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El polvorín

MADRID NO DEJA DORMIR A SUS MENDIGOS

25 Diciembre 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica


Desde arriba, las ciudades parecen arrecifes muertos. Desde arriba, las azoteas parecen piedras de coral que han perdido su color, osamentas resignadas a su desnudez elemental. Si alargas la mano, notarás una extraña turbulencia. Es el aire sucio que extiende un manto de ceniza sobre los restos de unas vidas que pasan desapercibidas. Madrid es una ciudad en blanco y negro, un fotograma de una película neorrealista, que engaña a los transeúntes con el resplandor de sus escaparates. Los niños aplastan la nariz contra los cristales, fantaseando con un mundo inexistente. La felicidad no el destino natural del hombre. Ningún niño piensa que algún día será un mendigo. Ningún mendigo recuerda que en el pasado fue un niño. Madrid cobija mil historias desgraciadas. Madrid ya no es una ciudad con un millón de muertos. Madrid sólo tiene 651 habitantes. 651 indigentes que duermen en la calle. 651 desarraigados que luchan para no olvidar su nombre, mientras crece en su interior el sentimiento de estar fuera de todo. 651 perseguidos, que huyen de sí mismos. 651 infortunados que no existen para los más de 3 millones de muertos que se pasean por Madrid. 651 desamparados que miran al cielo y piensan que el sol ya no sale para ellos.


Los mendigos son heridas que raramente cicatrizan. Los mendigos sobreviven entre el acoso y la indiferencia. Ana Botella, delegada de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Madrid, considera que representan “una dificultad añadida para la limpieza”. Tal vez por eso la Policía Municipal ha iniciado una campaña contra los sin techo, arrebatándoles las mantas, los colchones, los sacos de dormir y sus escasas pertenencias, incluida la documentación que acredita su mermada humanidad. Todo será minuciosamente inventariado. Después caerá en el olvido. Ese olvido que sepultará a los 651 indigentes, que ahora tiritan de frío entre cartones recogidos a diario en las trastiendas de comercios y mercados. Las palabras de Ana Botella han envalentonado a los agentes, que ya no malgastan tiempo con una innecesaria cortesía. La cortesía es un privilegio reservado para los que no deambulan por las calles como un pueblo huérfano de reconocimiento y de historia, de fraternidad y de esperanza. Los mendigos ofenden a los que sueñan con jardines, donde sólo se escucha el rumor de la hierba. Los mendigos son el estruendo que nos despierta a media noche, recordándonos que el mundo no es perfecto.


La policía alega que “está prohibido dormir en la calle”. ¿Por qué escoger la intemperie cuando hay albergues que ofrecen un lecho? En la parroquia de Buen Suceso, hay tres mendigos en la puerta: una anciana rumana, que apenas habla español y que se protege del frío con un gorro de lana; un toxicómano polaco que aún conserva un aspecto saludable y un español llamado Eduardo. Apenas se comunican entre ellos. Ni siquiera comparten idioma y cada uno encara el porvenir de manera diferente. La anciana rumana no habla, pero sus ojos revelan que el futuro no le inquieta. Su tiempo casi ha terminado. El yonqui polaco esboza una sonrisa, pues su idilio con la heroína aún se encuentra en sus inicios. Conserva los dientes y una piel sonrosada de eslavo acostumbrado a las faenas del campo. Eduardo sólo lleva en la calle seis meses. Mide 1’92 y trabajaba de guardia jurado. Al principio, durmió en albergues, pero no siempre había camas disponibles. Muchas noches, tuvo que conformarse con una silla, pero dormir en una silla no es lo más indicado para un hombre de su envergadura. Sus rodillas y sus tobillos se ulceraron, su espalda se lastimó. Ahora camina con una muleta y no es improbable que haya contraído la tuberculosis. En los albergues, las toses en mitad de la noche te recuerdan que las enfermedades son la maleta de viaje de los marginados. Los albergues son lugares inhóspitos. Hay que dormir con un ojo abierto para no ser víctima de un robo. Por las mañanas, Eduardo se levantaba dolorido y angustiado. Dormir en un albergue es como dormir en un agujero excavado en la nieve durante la batalla de Stalingrado: el cuerpo nunca se relaja, la conciencia sólo se adormece. Puede suceder cualquier cosa en cualquier momento. El cansancio te destruye o te enloquece. Eduardo sólo tardó unas semanas en descubrirlo. Dejó de frecuentar los albergues y empezó a dormir en un parque, donde conoció a otro indigente. Se hicieron amigos, pero la relación no duró demasiado. Su compañero de infortunio se ahorcó de un árbol un mal día, dejándole solo de nuevo. Eduardo no ha arrojado la toalla. Piensa que aún le queda alguna oportunidad. No bebe alcohol, no consume drogas, no ha cometido ningún delito. Tal vez pueda recobrar lo que ha perdido: un trabajo, un techo, la mirada de aprobación de los demás.


Los mendigos a veces rompen su ensimismamiento. En Madrid, han recurrido a la Defensora del Pueblo, María Luisa Cava de Llano, denunciando la actuación de la Policía Municipal. Han conseguido reunir 400 firmas. La Policía Municipal niega las acusaciones. Los mendigos advierten que el frío les matará si les siguen requisando las mantas. Los agentes se encogen de hombros o les espetan: “Ese no es mi problema”. Ana Botella se ha hecho un hueco en la historia de la miseria humana. Los policías sostienen su infamia y han apaleado a su propia conciencia, hasta dejarla medio muerta. Madrid se ha estremecido al notar el roce inmundo de la maldad. ¿Habrá alguien que deshaga ese agravio? Madrid sólo tiene 651 habitantes. 651 habitantes que buscan una manta para aguantar una noche más. 651 historias cercadas por el desprecio, la crueldad, el egoísmo, la mezquindad, la avaricia y la ignominia. Esas 651 historias necesitan a 651 escritores que relaten sus fatigas, pero en España no hay 651 escritores. El verdadero escritor es un paria que deambula de un libro a otro, sin ignorar que nunca echará raíces. La Policía Municipal también le persigue, expulsándole de plazas, calles y jardines. El verdadero escritor es un judío errante que nunca pasa mucho tiempo en el mismo lugar. Nadie le quiere en su comunidad porque les inquieta su desapego, su incapacidad de olvidar que la patria del hombre es el libro -infinito y plural- y no un territorio acotado por absurdas fronteras.




Hace unos días, los agentes despertaron a gritos a un anciano con las uñas negras y el pelo enmarañado. Dormitaba debajo de una manta, con la cabeza ladeada. Le multaron por no llevar documentación y le recordaron que la calle pertenece a Ana Botella. Le requisaron la manta y le obligaron a circular. Desde entonces, Dios se pasea por Madrid, con los huesos ateridos, preguntándose si no se equivocó al crear el mundo.



P. S. "El extranjero te permite ser tú mismo, al hacer de ti un extranjero". Edmond Jabès


 
   
RAFAEL NARBONA - Publicado en Into the Wild

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