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El polvorín

La Ñ del coño

15 Agosto 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

 

Ilustración: Jane MarinskyLa Ñ del coño

Si esta semana que viene
No pego aunque sea un quinto
A “San Cono” yo le pinto
La raya sobre la ene
Graterolacho (humorista)

Si me hubiese educado como niño bien, en colegio privado de curas, quizá escribiría mejor y hablaría como Dios, pero vengo de la estratosfera subterránea del barrio, del suburbio sur de Valencia. Como pude me hice con un vocabulario y a fuerza de leer en demasía descubrí la hechicería intrínseca que las palabras encierran. Gracias a la lectura pude salvarme de escribir como un camionero, aunque en mi estilo asome entrelíneas la lírica barriobajera, el sahumerio lírico y pagano que se respira en la calle.

Como lector no enamorarse de las palabras es casi imposible. De este amanerado amor por las palabras vino a rescatarme Cioran: “No es verdad que un poema se haga con palabras. Nada se hace con palabras. Las palabras son accesorios o pretextos”. Como escritor uno sólo intenta descubrir en la carne del lenguaje el hueso vivo de su metáfora, para enriquecer la vida a través de un discurso envolvente y sorpresivo. Los escritores son, por encima de sus pequeñeces humanas, lenguaje. Algunos terminan como clásicos archivados en la academia y otros como mandaderos del poder, como cortesanos lingüísticos convirtiendo la literatura en un espejo acuoso de su servilismo bien administrado.

Borrar el idioma, que es algo así como el tatuaje que define determinados grupos, es una forma sutil de asimilar dichos grupos, de quitarles su autonomía expresiva. Hace algún tiempo hubo un debate abierto en el mundo por la letra eñe. Cuando de mercado se trata todo lo otro se considera prescindible. Eliminar la eñe no era una necesidad académica, mucho menos una exigencia lingüística, sino un requerimiento práctico del comercio de computadoras. Para los fabricantes la letra eñe era una letra incómoda, además como no se utiliza en muchos otros idiomas del orbe lo mejor era eliminarla. Sin embargo, sacar de circulación la eñe es disminuir nuestra herencia castiza. No sin razón Francisco Umbral escribió: “Si nos quitan la eñe nos quitan el coño. Pruebe usted decir córcholis, caramba, cáspita, como si fuera del Opus. Sin coño esto se convertirá en un país de sotosacristanes, pues nuestra gran literatura y nuestro genio conversacional están hechos de tacos, que son el castellano otro, el fondo más hermoso, expresivo y violento de Cervantes, Quevedo, la poesía satírica y el género chico o canalla...”.

Si quitan la eñe desmantelan varios siglos de cultura hispánica, desmontan el ardor de expresarnos con irredenta sonoridad. Por décadas en nuestro país hemos sido cómodos/perezosos para utilizar con propiedad la lengua y hablamos con una desabrida desproporción. La insustancialidad del habla delata sólo la insustancialidad de sus usuarios. La carencia de una estructura compleja en materia de lenguaje conlleva a una raquítica estructura en el pensamiento. Aquí el léxico es pobre, la sintaxis carece de exhuberancia e inteligencia. Estamos aferrados al lugar común, las interjecciones y las palabrotas como muletillas. Nuestra miseria mental queda al descubierto cuando echamos mano del refrán y la frase hecha para expresarnos.

Cuando de escribir se trata la cuestión adquiere niveles rojos de alarma. Somos unos ágrafos disfuncionales a la hora de producir textos con parámetros mínimos de riqueza gramatical y expresiva. Ni se hable de entender algún escrito de cierta frondosidad intelectual y filosófica. No sólo muchas personas del común son incapaces de entender textos, sino que en el sector académico (maestros, profesores, universitarios, etc.) el panorama encrespa y da escalofríos. Los almidonados y vetustos clásicos en la Academia de la Lengua ni se enteran de que el idioma se encuentra amenazado por el mercado y por la simplificación abrupta a la que se le somete a través de la comunicación teleinformática.

Uno que sólo cree ya en las academias para aprender a conducir, sabe que los escritores son idioma, que la juventud con sus inventivas con el léxico son idioma, que el lenguaje busca sus espacios, sus ghettos humanos particulares para remozarse lejos de los académicos y muy cerca de la jerga caliente, diaria, del trapicheo vivencial convirtiendo a las palabras en herramientas vivas no ya tanto para comunicarnos, sino para metaforizar nuestros horrendos y sicóticos días.

A través de un correo electrónico una lectora española me escribió colérica (por haber escrito una hostia a Salvador Dalí y no una oración de pleitesía) que yo no era nadie, que no era escritor si acaso un patético comecoños de mierda. Quizá tenga razón y es que el coño es tan sonoro, carnoso y seductor. Y no me refiero a la palabra. Detrás de las palabras está la vida y cualquier retórica parece sobrar, o sea.

 

Tomado de Ciudad Letralia

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