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El polvorín

LA MENTALIDAD CAPITALISTA RETROCEDE ANTE LA SENSATEZ

20 Agosto 2013 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

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Caso 1: He visto crecer el modesto autoservice de mi amigo apodado “Cacho”, hasta convertirse en todo un supermercado , sin perder el aire de comercio de barrio, que tal vez sea uno de los secretos de su éxito. El otro día me dijo: “Vamos a empezar a cerrar los domingos”, y sin que yo le pidiera explicación agregó: “Vamos a trabajar de lunes a sábados y los domingos a disfrutar un poco… ¿Qué te parece?” Por supuesto que mi respuesta fue entusiasta. “¡Bien Cacho! Me parece excelente”.
Caso 2: Pocos días después, me dan la siguiente noticia en la rotisería donde suelo comprar algo a la pasada para casa: “Trabajamos hasta el 15, vamos a cerrar este negocio y tratar de disfrutar un poco más.” Felicité también a Marina, la propietaria del negocio, quien me dijo que se había dado cuenta de que estaba dedicando demasiadas horas a trabajar, porque además de la rotisería tiene otro negocio. “Nos vamos a quedar solo con la panadería y vamos a ver si tenemos algún tiempo libre, sino ¿Cuándo vamos a disfrutar un poco?…” agregó.
Caso 3: Uno de mis hijos llega a casa con la noticia: “¿Sabés lo que me dijo el hombre del lavadero? Que por ahora no está trabajando porque en invierno está muy frío y tiene que cuidarse, que en cuanto mejore el tiempo, abre de nuevo… yo lo felicité…”, se anticipó a decirme sabiendo mi reacción. El vecino que lava autos ya es veterano y no depende del lavadero para vivir, por lo que este invierno decidió trabajar menos y disfrutar más.
Caso 4: Cristina tiene un negocio de venta de telas y el otro día me dijo: “No abro más los sábados de tarde. Voy a tratar de hacer lugar para disfrutar de las cosas que me gustan y la tienda me está consumiendo demasiado tiempo.” De nuevo felicitaciones de mi parte, y ahí sí, ya me decidí a escribir un artículo sobre el lugar del trabajo en la vida de la gente.
Pero será otro día. Ahora quiero solamente disfrutar este momento de sentirme rodeado de personas que sacan cuentas del dinero que podrían ganar trabajando más, y entienden que no vale la pena.
Por supuesto que estamos hablando de personas con necesidades básicas satisfechas y que no van a caer en pobreza por dedicar menos tiempo al trabajo. Estamos observando la conducta sensata de gente que se resiste a trabajar más de lo necesario. Habrá casos de personas que tienen ingresos tan bajos que sencillamente no pueden achicar su rutina laboral, y a esas personas no les vamos a pedir que pasen necesidades para tener más tiempo libre. Son personas que lamentablemente están siendo abusadas por el sistema que menosprecia el valor de su tiempo y energía, lo cual es motivo de otro análisis que no es el de esta nota.
Lo que hoy quiero compartir es una observación que me parece interesante: Hubo un tiempo en que se pensaba en que cuanto más trabajaba una persona, más respetable se hacía. La sociedad idealizaba el trabajo y condenaba el ocio, de tal modo que si alguien tenía varias ocupaciones laborales y se la pasaba todo el día y toda la semana “laburando”, era reconocido socialmente como alguien que estaba actuando bien, hasta como un ejemplo de ciudadano responsable.
Hoy es otra cosa. Si alguien se dedica solo al trabajo remunerado, ya empieza a ser visto como un desequilibrado, porque proyecta la imagen de alguien que no está disfrutando de su vida.
Los tiempos han cambiado, felizmente. No dejo de reconocer que se ha mercantilizado el tiempo libre y es un negocio lucrativo vender vacaciones y recreación en general, pero no es el caso de los cuatro ejemplos que abren esta nota. Mis amigos lo que quieren es tener más tiempo para estar con sus seres queridos, para sentarse a la mesa y  saborear los alimentos sin estar mirando el reloj, darse tiempo para las cosas gratuitas que son el placer cotidiano. Ello sin descartar que viajen y hagan turismo, pero sin apuro.
Por eso celebro que en su caso, está cayendo el paradigma que entrampó a muchas generaciones haciéndolas funcionales al sistema capitalista que pretende sumergir al ser humano en su aparato económico hasta reducirlo a un generador/consumidor de dinero, monopolizando su tiempo –hasta su tiempo libre- y energías. Un sistema que pinta las vacaciones y las licencias, como un breve paréntesis en el calendario, tras el cual hay que volver al yugo, para hacer dinero con el que poder consumir cada vez más.
¡Qué bueno que la gente priorice el placer cotidiano y el derecho a disfrutar de la cosas gratuitas de la vida!
Todavía quedan estertores el viejo discurso moralista que decía: “Primero el trabajo, después el placer.” Cuando se invita a alguien para una actividad social, todavía se acepta como buena excusa la frase: “perdoname, me encantaría, pero tengo que trabajar”. Todavía el trabajo es una prioridad para mucha gente que desactiva planes de paseos o diversión, ante el imperativo de cumplir con las responsabilidades laborales. Pero eso está cambiando.
Aún insiste el sistema capitalista tratando de instalar la idea de que el empleado más dedicado recibe premios y promociones que lo colocan en situación más cómoda y privilegiada. Se sigue intentando hacer creer al trabajador que hay que llevarse trabajo a casa para ser el mejor de la oficina y ganar un ascenso, para demostrarle al jefe o a la empresa el compromiso de lealtad que hace elegible a un funcionario para ganar prestigio y más dinero.
No es fácil matar ese virus materialista que había infestado nuestra sociedad creando el contraste entre el trabajador que prospera y el haragán que desperdicia su tiempo. ¡Qué útil le ha sido al sistema durante muchos años predicar que la laboriosidad se premia y el ocio se castiga!
Pero la gente se está avivando. Se ha dado cuenta que tiene derecho a organizar su vida sin que necesariamente el trabajo y el dinero sean el eje central. Empieza a asumir que sus padres y abuelos fueron engañados y explotados mediante el verso de que quien más trabaja y más dinero gana es el más inteligente.
El trabajo dignifica, es cierto, pero vivir para trabajar degrada. Como en todas las cosas, el punto límite entre la dignidad y la degradación, cada cual deberá encontrarlo.
Por eso me dieron una alegría Cacho, Marina, Cristina y el hombre del lavadero. Asumo que ellos lograron organizar su vida de tal modo que le dedican al trabajo el tiempo necesario y no más. Lo que es decir que tienen como prioridad no el ganar más dinero, sino disfrutar de la vida, dos cosas que el sistema capitalista pretende presentar como si fueran sinónimos.
Aníbal Terán Castromán

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