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El polvorín

Paren Europa que me quiero bajar

1 Noviembre 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Aram Aharonian

 
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La Unión Europea pareciera pegada con saliva. Ahora que están todos metidos en el mismo barco, con capitán alemán, no solo los pasajeros parecen amotinarse en diversos dialectos, lenguajes, idiomas, sino también que parte de la tripulación anda buscando otras posibilidades… aunque saben que el pacto faustino no se les hará fácil.
Por lo menos esa es la impresión que se le lleva uno, en un pasar de 10 días, charlando con la gente, viendo la televisión, escuchando los discursos neocolonialistas de los guías turísticos…
 
Para la nueva Europa unida hace falta una historia nueva. A la vieja, la real, la de milenios de guerra y millones y millones de muertos, la enterró Huntington con ayuda de los que fueron forjando esta Unión. Ahora hay que reinventar la historia, acomodar el pasado y la actualidad a las necesidades políticas y económicas, en busca de un futuro que nadie conoce y sobre el cual cada vez menos europeos tiene esperanzas.
 En Europa casi todo el mundo habla inglés. Eso se lo repiten a uno, pero la realidad es que casi todos los europeos que viven en Gran Bretaña sí hablan inglés. Los demás, más o menos como los latinoamericanos: ni alemanes, ni austríacos, ni checos, ni eslovacos, ni italianos, ni españoles, y mucho menos los húngaros hablan inglés (ni soñar que hablen una palabra de español). Ni siquiera quienes atienden (?) al turismo.
“Ahora tenemos posibilidades de salir a cualquier parte, pero es lo mismo: no nos entiende nadie ni entendemos a nadie”, me decía Imre, un profesional húngaro. Los únicos que pueden entender alguna palabra magyar son los finlandeses, aparentemente con la misma raíz lingüística, aunque usted no lo crea.
Loa húngaros comenzaron su historia como nación recién después de la segunda guerra mundial. Ahora, en el reinvento de su historia, los máximos referentes “nacionales” son Matías, un sacerdote católico y guerrero que no llegó a santo por lujurioso, y una emperatriz cinematografizada: sí, la mismísima Sissy, esposa del emperador-conquistador Francisco José, quien ni siquiera era húngara pero gustaba de ellos, o al menos del conde Andrassi.
Todos los europeizados, sobre todo los nuevos miembros de este milenio, miran a Alemania, que sin conquistarlos militarmente se ha hecho abrir las puertas para sus empresas. La historia se reinventa cada día: los campos de concentración nazis son una historia que (casi) nadie quiere que se repita y, a la vez, un excelente negocio turístico.
Pero hablando de negocios, basta ver en cualquier país del centroriente europeo la televisión “globalizada” para saber que tenemos grandes posibilidades de invertir en Macedonia, Bahreim, Eslovaquia…. Es como si nos dijeran “ya les allanamos el camino, no queda (casi) resistencia, venga y explotemos juntos estas “nuevas” naciones incorporadas a la unión.
 
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Pero si de negocios se trata… Una película uruguaya habla del proyecto de un baño público para suplir las necesidades fisiológicas de la gente durante una eventual visita del Papa. En Europa el negocio está montado: la utilización del baño por los turistas cuesta entre medio y un euro por su uso. Cada bus de turistas tiene 50 pasajeros que usan los baños en promedio tres veces al día en diferentes ciudades, y hay cientos de autobuses por día…
Los guías turísticos insisten en la necesidad de cambiar el look homogéneo y muchas veces gris y desvencijado de los grandes conglomerados de viviendas construidos por “el comunismo” para los trabajadores, a los que ahora se aplica la piqueta ¿del progreso? para construir centros comerciales y espacios para que se instalen las grandes trasnacionales. Bratislava, capital de Eslovaquia, es buena demostración de ello. Nadie pudo responder a dónde fueron a parar los millares de personas humildes desalojadas de esas viviendas…
Por si acaso, no pase por Brno, capital de Moravia y parte de la República Checa (un tour no va a parar allí), porque allí es palpable aún el desarrollo alcanzado en épocas comunistas. Dicho sea de paso, se alentó la separación de checos y eslovacos, alegando que éstos eran tratados como ciudadanos de segunda, quizá en busca de nuevos mercados. Dividir para reinar.
Berlín sigue llamando la atención. Dicen que es la ciudad más verde y más rosa. Verde, porque está llena de parques y rosa por la cantidad de gays que cohabitan la capital germana, entre ellos el alcalde y el ministro de relaciones exteriores. Ya no existe el Muro –salvo para comercializar su recuerdo-, pero un dibujo empedrado marca por donde pasó. Incluso uno de los puestos de verificación “aliados”, Charlie Point, es atracción para los/las turistas que se sacan fotos con supuestos soldados estadounidenses.
Fueron 136 los muertos durante 28 años, los que intentaron cruzar el Muro –obviamente desde el este al oeste-, un número que le repetirán permanentemente durante su estancia en Berlín. 136. Entre ellos niños y mujeres. Casi cinco por año.
En 1945, cuando ya todo estaba perdido para los nazis y mientras Estados Unidos invadía Normandía (bastante lejos de Berlín, mire usted un mapa) y los soviéticos intensificaban su asedio sobre el búnker del Fuhrer con millones y millones de muertos en la guerra, el gobierno inglés mandaba al mariscal de la RAF Arthur Harris –condecorado por la Reina- a bombardear la ciudad de Dresde, donde se estaban refugiando los alemanes que huían de sus aldeas y ciudades bombardeadas, o sea un objetivo civil.
Los ingleses, que ya se habían confundido y bombardeado Praga en lugar de Dresde, bombardearon con fósforo, en un genocidio en el que murieron miles y miles de personas: se rescataron 200 mil anillos de casamiento de entre los cadáveres. Haga usted las cifras. Dresde no olvida. Y cada nota que sale de los violines o flautas de sus niños músicos recuerda no sólo el horror nazi, sino el genocidio británico y sus más de 40 años de gobierno comunista.
Decía que le unión europea está asegurada con saliva. Después de 21 años de “liberación” alemana, apenas el 0,5 por ciento de los germanos practican el casamiento mixto (o sea entre los del este y los del oeste). Aún siguen separados (25% de la población manifiesta abiertamente que con el comunismo vivía mucho mejor), se recelan. La integración alemana es aún una tarea pendiente.
 
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Y, mientras los alemanes no se entienden siquiera entre ellos, el racismo y la discriminación crecen al igual que los desempleados, a la luz de la crisis de capitalismo. Y si no, sintonice Francia. Huelgas y manifestaciones, recortes de empleos, menos beneficios sociales (ahora les tocó nuevamente a los británicos), más exclusión: esa es la realidad de la “unión”, donde el estado de bienestar ya es un chiste de mal gusto y donde los menos beneficiados son explotados de las más diversas formas para beneficio de los grandes capitales trasnacionales.
Gitanos, musulmanes, negros, sudacas: ya no hay lugar para mano de obra barata, porque la cantidad de desocupados europeos necesitan cualquier puesto de trabajo, aún los infrahumanos reservados para los inmigrantes, porque ya no se trata de reclamar por la seguridad social, sino apenas de comer…
Y, sin remedio, uno llega al Danubio (en Viena, en Budapest, en Bratislava)… Todos están de acuerdo que el famosísimo Johan Strauss o era un dipsómano mayor o estaba totalmente enamorado. Porque ver al Danubio azul, es por exceso de romanticismo o por estar en condiciones de ver ríos azules y elefantes rosados a la vez. El encanto de Danubio no es que sea azul, por suerte.
El Danubio o el Donau es esplendoroso, además de ser la vía de comunicación –comercial, social- de la Europa central. Buda y Pest (las dos partes de la ciudad capital húngara) están unidas por el Danubio, y por el mismo cauce hoy puede llegar desde el Rin al Volga (gracias a un canal entre el Danubio y el Rin), eliminando así, posiblemente, el problema de mediterraneidad que tanto aqueja, por ejemplo, a bolivianos y paraguayos..
Los húngaros suelen decir que muchos conquistaron sus territorios y se fueron. Los turcos, por ejemplo, estuvieron apenas siglo y medio y dejaron, entre otras cosas, los baños y las aguas termales (convertidas en fuente de medicina alternativa y social), que aún hoy se explotan en toda la ciudad del gulash.
Usted puede tomarse el bote en Bratislava para ir a Viena o a Budapest. Y Viena, tan cremita y blanca, tan conservadora y tan imperial, tan llena de palacios, la Ringstrasse, la Ópera y el museo Albertina (excelentes las exposiciones de Michelangelo y de Picasso) parece detenida en el tiempo de sus cafés con sillones y tiempo para leer los diarios y comerse una porción de la famosa Sacher torten de chocolate.
Austria está llena de fortalezas y palacios, donde uno aprende que María Teresa, madre de María Antonieta –la que perdió la cabeza por la Revolución- le gustaba tanto la decoración de interiores de sus palacios como dar a luz apenas 16 hijos. (No hay referencia histórica a la compra posterior de un televisor). Los maravillosos jardines del palacio de Schonbrunn y los laberintos chismean sobre encuentros demasiado cercanos de cualquier tipo, cuenta la historia oficial y paraoficial.}
 
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Algo similar pasa en Salzburgo, dedicada aún a la explotación de la vida de Amadeus Mozart y los jardines de Mirabelle. Todo es Mozart: desde los chocolates a cada espacio donde se puede presentar un concierto. Y desde allí, si es valiente, puede incursionar hasta Innsbruck para descubrir el Tirol (donde se animan a usar colores menos cremita, aunque siempre dentro de la gama de los pasteles), la cultura de montaña, la carne de ciervo y jabalí… y el frío alpino.
Pero como dijera Klauz, un veterano guía austríaco: “Lo nuestro no es la guerra, son los casamientos”. Y es cierto. Un imperio, sobre todo con los Habsburgo, que cuando tuvo que defenderse tuvo que pedir ayuda afuera. A los turcos comandados por Kara Mustafá los detuvieron en 1683 el rey polaco Juan III Sobieski y el príncipe de Saboya-Carignano, Eugenio Francisco.
Y en ese reinvento permanente de la historia, aparece precisamente Eugenio Francisco, hijo bastardo de Luis 14, chiquito, jorobado y lleno de verrugas, a quien su padre quiso meter en un monasterio para que no lo molestara en las Cortes, y al final le salió excelente estratega militar, contratado por el emperador austríaco, quien pagó sus servicios con la construcción de varios palacios, entre ellos el de Belvedere. Dicen que después de llegar a la cima, las señoras de Viena sostenían que la joroba le sentaba muy bien y que tenía una mueca que ya parecía una sonrisa y era encantadora… Como dicen en el Caribe: chequera mata galán.
 Y uno se sorprende al aggiornarse que las milanesas no son de Milán sino de Viena y la salchichas de Viena en realidad son de Francfurt, y desde mucho antes de la globalización.
De esa época son el palacio y los jardines de Lednice, declarados patrimonio de la humanidad de la Unesco, que hoy recuperados por la Universidad de Brno y convertidos en lugar turístico, esos predios son reclamados por la familia Lichtenstein (los mismos del principado), varios de cuyos descendientes integran los gabinetes derechistas en Chequía (así le llaman a la República Checa) y países aledaños.
En la esplendorosa Praga donde las cervecerías sirven de escenario a la bohemia de los bohemios (esa es la región donde se asienta la capital checa) también tratan de reescribirle la historia, llenándola de condes y duques muertos por enfrentarse al rey de turno. Incluso critican hoy la Primavera de Praga como movimiento interno del comunismo pero no una rebelión popular. Pero las paredes de las callecitas de la ciudad alta, media y nueva hablan por sí solas y la creatividad del checo sigue haciéndole gambetas a la globalización.
En esta necesidad de tener historia propia, los europeos prefieren silenciar su pasado reciente (incluso el del último siglo) y reinventar edulcorados cuentos sobre aguerridos y cultos condes, obispos, cortes imperiales, arzobispos lujuriosos o no, reyes, emperadores, emperatrices. Familias reales o aristocracia aparecen hoy como principales aliados –muchos de ellos enquistados en el poder- de las grandes trasnacionales. Les asesinaron la historia y, para peor, la gente no ve nada esperanzador en el horizonte.
Pareciera una unidad tan delicada como la porcelana de Meissen o el cristal de Bohemia. Ningún luchador nacionalista o social es recordado en esta neohistoria. Como si la historia “unitaria” no los necesitara y los pueblos tampoco. Paren Europa, prefiero bajarme.
Tomado de Sur y Sur

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