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El polvorín

"¡Qué viene el Papa!"

4 Noviembre 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

El Estado español tiene una idefectible impronta católica, da igual que estemos en Madrid que en Sevilla, en Bilbao que en Barcelona. El Estado Vaticano es el primer propietario.
Pedro L. Angosto | 3-11-2010

Acabo de leer en la prensa que un numeroso grupo de personalidades catalanas han pedido a Ratzinger, exjefe de la Santa Inquisición y Presidente del Estado Vaticano elegido por Dios y los hombres que saben interpretar el susurro de las palomas, que reconozca durante su estancia en Barcelona que Cataluña es una nación. Para quienes amamos a Cataluña no había ninguna duda al respecto como tampoco la albergábamos sobre el carácter plurinacional de España, de una España que se sienta orgullosa de sus diferencias. Pero mira por dónde, la vida te da sorpresas y de pronto ves –tampoco es que sea cosa muy nueva- que en el seno de Cataluña también existe un “casticismo” absurdo que tiene, en el fondo, las mismas raíces que el “madrileño”.

Desde que los Reyes Católicos decidieron unir sus reinos mediante sagrado matrimonio, allá por el último tercio del siglo XV, la religión se convirtió en el principal instrumento de homogeneización de la nueva Monarquía Hispánica. Cada reino conservó sus instituciones primitivas para las cuestiones que le eran propias, pero en todos, además de la propia Corona, tuvo competencias absolutas un organismo sacrosanto y regio dedicado a llevar por el buen camino a los díscolos y descarriados: La Santa Inquisición, hoy Congregación para la Doctrina de la fe. Originaria del sur de Francia, aquella institución benéfica que tenía una enorme afición por el fuego y el olor a carne quemada, estaba implantada en Aragón, por tanto en Cataluña, antes de las célebres nupcias, extendiéndose desde allí a todos los dominios de sus majestades. En lo sucesivo, mientras los buenos cristianos viejos de todos los rincones de España pudieron disfrutar de su hambre domo dios manda, quienes eran judíos, moriscos, protestantes, sospechosos de brujería, curanderos, fornicadores, blasfemos, discrepantes y maledicentes supieron de su eficiencia mediante el uso y disfrute de ingeniosos aparatos destinados a la reeducación de los reos, tales como la Dama de hierro, que era un sarcófago de hierro lleno de pinchos del mismo material, la Cuna de Judas, una especie de potro piramidal destinado a las partes más pecaminosas del cuerpo humano y el Aplastacabezas, sobre el que creo no es menester ser más explícito. Después de saber de estos instrumentos, los supervivientes se arrepentían de los pecados cometidos y no cometidos, acudiendo beatíficamente a la hoguera y así alcanzar la purificación en olor de multitudes.

Con el tiempo y una caña la Santa Inquisición perdió el ingenio, sus ingenieros no supieron adaptarse a la revolución industrial y la fabricación de artilugios entró en decadencia. Fue poco después, aprovechando las luces de la Ilustración y la Revolución Francesa, cuando la Iglesia descubrió métodos más sutiles y eficaces: La conquista de la educación y de los grandes medios de comunicación. Y esas estamos todavía en este maravilloso país o conjunto de países, unidos todos, como hace cinco y más siglos, por la cosa clerical como prueban las miles de enormes iglesias edificadas a lo largo y ancho de la piel de toro, el origen del Obispo Zumárraga, primer escritor en Euskera y cazador de brujas profesional, del serenísimo Ignacio de Loyola, del gran cruzado Pla i Deniel, del exótico Cardenal Segura o del tristísimo Rouco Varela, gallego que tiene el móvil de Dios para consultas externas pero que, como todos, quiere su reino en este mundo. Y es que no somos católicos por la gracia de dios desde que los reyes de ese nombre decidieron matrimoniarse, no, lo somos desde que Santiago Matamoros –dicen que fue San Pablo pero a mí me da igual- decidió hacer el camino de San Jaime, hoy tan de moda entre los de aquí y los de allende los Pirineos. La Moreneta, la Virgen de Begoña, Nuestra Señora de Aranzazu, la Virgen del Pilar que no quiere ser francesa, la Macarena, la Esperanza de Triana, la de Guadalupe, la mare de deu del Desamparats, Loyola, Zaragoza, Santiago, Santo Toribio, Montserrat, Torreciudad, la Clínica Universitaria de Navarra, la Universidad Ramón Llull, el ESADE, el CEU, la Universidad Pontificia de Comillas, Deusto… ¿Pero se puede pedir más señas de identidad comunes? Y ahora el Papa, cientos de miles de años sin papas pese a ser el Estado más católico del mundo y ahora no se van de aquí ni a patadas.

¡Qué viene el Papa!, gritan los chiquillos de los colegios concertados, más de la mitad de los existentes en España incluidas Euskadi y Cataluña; ¡Qué viene el Papa”, vocean los del Madrid, los del Barça, los del Sevilla y los del Bilbao; ¡Qué viene el Papa!, pregonan las televisiones y los medios de amplio espectro con sumo regocijo; ¡Qué viene el Papa, claman los estudiantes de Deusto y del ESADE, especialistas en cosas del dinero; ¡Qué viene el Papa!, es la noticia de la semana de este país plurinacional convertido por algunos en aldea nauseabunda y clerical.

El Papa es el jefe de un Estado minúsculo que funciona igual que una multinacional y que existe gracias a la protección de las grandes potencias occidentales y a la permisividad de países como España que consienten que un poder extranjero sea el mayor propietario de inmuebles del país sin pagar un solo euro, que permite que sus emisarios controlen las conciencias de más de la mitad de los niños que cursan enseñanza obligatoria gracias a las tremendas subvenciones que reciben los colegios católicos mientras los públicos se hunden en la miseria, que le regalan todos los años más de 9.000 millones de euros para poder continuar su labor de proselitismo putrefacto sin que la crisis económica que padecemos les afecte lo más mínimo. El Papa, no me acuerdo de su nombre en este momento, siguiendo la costumbre ancestral de la Inquisición, ha amonestado y expulsado de su empresa a personas decentes y ejemplares como Leonardo Boff, Jon Sobrino, Ernesto Cardenal o Pedro Casaldáliga, mientras mantiene relaciones con los poderes fácticos que están en el origen de todas las pesadillas que atormentan al ser humano. No niego a ese señor su derecho a venir a España, ni que satisfaga los deseos de esos señores que quieren su bendición catalana. Los meapilas me importan un bledo. Simplemente exijo que el Estado español no se gaste ni un céntimo en esa visita porque para mí y para muchos ciudadanos de este país, el problema no es Venezuela ni Cuba, el problema, uno de los más graves problemas es vivir en un Estado confesional diga lo que diga la Constitución, pues no se puede llamar de otra manera a un Estado y diecisiete comunidades autónomas que entregan a un Estado extranjero un billón y medio de las antiguas pesetas para fomentar las ideologías más reaccionarias que el hombre ha conocido.

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