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El polvorín

Sólo voces… ni una palabra.- por Graciela Azcárate

27 Febrero 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Historia de vida

Sólo voces… ni una palabra


 

Para Juan Carlos Giudice, mi amigo de la infancia que el 24 de septiembre me escribió: “Ayer pasé por tu casa de Tuyuti 1083. Ya no está el zanjón donde sacábamos ranas ni el baldío donde jugábamos football”.

 

“Voces, sólo voces, como ecos;

Como atroces chistes sin gracia.

Hace mucho tiempo escucho voces y ni una palabra.

Y mis ojos maltratados se refugian en la nada

Y se cansan de ver un montón de caras y ni una mirada”

 

“Una nueva noche fría”  de Los callejeros.

 

El 30 de diciembre  del 2004, la discoteca Cromañón,  en el barrio del Once, en Buenos Aires se incendió. Murieron casi doscientos muchachas y muchachos argentinos  de entre 16 y 20 años carbonizados o ahogados con cianuro.

 

El 15 de enero de 2005 escribí  en Areito una Historia de vida con el  título: “Sólo voces… ni una palabra”. Unos meses después la Red de periodistas con perspectiva de género  escribió un artículo diciendo que así se escribe con perspectiva de género.  No niego que me sentí halagada. Pero también me pregunté qué hacía o de dónde me salía escribir así porque en realidad nadie me había entrenado para expresar  por escrito mi condición de mujer, lo que le pasaba a la gente a mí alrededor y lo que percibía de la realidad.

 

Unos años después alguien con quien  debía escribir un manual para que  los periódicos trataran el tema de género sin sexismo me dijo que yo escribía por intuición. Lo extraordinario de aquel momento fue que quien debía escribir del sexismo en la prensa, me alentó a que dejara  la denuncia de lo que pasaba en el lugar de trabajo, hecho que yo venía describiendo en sucesivas historias de vida.

 

Dijo: “Deja ya ese asunto”. Días después  una funcionaria  le contó a esa persona  que una de las empleadas más jóvenes, debido al asedio y la angustia diaria se emborrachaba todas las noches.  Esa persona no solo no dijo nada sino que  siguió escribiendo su manual y describió como se debe escribir en la prensa sin sexismo. Observé, miré, pensé:   ¿cómo puedo escribir las reglas  de anti sexismo para los periódicos si en la práctica no solo no denuncio sino que condeno por omisión, amnesia o silencio a que abusen de una joven mujer trabajadora?

 

Mi  intuición como esa persona llamaba a mi integridad como ser humano femenino me hizo renunciar al trabajo de  escribir para una oficina  de la mujer un tema tan importante. Un tema que no se puede escribir en los manuales si no “se escribe en el cuerpo” como dice tanta literatura de género.

 

Entonces cuando recuerdo aquello que  escribieron  o que pusieron de ejemplo  como esa receta para escribir con perspectiva de género yo me quito los clichés, los cantos de los guetos de los sesenta, las recetas del feminismo, esos cantos de cisne de atardeceres post menopáusicos  y me atrevo a relatar simplemente lo que a mí me pasa  cuando escribo.

 

Sé que muchos me toman a broma,  otros piensan que soy una  naive,  para algunos argentinos soy una  boluda,  otros francamente me detestan  por contar los entretelones de nuestra tribu, allá en el sur,  algunos me quieren y me respetan, hay otros que me tratan de  ingenua sin remedio…

 

Pero no. Por ejemplo,  un lector interactivo me describe  como  sentimentalmente con un  corazón sangrante. Y sinceramente… no. Es posible que contado en clave de novela mis historias sean pasto de una telenovela brasileña o  un culebrón fantástico a la venezolana. Pero no. Tengo cicatrices pero también tengo muy buenos recuerdos. He tenido a lo largo de mis sesentaidós  años una relación maravillosa con los hombres incluso en las peleas y los enfrentamientos. Cuando cuento en “La cautiva” el horror que me produce la masculinidad de  los hombres de la familia de mi madre y la diferencia que emanaba de mi padre, ahora me doy cuenta  como la periodista de género  que me describió en el 2005, que  estoy escribiendo con perspectiva de género. 

 

Cuando relaté  en las dos historias de vida “No puedo olvidar” y “Si Evita viviera”  no estoy atacando a un hombre en particular que me partió el corazón. No. Estoy contando lo que me pasó el 5 de agosto de 2009 con dos hombres que entre 1970 y 1974 significaron algo en mi vida.

 

Y cuando otro lector interactivo me pidió hace ya tiempo  que cuente lo que pasó con los montoneros en la década de los setenta, ni él ni yo nos dimos cuenta que se lo estoy relatando en lo cotidiano o autobiográfico  de mis historias de vida.

 

El caso Graiver, los montoneros, el desastre de los Kirchner desde el 2002 es ese nocturnal relato de una “generación abyecta”. Que tal vez tiene un broche final de sátira o de humor negro en “Hay una gato con botas en el salón”

 

El 5 de agosto del 2009, leía en internet lo que pasaba en la facultad de Filosofía y Letras en Buenos Aires con un profesor de historia. Los alumnos lo  impugnaban por falso e impostor. Era alguien de mi pasado. Entonces escribí un nombre de un amigo de esa persona.

 

El correo decía más o menos así: ¿te acordás de mi? Soy la compañera sentimental de fulano entre 1970 y 1974. Soy aquella muchacha a la cual ustedes, terminada la relación entraron a su casa con unas llaves que ella olvidó en Santa Fe, en casa de la madre  de él,  y  a principios de 1975, los dos de común acuerdo le desvalijaron la casa,  ¿qué dijo Nené, que era mi amiga y tu compañera sentimental de aquel atropello? Punto.

 

Esa persona nunca me contestó porqué ellos hicieron eso pero a lo largo de casi un año  en su sordera y en la tragedia de ser un hombre de esa generación  fue contando la vida de  los hombres amnésicos, en una Argentina donde “sólo hay voces, ninguna palabra” y entendí porqué habían entrado a mi casa y la habían robado, porqué Nené se alcoholizó y se arrojó de un balcón, porque me fui de Argentina y nunca regresé,  porqué treinta años después puedo escribir de doscientos jóvenes que se mueren asfixiados de cianuro en una discoteca del Once o puedo retirarme de un proyecto para escribir las reglas de un periodismo sin sexismo porque se contradice con lo que la intuición me dice.

 

Y cuando en el 2005 narrando la Historia de la discoteca Cromañón  escribo: “Son tres generaciones que nadan en el desencanto y que cantan sabiendo que no hay retorno: “Una nueva noche fría en el barrio, los transas se llenan los bolsillos. Las calles son nuestras, aunque el tiempo diga lo contrario. Y los sueños no soñados, ya se amargan la garganta y se callan” sé que lo hago para no callar y menos aun hundirme en el desencanto.

 

Entonces miro las dos caras de esos hombres que quedaron en el pasado pero que tengo que narrar para entender por qué se murió mi padre como se murió, por qué mis hijos crecen de determinada manera y me hablan de distintas y contradictorias formas, por qué cuando hombres amigos de mi niñez me visitan en mi casa de Santo Domingo, ahora hace casi una semana, después de cuarenta años de no vernos y me incitan a regresar a Buenos Aires a mi corre un estremecimiento de bestia acosada.

 

Cuando en agosto del otro año pregunté porque me habían robado lo hice con el ánimo de ese dicho sudafricano,  el Ubuntu. Y recordé a un negro de la etnia xhosa que le pregunta a su torturador blanco del apartheid por qué le mató a la esposa,  por qué mutiló a sus hijos, por qué lo colgó de los testículos y lo dejó invalido. Le  pregunta todo eso para comprender.

 

Y me doy cuenta que escribo para delinear el rostro de los que quiero en mi pasado y en mi presente, que lo hago porque no quiero ver  “un montón de caras y ni una mirada”, porque quiero comprender,   porque tal vez tengo una cita pendiente después de cincuenta años con mi amigo de la infancia  a orillas de un zanjón con ranas, en un baldío gritando gol, bailando al ritmo de  Paul Anka en un Witcomb de los sesenta  o pedaleando una bicicleta en una tarde cualquiera.

 

 

Graciela Azcárate

 Publicado en Periódico 7 Días

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