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El polvorín

La revuelta árabe

28 Febrero 2012 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

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Víctor de Correa-Lugo*

Lunes 27 de febrero de 2012

Un fantasma recorre el mundo árabe, el de las protestas. Contra ese fantasma han tratado de posicionarse en santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, los Estados Unidos, Israel, los sindicatos y las asociaciones, el mundo musulmán y el cristiano, y de este hecho se desprenden dos consecuencias: a) que las revueltas árabes se hallan ya reconocidas como un poder real por todas las potencias y b) que ya es hora de que los árabes expresen a la luz del día y ante el mundo entero sus ideas, sus tendencias, sus aspiraciones, saliendo así al paso de esa leyenda del espectro musulmán. Esta paráfrasis de Marx no es menos cierta en el caso que aquí nos ocupa.


El mundo árabe ha cambiado en pocos meses: cuatro gobiernos han caído (Túnez, Egipto, Libia y Yemen) y en otro existe una violenta represión (Siria). Las marchas van y vienen en el resto de países (Marruecos, Argelia, Jordania, Bahrein) y la promesa de reformas para contener la inconformidad es una constante.

Las protestas han ido fortaleciendo una conciencia en la sociedad árabe sobre su capacidad movilizadora. Hubo otras revueltas previas, algunas de ellas jalonadas por agendas islamistas, como fue el caso de Siria en 1982 y de Libia en 1996, que terminaron en masacres.

También anteriormente hubo acciones del movimiento obrero, como es el caso de las protestas de trabajadores del textil en 2008 en Egipto, que lograron ganar la solidaridad de las juventudes y que, en últimas, alimentaron el germen de la protesta contra Mubarak. Igualmente, el movimiento de jóvenes, a través de las llamadas nuevas tecnologías, estuvo muy activo desde mucho antes de las protestas actuales, mediante páginas webs, blogs, comunidades en Facebook, etc.

Pero estos tres sectores de la protesta (musulmanes, obreros y jóvenes) no son los únicos que esta vez se han movilizado, sino que las protestas unen a un abanico de sectores, a los que debemos añadir las organizaciones de derechos humanos, académicos, universitarios y la gente en general, con agendas igual de disímiles. Aunque se enhasta el humo de los combates en Trípoli, pasando por las manifestaciones en Egipto. Pero estos estallidos no hubieran sido posibles sin un antes de injusticia, marginación y persecución de minorías, violaciones de derechos, pobreza y dictaduras.

CONTEXTO GENERAL

Estas décadas de ausencia de democracia no hubieran sido posibles sin, entre otras cosas, la complicidad internacional: el papel de China en Sudán, de Francia en Argelia, de los Estados Unidos en Egipto y de Italia en Libia. El apoyo internacional es parte de la ecuación de las dictaduras. Pero el error de culpar solo al colonizador es una fórmula tan simple como errónea. Un argumento sencillo es constatar que uno de los dos únicos países no colonizados de África, Etiopía (aunque no es árabe), sufre de los mismos problemas de injusticia, hambrunas, represión y falta de democracia que sus países vecinos. En este sentido, es cierto que la delimitación de fronteras creó unos límites a los pueblos, pero también es cierto que los líderes árabes han reproducido hasta la saciedad el mal ejemplo del colonizador. Bélgica, Francia, el Reino Unido, España, Italia, pusieron lo suyo, pero Gadafi, Mubarak, Al- Bashir, Saleh, Mohamed VI, Buteflika, Ben Ali, Al-Khalifa y Al Asad no son europeos.

 

El mundo árabe no ha sido precisamente un paraíso democrático. La permanencia de los mismos líderes en el poder por décadas sigue siendo una constante en el Norte de África y en Oriente Medio, donde las noticias sobre los mandatarios repiten los mismos apellidos año tras año”. A las autocracias se suman la falta de libertades, la corrupción, la concentración de la riqueza en pocas manos y la respuesta represiva de los regímenes ante la movilización social.

Esta cadena de protestas nace en un mundo árabe cada vez más cuestionado por la falta de democracia, tanto desde fuera (lo que no es novedad), como desde dentro (lo cual ha ido creciendo en los últimos años) de los 21 estados que constituyen el mundo árabe (más Palestina). El autoritarismo ha sido una constante en una región que dista mucho de ser homogénea. El mundo mira lo que pasa en Oriente Medio y el Norte de África por muchas cosas, entre otras porque allí se concentran más del 60 por ciento de las reservas de petróleo conocidas. Apesar de tal riqueza, el mundo árabe tiene una de las tasas de desempleo más altas del mundo, en especial, entre la población joven. En los regímenes del mundo árabe hay una familia dinástica (Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Marruecos), un partido (Iraq, Siria, Egipto), o un líder carismático (Libia) pero siempre, detrás, hay un ejército. Ben Ali duró 22 años en Túnez; Hosni Mubarak 30 años en Egipto; en Siria gobierna primero Hafez Assad y ahora (desde el 2000) su hijo Bashar Assad; Ali Abdullan Saleh estuvo al frente de Yemen desde 1978; Gadafi llevaba 41 años en el poder en Libia; Mohamed VI lleva 11 años reinando en Marruecos, tras heredar el trono de su padre Hassan II; en Jordania Abdallah II heredó la corona hace 12 años; en Sudán, Omar Al-Bashir se mantiene en el poder desde 1989, cuando dio un golpe de estado; y en Argelia Abdelaziz Buteflika es presidente desde hace 11 años.

Y EL MUNDO ÁRABE SE LEVANTA

En las marchas ha participado todo tipo de gente bajo lemas simples, unificadores y claros que evocan una demanda específica: cambios en el poder. Pero ese consenso no dice qué debe seguir, quién debe estar a cargo luego de los cambios, qué tipo de nuevo gobierno y un largo etcétera. Ante este panorama, los gobiernos han contestado con detenciones, cierre de Internet y envío de grupos progubernamentales en plan de rompehuelgas. A pesar de las críticas que llueven de todo lado, la represión y el desgaste pueden ser útiles para prolongar la protesta e incluso afectar sus bases.

Para mayor complejidad, las agendas cambian de país en país y hasta de momento a momento: en Bahrein pasaron de pedir una monarquía constitucional a exigir la salida de Al-Khalifa; en Palestina el problema es fundamentalmente la ocupación israelí, mientras en Yemen la oposición aceptó que Saleh se fuera a finales de 2011 antes de decantarse por una salida inmediata. Dentro de los rebeldes hay musulmanes, cristianos (Egipto), empresarios, jóvenes, desempleados, militares (Yemen), comunistas, mujeres (cuya lucha por la igualdad de género en el mundo árabe no es visibilizada con justicia), inmigrantes irregulares (Bahrein, Libia) y un largo etcétera, con banderas disímiles y hasta contradictorias entre ellas. Es tan intrusivo querer convertirse en “brazo armado de las revueltas” (en Libia) o en financiador de las reformas (en Egipto y en Túnez) como en suponer agendas de los rebeldes, desconociendo precisamente su particularidades.

En el plano internacional hay consenso en que debe haber cambios. Así lo han expresado Turquía, Irán y los Estados Unidos que, junto con Israel, son las cuatro agendas principales no árabes con gran influencia en el mundo árabe. Pero quienes están de acuerdo con el cambio no coinciden en la elección de opciones. Irán llama a una revolución como la de 1979; los Estados Unidos espera una coalición pro-Estados Unidos o, mejor aún, más de lo mismo; y Turquía se opondría a una salida musulmana y esperaría un gobierno laico o un Islam moderado, según el ejemplo turco. Israel apoya, sin lugar a dudas, el continuismo y ve las revueltas como un problema de seguridad.

RESULTADOS PRELIMINARES

A pocos meses de protestas, hacer un balance es prematuro, pero necesario: ha habido protestas en más de una docena de países, la lista de detenidos y muertos crece cada día, han caído cuatro gobiernos, varios movimientos han fracasado al menos por el momento y, lo más importante, el mundo árabe ya no es el mismo. ¿Y para qué todo esto? ¿Cuál es el resultado hasta ahora? Depende de la agenda de los manifestantes. Si el objetivo de las protestas se limita a querer tumbar un presidente, entonces podemos decir que las revueltas han triunfado en Túnez, Egipto, Libia y Yemen. Pero el problema trasciende el nombre de un presidente y apunta a una forma de entender la política. Para los que creen que bastaría con pequeños cambios prodemocráticos, Túnez se acercaría al sueño, pues ha logrado convocar a una asamblea constituyente con una incomparable participación de mujeres y rechazar medidas promercado que fueron parte de las causas de las revueltas. Para los que creen que el cambio debe apuntar a la configuración de estados confesionales donde la Sharia sea la norma fundamental, las revueltas han fracasado porque las mayorías son musulmanas pero no necesariamente confesionales. Los que, como el presidente Obama, están convencidos, equivocadamente, de que la salida al conflicto es el libre mercado, su triunfo se materializará solo cuando se abran las fronteras árabes a los mercados internacionales y se privatice lo que queda sin privatizar.❑

 

Revista Pueblos

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