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El polvorín

«Si Dios existe como las cosas existen, entonces Dios no existe» Leonardo Boff

27 Febrero 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Being a Theologian: an almost impossible task

Leonardo Boff, teólogo

A mucha gente le extraña que siendo teólogo y filósofo de formación me meta en asuntos ajenos a estas disciplinas como la ecología, la política, el calentamiento global y otros.
Yo siempre respondo: hago teología pura, pero me ocupo también de otros temas justamente porque soy teólogo. La tarea del teólogo, ya lo enseñaba el mayor de todos, Tomás de Aquino, en la primera cuestión de la Summa Teológica es estudiar a Dios y su revelación, y después todas las demás cosas «a la luz de Dios» (sub ratione Dei), pues Él es el principio y el fin de todo.

Por lo tanto, corresponde a la teología ocuparse también de otras cosas que no son Dios, pero haciéndolo «a la luz de Dios». Hablar de Dios y también de las cosas es una tarea casi irrealizable. La primera: ¿Cómo hablar de Dios si Él no cabe en ningún diccionario? La segunda: ¿cómo reflexionar sobre todas las demás cosas, si los saberes sobre ellas son tantos que nadie individualmente puede dominarlos?

Lógicamente, no se trata de hablar de economía como un economista o de política como un político, sino de hablar de tales materias en la perspectiva de Dios, lo que presupone conocer previamente esas realidades de forma crítica y no ingenua, respetando su autonomía y acogiendo sus resultados más seguros. Solamente después de esta ardua labor, puede el teólogo preguntarse: ¿Cómo quedan esas realidades cuando son confrontadas con Dios? ¿Cómo encajan en una visión más trascendente de la vida y de la historia?

Hacer teología no es una tarea como cualquier otra, como ir al cine o al teatro. Es una cosa serísima pues se trabaja con la categoría «Dios», que no es un objeto tangible como todos los demás. Por eso no tiene ningún sentido la búsqueda de la partícula «Dios» en los confines de la materia o en el interior del «Campo Higgs». Eso supondría que Dios sería parte del mundo. De ese Dios soy ateo. Sería un pedazo del mundo y no Dios. Hago mías las palabras de un sutil teólogo franciscano, Duns Scotus (+1308) que escribió: «Si Dios existe como las cosas existen, entonces Dios no existe».

Es decir, Dios no es del orden de las cosas que pueden ser encontradas y descritas. Él es la Precondición y el Soporte para que esas cosas existan. Sin Él las cosas habrían quedado en la nada o volverían a la nada. Esta es la naturaleza de Dios: no ser cosa sino el Origen de las cosas.

Aplico a Dios como Origen lo que los orientales aplican a la fuerza que les permite pensar: «la fuerza por la cual el pensamiento piensa, no puede ser pensada». El Origen de las cosas, no puede ser cosa.

Como se deduce, es muy complicado hacer teología. Henri Lacordaire (+1861), el gran orador francés, dijo con razón: «El doctor católico es un hombre casi imposible pues tiene que conocer todo el depósito de la fe y los hechos del papado y también lo que san Pablo llama los Elementos del mundo, es decir, todo todo».

Recordemos lo que afirmó René Descartes (+1650) en el Discurso del Método, base del saber moderno: «si yo quisiera hacer teología, tendría ser más que un hombre». Y Erasmo de Roterdam (+1536), el gran sabio de los tiempos de la Reforma, observaba: «existe algo de sobrehumano en la profesión de teólogo». No nos admira que Martin Heidegger haya dicho que una filosofía que no se ha enfrentado a las preguntas de la teología, no ha llegado plenamente a sí misma. Digo esto no como automagnificación de la teología sino como confesión de que su tarea es casi impracticable, cosa que siento día a día.

Lógicamente, hay una teología que no merece este nombre porque es perezosa y renuncia a pensar en Dios. Solamente piensa lo que los otros han pensado o lo que han dicho los papas.

Mi sentimiento del mundo me dice que hoy la teología en cuanto teología tiene que proclamar a gritos: tenemos que conservar la naturaleza y entrar en armonía con el universo, porque son el gran libro que Dios nos ha entregado. Ahí se encuentra lo que Dios nos quiere decir. Porque dejamos de leer este libro, nos dio otro, las Escrituras, cristianas y de otros pueblos, para que reaprendiésemos a leer el libro de la naturaleza.

Hoy está siendo devastada. Y con ella destruimos nuestro acceso a la revelación de Dios. Tenemos pues que hablar de la naturaleza y del mundo a la luz de Dios y de la razón. Sin la naturaleza y el mundo preservados, los libros sagrados perderían su significado que es reenseñarnos a leer la naturaleza y el mundo. El discurso teológico tiene, pues, su lugar junto con los demás discursos.

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 Being a Theologian: an almost impossible task

Leonardo Boff  – Theologian Earthcharter Commission

Many people wonder why, as a theologian and a philosopher by training, I should address topics that are alien to these disciplines, such as ecology, politics, global warming and others. I always reply: I do pure theology, but I also deal with other topics simply because I am a theologian. “The job of a theologian,” as Thomas Aquinas, the master theologian of them all, explained in the first question of the Summa Theologica, “is to study God and divine revelation, and after that, everything else «in the light of God» (sub ratione Dei), because God is the beginning and the end of everything.” Therefore, it is also the job of theology to deal with other things that are not God, but to do it «in the light of God». To talk both of God and of things is an almost impossible task. First: How can one talk of God, if God does not fit in any dictionary? Second: how can one think about everything else, if the knowledge about them is so great that no one person can master it all? Logically, it is not a question of talking about the economy as an economist would, or about politics as a politician would, but to talk about such subjects from the perspective of God, which presupposes a prior knowledge of those realities in a critical and non-disingenuous form, with respect for their autonomy and recognizing their more solid results. Only after this hard labor, can a theologian ask: How do these realities remain when confronted with God? How do they fit into a more transcendent vision of life and history? To do theology is not a task like any other, such as going to the movies or the theater. It is a pretty serious undertaking, because «God», which is not a tangible object like everything else is, is the category to work with. This is why there is no sense in seeking for the particle «God» in the confines of matter or inside the «Higgs Field». That would suppose that God were part of the world. I do not believe in that God. It would be part of the world and not God. I accept the words of the subtle Franciscan theologian, John Duns Scotus (+1308) who wrote: «If God exists like things exist, then God does not exist.» This is, God does not belong to the order of things that can be found and described. God is the Precondition and the Support for those things to exist. Without God, things would have remained in nothingness or would return to nothingness. This is the nature of God: not to be a thing, but the Origin of things. I apply to God as Origin what the Orientals apply to the force that permits them to think: «the force by which the thought thinks, can not be thought.» The Origin of things, cannot be a thing. As deduced, doing theology is complicated. Henri Lacordaire (+1861), the great French orator, aptly said: «The Catholic doctor is an almost impossible man. He has to know the depths of faith and the facts of the papacy and also what Saint Paul calls, ‘Elements of The World’; this is, all. All.» Let us recall what René Descartes (+1650) said in Discourse on the Method, the basis of modern supreme knowledge: «if I wanted to do theology, I would have to be more than a man.» And Erasmus of Rotterdam (+1536), the great wise man of the time of the Reformation, observed: «there is something superhuman in the profession of theology.» It is not surprising that Martin Heidegger (+1976), said that a philosophy which has not faced theological questions, has plainly not plumbed its depths. I say this not to glorify theology, but as a confession that its task is almost impossible, something I feel every day. Logically, there is a theology that does not deserve the name, because is lazy and refuses to think of God. It only thinks what others have thought or what the popes have said. My sense of the world tells me that now theology as theology has to proclaim out loud: we must conserve nature and enter into harmony with the universe, because they are the great book God has given us. That is where one finds what God wants to tell us. Since we did not bother to read that book, God gave us another, the Scriptures, Christian and of other peoples, for us to learn again that we must read the book of nature. Now nature is being devastated. And with nature, we destroy our access to the revelation of God. We must then talk of nature and of the world in the light of God and of reason. Without preserving nature and the world, the sacred books would lose their meaning, which is to teach us again to read nature and the world. The theological discourse has, then, its place along with all other discourses.

 

Leonardo Boff

 

02-25-2011

 

Free translation from the Spanish sent by Melina Alfaro, volar@fibertel.com.ar, done at REFUGIO DEL RIO GRANDE, Texas, EE.UU.

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