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El polvorín

Sindicalismo del Sur y sindicalismo del Norte. Sindicalismo global

30 Julio 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Isidor Boix

Viernes 30 de julio de 2010, por Revista Pueblos

No considero que la globalización haya modificado la naturaleza del sindicalismo como organización de intereses, pero sí creo que ha incorporado nuevos elementos en la acción sindical nacional y en la interrelación entre los sindicalismos nacionales y supranacionales. Y ha matizado los términos del concepto sindical de solidaridad internacionalista. Por ello me parece particularmente oportuna y positiva la formulación de la Confederación Sindical Internacional (CSI) de “nuevo internacionalismo sindical”, aunque quizás no tanto, aún, su práctica.


Para avanzar en las consideraciones que siguen quiero comenzar recordando que el colectivo social, la clase social, que se organiza en los sindicatos, es decir los trabajadores asalariados, tiene como punto de partida el interés individual de mejora en las condiciones de trabajo y de vida, y como elemento aglutinador la conciencia de que colectivamente, solidariamente, tendrá más posibilidades de lograrlo.

Por ello resulta esencial la determinación de los intereses prioritarios en cada momento. Una cuestión que puede no resultar tan fácil como podría parecer, sobre todo si se tiene en cuenta que, junto al momento, habrá que determinar el ámbito empresarial, territorial y sectorial a que nos estamos refiriendo. Cuestiones en relación con las cuales la globalización ha incidido introduciendo elementos nuevos.

Movimientos de capitales, de personas, de mercancías, deslocalizaciones también, los ha habido siempre, pero el ámbito en el que se producían no ha sido el mismo en todas las ocasiones: desde pequeñas áreas (identificables como regiones, o rincones de un país, siguiendo por ejemplo el cauce de un río en sentido contrario al del agua o buscando zonas de menores salarios, etc.) hasta el mundo entero, pasando por las producidas entre los países europeos con ritmos y niveles de desarrollo distintos.

Estas transferencias empresariales han generado siempre intereses contradictorios entre trabajadores situados en los distintos polos del proceso. El problema ha consistido en la relación, y las prioridades, entre los intereses contradictorios y los comunes, y entre las organizaciones, todas “sindicales”, que expresaban y defendían unos u otros de tales intereses, y en el papel de las organizaciones sindicales que integraban los sindicalismos de ambos polos del fenómeno migratorio empresarial.

Por eso, hoy, no sólo no hay que tener miedo a formular como distintos los sindicalismos del Sur y del Norte, sino que hay que abordarlos como tales, con su propia identidad, para, luego, examinar cuales son, si los hay, sus elementos comunes, solidarios, iguales. Y, en tal caso, cómo se sitúan ambos en el marco mundial, global.

Se trata aparentemente de dos espacios sindicales distintos, y lo son efectivamente desde muchas de las posibles referencias. Interesa por ello establecer sin retóricas cuáles son los intereses comunes ten torno a los cuales construir el “nuevo internacionalismo sindical”, según formulación de la CSI.

Ilustración: Paula Cabildo

El sindicalismo del Sur

Del sindicalismo del Sur nos llegan en general sus frecuentes, y justificadas, denuncias de las depredadoras multinacionales, de sus gobiernos muchas veces corruptos que las am- paran, de las frecuentes violaciones de los derechos básicos de los trabajadores, del reiterado incumplimiento de los Convenios de la OIT. Denuncias que nos llegan como un grito repetido, formulado también en las reuniones, seminarios, conferencias, congresos.

Es más, en ocasiones pueden parecernos, me parecen en todo caso, planteamientos inadecuados porque, dirigidos también a algunos potenciales sindicalistas a los que se convoca, podrían traducirse en la consideración de que sólo tiene sentido ser sindicalista en estos países si se tiene vocación de héroe o de mártir. Falta la necesaria pedagogía que desde sus primeros tiempos el sindicalismo ha intentado desarrollar: su voluntad, y la posibilidad demostrada de que la organización sindical tiene sentido, en todas partes, también en las que están en peor csituación, como instrumento para la mejora de las condiciones de vida y de trabajo de las personas.

La denuncia de los males del capitalismo, de las multinacionales, tiene sentido, expresa las razones del combate, pero no puede ser el elemento esencial ni permanente. Lo esencial es pelear unidos y solidariamente para ganar. Por aquello de que “el pueblo unido jamás será vencido”, lo que a veces es verdad, sobre todo si, además de repetirlo, se consigue desarrollar una acción sindical coherente, solidaria, valiente, pero también inteligente, buscando alianzas, definiendo los objetivos adecuados (conquistables) en cada momento, explicando las victorias concretas conseguidas, buscando los puntos débiles del enemigo de clase…

La historia del sindicalismo en los primeros combates colectivos y solidarios en los hoy países desarrollados podría ser una buena referencia para el sindicalismo del Sur. Con una realidad hoy adicional, entonces inexistente: el 50% de la clase trabajadora mundial está ocupada en las redes de producción y distribución de las empresas multinacionales, por lo que en el hoy Sur existe un importante colectivo de trabajadores integrados en esas redes, en las filiales, en los contratistas y subcontratistas, en los proveedores, de esas multinacionales cuyas casa matrices están en Europa, en Estados Unidos, en Japón y, ya también, en China.

Esta interrelación objetiva Sur-Norte apunta a líneas de acción, de coordinación y de solidaridad, de indudable interés para el sindicalismo del Sur, y del Norte, cada uno desde su propia perspectiva y desde sus propios intereses, y supone además una aportación esencial para el sindicalismo “global”.

El sindicalismo del Norte

Desde el Norte, el sindicalismo tiene (tenemos) que abordar un proceso en el que la globalización comporta un serio riesgo de deslocalización industrial, de presión empresarial para reducir los derechos conquistados a lo largo de décadas. Y la crisis ha venido a añadir más leña al fuego, al menos para la denuncia. A ello se ha añadido un juicio aparentemente ético que, por inútil e incluso desmovilizador, no comparto, sobre las culpas y quienes tienen que pagarlo.

En Europa identificamos esta problemática como agresiones al “Estado de bienestar” o al “modelo social europeo”, un planteamiento que, además de la aparente consideración del este modelo como terminado, perfecto, apunta serios problemas al traducirse en la práctica en una posición esencialmente resistencialista, lo que en sindicalismo deberíamos haber aprendido como vocación de fracaso. Es evidente el riesgo en el que se encuentran conquistas históricas del sindicalismo europeo (y de los planteamientos progresistas políticos y sociales). Pero deberíamos entender que en una realidad cambiante como la de las relaciones laborales (antes, durante y también lo será después de la crisis), lo esencial es determinar los intereses básicos en cada momento en relación precisamente con los cambios producidos. Y la globalización” algunos cambios ha comportado, también avances, en los ámbitos políticos, ideológicos, culturales.

Hoy, por ejemplo, los derechos de igualdad, contra la discriminación (no sólo de género sino también po rmotivo edad, formación o país de procedencia, entre otras cuestiones), tienen un papel muy importante, y con ellos las exigencias de conciliación de la vida laboral y personal (familiar e individual) en un marco de formas de producción y de vida colectiva muy distintas a los años del siglo pasado en los que fue construyéndose el modelo social europeo. Cuestiones que se relacionan de forma distinta con las también distintas formas de producción.

Otro tema central es el papel de la formación cultural y profesional en el marco del proceso de avances científico-técnicos y la perentoria exigencia de competitividad que se plantea a la economía europea, de todos los países desarrollados.

Por un sindicalismo global

De la mano de estas consideraciones surge la problemática de la relación entre los sindicalismos del Norte y del Sur, bases ambos imprescindibles para el sindicalismo global. Y en su relación, el papel de una cuestión nueva, me refiero a la Responsabilidad Social de las Empresas o Corporativa (RSC).

Hay que partir para ello de una constatación: la ausencia de instrumentos de gobernanza global en este mundo. Existen ciertamente unas pocas instituciones con capacidad para intervenir eficazmente en un ámbito supranacional, como pueden ser la Organización Mundial del Comercio, estableciendo normas imperativas en el comercio mundial, o el Consejo de Seguridad de la ONU que puede tomar decisiones, en general bélicas. A ello habría que añadir los tímidos avances en relación con las cuestiones medioambientales. En el ámbito de la Unión Europea hemos avanzado más, pero en este mundo global somos cada día menos un continente para empezar a ser una no tan grande unidad aún balbuceante.

Pero en este ámbito mundial no contamos con normas eficaces en relación con los derechos del trabajo, ya que ninguna institución tiene fuerza para imponer la aplicación de los Convenios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Por ello, los compromisos empresariales de Responsabilidad Social Corporativa pueden ser una referencia importante para exigir su cumplimiento y la verificación del mismo, forzando la intervención sindical y tendiendo a transformarlos en acuerdos marco internacionales que concreten instrumentos eficaces para tal intervención sindical.

Quiero subrayar lo que se desprende ya de las notas anteriores: mi opinión de que es necesario, urgente, avanzar en la construcción de un sindicalismo global, mundial, con capacidad de decisión y de compromiso, capaz de negociar en el ámbito planetario. Es decir: capaz de asumir los intereses globales, comunes, de la clase trabajadora mundial, y, desde éstos, tutelar el desarrollo de los posibles intereses contradictorios de las diversas zonas del mundo, sin rehuirlos, mediando en ocasiones.

Ello exige estructuras sindicales supranacionales con capacidad y voluntad para ejercer tal liderazgo, apoyándose en los sindicalismos más desarrollados, más fuertes, con más afiliados y con más capacidad de movilización y de acción, pero sabiendo al mismo tiempo distanciarse de los intereses más concretos de los más fuertes, y sin paternalismos hacia los más débiles. Ciertamente no va a resultar fácil, no lo está siendo, aunque tenemos seguramente las bases para lograrlo.

Superando el sindicalismo de la “guerra fría”, la creación de la Confederación Sindical Internacional (CSI) en noviembre 2006 significó sin duda el inicio de una nueva etapa del sindicalismo mundial al fusionar las confederaciones CIOSL, de influencia socialdemócrata, con la CMT, de influencia cristiana, y sumar algunas Confederaciones nacionales no adscritas a ninguna de las dos, como la CGT francesa, la CUT colombiana y la CTA argentina. Todo ello, junto con la progresiva disgregación de la antigua Federación Sindical Mundial (FSM) y la integración de algunas de sus más significativas organizaciones en el nuevo sindicalismo internacional, apunta un esperanzador inicio de una nueva etapa. Las cifras de arranque, aunque seguramente de no homogénea significación, son interesantes: la CSI aglutina a 311 organizaciones sindicales nacionales, de 155 países, con un total de afiliación de 168 millones de personas. Pero estas referencias originarias no son suficientes.

Entre los días 21 y 25 de junio de este año se celebrará en Vancouver el 2º Congreso. Ello supone sin duda un elemento de consolidación, aunque subsiste aún en el terreno organizativo lo que fue un problema original y en el que no se ha avanzado nada: la integración aún pendiente de las Federaciones Sindicales Internacionales, que mantienen con la CSI un simple comité de enlace denominado “Global Unions”. Queda pendiente, así mismo, el desarrollo de normas de funcionamiento interno que le den no sólo más democracia formal, sino también más capacidad para aproximarse a los problemas de cada día.

Se trata de que la CSI dé ya un salto para empezar a actuar como un sindicato mundial, superando la etapa actual en la que las estructuras sindicales supranacionales ejercen esencialmente como “coordinadoras”, con escasa capacidad de dirección y decisión, de negociación y pacto. No va a ser, no está siendo, fácil, pero probablemente es ya un positivo punto de partida que el problema pueda plantearse.

Entiendo que el avance en las cuestiones apuntadas es el elemento básico para dar contenido a la formulación acuñada en el primer Congreso de la CSI, la necesidad de construir un “nuevo internacionalismo sindical”.


Isidor Boix es secretario de Acción Sindical Internacional y de RSE de FITEQA - CC OO. Miembro de las Comisiones Ejecutivas de las Federaciones Sindicales Europeas e Internacionales (FSE): TVC, EMCEF, FTTVC e ICEM. Director del Observatorio “Sindicalismo en la Globalización” de la Fundación 1º de Mayo de CC OO.

Este artículo ha sido publicado en el nº 42 de la Revista Pueblos, junio 2010.

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