 huyendo del servicio militar en la guerra del Marruecos español. No era autoritario, no era invasor ni impositivo. Era silencioso, leía a todas horas, era muy culto me quería mucho  pero a su modo. Nunca alzaba la voz, era protector, le encantaba cocinar, cultivar rosas, hacer muebles de madera  y careció de la firmeza de carácter para limitar a mi madre y su locura.

 

En cambio, los hermanos de mi madre, los vecinos, el entorno masculino era una multitud vociferante, agresiva.  Los recuerdo  como una horda que me aturdía y aterraba.

 

Uno de los hermanos de mi madre, el tío Osvaldo, sencillamente me daba escalofríos. Era manifiesto el desprecio que todos esos hombres sentían por mi padre lector, silencioso y cocinero.

 

Papá se murió a los sesenta años de un paro cardiaco, diez años después  en cuanto pude me escapé de Argentina para nunca más volver.

 

Mientras reflexionaba en los hombres argentinos con los que me relacioné  pensé que siempre esas relaciones estuvieron marcadas por la diferencia entre esas distintas masculinidades en las que fui criada. Llegue a una conclusión que me pareció estremecedora pero lúcida.

 

Mientras mi padre cocinaba, me hacia los dibujos para la escuela, me contaba historias de su madre, sus hermanos y Asturias, me llevaba a nadar al Río de la Plata, me acompañaba  a una tienda de pintores y me compraba un caballete vertical pero de los caros para pintores consagrados porque la profesora de dibujo lo llamó  y le dijo que tenía talento y debía ir al taller de Demetrio Urruchua a aprender pintura, mientras él era suave y sereno, los argentinos de la familia de mi madre eran violentos, intrusivos vociferantes. Era un padre protector, encarnaba para mí el papá que nutre, alienta y  enseña para la vida. Cuando él se murió yo tenía apenas 17 años y me quedé sin protección. Para mí,  los hombres del entorno eran una amenaza  y los viví  como algo que tenía que aceptar con resignación porque no hay escapatoria. Una debe si puede elegir  de entre los lobos el menos lobo de la manada para que te proteja y  lo elige aun sabiendo que después te va a comer.

 

El libro de Susana Rotker narra en el marco de la historia y el desarrollo de la campaña del desierto y de la conformación del Estado Liberal cómo son las relaciones de poder, de dónde sale la mano de obra esclava y de paso nos explica la larga historia del feminicidio argentino.

 

Que no es más que la larga historia del feminicidio de  la mujer en el mundo y a través de los siglos.

 

El libro de Susana Rotker, es extenso, minucioso y de una lucidez extrema. Describe  a esa mujer blanca que se convierte en cautiva y va a dar a la toldería del indio  y que en su cautiverio y olvido cuestiona el orden y las posesiones de los padres de la patria. Se silencia el olvido.

 

Se silencia que esa mujer se libera en la toldería, que su cacique la cautiva sexualmente, que se convierte en la cacica que ama a su compañero de piel cobriza, a sus hijos mestizos, que prefiere el desierto, la toldería, la intemperie y la rudeza de las costumbres nómades a la sevicia del  hombre blanco en la ciudad.

 

Lo extraordinario de esa monografía es un párrafo que me electrizó: “Este silenciamiento es único, por sus extremos, en todo el continente”

 

Y agrega: “Argentina es el único país de las Américas que ha decidido, con éxito, borrar de su historia y de su realidad las minorías mestizas, indias y negras. (…) Es como si las minorías raciales nunca hubieran existido. La negación ha sido una de las estrategias para lograr su desaparición. Se ha callado u omitido una realidad, excluyéndola de la tradición y de la historia. El silencio ha tenido consecuencias asombrosas para toda forma de heterogeneidad en la Argentina: a los indios, exterminados, no se les concedió ni siquiera el mito de los orígenes y es rara la historia argentina que comience mucho antes del período de la Independencia de España. A los negros se los fue eclipsando lentamente y por completo, mediante una política de blanqueamiento aún más exitosa que las guerras de exterminio. Luego de la Conquista del Desierto comandada por el general Julio A. Roca, se inició una política tan vigorosa de sustitución de la población local que hacia 1914 el 30% de los habitantes había nacido en el extranjero. Los afroargentinos "desaparecieron" a un ritmo asombroso: a comienzos del siglo XIX una de cada tres personas de Buenos Aires era negra, mientras que a fines de la década de 1880 la proporción se redujo a menos del dos por ciento”.

 

David Vinas , en “Indios, ejércitos y frontera” habla del “discurso del silencio” o silencio cultural sobre el exterminio de las poblaciones indígenas, los llama,  en un significativo  gesto de espejos que se repite, “los desaparecidos de 1870” y es esa costumbre de “desaparecer”  franjas sociales  que no corresponden con la imagen que la  nación  quiere tener de si,  remite  también a los miles de desaparecidos  un siglo después durante la llamada guerra sucia de la dictadura militar de 1976 a 1983.

 

Se niegan fragmentos del pasado o del presente, se evita la negociación, “no importa si hubo desaparecidos y  culpables invictos, una y otra vez se impone el principio  de organización restrictivo: “y aquí no ha pasado nada”.

 

“El tema es incómodo: se trata de mujeres blancas, “una cautiva” en tierra de infieles, de victimas a la fuerza que desaparecen para la sociedad de “la gente decente”.

 

Los indios desaparecen, los negros desaparecen, las mujeres blancas de la frontera también desaparecen de la realidad y de la historia. No se habla más.

 

 “Vastos sectores  sociales son barridos a conveniencia, pero entonces, la identidad de una nación se define mediante negociaciones, sus rituales, por la forma en que inventa sus tradiciones, por sus prácticas sociales. Y por sus pactos de silencio”.

 

Cuando leí lo que dice Susana Rotker de las cautivas de 1879, me di cuenta lo importante que es que recordemos el paso de Tomas Eloy Martínez por la feria del libro de Santo Domingo. Porque lo relevante no es la foto o lo que escribimos o nos dijo sino como nos cuestiona como país en esa identidad que surge  desde la negación.

 

“Repensar hoy esa identidad nacional obliga a eludir los marcos oficiales en busca de los restos, de las huellas de resistencia, de lo que no se deja olvidar”

 

(…) “La palabra escrita equivale a los rituales de la tribu, en el sentido que prolongan roles, refrescan tradiciones, dan sentido de pertenencia y de diferenciación. Hay recuerdos que producen un dolor intolerable y por eso no se habla de ellos; otros no encajan con la visión del mundo o de sí. Actuar sin registro ni rituales no quiere decir que no existan en la memoria y que, como los traumas y los tabúes, puedan muchas veces significar más sobre nuestra identidad que los esquemas  que se ven en la superficie. Entonces no se trata de un olvido real, sino de un modo de encubrir, de defender, de rodear, de construir alrededor de lo Real”.

 

Las cautivas, tanto las de hace ciento veinte años en el sur como las cautivas del Caribe vuelven como los muertos en vida.

 

Ellas quieren hacer oír de verdad lo que tienen que contar.

 

“Oír exige cambiar, llevar a la práctica la responsabilidad: la capacidad de compartir, de responder, de ponerse en la situación  del otro. Pero esa capacidad parece superar siempre  a las sociedades”.

 

(…) “La cautiva, aunque fue uno de Nosotros, ha pasado a ser Otro, tanto como los salvajes que hay que borrar del presente y de la historia”.

 

Por correspondencia,  porque soy una cautiva  huida del sur, devenida cacica en una toldería del Caribe pensé en Anacaona  y las indias tainas traicionadas  y quemadas en la hoguera;  en esa abuela negra, secreta y oculta  detrás de la oreja, detrás de unos cabellos crespos y una boca generosa  que me susurra cosas del pasado africano, esos pactos del silencio  que el colonizador  de aquí no quiere oír.  Cosas que yo puedo escuchar, toda oídos,  piedad y empatía,   precisamente para escribir contra el olvido.

 

 

Fuentes: Cautivas argentinas: a la conquista de una nación blanca. Susana Rotker. Rutgers University.

Graciela Azcárate

 

Publicado en Periódico 7 Días

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