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El polvorín

Sao Paulo y sus redes penitenciarias. La favela tras las rejas /São Paulo e suas redes penitenciarias. A favela atrás das grades

8 Octubre 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Brasil es poseedor de la cuarta población carcelaria más grande del mundo, con más de 470 mil personas. Sólo Sao Paulo tiene casi el 35 por ciento de los presos nacionales. La superpoblación, la corrupción y los malos tratos son elementos estructurales del sistema que llevaron a los presos a que se organizaran y crearan maneras de resistir, como las facciones carcelarias, la religión y el arte.


Rafael Godoi
Traducción: Carolina Casella
Foto: ABr

Este es el contexto de represión y resistencia carcelaria en el que surge la música del rapero Dexter, nuestro entrevistado en la sección de Imagina y Resistencia.

Sao Paulo, Brasil. El sistema penitenciario brasileño lleva consigo dos grandes características: la de la grandeza y la de la precariedad. Grandeza porque confina casi a medio millón de personas en el final de la primera década del siglo XXI, número que fue alcanzado muy rápidamente, en el transcurrir de los últimos años – en 1988, la población de presos en Brasil no pasaba de 89 mil personas; para finales de 2009 ya sumaban más de 470 mil. El estado de Sao Paulo es uno de los mayores propulsores de esa explosión demográfico-carcelaria: en 1986, el estado más rico del país confinaba a poco menos de 25 mil personas; en 2009, ya eran más de 160 mil, casi 35 por ciento del total nacional.

Esos datos ubican a Brasil como poseedor de la cuarta población carcelaria más grande del mundo – después de Estados Unidos, Rusia y China – y al estado de Sao Paulo como una verdadera “potencia carcelaria” global, con un sistema penitenciario más grande que en cualquier país europeo. Esos números fueron logrados a través de una constante política de expansión de celdas. Entre 1997 y 2006 – siempre bajo la gestión de gobiernos del PSDB [partido que comanda el gobierno de Sao Paulo desde hace 15 años y el mismo que estuvo de 1992 a 2002 en la presidencia de la República con Fernando Henrique Cardoso] – más de una centena de instituciones fueron construidas en Sao Paulo, principalmente en el interior del territorio estatal.

La justificación para tal expansión es siempre virtuosa: la disminución de la superpoblación, la mejora de las condiciones del cumplimiento de pena, el aumento de la seguridad de la población. Sin embargo, acompañando la trayectoria histórica del sistema carcelario paulista, se observa que la superpoblación nunca fue siquiera disminuida, y las condiciones de cumplimiento de pena siempre fueron demasiado precarias.

Cada prisión inaugurada fue rápidamente superpoblada, de modo que el déficit de celdas nunca ha llegado cerca de ser resuelto, aunque exista una gran inversión. En realidad, mucho antes de existir el PSDB, esa ya era la tónica regular del desarrollo de las instituciones carcelarias paulistas: si son creadas celdas en nuevas prisiones, nunca lo serán para disminuir el sufrimiento de los detenidos que ya cumplen con su pena, sino para someter a más personas a esa misma penuria –siempre en nombre de la seguridad de la población.

Los mismos argumentos y “fracasos” acompañan la creación de la Casa de Corrección de Sao Paulo, en la década de 1850; de la Penitenciaría del Estado, en 1920; de la Casa de Detención, entre 1950 y 1960; y el reciente y masivo programa de expansión de celdas, capitaneado por el PSDB.

De este modo, si el crecimiento es una característica relativamente reciente del sistema carcelario, no se puede decir lo mismo en cuanto a su precariedad, ya que siempre lo ha acompañado desde las antiguas cárceles públicas dedicadas a esclavos fugados, mujeres sospechosas, locos, mendigos y marginados diversos.

¿Fracaso?

Se engaña doblemente quien piensa que esta precariedad representa un verdadero fracaso de las instituciones carcelarias y de sus gestores. Esta es el secreto de su “eficacia”. Por un lado, se busca preservar la función de castigar ejemplarmente y disuadir a las personas de cometer crímenes. Si el funcionamiento de las prisiones siguiera integralmente, las convenciones internacionales de derechos humanos que firman los gobernantes, seguramente, serían más atractivas en muchos barrios periféricos pobres de la región metropolitana.

Así que para que alguien descarte la hipótesis de cometer un crimen en un estado como Sao Paulo, hace falta que la amenaza de prisión sea más asustadora y opresiva que las pésimas condiciones de vida que ya vive esa persona en “libertad”. Por otro lado, la prisión precarizada funciona como una “escuela técnica” que profesionaliza a un criminal, que lo torna accesible y útil para la operación de los diversos negocios que componen la renta de las elites más ilustradas. Es por medio de la prisión que históricamente los más poderosos pudieron reclutar “trabajadores” para sus redes de prostitución; para operar el tráfico internacional de drogas, armas, órganos, personas; para hacer eliminar gente que “sabía demasiado”; o librarse definitivamente de sus enemigos.

Sobreviviendo en el Infierno

La creciente población carcelaria y aquellos más vinculados a ella – sus familiares y amigos – han ido forjando sus propias estrategias de sobrevivencia en esto contexto de adversidad perpetua. Un elemento que, junto a la precariedad y la violencia, acompaña la historia del sistema carcelario paulista es el “jumbo”: el paquete de alimentos, ropas, artículos de higiene y cigarros, llevados periódicamente por los familiares a los presos, y fundamentales para la garantía de un mínimo de condiciones de vida en el interior de la prisión.

La importancia de la proximidad de la familia del preso, por lo tanto, supera el papel re socializador normalmente destacado; su relación con el sistema carcelario es aún más estrecha, porque garantiza, a través del “jumbo”, una vida material mínimamente digna en el interior de la prisión.

La movilización de recursos privados y exteriores para la viabilidad de una vida carcelaria menos sufrida también ha asumido, históricamente, el aspecto de corrupción. Vale recordar que la precariedad del sistema carcelario no se reduce a las pésimas condiciones de vida de los detenidos, pero afecta también la vida de sus funcionarios, creando un ambiente propicio para un pujante comercio de bienes políticos variados.

En un ambiente de absoluta precariedad, una visita “extra”, un jumbo “extra”, una visita íntima, un baño de sol adicional, una consulta médica, una transferencia de celda, de pabellón, de penitenciaría se convierten en valiosas mercancías, de las cuales ciertos funcionarios pueden sacar algún lucro y algunos presos pueden atenuar el sufrimiento vivido.

 

CD Raio-X do Brasil (1993), Racionais Mc's

CD Raio-X do Brasil (1993), Racionais Mc’s

¿Salidas?

Es sobre este suelo de estrategias y prácticas históricas que acompañan la trayectoria del sistema carcelario paulista que se debe insertar el problema del desarrollo de las facciones carcelarias, como el Primeiro Comando da Capital (Primer Comando de Capital PCC).

En primer lugar, una mayor coordinación de las diversas actividades inherentes a la población carcelaria (sean legales o ilegales), la instauración de un código de conducta, de mecanismos autónomos de resolución de conflictos (internos y externos) acaban por promover mejores condiciones de vida en la precariedad. Son muchos los relatos que testimonian la reciente disminución de las muertes y conflictos en el interior del sistema carcelario, no obstante el continuo aumento de la población carcelaria.

En segundo lugar, la extrapolación de la facción hacia afuera, su marcada incidencia en mercados legales e ilegales, su notable capacidad de movilización de recursos, terminan por debilitar económicamente la red de familiares y amigos de presos que (a través del “jumbo”, o por la corrupción) tenían una significativa parcela de sus parcas rentas alimentada por el sistema penitenciario. Además, no solo puede debilitar esas redes, sino pasa a apoyarlas, direccionando recursos para algunos de sus puntos más vulnerables.

Sin embargo, la “salida” de la precariedad a través de la estructuración de la facción también tiene sus costos para los presos. Principalmente, en lo relativo a un mayor compromiso con los “negocios del crimen” (la principal fuente de recursos de esa red), traduciéndose en una siempre presente posibilidad de prolongamiento de la pena, o de breve y amargo retorno a los precarios pabellones del sistema carcelario, o incluso la muerte precoz.

Sobre la misma precariedad constitutiva, y al lado de las redes ya citadas, otras dos redes sociales se estructuran, buscando minimizar, con los recursos que disponen y movilizan, el sufrimiento de sus integrantes presos: la de religiosos evangélicos y la del hip hop.

La red de religiosos evangélicos, los “creyentes”, que viven un mundo cotidiano separado dentro de las prisiones, dedicado integralmente a la alabanza religiosa. En los últimos años, la conversión se consolidó como una de las únicas vías de salida de la “vida del crimen” legitimadas por la población carcelaria paulista. Convirtiéndose, un preso se exime de sus querellas con el “crimen” y entra en sitios de convivencia, redes de sociabilidad y apoyo totalmente diversos.

Sin embargo, la sospecha siempre recae sobre los recién convertidos, la sospecha de la falsa conversión, de la conversión utilitaria, de huida, por cobardía, buscando el escondite, que Dexter canta en “8º Ángel”. Sospecha que es permanentemente puesta a prueba, por los “creyentes” y por otros, a través de una observación estricta de las actitudes del recién convertido.

La otra red, es propiamente la del rap, del hip hop, de la literatura, del arte, de la “cultura”. Esa red, aunque menos densa y más débil en términos económicos, tiene un gran potencial para atenuar el sufrimiento de aquél que vive en la prisión precaria. Es una red que también puede “salvar”, que también puede romper el círculo vicioso cárcel-crimen (muerte), sin la desventaja de inspirar sospechas.

En términos materiales sus aportes son limitados, sus debilidades son suplidas por múltiples conexiones que establece por el respeto que inspira en las otras redes que componen el universo carcelario.

Su principal fuerza está en el nivel de subjetividad, de la constitución de sujetos diferenciados, ejemplares, admirables, no solamente por hacer reverberar por todo el mundo la precariedad de las instituciones carcelarias paulistas, sino por hacerlo de manera contundente, apasionada, lúcida, crítica y, principalmente, desde dentro.

En el inicio del siglo XXI, cada celda recién construida es el potencial “despacho” de un poeta o un novelista, el “estudio” de músicos y diseñadores. La estructuración de esa red está en curso, el peso político, simbólico y económico que asumirá en el futuro próximo todavía no está dado. Toca a quien lo deba decir (o cantar) la extensión y fuerza de sus hilos.

 

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Brasil possui a quarta população carcerária do mundo, com mais de 470 mil pessoas. Só São Paulo tem quase 35% dos presos nacionais. A superpopulação, a corrupção e os maus-tratos são elementos estruturais do sistema que levaram os presos a se organizarem e criarem maneiras de resistir, como as facções criminais, a religião e a arte.


Rafael Godoi
Fotografia: Abr

Este é o contexto de repressão e resistência carcerária no qual surge a música do raper Dexter, nosso entrevistado da seção Imagem e Resistência.

São Paulo, Brasil. O sistema penitenciário brasileiro carrega em si duas grandes marcas: a da grandeza e a da precariedade. Grandeza porque confina quase meio milhão de pessoas no final da primeira década do século XXI, número que foi alcançado muito rapidamente, no decorrer dos últimos anos – em 1988, a população de presos no Brasil não passava de 89.000 pessoas; no final de 2009 já somava mais de 470.000.

O estado de São Paulo é um dos maiores propulsores dessa explosão demográfico-carcerária: em 1986, o estado mais rico do país confinava pouco menos de 25.000 pessoas; em 2009, já eram mais de 160.000, quase 35% do total nacional. Esses dados colocam o Brasil como detentor da quarta maior população carcerária do mundo – atrás dos EUA, Rússia e China – e o estado de São Paulo como uma verdadeira “potência carcerária” global, com um sistema penitenciário maior que o de qualquer país europeu.

Esses números foram alcançados através de uma constante política de expansão de vagas. Entre 1997 e 2006 – sempre sob a gestão de governos do PSDB – mais de uma centena de instituições prisionais foram construídas em São Paulo, principalmente no interior do território estadual. A justificativa para tamanha expansão é sempre virtuosa: a diminuição da superlotação, a melhoria das condições de cumprimento de pena, o aumento da segurança da população. Porém, acompanhando a trajetória histórica do sistema prisional paulista, observa-se que a superlotação nunca foi sequer amenizada, e as condições de cumprimento de pena sempre foram por demais precárias. Cada prisão inaugurada foi logo superlotada, de modo que o déficit de vagas nunca chegou perto de ser equacionado, mesmo com tamanho investimento.

Na verdade, muito antes de o PSDB (partido que comanda o governo de São Paulo há 15 anos e mesmo que esteve de 1992 a 2001 na presidência da república com Fernando Henrique Cardoso) existir essa já era a tônica regular do desenvolvimento das instituições prisionais paulistas: se vagas em novas prisões são criadas, nunca será para amenizar o sofrimento dos detentos que já cumprem pena, mas para submeter mais pessoas a essa mesma penúria – sempre em nome da segurança da população. Os mesmos argumentos e “fracassos” acompanham a criação da Casa de Correção de São Paulo, na década de 1850, da Penitenciária do Estado, em 1920, da Casa de Detenção, entre 1950 e 1960, e o recente e massivo programa de expansão de vagas capitaneado pelo PSDB. Assim, se a grandeza é uma marca relativamente recente do sistema prisional, o mesmo não pode ser dito quanto a sua precariedade, que sempre o acompanhou desde as antigas cadeias públicas dedicadas a escravos fugidos, mulheres suspeitas, loucos, mendigos e marginalizados diversos.

Fracasso?

Mas engana-se duplamente quem pensa que essa precariedade representa um verdadeiro fracasso das instituições prisionais e de seus gestores, ela é mais o segredo de sua “eficácia”. Por um lado, ela visa preservar a função de punir exemplarmente e dissuadir as pessoas de cometerem crimes. Se o funcionamento das prisões paulistas seguisse integralmente as convenções internacionais de direitos humanos que os governantes assinam, elas, seguramente, seriam mais atrativas do que muitos bairros periférico pobres da região metropolitana.

Assim, para que alguém descarte a hipótese de cometer um crime num estado como São Paulo é preciso que a ameça da prisão seja mais intimidadora e opressiva do que as péssimas condições de vida que já submetem essa pessoa em “liberdade”. Por outro lado, a prisão precarizada funciona como uma “escola técnica” que profissionaliza um criminoso, que o torna acessível e útil para a operacionalização dos diversos negócios escusos que compõem a renda das elites mais ilustradas. É através da prisão que os mais poderosos historicamente puderam recrutar “trabalhadores” para suas redes de prostituição, para operacionalizar o tráfico internacional de drogas, armas, órgãos, pessoas, para fazer “queimas de arquivo” ou se livrar definitivamente de seus desafetos.

Sobrevivendo no Inferno

A crescente população carcerária e aqueles mais vinculados a ela – seus familiares e amigos –foram forjando suas próprias estratégias de sobrevivência nesse contexto de adversidade perpétua. Um elemento que, junto com a precariedade e a violência, acompanha a história do sistema prisional paulista é o “jumbo”: o pacote de alimentos, roupas, artigos de higiene e cigarros, levados periodicamente pelos familiares aos presos, e fundamentais para a garantia de um mínimo de condições de vida no interior da prisão. A importância da proximidade da família do preso, portanto, supera o papel ressocializador correntemente destacado; a sua relação com o sistema prisional é ainda mais orgânica, porque garantidora, através do “jumbo”, de uma vida material minimamente digna no interior da prisão.
A mobilização de recursos privados e exteriores para a viabilização de uma vida prisional menos sofrível também assumiu historicamente o aspecto da corrupção. Vale lembrar que a precariedade do sistema prisional não se reduz às péssimas condições de vida dos detentos, mas afeta também a vida de seus funcionários, criando o ambiente propício para um pujante comércio de bens políticos variados. Num ambiente de absoluta precariedade, uma visita “extra”, um jumbo “extra”, uma visita íntima, um banho de sol adicional, uma consulta médica, uma transferência de cela, de pavilhão, de presídio se convertem em valiosas mercadorias, das quais certos funcionários podem retirar algum lucro e alguns presos podem amenizar o sofrimento vivido.

Saídas?

É sobre esse solo de estratégias e práticas históricas que acompanham a trajetória do sistema prisional paulista que se deve inserir o problema do desenvolvimento das facções prisionais. Em primeiro lugar, uma maior coordenação das diversas atividades inerentes à população carcerária (sejam elas legais ou ilegais), a instauração de um código de conduta, de mecanismos autônomos de resolução de conflitos (internos e externos) acabam por promover melhores condições de vida em meio a precariedade.

São muitos os relatos que testemunham a recente diminuição das mortes e conflitos no interior do sistema prisional, não obstante o continuado aumento da população carcerária. Em segundo lugar, o extrapolamento da facção para fora, sua marcante incidência em mercados legais e ilegais, sua notável capacidade de mobilização de recursos, acabam por desonerar a rede de familiares e amigos de presos que (seja pelo “jumbo”, seja pela corrupção) tinham significativa parcela de suas parcas rendas drenada pelo sistema penitenciário. E mais, não só pode desonerar essas redes, como passar a apoiá-las, direcionando recursos para alguns de seus pontos mais vulneráveis.

Porém, a “saída” da precariedade através da estruturação da facção também tem seus custos e ônus para os presos, principalmente, no que diz respeito a um maior compromisso com os “negócios do crime” (a principal fonte de recursos dessa rede), implicando numa sempre presente possibilidade de prolongamento da pena, ou de breve e amargo retorno para os pavilhões precarizados do sistema prisional, ou mesmo da morte precoce.

Sobre a mesma precariedade constitutiva, e ao lado das redes já citadas, outras duas redes sociais se estruturam, visando minimizar, com os recursos que dispõem e mobilizam, o sofrimento de seus integrantes presos, a da religião e a do hip hop e da arte.

A primeira é a rede de religiosos evangélicos, os “crentes”, que vivem um cotidiano à parte dentro dos presídios, integralmente dedicado ao louvor religioso. Nos últimos anos, a conversão se consolidou como uma das únicas vias de saída da “vida do crime” legitimadas pela população carcerária paulista. Convertendo-se, um preso desobriga-se de suas pendências com o “crime” e adentra em espaços de convivência, redes de sociabilidade e apoio totalmente diversos. Porém uma suspeita sempre recai sobre os recém-convertidos, a suspeita da falsa conversão, da conversão utilitária, da fuga, da covardia, do esconderijo, que Dexter canta em “8º Anjo”. Suspeita que é permanentemente colocada a prova, pelos “crentes” e pelos outros, através de uma observação estrita do comportamento do recém-convertido.

A outra rede é propriamente a do rap, do hip hop, da literatura, da arte, da “cultura”. Essa rede, ainda que menos densa e mais fraca em termos econômicos, tem um enorme potencial de amenizar o sofrimento daquele que vive na prisão sempre precária. Trata-se de uma rede que também pode “salvar”, que também pode romper o círculo vicioso cadeia-crime(-morte), sem a desvantagem de inspirar suspeitas. Em termos materiais seus aportes são restritos, suas debilidades são supridas pelas múltiplas conexões que estabelece e pelo respeito que inspira nas demais redes que compõem o universo prisional. Sua principal força reside no nível da subjetividade, da constituição de sujeitos diferenciados, exemplares, admiráveis, não só por fazer reverberar por todo o mundo a precariedade das instituições prisionais paulistas, mas por fazê-lo de forma contundente, apaixonada, lúcida, crítica, e principalmente, desde dentro.

No começo do século XXI, cada cela recém-construída é o potencial “escritório” de um poeta ou romancista, o “estúdio” de músicos e desenhistas. A estruturação dessa rede está em curso, o peso político, simbólico e econômico que assumirá no futuro próximo não está dado de antemão. Cabe a quem a tece dizer (ou cantar) a extensão e força de seus fios.

 

Tomado de Desinformémonos

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