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El polvorín

Sharuco El Arrollador: padre de la arqueología peruana

27 Febrero 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Julio C. Tello, the father of Peruvian archaeology:  his discovery and excavation and pioneering theoretical ideas stressing the autonomous rise of civilization in Peru.

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  El apelativo familiar de Julio C. Tello  era «Sharuko», que significa «arrollador».  La preocupación del “padre de la arqueología peruana” era reivindicativa, la reivindicación de su pueblo, pueblo que él encuentra expresado en una larga historia. La Historia no fue pues, para él, un entretenimiento académico, sino una contribución para el logro de un destino diferente. Eso lo hace distinto a los sabios extranjeros que tienen nuestro pasado como una fuente de datos para sus especulaciones teóricas o el sustento de su trabajo universitario.     

                                                                                                          

    ————————————————– Luis Guillermo Lumbreras

 

 

 

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EL PLANTEAMIENTO DE TELLO NO PIERDE VIGENCIA:                       

 El origen y desarrollo de la cultura peruana debe buscarse en su propio territorio, como creación heroica del hombre peruano, en el proceso de dominio de su medio. La cultura andina surgió en su propio territorio, siendo la cultura matriz: la Cultura Chavín.

 

 

Tello en Sechín

 

Julio C. Tello dicta “in situ” la descripción de los trabajos de escombramientos dirigidos por él en Sechín. La ilustración es de Hernán Ponce Sánchez y fue publicada en el libro Arqueología del Valle de Casma. www.arqueologiadelperu.com.ar/sechin.htm

 

 

Sitio Arqueológico de Sechín

 

Templo de Sechín, en reconstrucción publicada en el libro de Julio C. Tello. El templo de Cerro Sechín es uno de los monumentos arqueológicos más importantes del Perú, dada su antigüedad, belleza arquitectónica e importancia cultural. Luce, como pocos, una fachada construida con lozas de piedras grabadas con insinuantes motivos de guerreros en procesión. Descubierto en 1937, su estudio ha aportado grandes conocimientos a la historia del Perú.

www.arqueologiadelperu.com.ar/sechin.htm

 

 

mapa de ubicación

 

 

 

       Monolitos Grabados de Sechín

Algunos de los sacerdotes / guerreros grabados en los monolitos del templo de piedra en Sechín.

 

 

Monolitos Grabados de Sechín

 

 

Dos de los monolitos grabados que forman la pared exterior de Templo de Piedra en Sechín.

 

Luis G. Lumbreras, retrato 

 

El eminente arqueólogo Dr Luis Guillermo Lumbreras, diserta, líneas abajo sobre “el padre de la arqueología peruana”. Lumbreras es el impulsor de una arqueología social con proyección hacia el futuro, donde ésta participa del desarrollo y la integración de la sociedad. “Es un tipo de arqueología que se preocupa por el desarrollo y contribuye a las propuestas de cambio de los países del tercer mundo. Es más participativa, no es sólo la recopilación de datos del pasado”.

 

 

Apuntes sobre Julio C. Tello, el Maestro

Luis Guillermo Lumbreras

 

El nombre de Julio C. Tello está asociado a la historia de la arqueología peruana, pero por encima de ello, debe asociarse a la polémica aún vigente de las condiciones dentro de las que nos toca vivir a los peruanos. En ese tema, aunque para muchos es irrelevante, es importante deslindar la naturaleza originaria de la civilización andina y la causalidad de su proceso es un debate al que Tello dedicó su vida.

La presencia de Tello en la arqueología peruana no es un hecho casual ni mucho menos aislado. Su acción y su teoría se dan en el seno mismo de la lucha social que conmovía al Perú de su tiempo; por eso, sus teorías, su posición ideológica, su arqueología tienen que ser entendidas a la luz de estas condiciones y no aisladamente.

Cuando Tello ingresó a la arqueología desde el terreno de la medicina, la única arqueología que se había desarrollado orgánicamente en el Perú era la que había hecho Max Uhle entre 1893 y 1911. Lo demás eran esfuerzos aislados y más bien desde perspectivas distintas a las de la arqueología como técnica. Uhle tampoco era un arqueólogo; venía de la filología y su grado en la universidad, en Alemania, había sido sobre determinados aspectos del chino medieval. El Perú, en Europa, era preocupación de etnólogos y/o filólogos.

Uhle abordó el tema andino tratando de entender las relaciones espacio-temporales de los restos arqueológicos, estableciendo mecanismos de ordenamiento muy similares a los que todavía hoy usan muchos arqueólogos peruanistas. Sin embargo, al interior de su esquema sobre el desarrollo de la historia antigua del Perú, subyacía un contenido nada favorable al «indio» peruano en la medida en que de su «teoría» se deduce:

1. Que la alta cultura peruana fue de origen foráneo y que cuando ella llegó –desde Centro América– aquí sólo vivían «pescadores primitivos» incapaces de lograr el alto nivel civilizado que tenían las culturas que él ubicaba como las más antiguas; y

 

2. Que dichas culturas «recién llegadas» representan el más alto nivel de desarrollo jamás alcanzado en el Perú y que luego de establecerse aquí comenzaron a declinar paulatinamente, hasta llegar a la época de los Inkas, que es una época de total decadencia de la civilización peruana.

De esto se deduce que fue una gran cosa para el Perú que llegaran primero «los mayas» y después los españoles, pues aquí el pueblo peruano, en su proceso, sólo había demostrado tendencia a la decrepitud y la decadencia.

En aquel tiempo en que el «problema del indio» era un serio problema para el país, una «teoría científica» como la que formulara Uhle caía, pues, en un excelente caldo de cultivo para una ideología adversa a levantar la autoestima de los peruanos y proclive al dominio extranjero.

El «problema del indio» era un tema de gran beligerancia, debido a que la estructura semifeudal del país tenía sus más agudas contradicciones precisamente en el campo, donde la población era mayoritariamente indígena. El gobierno del país estaba en manos de grandes terratenientes agro-exportadores que echaban la culpa del «secular atraso del Perú» a las amplias masas de campesinos indígenas que según ellos vivían embrutecidos por el alcohol, la coca y otros vicios (que naturalmente les eran proporcionados por los propios hacendados). Eso explica porqué en 1931, durante el debate del Congreso Constituyente, había la propuesta que «los indios» debían ser eliminados para reemplazarlos con inmigrantes «blancos», pues estos últimos harían la grandeza del Perú mientras los primeros representaban su atraso. Un representante Constituyente de Ayacucho propuso que se prohibiera la procreación de indios en el Perú, que los adultos existentes fueran separados de sus hijos y que los niños fueran encargados a párrocos de origen español para que de una vez por todas olvidaran la lengua y las costumbres quechuas y las nuevas generaciones olvidaran su ancestro; se sugería una suerte de «reservaciones» de niños indígenas en las parroquias.

 

El «problema del indio» tenía tanta vigencia e importancia que de cada diez tesis universitarias, cinco se ocupaban del tema en las facultades de Derecho, Filosofía e incluso Medicina. Se debatía el «problema del indio» a partir de conceptos como el de «raza», planteando en última instancia que las razas blancas eran superiores y la «raza indígena» inferior.

El Perú era un país con una estructura agraria semifeudal y un régimen político y económico semicolonial. La burguesía peruana era exclusivamente comercial y ligada a la exportación, aunque desde la reforma de Piérola –en 1895– se había iniciado la formación de una «clase media» constituida por panaderos, traficantes de telas, comerciantes medianos y pequeños, y otros incipientes industriales, etc., a los que se sumaron sus hijos y los profesionales «liberales» (médicos, abogados, ingenieros, etc.) que fueron progresivamente creando la capa de los «intelectuales».

La agresividad ideológica contra las masas campesinas sólo era un reflejo de la violencia que se ejercía en la explotación del trabajo de «los indios».

 

El indio no había adquirido en realidad ningún derecho social con la implantación de la República y era tratado casi como un animal, en iguales o aún peores condiciones que en la Colonia. Los hacendados tenían derecho de posesión sobre la vida del indio y eran dueños de su trabajo, ejerciendo estos derechos mediante instituciones tales como el yanaconaje, la aparcería, el pongaje, etc., todas ellas de neto carácter servil. La acentuación de la penetración capitalista, que sólo desarrollaba interés por el latifundio y la explotación de las minas, agudizó esta violencia contra las instituciones indígenas, lo que fue estimulado por la «tesis» que la «comunidad» era una forma «primitiva» de organización y que debía modernizarse el trabajo y la propiedad con su liquidación.

 

Los obreros y los intelectuales que surgían en la vida del país se pudieron dar cuenta rápidamente de esta situación. Libros tan recientes como Todas las sangres de José María Arguedas o Redoble por Rancas de Manuel Scorza son extraordinarios testimonios de la imagen del Perú de ese tiempo, que duró realmente hasta los cincuentas.

Los intelectuales de la emergente «clase media» reaccionaron de diversa manera, generando corrientes de protesta tales como el «indigenismo», que logró expresarse a través de las ciencias sociales, la pintura, la literatura, etc. Es dentro de esta etapa que surgen los partidos de «clase media», como el APRA «Alianza de trabajadores intelectuales y manuales» –o los que se organizan en torno a la naciente clase obrera, el Partido Socialista (después llamado Comunista). Algunos conductores de las masas populares, como José Carlos Mariátegui, sostenían con claridad que el problema no era «el indio» sino la explotación agraria, en donde el «problema» eran en realidad los gamonales (nombre que se aplica a los terratenientes semifeudales en el Perú).

 

La arqueología, en medio de todo esto no jugaba aparentemente ningún rol. Estaba en manos de extranjeros y de algunos «curiosos» peruanos. La preocupación por los objetos, los huesos y otras rarezas no tenía lugar en esta coyuntura. Era una ciencia o un entretenimiento que tenía como único atractivo el comercio de antigüedades o el diletantismo de salón. Como no había arqueólogos peruanos, Max Uhle, un alemán, fue nombrado Director del Museo Nacional. Pero sus interpretaciones sí eran sustanciales para afianzar el agresivo aparato ideológico de los gamonales, sus teóricos y conductores políticos.

Tello desde niño –nació en 1880– acude íntegramente a este cuadro de la época desde el lado de «los índios». Hijo de campesinos, Julio César Tello1 nació en Huarochirí, en la cordillera de Lima, en la cuenca alta del río Mala, el 11 de Abril de 1880. Su apelativo familiar era «Sharuko», que al parecer significa «arrollador». Vivió en su tierra hasta los 12 años, participando de las actividades propias de un niño campesino en las faenas agrícolas, de riego, siembra y pastoreo y, desde luego, en las festividades propias de su familia, gozando de las danzas de la kurkucha, la wanka, Ingas y Pallas, así como de las costumbres comuneras de justicia y otros actos ceremoniales. Vivió al lado de su padre, agricultor de la cordillera y su madre, que entre las tareas propias de carácter doméstico cotidiano, dedicaba su tiempo al tejido de mantas y fajas que él pudo apreciar como parte de la vida cotidiana.

Aprendió a leer y escribir en Huarochirí, a los 6 años de edad, en una escuela particular. Luego estudió en una escuela parroquial por 2 años y, finalmente, en la escuela municipal, hasta cumplir los 12 años. Cuando concluyó el 3er. año de primaria, su familia decidió que vaya a Lima para seguir estudios. Se alojó en una modesta casa de sus allegados familiares y logró inscribirse en el 4º año de primaria en el «Colegio de Lima», regentado por Pedro A. Labarthe, donde continuó hasta el 4º de Media. En 1889 concluyó sus estudios, como alumno del Colegio Guadalupe, donde estuvo sólo este último año.

 

En marzo de 1900, ingresó a la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, junto con Hermilio Valdizán, Ricardo Palma hijo, Baltazar Caravedo, Julio C. Bernales y Sebastián Lorente. En julio de ese año logró una colocación como auxiliar en la Biblioteca Nacional, que estaba bajo la conducción de don Ricardo Palma.

Sus primeras aproximaciones a la investigación se hicieron en 1901, por estímulo de su profesor Dr. Sebastián Barranca, quien le encargó un estudio del vocabulario del Kauki o Akaro de Yauyos como parte de una campaña para reunir plantas y animales silvestres en esa provincia.

Cuando tenía 11 años, en 1891, fue testigo y tal vez participante de una «colecta» de cráneos trepanados de los «gentiles» para ser remitidos a Lima por orden de las autoridades, a pedido del Dr. Manuel Antonio Muñiz.

Cuando ingresó a la Facultad de Medicina en 1902, descubrió que Muñiz, con el norteamericano McGee habían publicado un estudio sobre la trepanación de los cráneos en Huarochirí, donde reconoció los que su padre había enviado a Lima. Eso lo motivó para usar sus vacaciones universitarias en la exploración de los sitios arqueológicos de su tierra y en las vecindades de Lima, destacando el estudio de los rasgos patológicos que ubicó en los restos óseos que rescató en sus incursiones.

Con esos materiales, cuando era estudiante del 5º año de medicina, ofreció una conferencia en la Sociedad Geográfica de Lima, en mayo de 1906, sobre «Craniectomía Prehistórica entre los Yauyos», que se convirtió en el tema principal de sus primeras investigaciones.

 

Curiosamente, ese mismo año, en julio de 1906, se reabría el Museo Nacional, bajo el patrocinio de un grupo de profesionales destacados de la Academia limeña, bajo la conducción del Dr. Max Uhle, llamado específicamente para hacerse cargo de esta tarea, como corolario de los estudios que había hecho en el Perú desde 1894. Tello, desde luego, no tuvo ninguna participación en este evento, aún cuando ya estaba interesado en el tema arqueológico. Dos años más tarde, se graduó de Bachiller en Medicina con su Tesis sobre «La Antigüedad de las Sífilis en el Perú» y en 1909 se tituló como médico-cirujano. Ese mismo año obtuvo una beca para hacer estudios de Post-Grado en la Universidad de Harvard, por gestión de la Universidad de San Marcos, según se indica en una Resolución Suprema del 21 de agosto de 1909.

 

Estuvo en Harvard a partir de octubre de 1909, donde estudió Antropología Física, Arqueología, Etnología y Lingüística, con el apoyo de Franz Boas, Frederic W. Putnam, Alex Hrdlicka y otros, permaneciendo allí hasta junio de 1911, cuando obtuvo su grado de Master in Anthropology.

En setiembre de 1911 viajó a Londres, en compañía del Dr. Ricardo Palma, para asistir al XVIII Congreso Internacional de Americanistas y, entonces, decidió inscribirse en un Seminario de Antropología en la Universidad de Berlín, donde permaneció unos meses bajo la dirección del Prof. Dr. F. von Luschan, hasta que volvió a Londres, permaneciendo allí hasta fines de 1912, cuando decidió retornar al Perú, luego de casarse con Olive M. Cheesman.

Ni bien retornó de EEUU y Europa, en febrero de 1913 fue comisionado para acompañar a Alex Hrdlcka en sus exploraciones de los valles de Lima, desde Huaura hasta Mala, pero antes de involucrarse en este proyecto, Tello pidió ser nombrado Jefe de la Sección Arqueológica del Museo Nacional, plaza que estaba vacante luego de la salida de Max Uhle en diciembre de 1911. En realidad, era el único peruano con estudios especializados en Antropología y Arqueología, y quienes conducían la política cultural y tenían a su cargo las decisiones sobre el Museo eran fieles seguidores de las ideas de Uhle, como el Dr. Carlos Wiese, uno de los más prestigiados historiadores del momento. Fue nombrado para ese cargo en junio de 1913, lo que le permitió presentar el proyecto «Presente y Futuro del Museo Nacional», que causó un fuerte conflicto con el Director de la Sección Histórica, Emilio Gutiérrez de Quintanilla, que mantenía un compulsivo esquema conservador, con la tesis de que el museo era un lugar de disfrute para los que eran entendidos en el arte y la cultura y no un sitio para «ignorantes», como era la propuesta de la función educativa del Museo que Tello sostenía.

 

Como resultado de ese desentendimiento, Gutiérrez llevó su enfrentamiento a los más increíbles niveles, acusando a Tello de toda clase de felonías, como ya lo había hecho con Uhle en 1911, hasta lograr que el gobierno peruano no lo volviera a contratar. La lectura de sus alegatos, publicados por el Museo Nacional2, son un ejemplo de la catadura de este personaje, que es el claro ejemplo de lo que es capaz la ignorancia y la mala fe de quien tiene a su disposición los medios para enredar las cosas en nombre de la legalidad vigente, usando la diatriba, la mentira y la deformación de las cosas como arma. Logró, finalmente, que en 1915 se fuera Tello del Museo, como se fue Uhle en 1911, quedando, en ambos casos como jefe de la institución, en la que fagocitó el cargo durante largos e inútiles veinte años.

 

Durante su estancia, si bien con intención punitiva, logró que Hiram Bingham se viera obligado a reconocer una parte de los límites que le imponía la ley a quienes se llevaban los objetos arqueológicos. Lamentablemente, su alma de gendarme no tenía otra función que la de acumular antigüedades, pero no sabía para qué ni porqué guardaba los bienes del Patrimonio.

Los varios libros que publicó durante su estancia en el Museo, donde trata temas de historia, son arrebatos que ya eran obsoletos en su tiempo y que, por cierto, no justifican en nada el que el Estado siguiera sus consejos para echar del Museo a los dos fundadores de la arqueología en el Perú3.

Tello, en Marzo de 1915, luego de renunciar al Museo Nacional, hizo por cuenta propia un recorrido por el sur del Perú, la costa desde Chincha hasta Arequipa y luego el Cusco y el Titicaca. Concentró sus estudios en Nasca, publicando su trabajo sobre «Los Antiguos Cementerios del valle de Nasca» y luego el valle de Chincha. Reunió una colección de 987 objetos, los que entregó al Museo de la Universidad de San Marcos, que creó en 1919. Allí aparecen los primeros «mantos» de Paracas, que compró en Pisco al Dr. Enrique Mestanza.

En 1916 integró la «Expedición Científica al Marañón» de la Universidad de Harvard, explorando Huancabamba y Jaén, poco antes de decidir su incursión en la vida política del país, que lo hizo tanto por presión de sus paisanos, como por la saturación de lo que ocurría en el medio, digitado por personajes como Gutiérrez de Quintanilla. Por eso, entre Julio de 1917 y octubre de 1929 actuó como parlamentario, representando a Huarochirí como Diputado provincial, donde propició la creación del Patronato de la Raza Indígena y la Ley 6634 sobre Conservación de Monumentos Arqueológicos del 13 de junio de 1929.

 

Llegó al Congreso con la siguiente consigna4:

Iniciamos hoy una campaña contra todo rezago de apocamiento, de hipocresía,
de desconfianza y de esclavitud; que son sólo degeneraciones del carácter,
que hemos heredado de nuestros antecesores indígenas, adquiridas bajo el
pesado yugo de la ignorancia y la tiranía española.

Vivió pues Tello, como parlamentario, el famoso «oncenio» de Augusto B. Leguía y desde esa perspectiva fue espectador de la rebeldía urbana de la clase obrera y del famoso movimiento por la Reforma Universitaria en 1919. Pero si bien esta situación le impidió participar de dichos movimientos populares y actuar en lo político desde una perspectiva de «clase media», en cambio no le impidió desarrollar su conciencia indigenista que se expresó en alegatos como el que escribió en 1921 en su pequeño libro Introducción a la Historia antigua del Perú, donde dice5 que:

Con la conquista (española) se produjo algo así como un gran cataclismo que
derrumbó casi desde sus cimientos el edificio nacional que durante muchos
siglos había formado el genio indígena; los grandes canales y represas destinados
a la irrigación fueron abandonados, los caminos destruidos, los templos
saqueados y derrumbados, la religión perseguida, las artes olvidadas, la población
humillada y esclavizada […] Nuestra actual civilización hispano-peruana no puede
levantarse sino sobre el pedestal indígena; y no pude mantenerse
firme y perdurar, si no se adapta completamente al medio, si los hombres no
procuran utilizar nuestros propios recursos, descubrir los secretos y maravillas
de nuestra propia naturaleza, admirar la labor de nuestros antecesores […]

 

 

Eso explica por qué una de sus primeras acciones en el Congreso, en 1917, fue presentar proyectos de ley sobre la reorganización del Museo Nacional, lo que movilizó al tal Gutiérrez y sus aliados en el Congreso que, en ese tiempo, eran muchos, llegando el hacendado-congresista Borda, a retar a Tello a duelo. Sin duda, Tello no era una persona muy popular en el ámbito criollo de la época. Era un indio alzado en medio del proyecto de crear una República aristocrática de «blancos» que trataban a los «indios» como siervos. Era la etapa en que el indio era un problema que los criollos tenían que resolver.

La arqueología de Tello no persiguió un ordenamiento desapasionado de las momias y los «wakos» que él extrajo abundosamente de la tierra; su metodología no persigue ordenar una secuencia cronológica de los objetos.

Su preocupación es la tarea reivindicativa de su pueblo, pueblo que él encuentra expresado en una larga historia que él trata de entender globalmente. La Historia no fue pues, para él, un entretenimiento académico, sino una contribución para el logro de un destino diferente. Eso lo hace distinto a los sabios extranjeros que tienen nuestro pasado como una fuente de datos para sus especulaciones teóricas o el sustento de su trabajo universitario.

Tello, como corresponde a su extracción campesina, sabía que un problema principal en el Perú es el dominio del medio ambiente, el control del agua, el clima, la habilitación de tierras. Se organizó en términos de explicar esta relación primaria y fundamental entre el hombre y su medio ambiente; el dominio de ese medio ambiente es la medida de la civilización.

 

Finalmente, hasta su terminología se adaptó a su concepción: Civilizaciones de los Andes Orientales, de los Andes Occidentales y del Litoral.

 

Por eso, por todo eso, la violencia de Tello contra la teoría de Uhle, de la que participaban todos los extranjeros y afines nacionales, no era propiamente una lucha por demostrar que el alemán estaba equivocado; era una lucha por demostrarles a todos los peruanos cuál era en realidad el carácter del problema en el país, que se iniciaba con la Colonia y continuaba con la República. Que el «indio» se convirtió en «problema» sólo desde el momento en que se inició su sometimiento. Que la historia pre-hispánica del Perú demostraba un ascenso permanente desde sus lejanos orígenes vía el descubrimiento autóctono de la agricultura, hasta el desarrollo de las grandes civilizaciones.

En 1919, organizó la Primera Expedición Arqueológica a Ancash, que duró cinco meses, bajo el auspicio de la Universidad de San Marcos, que exploró Huarmey, Aija, el Callejón de Huaylas, Huari y Pomabamba, en compañía de Pedro Weiss, que era estudiante de medicina. El mismo año 1919 organizó el Museo de Arqueología de la Universidad de San Marcos, que inauguró el Rector Javier Prado el 21 de octubre de ese año, a base de las colecciones reunidas por Tello entre 1915 y 1918 y las que obtuvo en esta expedición.

 

Ese mismo año, el Dr. Baltazar Caravedo le comunicó la voluntad de D. Víctor Larco Herrera, de auspiciar en Lima una exposición arqueológica e industrial en Lima, en ocasión del centenario de la independencia en 1921.

Trató con Larco la posibilidad de montar un Museo Arqueológico a base de colecciones privadas, por lo que se dirigieron, ambos, a adquirir colecciones en Trujillo, Chicama, Pacasmayo, Lambayeque, Guadalupe, Lima, Huacho, Ica, Pisco y Cusco y las propias de Larco procedentes de Chicama, logrando reunir más de 20,000 objetos en menos de cinco meses, con piezas textiles, cerámica, metales, piedra, etc. Los objetos, comprados por Larco, permitieron formar el «Museo Arqueológico Víctor Larco Herrera» que, en noviembre de 1919, se instaló cerca del Parque de la Exposición. Tello dedicó el año 1920 a la clasificación y catalogación de las colecciones, tarea que debió suspender en mayo de 1921, por desencuentros con el Sr. Larco.

Como resultado del estudio de las colecciones que clasificó y catalogó para ese Museo y los de la expedición realizada en 1919, así como de las visitas a los coleccionistas, recogió una información muy valiosa, que plasmó en uno de los más interesantes libros que se ha escrito sobre el antiguo Perú, que intituló Introducción a la Historia antigua del Perú y que se publicó a fines de 1921.

 

Este pequeño libro es una especie de «programa» de lo que Tello se propuso probar sobre la civilización peruana originaria. Inicia destacando la necesidad de examinar el proceso histórico asociando sus eventos con las condiciones del medio andino, al que organiza dentro de una perspectiva de diversidad que recuerda mucho los parámetros contemporáneos de análisis del proceso. Inicia el examen con la llegada de «las primitivas migraciones humanas» que debieron llegar por el norte en una hipotética «Era Primordial» de recolectores-cazadores. Siguió una Primera Época o «Era Arcaica», cuando se dieron los procesos de domesticación de animales y plantas: la llama y la alpaca y la yuca, el camote, la papa, el maíz, la oca y otras6, sin cuya condición no se puede explicar la historia de una civilización.

 

Luego pasa a la Segunda Época, que es la «Era del apogeo de las culturas locales o pre-inkana», que se caracteriza sobre todo por un proceso de crecimiento y diferenciación regional de la civilización andina, fuertemente ligada a la adaptación de los procesos de domesticación a las condiciones del medio, donde señala que no existiendo un «poder político central unificador y sujeta cada provincia a su propia suerte, fueron formándose secciones culturales diversas que evolucionaron y se diferenciaron con cierta independencia, siguiendo rumbos diferentes, y adquiriendo cada una de ellas fisonomía peculiar», con irradiaciones sucesivas que fueron, según él desde la sierra hacia la costa7. Allí describe las «irradiaciones» (Horizontes) de Chavín y Tiahuanaco –en ese orden de sucesión– y, luego, una tercera «irradiación», producida por los inkas, que además pertenece a la Tercera Época o «Era Inkana». Finalmente, la Cuarta Época, que es la «Era Contemporánea» se inicia con «El cataclismo ocasionado por la conquista española».

Un esquema así, tal vez completado con la inmensa cantidad de información que ahora disponemos, podría ser suscrito por cualquier investigador de nuestro tiempo. Adquiere notoriedad si se piensa que el sustento empírico de la época era exiguo y que las ideas dominantes eran las que Max Uhle había enunciado y a la que todos los criollos acudían con fervor.

En 1922 volvió a Huarochirí, haciendo observaciones en San Pedro de Casta, y en 1923 decidió editar la revista Inca, que creó ese año a la par que fue instalando las cátedras de Arqueología y Antropología en las facultades de Ciencias y de Letras de la Universidad de San Marcos y la Católica.

Fue también en ese año que se lanzó a escribir su notable ensayo sobre «Wira-kocha», que sigue siendo uno de los trabajos mejor logrados sobre la religión andina a base de restos arqueológicos y la consulta de información etnohistórica y etnográfica. En este trabajo, Tello presentó su primer estudio sobre Chavín a base de sus hallazgos en 1919, si bien había hecho algunos alcances en 1921.

 

Larco Herrera, ya sin Tello, mantuvo el Museo de su nombre por tres años más, hasta 1924, cuando decidió venderlo al Gobierno Peruano. Éste, lo adquirió por una suma equivalente a la de un terreno de propiedad fiscal que quedaba en la plaza de Armas de Lima. El Estado le dió el terreno a Larco, a cambio de las colecciones y el local que éste había construido en la Av. Alfonso Ugarte, bajo la conducción del Arq. Jaxa Malachowsky. Éste, a sugerencia de Larco, construyó una fachada de estilo Tiahuanaco, en reemplazo de una «Chavín» sugerida por Tello. Ese es el local que ahora es la sede del Museo Nacional de la Cultura.

En diciembre de 1924, el gobierno de Augusto B. Leguía, designó a Tello para hacerse cargo del Museo de Arqueología Peruana, que es el nombre con que se inauguró el museo que había comprado el Estado. Allí Tello aplicó todos los propósitos enunciados en su arenga museológica de 1913.

 

Este encargo lo mantuvo hasta 1930, cuando se produjo la caída de Leguía, aun cuando estuvo como Director asalariado sólo entre fines de 1929 y setiembre de 1930, pues su cargo de 1924-29 fue ad-honorem. Instauró un programa de registro, conservación e investigación muy activo, durante todo ese quinquenio.

En 1925 organizó la Segunda Expedición Arqueológica de la U. de San Marcos a Cañete, para estudiar la Huaca Malena en Asia y Cerro del Oro en Cañete, luego de lo cual fue a visitar Chincha y Pisco, aprovechando la visita de Samuel Lothrop, descubriendo los cementerios de Paracas, dando inició a sus estudios, que duraron hasta 1930, con una fase central en 1927.

En agosto de 1926 exploró la costa norte y en setiembre fue a explorar los cementerios de Nasca, en compañía de Alfred L. Kroeber. Ese mismo año volvió a Tupe para estudiar el Kauki o Akaro y, desde luego, estuvo en Paracas.

El año 1927 organizó a Tercera Expedición Arqueológica al Departamento de Ica, con el Museo de Arqueología Peruana y los auspicios de la Comisión Organizadora de la Exposición Ibero-Americana de Sevilla. Allí excavó intensivamente Nasca y Paracas, extrayendo más de 400 entierros en Paracas, junto con Toribio Mejía Xesspe. En 1929, se expusieron estos hallazgos con motivo del Segundo Congreso Sudamericano de Turismo y de la Exposición de Sevilla, que condujo a España 6 fardos funerarios y más de 1000 objetos arqueológicos. Asimismo, toda esta actividad dio origen a un segundo libro sustantivo de Tello, intitulado Antiguo Perú. Primera Época, editado por la Comisión Organizadora del Segundo Congreso Sudamericano de Turismo. Es, sin duda, una obra mucho más madura que la de 1921, pero no la rectifica, más bien la ratifica, consolidando las ideas de la década anterior, con los hallazgos de Paracas.

En Antiguo Perú, Tello se propuso exponer los conocimientos adquiridos en torno a su «Era Arcaica», con énfasis en la defensa de lo que más adelante se identificaría como «Teoría Autoctonista», opuesta a la que había sustentado Uhle y que defendían la casi totalidad de investigadores que conducían trabajos sobre el Perú, que eran básicamente norteamericanos o europeos, acompañados con los pocos peruanos que se dedicaban a estos estudios y que eran fieles seguidores de los anuncios «aloctonistas» o difusionistas de Uhle. Tello estaba solo en su propuesta.

Tanto el libro Introducción como el ensayo sobre Wira-kocha, le sirvieron como pretexto para presentar sus estudios sobre Chavín y Huaylas.

 

El libro de 1929 le permitió presentar de manera orgánica sus hallazgos en Paracas. El ya había publicado8 un manto de Paracas como procedente del valle de Pisco, adquirido a un coleccionista de esta ciudad, pero recién a partir de 1925 pudo ubicarlo en un contexto que definió en Antiguo Perú, extensamente.

En febrero de 1930 hizo una de sus últimas excavaciones para el Museo de Arqueología Peruana, en Pucusana y Chilca, pues fue destituido en septiembre de ese año, luego de que se instalara la Junta Militar que presidió Sánchez Cerro. Fue reemplazado por el Dr. Luis E. Valcárcel.

 

En 1931 se decretó la reorganización de los museos nacionales y dentro del Museo de Arqueología se creó un Instituto de Investigaciones Antropológicas, que en convenio con la Universidad de San Marcos, hizo posible que las colecciones de Paracas volvieran a manos de Tello y se pudieran trasladar del local de Alfonso Ugarte al del Museo Bolivariano de la Magdalena Vieja. Tello continuó con sus investigaciones, esta vez asociado a San Marcos.

En 1931 exploró el valle del Mantaro y visitó Wari, Conchopata y Acuchimay en Ayacucho, logrando la primera sugerencia del papel expansivo que podía tener Wari –y no Tiahuanaco– en la costa peruana.

En febrero de 1933 excavó Cerro Blanco y Punkurí en Nepeña y en 1934 exploró la Muralla del Santa e hizo un recorrido por el Alto Marañón.

En 1935 exploró los valles de Lima y visitó Huánuco y luego Cusco, Arequipa y Puno. Eran los mismos años –1934-35– cuando hubo de cubrir su espacio laboral actuando como profesor de «Historia del Perú» en el Colegio Italiano Antonio Raimondi, donde usó parte de su tiempo para activar el «Instituto de Investigaciones Antropológicas». En ese mismo tiempo, entre 1931 y 1936, fue profesor de la Universidad Católica.

El año 1937 fue muy importante para Tello. Comenzó con sus estudios en Lambayeque y siguió con la organización de la Cuarta Expedición Arqueológica al Marañón, con la Universidad de San Marcos y los auspicios de Nelson Rockefeller, donde excavó Sechín, Moxeke y Pallka en Casma, Cajamarca y Cochabamba en el Marañón. Ese mismo año, el gobierno de Oscar R. Benavides cedió cuatro fardos funerarios de Paracas al Museo Metropolitano de Nueva York, el Museo Nacional, a cambio, recibió un apoyo de 3,000 dólares de Nelson Rockefeller, para el mantenimiento de los tejidos de Paracas. A raíz del entusiasmo que cundió en el equipo de gobierno del país, se dispuso de financiamiento del Estado para convertir los galpones de la Magdalena Vieja en el local del Museo Nacional de Arqueología y Antropología, que fue inaugurado por Benavides el 25 de Diciembre de 1938.

Al año siguiente, 1939, se reunió el XXVII Congreso Internacional de Americanistas en Lima y esa fue la ocasión para que Tello organizara su más ambicioso ensayo sobre la historia antigua del Perú, el que publicó en las Actas del Congreso y que Tello reimprimió en forma de libro en 1942.

 

Únicamente, se afirmó en las condiciones materiales de sustento de la civilización andina, construyendo una extensa presentación del medio geográfico, los recursos económicos y las «condiciones físicas y biológicas» que permitieron el desarrollo de la civilización andina. De allí deriva la tesis de un desarrollo desigual y combinado de los pueblos andinos, quienes organizaron su existencia diferenciada en el norte, centro y sur andinos, con un enriquecedor proceso de integración basado en la gestación de civilizaciones matrices en cada una de ellas. Nadie, en su tiempo, entendió el esquema del proceso multilineal de Tello. Su cuadro con «troncos» diferenciados entraba y entra en conflicto con los cuadros unilineales a los que nos habituó el esquema evolucionista lineal de los arqueólogos occidentales. Tello, sin duda, no era de ellos.

 

En 1940, cuando Tello cumplía 60 años, inició sus estudios en Pachacamac. En 1941 estudió Tambo Colorado en Pisco y encomendó estudios particulares a Mejía Xesspe y Espejo Núñez. En 1942 organizó la Quinta Expedición Arqueológica, al Urubamba, con apoyo de la Viking fund de Nueva York, que trabajó en Ayacucho, el Apurímac y finalmente en Wiñay Wayna, Cusco, durante ocho meses. En 1943 comisionó a Mejía estudios en Arequipa, donde hallaron restos de fina cerámica del estilo «Rukana» en el valle del Chorunga. En 1944 envió a Pablo Carrera y G. Farfán a Matucana y en 1945, a la Hoya del Pampas. Ese mismo año, Tello exploró Cajamarquilla, Makat Tampo y Orrantia. En 1945, igualmente, inició el estudio de las Necrópolis de Ancón y en 1946 envió a Cirilo Huapaya y Pablo Carrera a San Pablo, Cajamarca, descubriendo Kuntur Wasi.

En enero de 1945 se dio un nuevo dispositivo de reorganización de los museos nacionales, concentrando todos los objetos arqueológicos en Magdalena, incluidas las colecciones del Museo de Arqueología de San Marcos.

Tello consideró este dispositivo como uno de los logros de su vida, pues se disponía de un lugar desde donde se podía gestionar, de manera orgánica la custodia de este valioso patrimonio, convirtiendo el museo en un centro de conservación y estudio de los restos de nuestros antepasados, pero no le alcanzó el tiempo para gozar de estas facilidades. Tello murió, el 3 de Julio de 1947, a los 67 años de edad.

 


 

 

1 La primera parte de estos apuntes fue publicada en la revista del Instituto Nacional de Cultura«Homenaje a Tello», en Runa. Nº 3. Lima, junio 1977. Los datos biográficos siguen el orden y lainformación de base consignada por Toribio Mejía Xesspe, 1948: «Apuntes biográficos sobre el Dr.Julio C. Tello», publicado en la Revista del Museo Nacional de Antropología y Arqueología, Lima:vol. II, Nº 1 y 2.2 Emilio Gutiérrez de Quintanilla. Memoria del Museo de Historia Nacional, Lima: 1921; y, ElManco Capac de la Arqueolojía [sic] peruana, Julio C. Tello (señor de Huarochirí), Lima: 1922.3 Emilio Gutiérrez de Quintanilla, Preliminares para el estudio del Perú Precolombino, Lima:Imprenta del Museo Nacional, 1923. Se trata, según dice él mismo, de 83 artículos publicados en La

 

Patria de Lima en 1915, en cuyo prólogo se presenta a sí mismo como un sabio que hace un «Estudio

que ha hecho quien debe hacerlo».

4 Tomado de Mejía Xespe, op. cit.: 11 (Publicado en el Semanario Evolución de Matucana, en enero

de 1917.

5 Lima: San Marti, 1921, capítulo «Choque de dos civilizaciones»: 47.

6 Op. cit.: 18.

7 Op. cit.: 25. Para las «irradiaciones» elaboró un Diagrama Cronológico de las Génesis y Evolución

de la Civilización Peruana, entre las pp. 10 y 11.

8 Julio C. Tello, op. cit. Lám. XXV

 

 

Bibliografía

 

GUTIÉRREZ DE QUINTANILLA, Emilio

1921 Memoria del Museo de Historia Nacional. Lima: s.e.

1922 El Manco Capac de la Arqueolojía [sic] Peruana, Julio C. Tello

(señor de Huarochirí) contra Emilio Gutiérrez de Quintanilla.

Lima: s.e.

1923 Preliminares para el estudio del Perú Precolombino. Lima: Imprenta

del Museo Nacional.

LUMBRERAS, Luis Guillermo

1977 «Homenaje a Tello», en Runa. N° 3. Lima, junio.

MEJÍA XESSPE, Toribio

1948 «Apuntes biográficos sobre el Dr. Julio C. Tello», en Revista del

Museo Nacional de Antropología. II, N° 1 y 2.

TELLO, Julio C.

1921 Introducción a la Historia antigua del Perú. Lima: San Marti.

1929 Antiguo Perú. Primera época. Lima: s.e

 

 

 

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 El Padre de la Arqueología Peruana, en su paso por Chilia en Pataz – La Libertad, en la Expedición al Marañón, 1937.  Se aprecia a Julio C. Tello, Toribio Mejía y Hernán Ponce acompañados por un grupo de chilianos. wilmerqueen.blogdiario.com/i2009-06/

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Julio C. Tello cruzando en “Oroya” o “Huaro” el Marañón.   wilmerqueen.blogdiario.com/i2009-06/

con+JCT.aspx

 

En las ruinas de Lurigancho, Julio C. Tello, 1936.  espaciomuseal.blogspot.com/2008_10_01_archive…

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Julio C. Tello fue diputado entre 1919 y 1929, período en el cual presentó proyectos de ley en favor de la Protección y Conservación de Monumentos Históricos y de la Reforma Universitaria, donde se enfatiza la investigación, la formación de docentes y la capacitación de profesionales a través de becas. También interpretó la relación entre el desarrollo étnico-cultural y el medio ambiente, mostrando la heterogeneidad del peruano pre y post-hispánico.

 

 

 

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Profesores y Alumnos de la Escuela de Medicina UNMSM, se pueden apreciar entre otros al Dr. Leonidas Avendaño, Dr. Julio C. Tello, Dr. Sebastián Lorente, Dr. Patiño, entre otros ilustres intelectuales limeños de la epoca. 1909. www.libroviejoymas.com/producto.php?kod=73

 

 

 

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El planteamiento AUTOCTONÍSTA fue defendido y sostenido po Julio C.  Tello, nacido en Huarochirí (Lima), en 1880, considerado el primer arqueólogo peruano, no sólo por su nacionalidad sino por estudiar y querer a las culturas prehispánicas, cuyos planteamientos se sintetizaron en:

  • La cultura andina surgió en su propio territorio, siendo la cultura matriz: la Cultura Chavín.
  • Chavín a su vez tenía un origen amazónico.
  • El origen y desarrollo de la cultura peruana debe buscarse en su propio territorio, como creación heroica del hombre peruano, en el proceso de dominio de su medio.

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Congreso de Americanistas, Lima 1939:  se ve a Julio C. Tello  conversando con Basadre y con el hondureño Rafael Eliodoro Valle. sisbib.unmsm.edu.pe

 

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Nuevo descubrimientos en el Sechín de Julio C. Tello. Sechín Bajo, en el valle del Casma, un gigantesco complejo monumental datado hace unos 5.500 años, que puede considerarse uno de los mas antiguos si no el más viejo de América.  El director del proyecto de Sechín Bajo, arqueólogo Peter Fuchs, explicó que la zona de excavaciones abarca una superficie de 30 hectáreas con construcciones de varias épocas, las mas recientes de hace 3.600 años. 
  www.heraldo.es/noticias/cultura/descubren_per…

The life and writings of Julio C. Tello: America’s first … – Resultado de la Búsqueda de libros de Google

 

“Few people outside Peru are familiar with Julio C. Tello, the father of Peruvian archaeology. In this exciting new book, leading scholars relate the rags-to-riches story of this native Quechua Indian from his humble beginnings through his discovery and excavation of several previously unknown early cultural sites, his pioneering theoretical ideas stressing the autonomous rise of civilization in Peru, and his founding of a national museum of archaeology, culminating in the almost legendary position he held at the time of his death in 1947. Most of Tello’s research was published in obscure journals and newspapers in Peru. Here, for the first time in English, is a cross section of his most important contributions.”—Donald A. Proulx, Professor of Anthropology Emeritus, University of Massachusetts, Amherst

“Self-billed as a mountain Indian, Julio C. Tello was arguably the greatest Native American social scientist of the twentieth century. Because he overcame obscure origins, secured an unprecedented education, and rose to national and international prominence, his life is an inspiring story with broad appeal. Tello’s embrace of anthropology and archaeology provides an enlightening contrast to current conditions in much of the New World, and thus his views have considerable contemporary resonance.”—Michael Moseley, University of Florida

“This volume makes an important contribution to the intellectual history of Andean archaeology by contextualizing Julio C. Tello within the dramatic events of Peru in the first half of the twentieth century, placing him in the international milieu of his times, and assessing his legacy. Because Tello published his works in what are now extremely obscure and difficult to acquire sources, Richard Burger has performed an extremely valuable service to the field by making these key articles readily accessible. This volume, with its comprehensive bibliography of Tello’s writings, is a must-read for all specialists.”—Helaine Silverman, University of Illinois at Urbana-Champaign

The father of Peruvian archaeology, Julio Tello was the most distinguished Native American scholar ever to focus on archaeology. A Quechua speaker born in a small highland village in 1880, Tello did the impossible: he received a medical degree and convinced the Peruvian government to send him to Harvard and European universities to master archaeology and anthropology. He then returned home to shape modern Peruvian archaeology and the institutions through which it was carried out.

 

Tello’s vision remains unique, and his work has taken on additional interest as contemporary scholars have turned their attention to the relationship among nationalism, ethnicity, and archaeology. Unfortunately, many of his most important works were published in small journals or newspapers in Peru and have not been available even to those with a reading knowledge of Spanish. This volume thus makes available for the first time a broad sampling of Tello’s writings as well as complementary essays that relate these writings to his life and contributions.

Essays about Tello set the stage for the subsequent translations. Editor Richard Burger assesses his intellectual legacy, Richard Daggett outlines his remarkable life and career, and John Murra places him in both national and international contexts. Tello’s writings focus on such major discoveries as the Paracas mummies, the trepanation of skulls from Huarochirí, Andean iconography and cosmology, the relation between archaeology and nationhood, archaeological policy and preservation, and the role of science and museums in archaeology. Finally, the bibliography gives the most complete and accurate listing of Tello’s work ever compiled.

With its abundance of coups, wars, political dramas, class struggle, racial discrimination, looters, skulls, mummies, landslides, earthquakes, accusations, and counteraccusations, The Life and Writings of Julio C. Tello will become an indispensable reference for Andeanists.

 

 

Table of contents: 

Introduction by Richard L. Burger
Part one. Biographical Essays
One
Julio C. Tello: An Account of His Rise to Prominence in Peruvian Archaeology by Richard E. Daggett
Two
The International Relevance of Julio C. Tello by John V. Murra
Three
The Intellectual Legacy of Julio C. Tello by Richard L. Burger
Part two
Selected writings by Julio C. Tello
Four
The Defense of the Archaeological Heritage
Five
The Museum of Peruvian Anthropology
Six
Collision of Two Civilizations
Seven
Prehistoric Trephining among the Yauyos of Peru
Eight
The Discovery of the Chavín Culture in Peru
Nine
The Feline God and Its Transformations in Chavín Art
Ten
The Remains of Three Different Pre-Columbian Cultures
Have Been Found on the Paracas Peninsula
Eleven
A Modeled Clay Scene in Ancient Peruvian Art
Twelve
The Ruins of Wari
Thirteen
Andean Civilization: Some Problems of Peruvian Archaeology
Fourteen
The Empire of the Incas
An annotated bibliography of Julio C. Tello by Richard E. Daggett and Richard L. Burger
Index

 

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Richard L. Burger

- 2009 – Biography & Autobiography – 364 páginas
This volume thus makes available for the first time a broad sampling of Tello’s writings as well as complementary essays that relate these writings to his …
books.google.com/books?isbn=1587297833

 

[PDF]

Arqueología y Sociedad, Luis Guillermo Lumbreras, editado por   Enrique González Carré y. Carlos Del Águila, Instituto de Estudios Peruanos, Museo Nacional de www.scielo.cl/pdf/chungara/v38n1/art12.pdf -

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Escribió Malcolm Allison

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