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El polvorín

"Soy celeste": racismo, xenofobia, excepcionalidad e identidad uruguaya

12 Julio 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

El vichadero

 




El pueblo uruguayo está eufórico por el éxito del seleccionado de fútbol en el mundial sudafricano. Y es esa misma euforia la que permite conocer aspectos no muy loables de nuestra identidad nacional hegemónica, de su proceso de construcción y de su manipulación política.


1. El estado y su efecto-nación

La autopercepción colectiva determina no sólo narraciones míticas y prejuicios sobre nosotros como colectivo-nación (por nuestra parte y por la parte de otros) sino nuestra percepción del mundo. Nacida entre guerras independentistas y traiciones multidireccionales, la nación uruguaya es una construcción estatal: es el efecto de sentido del discurso del poder estatal en su intento (desde 1830 hasta 1904, por lo menos) de consolidar lo que le define: el monopolio del uso de la violencia legítima en su territorio. Poco distingue a los uruguayos del sur y del oeste de los argentinos, y poco distingue a los uruguayos del noreste de los brasileños del sur. El estado como sistema político en un territorio realiza operaciones de autopoiesis para mantener esas diferencias, acentuarlas, y suscitar así la obediencia de los ciudadanos. El estado deviene así cultura y psiquis nacionalizada y nacionalizante: pautas simbólicas (identificaciones cromáticas, leyendas patrias) pero también sentimientos compartidos y cierta neurosis común (que algunos semiólogos llaman, para el caso uruguayo, "mito de David", algunos sociólogos "tradición de sitio" y nosotros "paranoia nacionalista" por la agresividad y debilidad irresoluble de la identidad local). Pero que quede claro: no se trata de pura represión, sino de algo más bien productivo: producción de cultura e inconsciente, la generación de un "nosotros" uruguayo. Claro que implica negaciones y opresiones: reducir la "identidad" a lo hispanohablante implica violentar las culturas lusoparlantes del norte -esto es, violentar seres humanos concretos que portan esa cultura-, por poner un ejemplo; pero sobre todo implica producción. Al trazar la diferencia, es decir al producir el concepto "uruguayo" o "identidad nacional", se dibuja una línea, un límite entre lo que es nuestro y lo que no lo es, y eso que es nuestro es realzado, amplificado e irradiado por todas las antenas posibles. No se trata de un Plan, aunque muchas veces asume la forma maquiavélica de las estrategias oportunistas del poder -ya nos referiremos a las últimas, pero el lector estará familiarizado con el dictador Latorre y su educador en jefe Varela-, sino más bien una operación funcional, algo que debe hacerse para que el estado no se disuelva por indiferenciación. ¿Qué producciones implica? Implica producciones artísticas (musicales, literarias), científicas (pocas decisiones son tan políticas como escribir libros sobre "historia del Uruguay" o analizar la "hidrografía del Uruguay"), deportivas, institucionales, publicitarias y markéticas. En resumen: nacido como Estado Oriental del Uruguay -un país sin nombre, ha dicho alguno, o un país cuyo nombre es "estado que está en la margen este del río tal"- por un breve período de paz entre Argentina y Brasil -luego de luchas independentistas ante este último pero con la clara intención de anexarse al primero (1), no lográndolo por la presión brasileña y la mediación de la estrategia balcanizadora del Imperio Británico- el Uruguay se consolidó como estado independiente de facto. Luego de décadas de guerra civil, construyó un relato nacionalista a fines del siglo XIX (cosa que coincide con el período romántico y con el naciente nacionalismo europeo y americano) y se ha vuelto, en términos de discursos estatales y públicos, y en términos de su efecto de sentido: el "sentido común" (común por hegemónico y compartido, no por lógico) un celoso guardián de su "identidad".


2. La identidad jerárquica

Esa "identidad uruguaya" quiso justificarse en un sentimiento de autonomía de los orientales frente al centralismo porteño (de Buenos Aires), en la tradición historiológica romántica y nacionalista vernácula. Sin embargo, la Banda Oriental del Uruguay fue un dominio español -una zona de producción y extracción de materias primas y de correlativo e inmisericorde genocidio indígena y uso de personas del África en calidad de esclavas- que, al igual que las otras futuras Provincias Unidas, no tuvo identidad como tal. Las investigaciones historiográficas más recientes, sobre todo en Argentina, pero también aquí, muestran a partir del análisis de documentos, que la auto-percepción, es decir la identidad de aquellos humanos jamás fue de "orientales" o "entrerrianos" sino que estuvo más bien ligada a cada pueblo concreto (por ejemplo: Soriano, Maldonado, Montevideo...), su cabildo, sus ricos y sus pobres, sus estancias y sus iglesias. Por eso los documentos del héroe de la independencia hablan a "los pueblos" de la independizada Provincia Oriental, y algo similar ocurría en Entre Ríos, Paraná y las otras provincias argentinas, es decir, del Río de la Plata. (2) Esto es mucho más coherente con la organización feudal medieval, es decir, es mucho más probable que el agenciamiento sociedad-cultura-psiquis generara este tipo de identidad local que se refería a un territorio concreto e inmediato, a una autoridad concreta e inmediata (gobernador, cabildantes) y de un salto al Rey y a Dios, y no a una Provincia Oriental o a unas Provincias Unidas, recién creadas sobre un modelo republicano ajeno a la tradición colonial. Pero algunos quieren seguir poniendo la carreta delante de los bueyes, y sobre todo, el sentido común así lo cree y solicita, luego de siglos de construcción discursiva desde el estado y sus aparatos culturales. La construcción de una "identidad nacional" luego de la guerra independentista implicará el barrido parcial del localismo, la unificación sobre la base de las lanzas con punta de tijera, que atravesarán esta nueva construcción con una línea claramente centralista y jerárquica. Porque si el héroe nacional quería una región federada, también quería un federalismo en la interna de cada provincia, eso podría desprenderse de sus documentos, siempre respetuoso de la autonomía de cada cabildo y de "los pueblos" orientales, pero eso no parece haber sido leído así (esto es una broma, nadie en la acción política lee nada buscando un sentido original, de existencia metafísicamente cuestionable, sino más bien apropiándose del texto para legitimar sus intenciones actuales) y el Uruguay se construyó como un país radicalmente unitario, es decir, centralista, macrocefálico, con una ciudad puerto que extrae los recursos y se apropia de las ganancias de todo el territorio nacional, que es su "afuera", su coto de caza y expolio. Entonces: la identidad nacional está atravesada por esas jerarquizaciones territoriales y del poder. Lo uruguayo es, en buena medida, y casi siempre, lo montevideano. Costó mucho desprecio que la intendencia de Montevideo aceptara que las escolas de samba son también uruguayas, aunque canten en portugués, y les permitiera desfilar por sus calles en carnaval.


3. Una anécdota paraguaya

Con la mayor humildad le recomendaría al lector la lectura de algún libro de historia del Paraguay. Es decir, un libro científico que corresponda a la construcción de una historia de esa entidad-estado y a su legitimación, o un libro científico no nacionalista, que la tome como entidad de facto, por su existencia política, cultural y mental, pero sin pretender legitimarla como producto de un designio histórico. La lucha "del pueblo paraguayo" es signada por la independencia frente a España, Portugal, y el CENTRALISMO BONAERENSE Y MONTEVIDEANO. Es decir que el relato del malévolo centralismo porteño conque maestros y profesores de secundaria, basados en miríadas de libros de historia "nacional" justificaban el secesionismo artiguista en realidad tiene alguna gran fisura. Y digo el relato, porque las acciones bélicas y políticas del héroe Artigas, escogido por la construcción romántica del siglo XIX (la "leyenda patria") tienen más coherencia que este relato manipulador: Montevideo siempre estuvo ante sus ojos como bastión enemigo. Las mismas clases sociales (los oligarcas del comercio portuario importador, succionadores de los recursos de la región merced a su onerosa intermediación ante el comercio exterior) en Montevideo y Buenos Aires pretendían un sistema unitario y centralizado, jerárquico y concentrador de recursos. Esta anécdota de lectura es para ilustrar que esa construcción identitaria está signada por las jerarquías de los espacios institucionales que dieron lugar a al emergencia del discurso nacionalista que constituyó simbólicamente esa identidad. Lo que es "justo" como reivindicación anti-bonaerense en la eterna "rivalidad de puertos" entre Montevideo y Buenos Aires, no tiene por qué ser justo -en cualquier sentido de la justicia- para otros actores del antiguo virreinato español. Pero la historia tiene sus mínimas venganzas e ironías, y es un dato curioso y significativo que muchos habitantes del interior del Uruguay llamen "porteños" a los montevideanos, enunciando así no sólo la sumisión cultural en espejo de Montevideo frente a Buenos Aires, sino la percepción de una territorialización del país como factoría colonial, en la cual los recursos económicos y culturales se concentran de modo escandaloso en una ciudad que alberga a las clases dominantes, a la actividad comercial portuaria, la escasa industria y por arrastre a la mitad de la población. El "nosotros" uruguayo es una construcción identitaria que aplana las diferencias en una santa alianza de clases sociales, géneros, minorías étnicas, raciales y generaciones en beneficio de los sectores dominantes de cada uno de esos cortes analíticos. Los relatores del fútbol del campeonato mundial en Sudáfrica de este año, hablaban una y otra vez de "los emocionantes festejos en Montevideo", reproduciendo esta exclusión humillante y jerarquizante de territorios y poblaciones.


4. Xenofobia

Dijo un comentarista de TV que Maradona, jugador argentino que después del brasileño Pelé fue el mejor jugador de la historia del fútbol mundial, "ninguneó" al Uruguay, porque se le preguntó por la selección de fútbol de nuestro país y contestó "¿Juega Uruguay?". Días después el canal de TV aclaró que los dichos del comentaristas fueron "sacados de contexto" porque se referían a una declaración de Maradona previa a la clasificación del cuadro uruguayo para el campeonato mundial de fútbol. En el ínterin el rumor se esparció por el Uruguay, y cuando la selección de Argentina es derrotada por Alemania, cientos de uruguayos salen a las calles a festejar, con pirotecnia incluída, la derrota del cuadro de fútbol de nuestros vecinos. Pero la xenofobia contra los argentinos, identificados con los bonaerenses o "porteños" viene de más atrás. A corto plazo se identifica un punto de concentración en el conflicto por la instalación del lado uruguayo de una peligrosa mega-planta (la mayor del mundo) de elaboración de pulpa de celulosa, sobre la base del blanqueo de papel con dióxido de cloro, una sustancia altamente persistente en el ambiente. Dicha instalación motivó la resistencia legítima de la población de Gualeguaychú, ciudad de Entre Ríos, Argentina, a través de una medida cuestionable por sus efectos políticos y económicos: el corte de un puente internacional Argentina-Uruguay. El gobierno uruguayo del momento, que autorizó la instalación de la peligrosa industria sin un estudio serio de su impacto ambiental (la construcción se autorizó de modo previo a la presentación de un informe DE PARTE DE LA EMPRESA, según obliga la bochornosa ley ambiental uruguaya, y el presidente uruguayo del momento, Vázquez, dijo haberse convencido a partir de un "informe científico Noruego" que no era otra cosa que un texto producido por una empresa vinculada al aparato de marketing de un conglomerado celulósico europeo...) y que ocultó deliberadamente información al gobierno argentino, fomentó de modo irresponsable la xenofobia contra nuestros vecinos, lo cual incluyó, entre otras perlas, una medida casi suicida: la movilización de militares en la frontera para evitar que los manifestantes argentinos cruzaran al territorio uruguayo. El discurso anti-argentino, el ensalzamiento de nuestra "dignidad nacional" (dignidad para firmar un tratado neo-colonial con el país de origen de la empresa, Finlandia, y para defender a la empresa cada vez que liberaba gases tóxicos a la atmósfera provocando vómitos y desmayos de un lado y otro del río) y la obstrucción de la negociación, generaron -lo cual es una consecuencia política de manual politológico maquiavélico que conoce cualquier gobernante- una adhesión unánime detrás del liderazgo gubernamental uruguayo. Éramos "nosotros" los débiles y humildes que queríamos desarrollarnos (vaya forma, produciendo pasta de celulosa a partir de monocultivos de eucaliptus, pero bien...) contra "ellos", los porteños prepotentes de siempre. David contra Goliat. En última instancia la xenofobia contra Argentina se nutre del pasado histórico remoto y las ficciones nacionalistas fundacionales, ya que supuestamente fueron solo los gobernantes porteños quienes allá por 1816 -cuando florecía el bando federalista de Artigas afianzado territorialmente en la Provincia Oriental, hoy Uruguay- pidieron al gobierno portugués en Río de Janeiro que invadiera dicha provincia díscola al poder bonaerense. Digo ficción porque se refiere a los orígenes de un modo selectivo; por ejemplo omite o no resalta suficientemente que fueron también las clases altas montevideanas y sus representantes políticos quienes solicitaron la invasión, y que los altos generales orientales se pasaron graciosamente al servicio de los portugueses unos y de los porteños otros apenas Artigas empezaba a ser derrotado. Pero la historia dará al "centralismo porteño" la exclusividad de la posición traidora. Esas lejanas líneas de procedencia de la xenofobia anti-argentina están siempre prestas a emerger y basta que haya alguna oportunidad (y oportunismo) y algún agente que se proponga aprovecharla en su beneficio político y económico. La xenofobia como prejuicio es injusta en este caso como en pocos, ya que, por dar dos ejemplos evidentes, son cientos de miles los uruguayos que viven en Buenos Aires y allí formaron sus familias y trabajan sin que se les exijan documentos, siendo tenidos en alta estima por los lugareños, y fueron decenas de miles los que huyeron en los años de la guerra sucia del estado uruguayo contra la izquierda y buscaron refugio primero en Buenos Aires.


6. Racismo

"Negros de mierda", "Negros hijos de puta" gritaban muchos uruguayos en la Plaza Independencia mirando la pantalla gigante oportunamente colocada por el gobierno de izquierda (?) el día que la selección uruguaya derrotó azarosamente a la de Ghana. Que no se diga que fue en el fragor de la expectación del juego, ya que no es excusa, y se sabe que es precisamente en esos momentos en que la conciencia racional se debilita y se disuelve en la masa que emergen los prejuicios que la buena conciencia aconseja reprimir, disimular y en el mejor caso callar. Hay prejuicios raciales extendidos en la población uruguaya como en posiblemente todas las poblaciones mundiales si se toma como unidad de análisis el estado como construcción política. Sería injusto decir "los uruguayos son racistas", ya que en todo caso lo que corresponde es decir "muchos uruguayos son racistas", es decir, atribuyen valores superiores o inferiores según la percepción que tienen de la "raza" (lo que sea se entienda por tal cosa de imposible definición en el continuum fenotípico humano y la casi identidad genética). Habitualmente se le atribuye a los europeos valores superiores; sus características físicas "caucásicas" (pelo amarillo, tez rosa-blancuzco, alta talla, etc.) son más abundantes entre las clases dominantes en Uruguay, que se jactan siempre de su origen ancestral europeo. Esto tiene una explicación histórica: fueron europeos quienes conquistaron estos territorios, hicieron el genocidio de la población indígena y trajeron esclavos del áfrica. La elite oligárquica que encabezó la guerra independentista contra Europa a partir de 1810 se identifica con sus valores culturales y con sus características físicas. Del mismo modo, la población indígena y africana fue esclavizada, y aún después de su emancipación, sometida hasta el presente a los lugares más bajos de la escala social, no sólo en lo económico sino en términos de prejuicios y percepción negativa. El mote de "negro" e "indio" pueden resultar cariñosos entre los uruguayos, así como la referencia a nuestra selección de fútbol como los "charrúas" (nombre que los españoles daban a los indígenas patagónicos cazadores y recolectores del lugar), pero eso no significa que no haya racismo. La población de origen indígena en el Uruguay y la población de origen africano siguen sin que haya disposiciones de discriminación positiva que los lleve a situaciones de menor desigualdad, al menos para las generaciones jóvenes. ¿Cuántos negros ha visto el lector en la Universidad de la República? ¿Y en el gobierno? No muchos, ¿verdad? Pero volvamos al partido Uruguay - Ghana apenas para decir que ningún medio de prensa dio cuenta de los insultos racistas.


7. Una anécdota presidencial

En el invierno de 2008, una cumbre de jefes de estado del MERCOSUR fue escenario de un interesante chiste fallido del presidente uruguayo de entonces (Tabaré Vázquez, Frente Amplio, izquierda neoliberal). Uno de los temas en debate era el de la creciente xenofobia contra latinoamericanos que iban a Europa huyendo de la pobreza en nuestro continente, para encontrar allí duras respuestas represivas de los estados. Intentando señalar el carácter aluvional de la sociedad uruguaya, el presidente citó una frase del sentido común histórico local: "los uruguayos descienden de los barcos" y para ello se puso como referente, señalando que su abuelo y abuela paternos eran de Galicia, su abuelo materno de Italia y su abuela materna de Francia. Hasta aquí la cosa tenía sentido, pero luego agregó en lo que suponemos quiso ser un chiste republicano-democrático por la risa que esbozó y luego debió reprimir rápidamente, que de algún modo se sentía "representante de la ONU" y luego, mirando la cara seria del presidente venezolano, que reivindica su condición de negro, y la del presidente boliviano, un indígena aymará, solucionó la situación empeorándola: "bueno, por lo menos representante de la Comunidad Europea". La función del chiste es dejar fluir la energía reprimida del inconsciente, y esta es una noción psicoanalítica elemental que el lector seguramente conoce. ¿Pero qué dejó aflorar el presidente uruguayo? Lejos estamos de acusarlo de racismo o xenofobia. Al contrario: ¡el hombre estaba intentando enviar un mensaje mundial pidiendo por el trato humano a nuestros compatriotas latinoamericanos, maltratados como delincuentes en el viejo continente! Pero lo que afloró, afloró: una percepción de la etnicidad uruguaya estrictamente eurocéntrica. Ya desde el último cuarto del siglo XIX la Iglesia Católica, hasta entonces única y encargada del registro bautismal (que equivalía a la casi totalidad de la población nacida en esta territorialización uruguaya), dejó de hacer el registro de raza. Esto coincide además con la modernización del estado (nuevamente de la mano del capital del Imperio Británico), la delimitación de las propiedades rurales, la escolarización masiva y obligatoria de la población, la esclavización, encarcelamiento o asesinato de los hombres libres del campo. Un estado moderno, de pretensión universalista se hace cargo de los registros de nacimientos en el territorio nacional, dejando de lado la vieja costumbre de identificar (en el sentido de adscribir una identidad, una marca) racialmente a los ciudadanos. Una medida que tuvo efectos contradictorios: por un lado disminuye el racismo explícito y cruento en la nominación, y por otro borra las trazas de las minorías raciales, especialmente indígenas patagónicos e hijos y nietos de esclavos africanos. La población se blanquea en su registro. Cualquiera que vaya al Cerro o al Casabó, barrios de Montevideo, o que vaya a mi natal Tacuarembó, no tendrá dificultades en descubrir características físicas típicas de los indígenas patagónicos; más hacia Paysandú encontrará razgos típicamente guaraníes. Sin embargo la construcción de nuestra identidad nacional pasó por el blanqueo de la población, lo cual se tradujo en una sobrevaloración de la incidencia aluvional europea inicial (del siglo XVIII sobre todo) y tardía (siglos XIX y XX). Algunas políticas concretas en el primer cuarto del siglo XX incluso prohibieron la llegada de inmigrantes de países "culturalmente ajenos" a nosotros (asiáticos, africanos...), consolidando este blanqueamiento e impidiendo su "contaminación". Las matanzas mayores de indígenas locales ocurrieron en el siglo XVIII durante la colonización española, y el incidente más recordado -por su componente de traición y desprecio por las tribus indígenas que ayudaron a los revolucionarios independentistas- será durante los primeros gobiernos "independientes", siendo en 1835 el hito de Salsipuedes. Se exterminó a la mayoría de los indígenas varones adultos y se permitió la vida de mujeres no combatientes y niños, utilizados como esclavos por las familias montevideanas de origen europeo. La primer medida contra la humanidad de estos nóveles esclavos fue prohibirles su idioma. Las comunidades de africanos traídas a Montevideo, puerto esclavista del sur Atlántico español, también perdieron su idioma, aunque conservaron elementos rítmicos musicales que, muy tamizados por la influencia europea, sobreviven hasta hoy, teniendo gran influencia en la música popular del sur del Uruguay. Así, con genocidios, supresiones de la memoria oficial, silenciamiento de la voz nativa, cristianización compulsiva y otras medidas, como la imposición de una escolarización europeizante, se logró alterar de tal modo la identidad uruguaya, que la diversidad se redujo dramáticamente y se grabó la autopercepción hoy hegemónica de "la sociedad más europea de América". Recién con las horribles dictaduras de los años 1970s y el empobrecimiento de la población en las crisis de los 1980s, 1990s y 2000, los uruguayos pudieron entender que no eran un país europeo injertado en Latinoamérica, sino un país más de la región, incluso en condiciones bastante peores que la de sus vecinos en varios aspectos. Pero la auto-percepción "blanca" y eurocéntrica continúa y domina la identidad nacional.


8 - Soy celeste

Uruguay es un país que se desangra. La emigración económica de población expulsada por la pobreza -o más estrictamente por la guerra de clases desatada por los gobiernos neoliberales de derecha e izuierda- no ha cesado desde 2002. El ascenso de la izquierda histórica al poder gubernamental se hizo a partir de artimañas: discurso socializante para convencer a los trabajadores, discurso moderado para convencer a las clases medias bajas, discurso pro-capitalista para convencer a los empresarios y luego, una vez en el podio, una práctica económica ortodoxa, neoliberal, que desde el manejo artificioso del tipo de cambio (con un peso sobrevaluado a partir de la contratación de deuda pública que paga toda la ciudadanía) hasta la imposición de un sistema tributario vergonzosamente regresivo (el IRPF que si bien grava más al asalariado que gana más que al que gana menos, es más benevolente con la especulación inmobiliaria, más aún con la inversión empresarial, más aún con la especulación financiera, y exonerante de obligaciones para los tenedores de deuda pública y las grandes empresas trasnacionales ubicadas en las zonas francas, que son zonas liberadas para el capitalismo, concesiones del estado para con el gran capital trasnacional y local), muestra una clara decisión de generar un equilibrio económico sobre la base de la concentración de la riqueza en las clases altas. Más allá del despliegue de políticas sociales de contención de la pobreza extrema (que hay que decir que sacaron del hambre a cientos y cientos de familias pobres), y sobre todo del despliegue de un aparato propagandístico y manipulador extraordinario (que incluye mecanismos de pseudo-participación directa de la población como los debates educativos o los consejos de ministros abiertos), la situación básica de la mayoría de los uruguayos no ha variado, porque las principales decisiones económicas son, dijimos, ortodoxas, neoliberales. A la vez que hay una gran emigración, el número de suicidios no ha dejado de crecer, sobre todo en varones jóvenes y adolescentes, así como es enorme la cifra de accidentes de tránsito y el deterior de la salud mental de la población tensionada por la rudeza de la competencia capitalista.

En este contexto de esperanzas y desazón simultáneas, el seleccionado de fútbol uruguayo, realiza una actuación, una performance deportiva en el campeonato mundial de Sudáfrica que es extraordinariamente buena. Como hacía 40 ó 50 años, un cuadro uruguayo no lograba llegar a las semifinales de una copa del mundo, en la cual el dinero manda por las condiciones materiales y de entrenamiento con que llegan los equipos de los países pobres y los de los países ricos, sino por la evidente influencia de ese capital diferencial en el comportamiento de muchos árbitros de fútbol. Y el seleccionado de fútbol del Uruguay araña la copa mundial. Posiblemente el fútbol sea el principal rito civil con un perfil religioso tan definido, capaz de hacer comulgar en su misa a la mayoría abrumadora de la población. El seleccionado de fútbol uruguayo cuando actúa genera una empatía inigualable en la población, y refuerza claramente el sentimiento de identidad.

Lo que decimos en este artículo es que ese refuerzo de la identidad, que roza el fanatismo, es una buena ocasión para conocernos. Esa intensificación del "nosotros", de la fe en torno a "nuestros" jugadores, en un juego en el que participamos todos como hinchas o como espectadores, permite ver lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Muchas veces la tarea del sociólogo es ingrata para quienes quieren ver sólamente loas a "nuestros héroes". Ocurre que el fanatismo generado en torno al fútbol vuelve evientes algunos mecanismos de construcción de nuestra identidad que no debieran enorgullecernos: la xenofobia y el racismo, antes que nada. Y luego la sensación de ser especiales, una excepción, un David maravilloso en el concierto de Latinoamérica, que vive soñando con su "pase a Europa", que vive soñando con ser Europa, reconocido y respetado mundialmente, pendiente siempre de ser mencionado y distinguido. El "triunfo celeste" de la selección uruguaya de fútbol reproduce el mito de nuestro especial origen y designio y nos introduce en una euforia que limita nuestra capacidad cognitiva, se agencia con estrategias de propaganda gubernamental -bastante visibles para el análisis- en la ocultación de la realidad y nos hace vulnerables. Las masas eufóricas, decía Le Bon, adolecen de "sugestibilidad". Lo que escribo no pretende quitar un ápice del mérito humano y deportivo a los jugadores del seleccionado uruguayo de fútbol; al contrario, es una alerta acerca de su mal uso político y de la locura nacionalista que se manifiesta en torno al culto del fútbol. Pronto volverán los gloriosos jugadores celestes y se tomarán fotos con el presidente de la república, cerrando un círculo virtuoso de autoafirmación identitaria y autoengaño masivo.


Notas
(1) Le recomiendo al lector que lea la Declaratoria de la Independencia de 1825 en su versión completa en http://es.wikisource.org/wiki/Declaraci%C3%B3n_de_Independencia_de_Uruguay Allí encontrará frases como: "La H. Sala de Representantes de la Provincia Oriental del Río de la Plata en virtud de la soberanía ordinaria y extraordinaria que legalmente reviste para resolver y sancionar todo cuanto tienda a la felicidad de ella, declara: que su voto general, constante, solemne y decidido es, y debe ser, por la unidad con las demás Provincias Argentinas a que siempre perteneció por los vínculos mas sagrados que el mundo conoce." La proclama con que se congregó y arengó a los revolucionarios para guerrear contra los brasileños que dominaban este territorio rezaba (el resaltado en mayúscula es mío): "¡ARGENTINOS ORIENTALES! Aquellos compatriotas nuestros, en cuyos pechos arde inexhausto el fuego sagrado del amor patrio... no ha podido mirar con indiferencia el triste cuadro que ofrece nuestro desdichado país bajo el yugo ominoso del déspota del Brasil". Según la versión de este último documento (la proclama revolucionaria de Lavalleja), ¡había una coma entre "Argentinos" y "orientales": "¡ARGENTINOS, ORIENTALES!" y así puede apreciarse en documentos creados durante la última dictadura militar como este de Luis Arcos Ferrand, del Ministerio de Educación y Cultura de 1976: http://letras-uruguay.espaciolatino.com/arcos/cruzada_33.htm Esa separación entre "argentinos" (es decir: "del Río de la Plata") y "orientales" es absolutamente ahistórica.
(2) FREGA, Ana, Pueblos y soberanía en la revolución artiguista. La región de Santo Domingo Soriano desde fines de la colonia ala ocupación portuguesa.. Ed. 2, Montevideo, Banda Oriental, 2007, v. 1, p. 400, ISBN: 9974-1-0456
(3) Fragmentos del discurso de Vázquez en http://www.rnv.gov.ve/noticias/?act=ST&f=&t=72281

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Miguel 07/12/2010 22:22



Esto debería ser leído por mucha gente. Me parece que la metodología, digamos,


es aplicable largamente a lo argentino y, al menos, por gente de la colectividad


boliviana que conocí en Baires y que no era ni aymara ni colla y tenía un racismo


hacia esas etnias, yo diría casi salvaje, también.