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El polvorín

Mexico - Una revisión somera de los movimientos sociales mexicanos

12 Febrero 2012 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

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Jorge Alonso

10/02/2012

 

En México no han cesado las movilizaciones surgidas en agrupaciones de los de abajo para protestar en contra de la explotación, la opresión, la dominación y la humillación. Estas movilizaciones han tenido auges y declives; han sido impulsadas por diversos sectores sociales. Aunque vayan mudando sus formas, no cesan de expresarse. Hay quienes han visto a estos movimientos desde posiciones institucionales, pero también ha habido esfuerzos por privilegiar una mirada desde abajo (Ávila et al., 2011).

A finales de los años cuarenta del siglo XX ante la política corrupta y proempresarial del alemanismo hubo repunte de movimientos obreros y de trabajadores. Las demandas principales eran aumento salarial, evitar los despidos, y la defensa del instrumento principal de la lucha obrera, la huelga. Con el alemanismo creció el desempleo, hubo freno al reparto de tierras campesinas. Se defendió a los terratenientes con los llamados certificados de inafectabilidad, y hubo encarecimiento de productos de primera necesidad. Para enfrentar el auge obrero el alemanismo se dedicó a imponer dirigencias obreras afines y a reprimir a los disidentes. Se trataba de impedir que las organizaciones obreras pensaran y actuaran por cuenta propia.

En la década de los cincuenta la situación de la población trabajadora empeoró pues siguieron elevándose los costos de la vida. En Morelos surgió un movimiento campesino que se vio orillado a la opción armada. Se le llamó el jaramillismo y después fue masacrado. Hubo movimientos cívicos que consiguieron la destitución de gobernadores muy cuestionados. Se dieron movilizaciones en contra de las gasolinas y el costo del transporte urbano. Los salarios siguieron deprimiéndose y se presentaron situaciones inflacionarias. Mineros norteños organizaron una marcha hasta la capital del país demandando mejores condiciones laborales que no fueron atendidas. Siguió la represión que obligó a que se dedicara mucho esfuerzo en movilizaciones por la excarcelación de presos políticos. Se presentaron luchas contra el aumento de subsistencias y se dio una huelga de estudiantes politécnicos. Vino la represión militar. A finales de los cincuenta el gremio ferrocarrilero emprendió una lucha exitosa por su independencia sindical, pero también fue reprimido y sus principales dirigentes encarcelados.

En la década de los sesenta se organizaron movimientos para la liberación de los presos políticos. Se expresó una importante movilización solidaria con la revolución cubana, y se creó un movimiento de liberación nacional por demandas nacionalistas y antimperialistas. Los movimientos del magisterio y el movimiento cívico navista por respeto al voto fueron reprimidos. A mediados de esa década se presentó un movimiento de médicos que exigía mejores condiciones de trabajo que también fue reprimido. Surgió una guerrilla rural. En 1968 irrumpió un emblemático movimiento estudiantil en contra del autoritarismo y del deterioro social que fue reprimido sangrientamente por el ejército. Lo destacable de ese movimiento fue su carácter horizontal. El gobierno siguió incrementando la lista de los presos políticos.

A mediados de los setenta aumentó el descontento popular. Se fortalecieron guerrillas rurales y emergió una guerrilla urbana. Fueron atacadas con la guerra sucia que implicaba desapariciones y ajusticiamientos extrajudiciales. La distribución del ingreso siguió agravándose. Otra constante fue las luchas por la excarcelación de presos políticos lograba sacar a los de las luchas anteriores, pero venían otros presos políticos surgidos de las nuevas luchas. Hubo auge de movimientos campesinos demandantes de tierra, y crecieron también los movimientos urbano-populares. Se dieron expresiones de movimientos obreros independientes del corporativismo oficial. En la segunda mitad de esa década el gobierno flexibilizó la normatividad para la creación de nuevos partidos políticos y ofreció amnistía a los guerrilleros. Hubo una reforma electoral que amplió el número de los partidos. Cuando dicha reforma se puso a prueba el abstencionismo alcanzó a la mitad de los electores. La corrupción gubernamental se desbocó.

A principios de los ochenta empezó a imponerse el modelo neoliberal que afectó a la mayoría de la población. Sobrevino una fuerte inflación que deprimió drásticamente los salarios. Hubo paros cívicos como expresiones de protesta contra las medidas antipopulares. Fueron creciendo movimientos de mujeres, y por el medio ambiente ante la fuerte contaminación de ciudades, aguas y tierras. En 1985 sobrevino un gran sismo que destruyó una buena parte de la capital del país, y algunas ciudades medias. El gobierno se paralizó y emergió una solidaridad cívica de abajo para el salvamento de damnificados y para la reconstrucción. En esta década los movimientos encontraron la forma de acuerparse en diversos frentes de lucha. El descontento popular se incrementó y se manifestó electoralmente a favor de un candidato de centro izquierda en 1988. El gobierno cometió un descarado fraude y emergieron movimientos en defensa del voto y por la democratización. Se demandaban elecciones confiables.

En la década de los noventa se recrudeció el modelo neoliberal. Las privatizaciones aceleraron la desigualdad. Unos cuantos se enriquecieron a manos llenas, y la inmensa mayoría cayó en la pobreza. Los programas estatales para mitigar la pobreza instauraron un nuevo corporativismo favorable al gobierno entre las capas de depauperados.

En 1994 irrumpió un nuevo movimiento fundamental que cambió el panorama de los movimientos expresado en la lucha del Ejército Zapatista de Liberación Nacional compuesto por indígenas chiapanecos que reclamaban justicia social, democracia y respeto a la dignidad de los indígenas; pero también proponían una lucha por democracia, libertad y justicia para todos los mexicanos. Aunque se habían concentrado en los pueblos indios, no querían luchar sólo por el bien de los indígenas sino de todos los que eran gente humilde y simple como ellos, de los que sufrían la explotación y el robo de los ricos y sus malos gobiernos. Cuando el gobierno salinista optó por exterminarlo militarmente, importantes grupos de la sociedad civil se movilizaron, detuvieron la guerra y empujaron tanto al gobierno como a los neozapatistas a buscar una solución por medio del diálogo. El zapatismo en 1994 llamó la atención sobre la temática indígena. En 1996 el zapatismo logró junto con un fortalecido movimiento indígena los Acuerdos de San Andrés que reconocían los derechos indígenas. Pero el Estado no cumplió lo que había firmado. Un año después el zedillismo alentó el genocidio con la masacre de Acteal (pues aprobó la táctica de que el Ejército desplazara a la población civil de apoyo del EZLN y se armaran bandas paramilitares para atacar a esas bases de apoyo), de nueva cuenta la sociedad repudió esa brutal acción. En 1997 los zapatistas hicieron la marcha de los 1,111; y en 1999 realizaron una consulta para ver si la mayoría estaba de acuerdo con las demandas de los pueblos indios. Posteriormente los zapatistas aceptaron la reducción de esos acuerdos en la propuesta de la ley Cocopa. En 2001 recorrió varios estados del país hasta su capital para argumentar cobre la legislación acerca de los derechos y cultura indígenas. Cuando los tres partidos traicionaron los reclamos indios con una legislación tramposa y que no los reconocía como sujetos de derechos acudieron al poder judicial. Este les dio la espalda. El Estado Mexicano en pleno se opuso a los legítimos derechos de los indígenas. Entonces optaron por aplicar de facto los Acuerdos de San Andrés por la vía de los municipios rebeldes autónomos zapatistas y por los caracoles, una instancia de organización regional. Se esforzaron porque en los municipios autónomos zapatistas fueran los pueblos los que decidieran y gobernaran. Los zapatistas desde el inicio de su alzamiento se admiraron de la simpatía y apoyo que han recibido de cuatro sectores de la población: de los indígenas, las mujeres, jóvenes y del sector de homosexuales, lesbianas, transgénero, transexuales, y trabajadoras sexuales. Han ido entendiendo que es porque tienen en común ser otros, excluidos, perseguidos, discriminados y temidos. Entre diversos movimientos por todo el país han impulsado la llamada Otra Campaña que buscan construir desde abajo sus propias autonomías. Este movimiento ha ido constatando que las soluciones tendrían que ser al margen del capitalismo y del Estado. El ejemplo zapatista de no esperar nada de los de arriba sino de desatar la creación de los de abajo ha sido una fuerte inspiración para este amplio y plural movimiento.

Irrumpió un vigoroso movimiento estudiantil en la primavera de 1999. Fue un movimiento eminentemente cultural y simbólico. No se trató una simple lucha estudiantil. Fue un signo más de la resistencia a un modelo económico excluyente, y otro grito de protesta ante el neoliberalismo. Sus demandas eran la derogación del reglamento de pagos y la creación de un espacio de diálogo para la reforma integral de la UNAM, y cese de la relación con el organismo de evaluación. La demanda central pasó a ser la gratuidad de la educación en todos sus niveles y en todo el país. Pese a la dura represión que sufrió, detuvo pasos iniciales en torno a la privatización de la educación pública.

Contra el neoliberalismo

Movimientos mexicanos contrarios al neoliberalismo se concentraron en tratar de impedir la privatización de la industria eléctrica y del petróleo en la primera década del siglo XXI. También en esa década se manifestaron otras formas de movimientos en contra del neoliberalismo Como las autoridades no habían tenido en cuenta a los habitantes en donde se pretendía construir un aeropuerto, el descontento surgió con fuerza y apareció un movimiento en defensa de las tierras de la comunidad de Atenco. Esta afrenta la cobró años después el gobierno con una represión despiadada. Si la expoliación de la tierra campesina ha sido un elemento importante en la acumulación de capital, esto se vuelve compulsivo en la nueva etapa neoliberal. Se trató de un movimiento más de los expoliados en contra del neoliberalismo y sus poderes.

En mayo de 2004 se mostró un movimiento altermundista en la ciudad de Guadalajara. El día 28 hubo una marcha para cerrar los trabajos de los foros alternativos. En ella participaron obreros, campesinos, indígenas, estudiantes y colectivos internacionales, mexicanos y tapatíos. Fue brutalmente reprimida. Hubo exceso de violencia en la represión policial y detenciones arbitrarias. Al día siguiente, organismos de jóvenes denunciaron la persecución de que habían sido objeto y organizaron manifestaciones en Guadalajara y en México demandando la liberación de los detenidos. Abogados de organizaciones independientes que participaron en la contracumbre denunciaron que la policía incurrió en graves violaciones a derechos humanos. Había testimonios de vejaciones a mujeres y de tortura a jóvenes.

A mediados de la primera década del siglo XXI nació en Oaxaca un pujante movimiento plural ciudadano que durante muchos meses luchó en contra del autoritarismo local. Fue brutalmente reprimido por el gobierno local y federal. Las autoridades federales mexicanas y estatales de Oaxaca habían incurrido en graves violaciones a las garantías individuales de los integrantes y simpatizantes de la APPO. Las autoridad cometieron violaciones a la libertad de tránsito, manifestación, expresión y uso del espacio público; realizaron detenciones ilegales y arbitrarias; tratos inhumanos y degradantes y ejecuciones extrajudiciales.

El fraude electoral de 2006 se dio en el contexto de un México escindido y confrontado. Despertó un nuevo movimiento cívico por la democracia electoral comandado por el ex candidato Manuel López Obrador. Al arrancar la segunda década del siglo XXI ha ido tomando forma otro movimiento que se ha denominado Movimiento de renovación nacional. Ha planteado un proyecto de nación por el renacimiento de México. Ha proclamado que México necesita un nuevo rumbo en lo económico y en lo político. Se trata de un amplio movimiento liderado por Manuel López Obrador que pone sus energías en las elecciones presidenciales de 2012. Este movimiento, aunque centrado en lo electoral ha mostrado la crisis de la democracia liberal representativa (Ávila et al. 2011).

Se han presentado muchas luchas que se defienden del despojo por las políticas de construcción de presas y de concesiones mineras. Hay muchos movimientos socioambientales, resistencias campesinas contra transgénicos (Ávila et al. 2011).

A principios de la segunda década del siglo XXI también irrumpió otro movimiento plural en contra de la guerra impulsada por el gobierno del panista Calderón. El poeta Sicilia, escritor católico comprometido con los pobres, se convirtió en el promotor de este movimiento. Ante los 40 mil muertos provocados por esa guerra este movimiento propuso un pacto de paz con justicia y dignidad que permitiera al país rehacer su suelo compendiado en seis puntos en el que el primero tenía que ver con la verdad y la justicia, es decir que se detuviera a los verdaderos autores intelectuales y materiales de los crímenes; que hubiera procesos transparentes de investigación, procuración y administración de justicia. El segundo implicaba poner fin a la estrategia de la guerra y asumir un enfoque de seguridad ciudadana. El tercero destacaba la necesidad del combate a la corrupción y a la impunidad. El cuarto tenía que ver con combatir la raíz económica y las ganancias del crimen. El quinto contemplaba la creación, desde un plan de emergencia nacional, de apoyo a la infancia y a la juventud, además del ofrecimiento de oportunidades reales de recuperación del tejido social. Finalmente el sexto contemplaba una democracia participativa y democratización de los medios de comunicación.

Los organizadores de la marcha promovieron también una caravana ciudadana que culminó en Ciudad Juárez donde firmaron un pacto por un México con paz con justicia y dignidad. Se aclaraba que en diálogo con las autoridades la sangre de los muertos no se negociaría, y que se exigía la desmilitarización inmediata, así como la justicia para los asesinados y desaparecidos. Integrantes de la otra campaña zapatista respondieron con acciones en todo el país. En la región central enfatizaron que no podían permitir que los jóvenes siguieran siendo arrastrados a la muerte, que se conformara un estado de excepción, que el gobierno siguiera ensangrentando los hogares de miles de mexicanos, que se siguiera destruyendo el tejido social de los pueblos, de las comunidades, barrios, escuelas y familias. Se manifestaron colectivos como la Unidad Obrera y Socialista, la Red contra la Represión y por la Seguridad, la Red Mexicana de Trabajo Sexual, La Brigada Callejera de apoyo a la mujer, el colectivo autónomo magonista, y muchos organismos más. En Jalisco la Asamblea de comuneros de Mezcala, el Grupo Libertario Solidaridad, el Colectivo Cuadernos de la Resistencia, el Comité Salvabosque en defensa del Nixticuil, el Colectivo Rebelión Cotidiana y muchos más hicieron reuniones de reflexión, convocaron a ruedas de prensa, y en pueblos, barrios y colonias repartieron diez mil volantes con sus planteamientos.

Hicieron una lista razonada de todo aquello de lo que estaban hartos, señalando que “estaban hasta la madre” de la violencia del Estado y del crimen organizado. Argumentaron que la guerra contra las drogas de Calderón era una farsa porque no funcionaba sin la complicidad, permiso y participación de la clase política y de las instituciones públicas que la controlaban. Se trataba de una guerra con ciudades devastadas, militarización creciente y una campaña mediática que pretendía legitimar la mano dura como forma de gobernar por medio de medidas de excepción. La ola de violencia del periodo de Calderón se sumaba a las violencias ancestrales y recientes que estaban padeciendo los de abajo. Los poderosos arrebataban tierras, recursos naturales, aguas, bosques y terrenos urbanos de uso colectivo para privatizarlos. Había intentos de despojar a los pueblos y comunidades indígenas de sus territorios para los negocios agroganaderos, mineros y turísticos, y esto siempre había estado acompañado de violencia. Las mujeres sufrían altas tasas de feminicidio. Los jóvenes especialmente de las periferias urbanos habían sido violentados y hostigados a diario por policías que los perseguían y extorsionaban. Argumentaban que la guerra tenía otros propósitos. Después del fraude electoral, Calderón la había usado para legitimarse; también buscaba justificar y normalizar la presencia del ejército y de las fuerzas armadas en las calles y poblaciones del país en abierta violación a las leyes. En el gobierno de Calderón había aumentado la criminalización de la protesta social. Calderón buscaba el respaldo de Estados Unidos que era uno de los principales responsables de esa guerra. Los colectivos expresaban hartazgo de los cárteles, empresarios de la droga y sus sicarios. Planteaban que la guerra era en realidad de la continuación de la política económica de capitalismo salvaje por otros medios. La violencia surgía en el contexto de la crisis social y desgarramiento del tejido social ocasionada por las políticas económicas aplicadas por gobiernos de todos los partidos en los últimos 30 años. Nunca tantos millones de jóvenes habían sido dejados sin oportunidad de estudiar o trabajar. El capitalismo los había convertido en sujetos desechables. Los colectivos afirmaban que el problema era el mismo capitalismo del que “estaban hasta la madre” porque ensalzaba la búsqueda de poder y riqueza. Mostraron hartazgo de la clase política a la que responsabilizaban de la crisis social, del negocio ilegal de la droga, y de otros negocios ilegales altamente rentables. Los políticos eran parte del problema y no de la solución. Enfatizaban estos colectivos que no esperaban nada de la clase política. Lo único que le exigían era que los dejara en paz. La guerra de balas se sumaba a las muchas guerras que todos los días padecían los de abajo, la guerra del hambre, de la especulación, del silencio informativa, de las políticas sociales que sólo buscaban domesticarlos. Llamaban a los pueblos, a las comunidades, a los barrios, a las colonias, a las familias a los colectivos a procurarse entre ellos mismos la seguridad y la paz que los gobiernos y los delincuentes les habían arrebatado. Con autovigilancia y con autodefensa y autogestión debían procurar que nadie muriera de hambre en sus sitios, a resguardar a sus hijos y hermanos para que no se convirtieran en carne de cañón, ya fuera como policías o soldados, o como sicarios y empleados de los narcos. Proclamaban que la solución no vendría de arriba, que se estaba construyendo abajo, al margen de los políticos, sus partidos sus gobiernos, y al margen del capitalismo.

Lo más destacable de este nuevo movimiento ciudadano es una amplia y plural convergencia. Otro elemento fundamental es que tiene inspiradores, pero no líderes, y que esa convergencia se da en términos horizontales sumando espontaneidades y creatividad. Está apuntando al núcleo estructural de la inseguridad: la corrupción y la impunidad. En un principio hubo una especie de ingenuidad en algunos de sus convocantes que pensaron que por medio de un diálogo con el poder éste dejaría de lado su estrategia belicista. Pero pronto lograron ver que el diálogo con los de arriba nada resolvería, pues eran parte del problema y no de la solución. Una ventaja de esto es que las agrupaciones participantes en esta convergencia han tenido que privilegiar lo que han denominado un pacto ciudadano. Se ha ido conformando una amplia red por la paz y la justicia que reflexiona horizontalmente lo que debe hacer. Lo más importante es la potencialidad que brota desde abajo. El contacto con los zapatistas ha sido otra de sus virtudes, pues el zapatismo tiene ya una importante experiencia.

Tilly y Wood han llamado que los movimientos sociales representan una forma de hacer política muy antigua. Sostienen que en 1750 se dieron los grandes cambios en los distintos medios que empleaba la gente corriente para plantear reivindicaciones. Precisan que a pesar de que hace miles de años en todo el mundo el pueblo se rebela por un motivo un otro, pero que la forma en que lo hacen los movimientos sociales data apenas desde el siglo XVIII, como una forma de política inventada. Con una mirada de largo aliento previene acerca de que el éxito de los movimientos sociales no es algo evidente a primera vista. Aclaran que nadie tiene el monopolio de la expresión movimiento social, y que los elementos que conforman a estos movimientos evolucionan. No obstante la visión de estos autores es que los movimientos presentan ante las autoridades sus reivindicaciones colectivas. (Tilly y Wood 2009).

Los movimientos del siglo XXI

Lo que se desprende de esta clase de interpretaciones es que los movimientos sociales son una importante forma de lucha contra el capitalismo. La agudización del despojo y de la opresión por parte del capitalismo neoliberal ha propiciado que los movimientos sociales emerjan con fuerza al despuntar el siglo XXI, y han ido pasando de la resistencia hasta propuestas de nuevas formas de convivencia social. Otro énfasis de los estudios de Tilly y Wood es el carácter global que han ido adquiriendo los movimientos sociales del siglo XXI. En esta vertiente se encuentran los escritos de Geoffrey Pleyers quien destaca las novedades de los movimientos de indígenas y de jóvenes que buscan defender sus experiencias y sus autonomías. Recalca que los jóvenes no buscan el impacto político sino la experiencia vivida y creativa frente a las lógicas mercantiles en sus barrios, y critican la idea del poder. No obstante, con la perspectiva de las definiciones clásicas de los movimientos sociales en lugar de destacar sus aportes los pone en esa cama de Procusto para descalificar dichos movimientos en los que ve muchas ilusiones. Los acusa de romantizar sus redes horizontales y de los espacios autónomos. Sentencia que esos espacios no podrán librarse totalmente de los poderes políticos y del sistema económico, y opina que los cambios locales no contribuirán a una transformación global (Pleyers 2009 y 2010). En lugar de dar seguimiento a las potencialidades de esas formas que viven su propia contradicción, pero que van innovando, se queda en las viejas interpretaciones que no permiten vislumbrar la forma en que se va fisurando el poder del estado y del Capital (Holloway 2011).

Un acercamiento a los movimientos sociales mexicanos de los últimos tiempos realizada por un equipo que comandó Massimo Modonesi que hay una gran diferencia entre los movimientos sociales mexicanos y los movimientos sociales en la mayoría del resto de los países latinoamericanos. Mientras que en países como en Bolivia, Ecuador y Brasil, los movimientos han modificado a su favor la correlación de las fuerzas, en México se les ve arrinconados en la resistencia. Este equipo analiza tanto al zapatismo por una parte como al que llaman obradorismo por otra, al que lo califican de una expresión masiva de rechazo al neoliberalismo. También dicho equipo destaca que hay muchos conflictos locales en defensa de los recursos naturales frente a las políticas de despojo, y en defensa de derechos humanos frente a la represión y a la criminalización. Con la militarización del país se ha incrementado la criminalización de la protesta social de todo tipo (Modonesi et al., 2011).

Movimientos obreros, campesinos, indígenas, urbano populares, de mujeres, por la diversidad sexual, ecologistas, etc. se han opuesto tanto a la explotación y despojos del capitalismo como en pro de una democracia auténtica en contra de cualquier autoritarismo. El capital y el Estado han optado por criminalizarlos, vejarlos y hasta masacrarlos. No obstante, esto no ha impedido que los movimientos resurjan, vuelvan a manifestarse y sigan erosionando al capital y al estado. La mayoría de estos movimientos han presentado sus reclamos al Estado exigiendo justicia. Vertientes cívicas que esperaba conseguir mejores condiciones electorales para que en un ambiente democrático se dialogara y se encontraran soluciones a los males fueron constatando que las alternancias partidistas no resolvían ni lo más elemental de la democracia electoral, el voto realmente libre. Se produjo una partidocracia supeditada a los principales poderes fácticos del dinero, de los grandes medios electrónicos de comunicación, de la jerarquía católica y del crimen organizado con el narcotráfico a la cabeza. Los movimientos revisados tienen que ver con las más importantes expresiones de hartazgo desde abajo. Sin embargo, hay una gran cantidad de luchas de todos los tamaños, por todo el país y durante todo el tiempo en contra de la explotación, opresión, marginación y opresiones de todo tipo que no alcanzan a llamar la atención de los medios de comunicación, pero que existen y van erosionando con sus luchas los dominios del capital y del Estado. Los movimientos se han ido expresando en diversos formatos: obreros, campesinos y urbano populares en la segunda mitad del siglo XX; al cambio de siglo con una gran variedad de organicidades y grupalidades por demandas específicas diversas. Todas las movilizaciones han tenido como origen de sus males al capital y al estado. La democracia capitalista no les ha resuelto nada. Sin embargo, todavía hay movimientos amplios que tienen puestas sus esperanzas en un cambio por la vía electoral y por la utilización de un estado que consideran un instrumento neutro.

Todavía hay grupos que esperan la conducción de un líder. Otros movimientos han ido entendiendo por su propia experiencia que el Estado es instrumento de opresión del capital y que no podrá resolver sus sufrimientos ocasionados precisamente por la dupla intrínseca del capital y el Estado. Por eso buscan con creatividad formas propias al margen del capital y del Estado. La democracia que intentan es castoridiana: que todos discutan las normas que deben darse para convivir y que autónomamente decidan colectivamente. Si lo propuesto no funciona, por la misma vía toman otro rumbo. No quieren depender de ninguna heteronomía. Pese a las represiones que pueden leerse en una visión inmediatista como derrotas, los movimientos van haciendo grietas en la dominación estatal y capitalista (Holloway 2011). Una nueva modalidad de algunos movimientos en el siglo XXI es que ya no le presentan sus sus reclamos al gobierno y están ensayando búsquedas que deambulan en prácticas de vida cotidiana que intentan ponerse al margen del capital y del Estado.

Bibliografía

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