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El polvorín

Tolerancia Cero y otras paradojas

21 Agosto 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Miércoles, 18 de Agosto de 2010 08:45
ninoscalleauto1(APe).- Caroline Giuliani (20), hija del ex alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani (66), fue detenida el pasado 6 de agosto al salir de una tienda con productos que no habían pasado por la caja. El título, para las agencias, fue: “Hija del zar de la Tolerancia Cero sorprendida robando cosméticos”. La especie duró un par de minutos en las carteleras. Donna Hanover, primera o segunda esposa de Giuliani, logró retirar a Caroline de la comisaría, con el compromiso de estar más atenta en el futuro a sus movimientos.

Dijimos “primera o segunda esposa” por la curiosa anulación de su primer matrimonio que gestionó Giuliani ante la Iglesia católica, tras advertir
-luego de 14 años de convivencia- que Regina Peruggi, su esposa, era a la vez su prima. Esa astucia le permitió tener segundas primeras nupcias con Donna, pareja de la que nacerían Andrew y Caroline. Aunque a poco de andar, una investigación periodística reveló que el Alcalde de Nueva York mantenía una relación extramatrimonial con la enfermera Judith Nathan. Para blanquear la situación, Giuliani le dijo a la prensa que en ese mismo momento estaba tramitando el divorcio con Donna (sólo que se había olvidado de avisarle, acotamos) y que pensaba casarse con Judith.

La psicología social norteamericana, tan rápida y eficaz para explicar las conductas, podría publicar ahora un tratado sobre lo que les pasa a las hijas veinteañeras de los ex alcaldes de Nueva York, especialmente cuando éstos practican -diría Savater- una doble militancia erótica.


¿Ventanas? ¿qué ventanas?

En 1969, el gabinete de Psicología Social de la Universidad de Stanford, conducido por Philip Zimbardo, desarrolló un experimento social en dos conjuntos urbanos diferentes de los Estados Unidos: el Bronx neoyorquino y un área residencial de Palo Alto, en California. Dejaron abandonados, en uno y otro sitio, dos automóviles de la misma marca y modelo, en perfecto estado. Como era de prever, en el Bronx desarmaron rápidamente el vehículo y quemaron los restos. Pero en Palo Alto, nadie tocó aquel automóvil estacionado. Para la segunda fase del experimento, los estudiantes rompieron un vidrio del auto estacionado en Palo Alto. A partir del vidrio roto -que connotaba abandono- el auto sí comenzó a ser desarmado y vandalizado, a pesar de estar en un barrio de clase alta.
Una primera lectura de aquel experimento le permitió a Zimbardo fundamentar la llamada Teoría de las Ventanas Rotas, base sobre la que se construyó la doctrina de Seguridad llamada Tolerancia Cero.

La experiencia “exitosa” del alcalde Giuliani en Nueva York, aplicando la Teoría de las Ventanas Rotas y la Tolerancia Cero, convirtió aquella nueva doctrina en producto exportable al sur del río Bravo. Claro que, como sucede con los artículos llegados del extranjero, a veces hay problemas de idiosincrasia, problemas de contexto político y cultural, problemas de normativa eléctrica, civil, religiosa, en fin, problemas. Porque ¿cómo es la teoría de las ventanas rotas en lugares donde no hay ventanas? ¿Cómo aplicar la tolerancia cero en ámbitos donde la misma policía es incapaz de cumplir con las normas?

No obstante, cíclicamente, aparecen en nuestro país dirigentes políticos y sociales que proponen importar la doctrina de los psicógos de Stanford, traducida y adaptada por las consultoras internacionales de Seguridad (una de las cuales, sugestivamente, pertenece al ex alcalde Giuliani)


Ocurrió en Nueva York

Quien primero aplicó la Tolerancia Cero (entendiendo por ello la sanción de toda pequeña infracción cometida, aún a los menores de edad) fue el citado Giuliani, al llegar a la Alcaldía de la Gran Manzana en 1994, acompañando el reverdecer del Partido Republicano.

Analizada desde los derechos humanos y los derechos civiles, la gestión Giuliani fue un regreso a la mano dura policial, que se descargó especialmente sobre las minorías negras y latinas, sobre los vendedores y artistas ambulantes, sobre los talleres barriales y los programas heredados del Welfare State (Estado de Bienestar) que habían impulsado las gestiones comunales anteriores. Más de 70 mil demandas civiles contra el Gobierno de Nueva York se tramitaron durante los ’90. Abusos policiales, desalojos compulsivos y acoso a los inmigrantes indocumentados, todo mezclado con miles de actas de infracción por cruzar la calle fuera de la línea peatonal.

Católico prácticante (por lo menos, en su imagen pública), Giuliani eliminó los sex-shops y boliches nocturnos de Times Square y los reemplazó por un estudio de la MTV, una tienda de artículos Disney y salas de cine y teatro “para la familia”.

Pero, detalles al margen, fue la creación de 450 mil puestos nuevos de trabajo -gracias al apoyo de las corporaciones empresarias- la clave para la mejora general de los índices sociales y económicos.

Un hecho histórico y traumático -el atentado terrorista contra las Torres Gemelas, en 2001- ha impedido hasta hoy hacer un balance de la gestión Giuliani, en materia de Seguridad. A partir del 11-S, el control y la prevención en los grandes centros urbanos pasó a ser un tema federal, monitoreado desde Washington.


El único remedio

Una carta abierta difundida por estos días, que lleva la firma de Gastón Chillier, León Arslanian y Hugo Cañón (todos funcionarios o ex funcionarios judiciales, a nivel nacional y provincial) apunta a diferenciar los problemas de Seguridad y sus posibles soluciones, de las campañas políticas en marcha.

“Los hechos de violencia ocurridos en los últimos días -leemos- han vuelto visibles, una vez más, las demandas de seguridad de la población y, al mismo tiempo, desnudaron la falta de respuestas políticas frente al problema. Distintas voces se han limitado hasta el momento a replicar con una serie de lugares comunes acerca de la necesidad de restringir las excarcelaciones o aumentar las prisiones preventivas, que van de la mano de la idea de presionar a los jueces porque ‘son permisivos’ y hace falta ‘ajustar las clavijas’. Estos argumentos ponen en evidencia una alarmante falta de diagnósticos sobre los fenómenos concretos que producen los hechos de violencia y una carencia absoluta de planificación en políticas públicas para abordar el problema en sus múltiples niveles. Pero lo más preocupante es que estas ideas refuerzan el paradigma que establece que la problemática de la seguridad sólo puede resolverse con la acción de la justicia penal y las policías. Apelar a la ley, la justicia y la policía, en términos generales, sin explicar con claridad por qué se producen los hechos de violencia que estremecen a la sociedad, demuestra que las políticas de seguridad se debaten y, peor aún, se implementan a ciegas. La seguridad no es apenas un problema legal, ni mucho menos judicial o policial”. (…)

“Los funcionarios de gobierno, los referentes de la oposición, los legisladores, los jueces y los fiscales no pueden hablar desde la indignación porque son responsables directos, cada uno según sus competencias, de establecer las líneas de planificación estratégica, diseño e implementación de políticas públicas para prevenir esos hechos. Esta es una responsabilidad indelegable de los poderes del Estado”.

Aunque podamos compartir algunos conceptos de esa carta, constatamos con tristeza la repetición de una paradoja: el funcionario que ya no está en funciones reclama a los que sí lo están “políticas de Estado” y una visión integradora del problema de la Seguridad.

Al mismo tiempo, una corporación mediática está reclamando al Gobierno porteño y también al gobierno nacional (vaya a saber con qué intereses) la urgente adopción del “modelo Bogotá” (un aggiornamento de la Tolerancia Cero, hecho en Colombia con participación de las organizaciones civiles).

De cualquier modo, a los viejos y nuevos impulsores de la tolerancia cero les falta lo mismo que le faltaba a aquel Alcalde de la hija veinteañera y los matrimonios simultáneos: autoridad moral.

El día que haya tolerancia cero para el hambre y el abandono de la infancia, pensamos, el día que haya tolerancia cero para la pequeña y cotidiana corrupción de los funcionarios, recién entonces el Estado será capaz de medir -y ser medido- con la misma vara. Porque el remedio infalible contra ese mal que llaman inseguridad es uno solo: la justicia. 
Tomado de Agencia de Noticias de Niñez y Juventud Pelota de Trapo (APE)

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