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El polvorín

Protegidos o atrapados, ¿qué fue de la gripe A?

1 Mayo 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

La directora de la OMS, Margaret Chan, y la ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, antes de asistir a una reunión el pasado día 22. / EFE

 Ahora que Europa acaba de sobreponerse al nuevo susto propiciado por el volcán islandés Eyjafjalla, no estará de más darse una vuelta por esos tornados que aturden a la población de vez en cuando, alimentados por no se sabe qué poderes fácticos, económicos, mediáticos o políticos. Y es que, si bien la gente dice sentirse segura hoy más que nunca, la vulnerabilidad parece que no para de acecharnos. ¿Qué extraño mundo es éste —tan desarrollado, tan rico, tan avanzado, tan “perfecto”…— que no gana para sustos? Conflictos que de un día para otro cubren de miedo el planeta y con la misma rapidez se olvidan. Se anuncia de pronto una tormenta (como las cenizas del volcán Eyjafjalla) y unas semanas más tarde no vuelve a saberse de ella. 

Raro es el día que la población no se despierta con algún anuncio avieso; desde la violencia más común (la delincuencia, a secas, a la llamada de género), pasando por la angustia que provocan esas enfermedades que apocalípticos y augures pronostican, todo parece favorecer el sobresalto. Al ser humano, no sé por qué, parece que le encandilan los sucesos. No hay más que ver la televisión; esos programas en los que con profusión de detalles, y (casi) en directo, se narran disputas, tragedias y miserias de todo tipo. 

Y dicho esto, ¿quién recuerda ya la gripe A? O, si se quiere ir aún más lejos, ¿quién recuerda la terrorífica enfermedad de las vacas locas

Pero hablemos de la gripe A, que para eso se celebra su primer aniversario en estos días. La influenzavirus A H1N1, o porcina como se le denominó al principio, tuvo en vilo a medio mundo, ¿lo recuerdan? ¿Y qué queda hoy de ella, además de algunos centenares de muertos y de varios almacenes atestados de dosis de la vacuna polémica? Nada o casi nada. Y aunque ha ocasionado, como digo, cerca de 300 muertos en España y en torno a unos 17.000 en el mundo —en ningún caso comparables con esos miles de muertes que la gripe estacional provoca cada año—, nada hacía pensar entonces, ni siquiera en su momento más álgido, que el Gobierno español, y tras él los medios de comunicación, tenían que “enloquecer” como lo hicieron, encargando, unos, hasta 37 millones de dosis para vacunar, prácticamente, al 100% de la población, y persiguiendo, otros, hasta el umbral de sus casas a cualquier persona que manifestase el menor síntoma de la “terrible” enfermedad. 

En el caso del Gobierno, éste recapacitó, supongo, y se contentó con comprar sólo 13 millones de dosis… de los que apenas gastó 3; los otros 10 millones aguardan a que alguien los adquiera a precio de saldo. De todo aquel alboroto, social y económico, la secuela real es que la gripe A le ha dado un buen pellizco a las arcas públicas de no pocos Estados, para ir a engrosar los beneficios de los laboratorios farmacéuticos. A los accionistas de Novartis, por ejemplo, la gripe les ha dejado en sus bolsillos un 40% más de beneficio en el primer trimestre de este año, debido, según se lee en sus informes, “al buen comportamiento de las ventas de medicamentos para combatir la gripe A”

Es decir, una gripe, la H1N1, de la que muy pronto se supo que no era ni más ni menos dañina (en todo caso, menos) que la conocida como gripe estacional, desencadenó tal alarma y angustia social que hoy, a toro pasado, resulta difícil justificar la actuación de gobiernos y algunos medios de comunicación de masas, a no ser que detrás del fenómeno se ocultasen intereses inconfesables o espurios. 

Y nada ha tenido que ver, en todo caso, en este comportamiento gubernamental y mediático la famosa teoría sobre cierta conspiración que esgrime la archiconocida médica (y monja) Teresa Forcades (una especie de “conspiración universal” según ella, para que la industria farmacéutica montase el negocio del siglo y, de paso, diezmase a la población), ya que, a la vista de los resultados —menos de un millón de infectados y 16.813 fallecimientos a 14 de marzo pasado, según la Organización Mundial de la Salud (OMS)—, la consabida gripe A está siendo, repito, mucho menos dañina que la gripe estacional. 

Así que la pregunta, inevitable, surge de inmediato: ¿por qué ésta y otras alarmas similares se producen con tanta frecuencia en nuestra sociedad? Por qué una sociedad tan desarrollada como la occidental se pone las vendas antes de sufrir las heridas, con el consiguiente aturdimiento y parálisis que eso conlleva. ¿Es una simple consecuencia, lógica, de la globalización en la que vive el mundo, o hay “algo más” detrás? La impresión es que ese “algo más” existe, aunque se antoje intangible y difícilmente explicable. Pero, con todo, parece incuestionable que hay razones —que nada tendrían que ver, insisto, con la teoría de conspiración que defiende la médica Forcades— que condicionan el comportamiento y actuación de los gobiernos, medios de comunicación y población en general. La sociedad es hoy permeable a cualquier anuncio, sea del tipo que sea; y si ese anuncio surge desde el Poder, mucho más. Un ejemplo claro y muy frecuente es como “vive” la gente los fenómenos meteorológicos. De un tiempo a esta parte todo el mundo habla de colores (alerta roja, alerta naranja, alerta amarilla…) La población se paraliza por miedo a no sé que nevada, tormenta o temporal… No importa dónde ocurra. Y es tal la obsesión por conocer y controlar las inclemencias del tiempo a priori que muchas personas sólo viajan ya si luce un sol espléndido y, al hilo de esa clave, “sólo si el parte meteorológico no está tiznado de colores”

En cualquier caso, sabemos que existen los grupos de presión y esos poderes fácticos que condicionan las decisiones. Y en el tema de la gripe A es probable que también influyesen lo suyo a la hora de plantear cómo abordarla. Pero también influyó, seguro, nuestra falta de madurez democrática, que siempre es un inconveniente para vivir con normalidad fenómenos como el de la gripe citada. Y luego está ese miedo que atenaza hoy al político de turno a perder votos; miedo que le lleva a prometerlo todo, a asentir en todo. Y, también, ¡cómo no!, está el miedo a equivocarse del médico; el miedo a exponerse ante una población cada día más y mejor informada y a la consiguiente denuncia que pudiera llegarle si comete un error. Está, asimismo, el miedo social… a fracasar, a no ser perfectos en un mundo que imaginamos perfecto. Y, por supuesto, está el miedo a enfermar. 

Y existe el miedo de los medios de comunicación de masas a que les abandonen sus lectores, espectadores u oyentes si no están ahí, en primera línea, “en donde ocurre la noticia”, sobre la que han de insistir hasta la saciedad para no perder “clientes”. 

En fin, toda esta exposición pública y universal de hechos, opiniones, valores, etcétera, genera, a la postre, esa especie de tornado que atemoriza y encoge a la población cuando se anuncia cualquier acontecimiento que pudiera quebrar nuestra seguridad. ¿Cómo evitarlo? Creo que, tal y como vivimos, y con la organización sociedad que tenemos, cada día va a ser más difícil evitar este tipo de fenómenos. Las aerolíneas europeas han protestado y acusado a la Unión Europea de cierta negligencia, de tomar medidas precipitadas y de falta de coordinación respecto a la nube de cenizas que ha paralizado Europa durante una semana. Pero si no se hubiesen tomado esas medidas drásticas, y se hubiese producido un accidente aéreo, ¡uno sólo!, las demandas ante los tribunales se hubiesen contabilizado por cientos, probablemente, y las horas y horas dedicadas a hablar del suceso nunca hubieran tenido fin. 

Así pues, tan sólo un año después de que el globo de la gripe A se haya desinflado, cabe colegir que la responsabilidad, la culpa, o como quiera etiquetarse a lo ocurrido, es de todos; empezando por el Poder y acabando por el último ciudadano, que siempre parece que prefiere, en general, “el jaleo” o vacunarse (por si acaso), a la reflexión. 

Y hablando de reflexión, la OMS anda ya en ello; parece que no las tiene todas consigo y necesita reflexionar, pensar, en el comportamiento seguido con la gripe A. Se le acusa a este organismo de provocar un “pánico innecesario” e incitar a los gobiernos a hacer “gastos superfluos en vacunas”. En mayo de 2009, cambió, no se sabe muy bien por qué, la definición de pandemia, y eliminó la característica de “mortalidad” para quedarse con la de “infección simultánea de varios países” como rasgo principal que definía esa pandemia. Margaret Chan, directora general de la OMS, acaba de pedir a un comité de expertos independientes que les examine; a ellos les pide un trabajo “franco, crítico y transparente”. “Creíble e independiente de nuestra actuación”, añade Chan. Y en Castilla se dice que “cuando el río ruge…” Así que no las tendrá todas consigo la OMS cuando pide a los expertos “una revisión independiente” de su actuación. En cualquier caso, el Comité de expertos, compuesto por 29 miembros, ya se ha reunido, estudiado y emitido su veredicto sobre la gestión que la OMS hizo de la pandemia del virus de la gripe H1N1. Ahora entregará un informe preliminar que será presentado en mayo a la Asamblea General, aunque hasta el año 2011 no se conocerán los resultados.
Lo cierto es que, “decisiones precipitadas” a parte, y tanto si fueron tomadas por la OMS como por los gobiernos, la calma ha vuelto a reinar un año después; eso sí, no se sabe por cuanto tiempo. Lejos queda ya aquel mes de abril de 2009, cuando en México se creyó que había llegado el fin del mundo, o algo parecido. Aquellas imágenes de una población con mascarilla recorriendo las calles, o aquellas carreras de los medios para localizar a los infectados… son sólo recuerdo. ¡A ver cuánto tiempo somos capaces de aguantar sin repetirlas!

Tomado de Cuartopoder

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