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El polvorín

Lorenzo Meyer: El gato la rata y el martillo.

22 Diciembre 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

  

“La “nueva política” del presidente Obama con relación a las drogas no es tan nueva. Se parece a la que México intentó en los 1930 pero que entonces Washington combatió. Pudimos haber sido de avanzada en la política contra las adicciones, pero Estados Unidos nos paró en seco hace 70 años y hoy son ellos los que se presentan como innovadores” sostiene Lorenzo Meyer, historiador y pensador mexicano.

 
 

Obras publicadas

  • The Mexican Revolution and the Anglo-American Powers (1985)
  • Su majestad británica contra la Revolución mexicana, 1900-1950. El fin de un imperio informal (1991)
  • The United States and Mexico (1994) en coautoría con Josefina Zoraida Vázquez
  • Liberalismo autoritario. Las contradicciones del sistema político mexicano (1995)
  • Fin de régimen y democracia incipiente. México hacia el siglo XXI (1998)
  • El cactus y el olivo. Historia de las relaciones México-España en el siglo XX (2002)
by Lorenzo Meyer. El Colegio de México. The processes of economic
industrialization and modernization in Latin America
jueves 27 de mayo de 2010

La “nueva política” del presidente Obama con relación a las drogas no es tan nueva. Se parece a la que México intentó en los 1930 pero que entonces Washington combatió Martillazo

Pudimos haber sido de avanzada en la política contra las adicciones, pero Estados Unidos nos paró en seco hace 70 años y hoy son ellos los que se presentan como innovadores. Una pequeña anécdota ilustra bien lo que le pasó a México con un intento imaginativo de administrar la drogadicción. Al tratar de auxiliar a un gato que había acorralado a una rata, alguien lanzó un martillazo pero de tan mala manera que en vez de pegarle a la rata le pegó al gato; el resultado fue que ese felino nunca más volvió a intentar cazar roedores. Pues bien, en los 1930, México empezó a diseñar una política propia e innovadora con relación al consumo de drogas, con un enfoque no del todo distinto al que hoy propone el presidente Barack Obama, pero un martillazo lanzado desde Washington en 1939 hizo que el innovador no volviera a intentarlo. El tema En su discurso del 20 de mayo ante el Congreso de Estados Unidos, Felipe Calderón felicitó al presidente norteamericano por su reciente iniciativa para reducir el consumo de drogas en su país, el mayor demandante de esos productos ilegales. Si Calderón hubiera acudido a la historia, hubiera tenido que observar que el enfoque de Obama tenía antecedentes en México. Aunque claro, eso no hubiera cuadrado con su actual política sobre el tema, que sigue apegada a la que tradicionalmente Washington ha alentado en el exterior: prioridad al combate a la producción y distribución de drogas, lo que ha conducido al violento callejón sin salida donde nos encontramos hoy. El proyecto frustrado El cardenismo fue un entorno propicio para imaginar formas de mejorar la situación de las clases mayoritarias. Sin embargo, la
disparidad de poder entre México y el vecino del norte y una relación bilateral ya afectada por la expropiación petrolera de 1938, y que había tensado al máximo las variables que le daban forma, llevaron a que las autoridades sanitarias de nuestro país abandonaran sus intentos por diseñar una política propia frente a los drogadictos, una que, sin dejar de combatir la producción y trasiego, ponía el acento en el control y tratamiento de la adicción.
El proyecto mexicano fue idea del doctor Leopoldo Salazar Viniegra, responsable de la Dirección de Toxicomanía y estudioso de los efectos de la marihuana en la conducta del adicto. De su investigación concluyó, en contra de lo afirmado por Harry J. Anslinger, comisionado de la Oficina Federal de Narcóticos (FBN) del gobierno de Estados
Unidos, que esa substancia, por sí misma, no convertía a sus usuarios en dementes ni menos les inducía directamente a seguir conductas de violencia criminal. Salazar Viniegra no sólo atacó las ideas prevalecientes sobre una planta que se consideraba maléfica pero que él suponía que también podría ser útil en la industria textil,
sino que fue más lejos. Para impedir que los adictos a las drogas -los “viciosos”- se convirtieran realmente en criminales en su afán por obtener los recursos para comprar los narcóticos en un mercado controlado por
narcotraficantes -mercado aún pequeño- él mismo, como médico, firmó recetas para que varios adictos adquirieran sus drogas en farmacias, es decir, en el mercado legal.
Su idea era que el Estado se organizara para proporcionar pequeñas dosis de droga a los toxicómanos -vía el Hospital de Toxicómanos, por ejemplo- mientras se les hacía participar en un proceso de rehabilitación (Luis Astorga, El siglo de las drogas, 1996, pp. 43-46, 50-55).
Despenalizar bajo supervisión el consumo individual de sustancias como la marihuana, la heroína y la cocaína quizá hubiera abierto la puerta a un tipo de relación positiva entre autoridades y toxicómanos y la hubiera cerrado a la relación entre estos últimos y los narcotraficantes. Esto no hubiera resuelto el problema mismo, como no se ha resuelto el del alcoholismo o el tabaquismo, pero sí hubiera permitido administrarlo de manera menos violenta y más constructiva de lo que finalmente fue. México, al concluir su cambio revo- lucionario, se convirtió en uno de los países que más problemas presentó a la política antidrogas diseñada por Estados Unidos, cuyos cimientos fueron los acuerdos de Shanghai y de La Haya, de 1909 y 1912, respectivamente, y cuya meta era acabar con la drogadicción
prohibiendo y combatiendo la producción y comercialización de las drogas.
Por tanto, a partir de 1930 la FBN se encargó de presionar por la vía diplomática y pública a México, hasta que logró, entre otras cosas, que en agosto de 1939 Salazar Viniegra fuera despedido como responsable de la política hacia los drogadictos y reemplazado por alguien que siguió las líneas demandas por Washington (Encyclopedia of the New
American Nation, Narcotics Policy). En México ha revivido la idea de despenalizar el uso de montos mínimos de droga, pero ésa ya no es la política central ni tiene la audacia de la propuesta original de Salazar Viniegra que hacía del Estado el regulador del consumo de un usuario al que, además, buscaba rehabilitar.
La propuesta de Obama En el documento de 127 páginas que el presidente norteamericano presentó el pasado día 11, titulado “Estrategia nacional para el control de drogas, 2010″ (National Drug Control Strategy, 2010), se señala que cada día 8 mil norteamericanos consumen por primera vez alguna droga prohibida y que corren el peligro de incorporarse a los 20 millones de sus conciudadanos que ya usan ese tipo de sustancias y de los cuales 7.6 millones son drogadictos duros. Evitar esa “primera vez” o cortar esa conducta en sus etapas iniciales es el centro de una nueva política que considera el uso de drogas una enfermedad con bases biológicas, como el alcohol. En la introducción del documento de Obama se señala que si bien el gobierno mantiene su decisión de combatir la producción y tráfico de drogas, especialmente en la frontera sur, se ha ordenado a la agencia responsable de la
política antidrogas, la ONDCP, que rediseñe su enfoque en las áreas de prevención y tratamiento de las adicciones de aquellos que lo soliciten.
A esto, el presidente norteamericano le llamó un enfoque balanceado. Según los apéndices, del gasto total de Washington en su lucha contra las drogas, y que ascenderá a 15 mil 552 millones de dólares en 2011, el 36% se dedicará a las áreas de prevención y tratamiento, lo que en realidad es apenas un modestísimo aumento
de 0.6% respecto de 2009.
Sin embargo, en este enfoque destacan las campañas de convencimiento y de rehabilitación, pues la meta ya no es sólo acabar a sangre y fuego la estructura de proveedores sino también atacar el corazón del mercado de drogas prohibidas por el lado de la demanda, disminuyendo la clientela del mercado ilícito. La propuesta también es modesta en términos cuantitativos, pues busca reducir el universo de consumidores en sólo 15% en los siguientes cinco años, especialmente entre los jóvenes y los usuarios sistemáticos. La idea central es prevenir la adicción mediante la continuación de las políticas tradicionales de combatir la producción y comercialización de las drogas dentro y fuera de Estados Unidos pero, a la vez, creando o reforzando la información y detección temprana de uso de sustancias que conducen a la adicción, aumentando la calidad y cantidad de los programas para tratar a los ya adictos - tratamiento individual, familiar y colectivo- así como el desarrollo de sustancias que los programas médicos puedan ofrecer para
sustituir a la droga misma. Conclusiones Obviamente, una conclusión tiene que ver con los costos de una soberanía limitada
En este caso, la presión norteamericana impidió a México intentar una política que permitiera a l os enfermos de adicción a las drogas sobrevivir sin tener que caer en una relación de dependencia frente al crimen organizado.
En segundo lugar, el que México tendría que aprovechar el enfoque de Obama para repensar su propio esquema de la política antidrogas y volver a considerar las posibilidades de dar la prioridad a la descriminalización y al tratamiento por sobre el enfoque tradicional que impuso Estados Unidos al mundo en el pasado. Finalmente, el doctor Salazar Viniegra hubiera apoyado el enfoque del presidente Obama, lo hubiera considerado un triunfo personal sobre
el dogmático y poco imaginativo Anslinger, que tras su larga estadía al frente de la FBN, dejó como herencia hacer del combate a la oferta de drogas el eje de la estrategia nacional e internacional de Washington en detrimento de la alternativa no violenta: erosionar la demanda por la vía del Estado como educador y responsable del tratamiento.

kikka-roja.blogspot.com/

                               

 

 

                        

Si el sistema de partidos cumpliera realmente su función, los movimientos sociales tendrían poca razón de ser
 
 
                                                      

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