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El polvorín

La pipa de Magritte

23 Septiembre 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

 

  
Martes, 21 de Septiembre de 2010 09:13
nenequierecomida1(APe).- Cuando el pintor surrealista francés René Magritte escribió debajo de un cuadro en el que se veía una pipa, “esto no es una pipa” revolucionó a conciencia el mundo de la comunicación. Nos demostró con la crudeza de la cachetada que la imagen de una pipa no era a en verdad la pipa.

Perder de vista esa mirada de la realidad nos suele hundir en la no comprensión o, al menos, nos lleva a analizar apenas una o dos piezas perdidas del puzzle de nuestros días. Accionar el botón de encendido de un televisor a la hora del informativo nos zambulle de lleno en un universo veloz de imágenes que se multiplican hasta la confusión. Ver al movilero de turno corriendo detrás de una mujer que acaba de ser víctima de un robo suele deparar una escena que se repetirá hasta el hartazgo. “¿Fue un menor?”, “¿La golpeó?”, son dos constantes en el vocabulario de manual.

La imagen de la pipa no es la pipa, repetía sabiamente Magritte. Y cada estadística puede ser la imagen aunque no necesariamente es la pipa. “Menores cometen cuatro de cada cien delitos en la Provincia”, “En el primer semestre de 2010 hubo 13.000 delitos cometidos por menores”, “87 asesinatos fueron perpetrados por menores en lo que va del año” son títulos reales o posibles para una realidad de violencia que puede ser mirada desde un prisma que ofrece distintos posicionamientos.

Daniel Míguez, sociólogo y antropólogo, define que “si hay algo sobre lo cual la opinión pública parece estar segura en la actualidad es que durante los últimos años la delincuencia juvenil ha crecido y mucho: hay una extendida convicción de que estamos cada vez más expuestos a ser asaltados por jóvenes pobres, drogados y desesperados y, por la misma razón, a sufrir algún tipo de daño físico durante el ataque a producirse”.
Y el “en vivo y en directo” de los medios nos devuelve una escenografía sangrienta que capta a la víctima -que en su rol de víctima está lógicamente devastada- en un estado de desesperación y de sugestión dignos de aquella “Intriga internacional”, de Hitchcock en la que Cary Grant aparecía en la tapa de los diarios con una cuchillo en la mano al lado del diplomático asesinado. ¿Quién podría creer luego en su inocencia si acababa de ser legitimado por un diario?

El problema de fondo, sin embargo, no es ése. Nadie podrá dudar de la veracidad de una estadística, no importa el casillero en el que se ponga el acento. Nadie podrá dudar de la culpabilidad de la víctima si el dedo mediático le asesta el mote de “asesino”. De eso no se vuelve.

De qué se habla cuando se habla de delitos. Y, en particular, de qué se habla cuando se analiza el universo delictivo de chicos y adolescentes. Qué aspectos se están ocultando y cuáles se están resaltando. Qué se busca y qué se termina generando.

Nada de todo esto implica que se trata de desoir la realidad. Que hay que colocarse anteojeras que no permitan ver cómo muchos cachorros nacidos y crecidos en el ojo de tormentas violentas paridas por el sistema terminan robando, consumiendo drogas y, algunas veces, también matando. Pero hay preguntas que no se encuentran e interrogantes que no se responden.

Los datos de la Procuración General de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires arrojan que en el primer semestre de 2010 hubo un total de 330.000 causas penales. Y que de ese total, había 13.000 abiertas en el Fuero de Responsabilidad Penal Juvenil. Es decir, por delitos cometidos por menores de 18 años o bien por delitos cometidos conjuntamente entre menores y mayores de 18.

Algo más del 43 por ciento de esas 13.000 fueron delitos contra la propiedad. Pero ahí, en ese perfecto espejo del despojo, no está puesto el acento de los distintos análisis mediáticos. El acento está colocado en los 87 homicidios consumados y en las causas por “delitos contra la integridad sexual”. Con un detalle a tener en cuenta. Se resalta que fueron globalmente 360 casos pero luego, recién luego, se aclara, que fueron 28 las violaciones.

Las encuestas son como las estadísticas. Valen por aquello que se acentúa y por aquello que se minimiza. Y, obviamente, según quién la lea será la realidad que surja. De todos modos, resulta interesante la encuesta que publicaron diversos medios hace unos días: “En relación a la provincia, el principal problema mencionado es también la inseguridad (37%), seguido por la educación (16,2%) y el desempleo (14,9%). Los problemas económicos agrupados alcanzan el 30% de las menciones. En cambio, a nivel personal, en los hogares, la principal preocupación de los entrevistados es la problemática económica, con una suma de 70% (aumento de precios un 47,5%, la falta de trabajo un 17,1% y la pobreza un 6,4%). En tanto que la inseguridad sólo suma 12,2% de las menciones”. Y la conclusión final que se daba era: “La contradicción entre lo que los ciudadanos reflejan de su preocupación por el país y la provincia, versus su situación personal, tiene que ver con el probable influjo de los medios de comunicación en su tratamiento de los temas de inseguridad”.

El surrealista Magritte, además de pintar y escribir esa simbólica frase de la pipa, desnudó alguna vez que “cada cosa que vemos cubre otra y nos gustaría mucho ver lo que nos oculta lo visible”.

Lo visible es el delito. Ese delito joven y atroz que veremos repetirse en la imagen televisiva hasta el hartazgo. Pero qué es lo que oculta eso que nos ponen una y mil veces delante de los ojos. Qué historias que podrían haberse torcido por fuera del espectáculo mediático. Historias de chicos invisibilizados por los medios pero fundamentalmente por un sistema que les puso a la mano la destrucción. Que los rodeó de un techo que se cae a pedazos, que le hachó las patas a la mesa cotidiana del almuerzo, que le censuró los libros porque se los hizo ajenos desde siempre, que los privó de la ternura y del sueldo a fin de mes de su padre o de su madre. Que les arrebató las canciones de cuna porque antes aún les destruyó la familia porque les hizo saber que no tenían lugar en esta tierra de soles y semillas. Y que después, les puso un arma en la mano o unos cigarrillos de paco que le abrieron definitivamente la puerta del infierno transformando sus días en un espectáculo de finitud en tiempo real.
Tomado de Agencia de Noticias de Niñez y Juventud Pelota de Trapo (APE)

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