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El polvorín

Paraná: piden que avenida Rivadavia recupere su antiguo nombre

29 Mayo 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Paraná, mayo de 2010.-

Señor intendente de Paraná Dr. José Carlos Halle

De nuestra consideración:

 

Los abajo firmantes, integrantes del centro de estudios sin fines de lucro Junta Americana por los Pueblos Libres, y vecinos de Paraná en su mayoría, molestamos su atención para pedir que, en vistas del Bicentenario de la Revolución de Mayo, y atendiendo fundamentos que redactamos abajo, a la avenida "Rivadavia" de Paraná se le devuelva su nombre original: "Alameda de la Federación".

Luego de un intercambio de conocimientos y opiniones durante estos meses, consideramos que los fundamentos históricos que llevaron a esa designación inicial permanecen vigentes. Y que no se encuentran razones para que la calle tenga un nombre distinto.

Si se sostiene que el nombre "Rivadavia" fue elegido por un grupo de vecinos, solicitamos respetuosamente que se vuelva a consultar a la comunidad, y en particular a los vecinos y las instituciones de esa avenida. En cuyo caso, aceptaríamos de buen grado participar en los debates necesarios.

Esa sería una opción, aunque el error que se cometió en aquel cambio de nombre queda al descubierto con una sencilla observación. Entendemos que no se requiere de gran fundamentación para devolver a una calle su nombre primigenio, que nunca debió ser reemplazado sin razones.

La experiencia indica que el cambio de nombres de las calles atenta contra la identidad y la memoria, en la medida en que no se haga con fundamentos de peso. Si hay razones, es correcto, pero sin ellas se tratará de un atropello.

Además, cambiar de nombres según los vientos del momento no parece aconsejable. Pero no es el caso que apuntamos, porque lo que se impone es volver a la antigua y primera denominación. Se trata, simplemente, de enmendar un error.

¿Por qué razones habrían de quitarle a la avenida su nombre, "Alameda de la Federación", que es un homenaje a uno de los principios fundacionales de nuestro país, un derecho por el cual miles de argentinos, y en particular entrerrianos, dieron su tiempo, sus esfuerzos, y entregaron su vida? ¿Por qué quitar incluso ese homenaje conjunto a la naturaleza y a la cultura, logrado en el bello nombre "Alameda de la Federación?". 

En tiempos como los actuales en que los pueblos del país reclaman una puesta en vigencia de la federación, y cuando la demanda por las autonomías es creciente, parece lógico que la avenida recobre su nombre, en homenaje al sistema elegido por los argentinos y proclamado en el primer Artículo de nuestra Constitución nacional y en el 1ro. de nuestra Constitución provincial. Y si con estas razones basta, resulta ya evidente que "Federación" se impone en Paraná, que fue Capital del añorado país federal.

Los esfuerzos de los entrerrianos por el régimen federal son inocultables, principalmente en las luchas del siglo XIX. De manera que el nombre, Alameda de la Federación, se presenta como un justo y bello homenaje. Y haberlo borrado, durante algunos años, ha significado un agravio. Peor aún, cuando fue cambiado por un nombre que simboliza los intereses que están en las antípodas de la federación.  

Vale analizar aquí la trayectoria del personaje ponderado con el nombre actual de la Avenida, Bernardino Rivadavia.

Dice un estudioso, integrante de esta Junta Americana: A fines del siglo XIX la falta de conciencia nacional dio en Paraná un fruto importante: la Alameda de la Federación, nombre emblemático de un calle principal de la ciudad, fue cambiado por "Rivadavia", nombre también emblemático, pero del interés del puerto de Buenos Aires, exportador y extranjerizante que hoy predomina.

Entre Ríos es el país natal del federalismo en la Argentina, gracias en buena parte a la influencia de José Artigas y su Liga de los Pueblos Libres. Rivadavia fue desde sus inicios como comerciante exitoso en  Buenos Aires, de aquellos que sus propios copoblanos llamaban "la pandilla del barranco", un representante de los más consecuentes, aunque no de los más esclarecidos, de la tendencia opuesta, que ya entonces comenzaba a constituir las oligarquías sudamericanas.

La república centralizada que proponía Rivadavia como la más adecuada a los propósitos de su clase aunque no de nuestro país, que la rechazó siempre, era una mala herencia del filósofo inglés Jeremy Bentham, que Rivadavia había conocido en la medida de sus posibilidades intelectuales cuando visitó Inglaterra como enviado del nuevo gobierno de nuestro país, donde la revolución de Moreno y Castelli, de Artigas y Monteagudo, ya había sido volteada por la contrarrevolución.

A partir de una actuación discreta en las invasiones inglesas en el "cuerpo de gallegos" y de una tibia participación en los eventos de mayo de 1810, el 19 de diciembre de 1811 sancionó como secretario del Triunvirato un estatuto que le daba al gobierno autoridad máxima, pero generó gran descontento en el interior porque era el poder de Buenos Aires que ya se cernía sobre todo el país.

Ese poder hoy lo padecemos hasta el hambre y la desolación, con riesgo de convertirnos en "provincia inviable" gobernada por un delegado que tiende la mano para recoger monedas y grita de entusiasmo cada vez que "caza" una.

San Martín, Alvear, Monteagudo, fueron adversarios de los estrechos designios de Rivadavia, que no quería saber nada de ninguna "patria grande" como la que intentaron forjar Artigas y Bolívar.

Fue su actuación al frente del gobierno argentino la que obligó a retirarse a San Martín en Guayaquil. Nunca quiso sostener un ejército que consideraba caro y que no respondía para nada a su concepto de patria limitada a la explotación de la "pampa pastora", como la llamó Sarmiento.

A pesar del poder "unitario" acordado al triunvirato, o quizá por eso, el 8 de octubre de 1812 las tropas de San Martín y otros cuerpos militares recogieron el descontento popular y derrocaron al primer Triunvirato, y con él a Rivadavia.

Pero los intereses que éste representaba fueron siempre capaces de revertir, haciendo brillar el oro, cualquier revés político o militar, e incluso de cambiar el nombre a las calles en la patria misma de sus adversarios históricos, como Entre Ríos.

Y no de cualquier calle, sino de aquella que llevaba el odiado y antieconómico nombre de "Federación".

La ideología de Rivadavia, que no cambió nunca, está sintetizada en una carta que le mandó a "su amigo" Bentham, en que expone una admiración por Inglaterra propia de un provinciano en la gran urbe.

Pero el provinciano acaba descubriendo los secretos de la urbe, y Rivadavia, siempre al servicio de la metrópolis, nunca descubrió nada inconveniente a sus patrones: "¡Qué grande y gloriosa es vuestra patria!, mi querido amigo. Cuando considero la marcha que ella sola ha hecho seguir al pensamiento humano, descubro un admirable acuerdo con la naturaleza que parece haberla destacado del resto del Mundo a propósito".

La Argentina bien podía ser un apéndice de la patria de Bentham, que vivía de la sangre de todo el resto del mundo: de la India, de la China, del Canadá, de Australia, de Sudáfrica, de Egipto, y de su sexto dominio, la Argentina, desde los tiempos de Rivadavia y gracias a los de su clase a lo largo de nuestra historia.

Rivadavia en el gobierno tuvo la idea de "expropiar" la capilla de Luján, debido a que "no cumplía ninguna función, salvo venerar una imagen". Se trató de una acción impolítica que suscitó una fuerte reacción del clero. En una manifestación contra el gobierno organizada por los curas, los fieles repartían panfletos cuyo destinatario era Rivadavia, y que contenía algunas designaciones que conviene recordar.

"De la trompa marina; del sapo del diluvio; del ombú empapado de aguardiente; del armado de la lengua; del anglo-gálico; del barrenador de la tierra; de Rivadavia, líbranos Señor".

No en vano los rivadavianos hicieron fusilar a Dorrego. Cuando Rivadavia disolvió el cabildo y estableció un régimen electoral a su medida, Dorrego hizo escuchar una crítica moderna todavía, porque la sombra del "sapo del diluvio" no nos abandona.

La nueva ley establecía que tenían derecho al voto todos los hombres libres nativos del país o avecindados en él mayores de 20 años, pero sólo podían ser elegidos para los cargos públicos los ciudadanos mayores de 25 "que poseyeran alguna propiedad inmueble o industrial".

Dorrego refutó: "Si se excluye del voto a los jornaleros, domésticos y empleados también ¿entonces quién queda? Queda cifrada en un corto número de comerciantes y capitalistas la suerte del país. He aquí la aristocracia del dinero, hablemos claro, el que formaría la elección sería el Banco, porque apenas hay comerciantes que no tengan giro en el Banco, y entonces el Banco sería el que ganaría las elecciones, porque él tiene relación con todas las provincias".

Tal Dorrego, el fusilado; tal Rivadavia, el gerente del imperio, el representante de los pandilleros del barranco, el que tiene su nombre inscripto en una calle histórica de Paraná, de donde desalojó a la "Alameda de la Federación".

Hoy todavía dominan los bancos a través de personajes bien conocidos, siguen gobernando con o sin elecciones y Dorrego sigue muriendo cada día.

Rivadavia es actual, porque en la Argentina, a diferencia de los países de Europa, las cuestiones históricas no están saldadas y son políticas. Rivadavia fue el inventor de la deuda externa argentina. Tomó de su reverenciada Inglaterra un crédito de un millón de libras, provisto por la banca Baring, de la que no llegaron sino 570.000 porque el resto se fue en comisiones y éstos a nombre de comerciantes ingleses de Buenos Aires.

Entonces como ahora, el dinero se dilapidó en gastos improductivos. El préstamo se terminó de pagar en 1904, pero no 570.000 libras sino 23.734.766 pesos fuertes. Un negocio totalmente cuadrado, al estilo de Rivadavia, y de varios rivadavianos de ayer y de hoy. 

Como el pago del ruinoso empréstito se garantizaba con tierras públicas, toda la pampa húmeda quedó hipotecada. Rivadavia tuvo o le inspiraron una idea que hizo carrera. Decidió aplicar la "enfiteusis", que permitía a los productores ocupar y hacer producir las tierras como arrendatarios.

El monto del canon que debían pagar al Estado lo fijaban los mismos arrendatarios de manera que terminó siendo insignificante y permitió a los grandes propietarios acaparar enormes extensiones de tierra con desembolso mínimo.

En otros países, como Estados Unidos o Australia, el Estado se propuso dividir el territorio en miles de chacras, para asegurar la propiedad al mayor número y extraer de allí un beneficio político evidente.

A Rivadavia sus amos le cantaron otra tonada, y él la escuchó porque para ellos tenía el oído fino. De él surge la actual estructura de propiedad de la tierra en la Argentina, a él nos remitimos cuando pedimos un millón de chacras para el campo argentino.

Su nombre es el que se debería borrar de la avenida de Paraná y de todas las calles de las ciudades entrerrianas.

Lord Ponsonby, enviado del Foreing Office para informar del estado de este lejano pero interesante país del sur, hizo un retrato de Rivadavia enteramente objetivo, para que lo lean en Londres, porque a Bernardino le decía otra cosa: "El Presidente me hizo recordar a Sancho Panza por su aspecto, pero no es ni la mitad de prudente que nuestro amigo Sancho... Como político carece de muchas de las cualidades necesarias". Pero Ponsonby no le quita méritos a la "mitad de Sancho Panza": dice que "es autor de muchas, beneficiosas y buenas leyes", agreguemos que no para la ínsula Barataria sino para beneficio del imperio británico.

Rivadavia fracasó dos veces, en 1819 y 1826, en hacer aprobar una constitución a la medida del puerto de Buenos Aires. Finalmente tuvo que dimitir y exilarse en Europa. El historiador canadiense H. Ferns en su obra sobre la Argentina y el Imperio Británico en el siglo XIX demuestra que fue agente del reino de Inglaterra.

Ferns dice que viajó a Buenos Aires para estudiar los archivos con el fin de probar la tesis que se había propuesto como trabajo académico en su país. Extrañamente, descubrió cómo corrían los sobornos y "manchas" en grandes patriotas, como Alvear y el mismo Rivadavia, lo que ningún historiador argentino vio antes en los mismos papeles. ¿Será porque la historia entre nosotros es todavía política?

En su "Manual de Zonceras Argentinas" Arturo Jauretche ridiculiza algunos proyectos de Rivadavia, que eran copia fiel de ideas europeas que no tenían la más mínima posibilidad en la Argentina, donde las condiciones eran muy diferentes. Pero como Rivadavia no se detenía en minucias, sus planes en realidad estrafalarios fueron considerados anticipaciones geniales por historiadores que Jauretche califica de "mitro marxistas".

En carta a Palazuelos, San Martín hace un retrato de Rivadavia que nosotros no discutiremos: "Este visionario... queriendo improvisar en Buenos Aires la civilización europea con sólo los decretos que diariamente llenaban lo que se llama Archivo Oficial".  "Tenga usted presente lo que siguió en Buenos Aires por el célebre Rivadavia que se empleó sólo en madera para hacer andamios para componer la fachada de lo que llaman Catedral, 60.000 duros; que se gastaban ingentes sumas para contratar ingenieros en Francia y comprar útiles para la construcción de un canal de Mendoza a Buenos Aires; que estableció un Banco donde apenas había descuentos; que gastó 100.000 pesos para la construcción de un pozo artesiano al lado de un río, en medio de un cementerio público, y todo esto se hacía cuando no había un muelle para embarcar y desembarcar los efectos, y por el contrario deshizo y destruyó el que existía de piedra y que había costado 60.000 pesos fuertes en el tiempo de los españoles; que el Ejército estaba sin pagar y en tal miseria que pedían limosna los soldados públicamente, en fin, que estableció el papel moneda; que ha sido la ruina de aquella República y los particulares". 

Este hombre, que llegó al poder mediante un golpe de estado, embargó al país por un siglo, lo entregó atado de pies y manos al interés extranjero, quiso esclavizar siempre a las provincias, gastó el dinero que no había en proyectos que ni él mismo conocía, generó los latifundios que ahogan a la Argentina y estaba orgulloso de ser yerno del virrey del Pino, ¿debe tener el homenaje de que su lleve su nombre una calle de Paraná, calles de ciudades entrerrianas? En el año del bicentenario, creemos que no. Y proponemos, en el caso de Paraná, cambiarlo por el nombre anterior.

 

Sin más, agradecemos sinceramente vuestra atención.

 

Junta Americana por los Pueblos Libres -JAPL-

Asociación Civil sin fines de lucro. Paraná, Entre Ríos.

http://www.juntaamericana.com.ar/

contacto@juntaamericana.com.ar

 ( acompañan cientos de firmas)

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