El término japonés ‘tsunami’ se ha hecho ampliamente popular en los últimos años, convirtiéndose en el modo habitual con el que la mayoría de personas y medios de comunicación se refieren a lo que toda la vida habíamos conocido como ‘maremoto’.

Un tsunami (o maremoto) es la consecuencia de un terremoto que se origina en el fondo del mar. El movimiento de la tierra hace que se produzca un desplazamiento del lecho marino y del agua que tiene encima. De esta manera, el agua del océano, al tratar de recuperar su estado habitual, genera olas de grandes dimensiones que se desplazan a gran velocidad.

Famosos son los destrozos y desgracias que han ocasionado estas violentas agitaciones de las aguas del mar y de reciente recuerdo son las consecuencias de las acontecidas tras el terremoto de Japón de 2011, Chile en 2010 o en el Océano Indico en 2004.

Pero así como tenemos presente estos desastres durante la última década, podemos encontrar que hace setenta años el ejército de los USA junto al de Nueva Zelanda estuvo experimentando una mortífera y devastadora ‘bomba tsunami’ con la que destruir por completo ciudades y objetivos militares costeros.

De sobra es conocido el interés de los estadounidenses por participar en la Segunda Guerra Mundial y mientras esperaban la oportunidad de intervenir (que se les presentó a través del ataque japonés a Pearl Harbor) estuvo experimentando con diferentes métodos de destrucción masiva.

Por una parte habían puesto en marcha el ambicioso Proyecto Manhattan con el que trabajaban en la creación de potente armamento nuclear, de donde salieron las dos bombas atómicas que fueron lanzadas sobre Nagasaki e Hiroshima. Pero por otro lado un importante equipo de investigadores estudiaba un método devastador con el que crear el mayor desastre posible a través de bombas instaladas en el fondo del mar y que produjeran gigantescas olas capaces de destruir cualquier objetivo.

La idea surgió tras observar un oficial de la marina de EEUU como se utilizaban explosiones controladas para limpiar los arrecifes de coral en el Océano Pacífico, las cuales creaban grandes olas muy similares a las que se ocasionan tras un maremoto.

El lugar geográfico escogido donde experimentar fue la península de Whangaparaoa (en Nueva Zelanda) y alrededor del archipiélago de Nueva Caledonia (al sudoeste del océano Pacífico). Durante 1944 y los primeros meses de 1945 hasta 3.700 explosiones marinas se realizaron en aquellos lugares, consiguiéndose olas destructivas que alcanzaron hasta los doce metros de altura.

Tras declarar la guerra a Japón la ‘bomba tsunami’ era el método escogido, algo que el propio gobierno británico (que ejercían el control sobre Nueva Zelanda) apoyaba y ofrecía ayuda en su investigación a través de ceder el espacio marítimo para las pruebas.

Todos los ensayos se realizaron a pequeña escala, ya que eran conscientes del potencial destructivo del agua en forma de ola gigante e incontrolada.

Se llegó a la conclusión que con una batería de unas diez potentes cargas, convenientemente repartidas por el fondo del mar, y conteniendo cerca de dos mil toneladas de explosivos, colocadas a una distancia de ocho kilómetros de la costa, podría causar una ola gigante capaz de destruir cualquier objetivo militar y una ciudad de tamaño mediano al completo.

Era ideal y totalmente viable para atacar los intereses japoneses, pero la finalización de la potente bomba nuclear que se estaba desarrollando en el Laboratorio Nacional Los Álamos (en Nuevo México) hizo que se dejase a un lado el Proyecto Seal (como se bautizó a la línea de investigación de la bomba tsunami) y decantarse finalmente por lanzar las bombas atómicas, tal y como sucedió el 6 y 9 de agosto de 1945.

Los documentos referentes al Proyecto Seal y la bomba tsunami fueron desclasificados en el año 1999, pasando prácticamente desapercibidos hasta que el cineasta y escritor neozelandés Ray Warudio con ellos, recientemente, examinando unos archivos militares mientras buscaba información con la que documentarse para un futuro proyecto cinematográfico.

En 2011, apenas desencadenada la catástrofe del megaterremoto y tsunami en Japón,  el famoso teórico de la conspiración, Benjamin Fulford, se refirió al evento como algo generado por las elites mundiales para aleccionar a Japón, que no estaba tomando las medidas correspondientes alineadas con sus intereses. Según relata Fulford en el video, se detonaron cargas explosivas en el mar para generar el maremoto.