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El polvorín

Obsesiones de los testigos de la historia

29 Abril 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica


Monumento de repudio al genocidio.

Luis Mattini.

El escritor Osvaldo Bayer tiene una obsesión que suele ser propia de quien ha sido siempre testigo y no protagonista de la historia: demoler el monumento dedicado al masón, anticlerical liberal, y hasta sospechado de ateo, General Julio Argentino Roca, como un acto de justicia con los aborígenes por el genocidio llevado a cabo durante la llamada Campaña del Desierto por él comandada, hace de esto cien años. Y hablando de genocidios; es curioso que Bayer nunca habla de la otra Campaña, sólo numéricamente menos cruenta, la del muy católico apostólico romano Brigadier General Juan Manuel de Rosas, quien a pesar de no ser un militar de escuela como Roca, poseía mayores títulos y no fue manco para el uso de la violencia represiva contra criollos e indígenas.

A propósito de Roca, hace unos días salieron a la calle un grupo de personas a manifestar -como está de moda, es decir con toda la trascendencia de la fanfarria, la iconografía impregnada de fotos del Che y los ritos de los actuales desfiles- por la Avenida de Mayo y otras calles, pidiendo la destrucción del monumento a Roca. Cabe preguntarse ¿Si es que están convencidos que por ahí pasa la solución a la opresión que sufren los indígenas, no sería mejor que en vez de llevar esas vistosas banderas y esos disfraces para pedir... no sería mejor, digo, en honor al “hacer” que aprendimos de la inmanencia del Che, que llevaran picos y mazas para empezar a demoler el monumento? Claro, mirándoles las manos, enseguida puede sospecharse que lo más probable es que ninguno de esos manifestantes sepa qué es y cómo se usa un pico o una maza.

Como cruel ironía de la situación política actual, como si tal manifestación fuera una burla, al mismo tiempo, unos amigos acaban de regresar del Chaco con el alma destrozada e indignados de impotencia, después de haber estado en El Impenetrable para ayudar a los Tobas que están sufriendo un verdadero genocidio, por desnutrición y todo tipo de carencias, genocidio no perpetrado por generales, sino por el Estado Nacional, los Estados provinciales y otras instituciones civiles que propician la política sojera, causa principal de la expulsión de sus tierras. Repito: no se trata de que un General esté reprimiendo a los aborígenes hoy en día -no hace cien años, sino en nuestros días-, ni siquiera que la opresión sea armada. Se trata de una espantosa situación actual, de sistemático avance de la frontera agrícola consecuencia del modelo productivo administrado por el gobierno, que los acorrala sin piedad.

Es sabido que la población aborigen de América ha sido sometida, aplastada, primero por los españoles, portugueses e ingleses, sin olvidar a los franceses, de quienes heredamos el adjetivo “latina”; luego por los criollos fundadores de los Estados Nacionales, los llamados blancos, con sus ancestros llegados desde Europa y otros continentes. Pero para hablar sólo de Argentina, recordemos que salvo muy pocas excepciones, entre ellas los galeses que se asentaron en la cuenca del río Chubut, en la Patagonia y los obreros anarquistas, expulsados por la oligarquía, quienes hicieron causa común abrazando a los prisioneros indígenas del general Roca traídos a Buenos aires, la gran mayoría de los inmigrantes fueron, son y en cierto modo somos, responsables de una intransigente y soberbia visión unilateral de la cultura y el progreso que dio base al genocidio.

¿No sería necesario preguntarnos, cómo fue posible semejante dominación? ¿Cuál fue la superioridad de los europeos, si después de todo durante los dos primeros siglos eran minoría? ¿Si muchos pueblos originarios fueron realmente hábiles y eficaces guerreros? ¿Si a su vez en la América precolombina había encarnizadas luchas de unos pueblos para liberarse de la dominación de otros, por ejemplo la lucha de los mapuches resistiendo a la dominación de los Incas?

Se ha dicho que la ventaja europea fue “tecnológica”, no cultural, gracias al poder del hierro, la pólvora, el caballo hasta entonces desconocidos en este continente; sin embargo, voces menos escuchadas pero más inteligentes, han afirmado la importancia del aspecto ideológico: la cruz, o sea el cristianismo, en particular el catolicismo como factor subjetivo determinante en la dominación.

Veamos eso un poco más de cerca: en México, después de las vacilaciones de Moctezuma y las ambigüedades de la Malinche, Cuauhtémoc, le cortó la cabeza a un caballo, con lo que demostró que no eran inmortales y de ahí en más, los indígenas de las grandes llanuras dominaron el caballo y pasaron a ser mejores jinetes que los europeos. Luego ese Gran Capitán azteca derrotó a Hernán Cortés y lo hizo llorar bajo “el árbol de la noche triste”, el que todavía conservan vivo en una plaza de la ciudad de México como monumento a la resistencia. Después los aztecas capturaron las naves hispanas y al forjar los herrajes pasaron ellos también a dominar el hierro. Más adelante contrabandearon con la pólvora y la utilizaron en contra de los blancos. O sea, los pueblos de América adquirieron la “tecnología” del invasor que sumaron a su muy desarrollada técnica, tanto en la agricultura, la ingeniería, el dominio de la astronomía o el arte de la guerra. Con la adquisición de esa tecnología extra, su destreza para la lucha y la ventaja de ser mayoría, estuvieron a punto de expulsar a los extranjeros

Sin embargo, con la cruz no pudieron.

La religión cristiana cayó sobre la mayoría de esos pueblos, más aún sobre los más civilizados, (Perú y México) como algo que hubieran estado esperando, necesario, como reemplazo de su propia cosmogonía, la que pudiera ser que estuviera en proceso de crisis ya que el cristianismo calzó sobre ella con relativa facilidad y prendió con una fuerza más inusitada que en la mayor parte de Europa, a punto tal que América Latina es hoy un gran baluarte del catolicismo y, como se sabe, los EEUU son una teocracia cristiana. Cierto es que desde muy temprano los aborígenes empezaron a hacer un Jesús a su imagen y semejanza, no pudiendo, sin embargo, evitar la manipulación de los blancos. La conocida parábola “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César” fue hábilmente aplicada en América de tal modo que el cristianismo, por un lado “amansó” a los aborígenes, les inculcó la obediencia y la resignación con la promesa de una vida superior en el mas allá, y por otro los incitó a la rebelión cuando se trataba de utilizarlos contra un César a favor de otro César, por otra parte siempre césares de origen extra americano.

Ya los españoles demostraron ser muy diestros en eso cuando, siendo ínfima minoría, lograron derrotar a los muy bélicos aztecas y tomar Tenochtitlan gracias al apoyo de unos doscientos mil indígenas de otra etnia, que sufrían la opresión azteca, en una de las primeras guerras urbanas de la historia. Más adelante los criollos independentistas y fundadores de los Estados Nacionales capitalistas, fueron más hábiles aun, no sólo utilizando a los aborígenes como carne de cañón contra los españoles, sino luego en las guerras civiles. Entre paréntesis esa fue la diferencia fundamental entre Rosas y Roca. El primero los utilizó a favor de sus intereses de estanciero, donde el indígena de estas tierras podría llegar a ser un “buen peón”; el segundo fue un artífice de una clase dominante, la llamada Oligarquía fundando un Estado Nacional Moderno capitalista, que necesitaba proletarios industriales y estos eran blancos, claro. Además un Estado tan laico que muchos se olvidan que durante el gobierno de Roca estuvieron rotas las relaciones con el Vaticano.

El caso es que podemos hacer una larga lista de nombres de genocidas que tanto preocupa a Bayer, militares tipo Roca, varios de ellos héroes de la Independencia...otros civiles...pero no estaríamos tocando las instituciones y además se nos escaparían los genocidas actuales que no son militares, son civiles. Pero insisto, sin la cruz, sin ese poder subjetivo de la iglesia, sin esa política de “a Dios rogando y con el mazo dando”, los pueblos de América difícilmente hubieran sido dominados, al menos de la manera que lo fueron; masacrados, esclavizados, sojuzgados, destrozadas sus costumbres, sus culturas, y su identidad, como existen pocos ejemplos en el mundo. Porque “nuestras” guerras de Independencia, de la cuales estamos tan orgullosos, emanciparon a los criollos, no a los aborígenes. Es conocida la hostilidad con la que los criollos del Alto Perú (hoy las clases dominantes de Bolivia y Perú) recibieron las proclamas a favor de la emancipación de los pueblos originarios que llevaron Castelli y Monteagudo, los jacobinos de la revolución de Mayo, porque amenazaban sus intereses de blancos.

Los aborígenes perdieron no solo la vida a millones sino su cultura, su religión, sus lenguas, en el mejor de los casos, como en Uruguay, los Estados emancipados los “asimilaron”. Esa es una notable diferencia con la liberación del colonialismo francés en el Asia por ejemplo. Allí, una vez expulsados los colonialistas, los pueblos liberados recuperaron muy rápidamente su lengua, sus costumbres y su religión. Y sin embargo allí el genocidio no fue menor que el perpetrado por Roca.

Y esto es tan así, que a los libertarios guevaristas que nos hemos jugado a fondo por la libertad, que asumimos de entrada y sin gazmoñería populista a la religión como “el opio de los pueblos”, nos llena de estupor y desazón comprobar cómo el elemento cristiano, ese nudo de la opresión, no sólo persiste en los pueblos originarios sino que en muchos casos se ha extendido por medio de sectas protestantes.

Por eso es que digo que si vamos a derribar el monumento a Roca, por ser símbolo del genocidio, en primer lugar deberíamos derribar la Catedral de Buenos Aires y todas la Iglesias que dieron los fundamentos institucionales para esa dominación.

¿Qué hay curas buenos? ¿Los curas obreros franceses? ¿La obra docente de los jesuitas? ¿La de los sacerdotes del tercer mundo? ¿Qué en América hay un sincretismo entre tradiciones culturales indígenas y el cristianismo? Sí, claro y merecen todo el respeto. También hay generales buenos y hasta algún capitalista bueno. Hablamos de Instituciones que son las que conservan la historia, no los improvisados historiadores... para ser un cura bueno, para ser un cristiano bueno, hay que abandonar la Iglesia, de la misma manera que para ser un buen marxista como el Che, hubo que abandonar el Partido Comunista.

La emancipación de los aborígenes americanos sólo puede ser obra de los propios aborígenes, como lo fue en otras culturas colonizadas. Desde afuera no podemos dar “línea” sobre lo que deben hacer, sólo podemos dar toda nuestra solidaridad incondicional y afirmar por experiencia propia, que las cadenas más difíciles de romper no son las materiales, sino las que encadenan el corazón.

www.argenpress.info

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Tomado de Voz Entrerriana

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