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El polvorín

Trabajo esclavo contemporáneo, fruto del capitalismo: Un análisis desde el caso brasileño

15 Octubre 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Un análisis desde el caso brasileño

Trabajo esclavo contemporáneo, fruto del capitalismo

La super explotación de trabajo, del cual la esclavitud es su forma más cruel, es deliberadamente utilizada en determinadas regiones y circunstancias para reducir el precio de la mercancía. Erradicar el trabajo esclavo contemporáneo pasa por un cambio profundo que altere la lógica del capital.

 

Leonardo Sakamoto
Traducción: Waldo Lao Fuentes Sánchez
Fotos: Leonardo Sakamoto, STRTE-PA/Divulgación y MTE/ Divulgación

Sao Paulo, Brasil. En Brasil cada año miles de trabajadores rurales venidos de regiones pobres del país son obligados a trabajar en haciendas y carbonerías. Sometidos en condiciones degradantes de servicio e impedidos para romper la relación con el patrón, ellos permanecen presos hasta que terminen la tarea para la cual fueron sobornados, bajo amenazas que van de torturas psicológicas a golpes y asesinatos. En Brasil, esa forma de explotación es llamada de esclavitud contemporánea, nueva esclavitud o trabajo análogo al esclavo.


Trabajador rescatado

 

 

Su naturaleza económica difiere de la esclavitud de la Antigüedad clásica y de la esclavitud moderna, pero el tratamiento deshumano, la restricción a la libertad y el proceso de “cosificación” son similares. El número de trabajadores envueltos es relativamente pequeño, pero no despreciable: de 1995 – cuando el sistema de combate al trabajo esclavo contemporáneo fue creado por el gobierno federal – hasta ahora, cerca de 40 mil personas fueron encontradas en esa situación, de acuerdo con datos de la Comisión Pastoral de la Tierra.

La incidencia de la esclavitud contemporánea en la caña, el ganado, la producción de soya, maíz, arroz, frijoles, algodón, frutas, en la extracción de madera y en la fabricación de carbón vegetal, está concentrada en las regiones de expansión agropecuaria de la Amazonia, del Cerrado y de Pantanal. Con todo, hay casos confirmados en otras regiones del país, como los estados de Sao Paulo, Río de Janeiro, Minas Gerais y Río Grande del Sur, lo que demuestra que el origen de ese fenómeno no está vinculado sólo a la frontera agrícola, y que hay otro elemento que sobrepasa realidades sociales diferentes. ¿Qué elemento es lo que garantiza que prácticas que parecían extintas, vinculadas a las relaciones de trabajo que aparentemente fueron destruidas por el avance del capital, continúen existiendo?


Trabajador con las manos lastimadas por el trabajo, bebiendo agua sucia

Trabajador con las manos lastimadas por el trabajo, bebiendo agua sucia

 

Los informes de fiscalización del Ministerio del Trabajo muestran que los empresarios envueltos en ese tipo de explotación no representan pequeños sitios aislados económicamente del resto de la sociedad, pero la mayoría de las veces son latifundistas, muchos de ellos produciendo con tecnología de punta. Al final, no importa que la hacienda esté escondida en medio de la frontera agrícola, ella estará conectada por el comercio al sistema global y de ella depende. Prueba de eso son las investigaciones de cadenas productivas de la ONG Repórter Brasil realizadas desde 2003: ellas muestran como mercancías producidas en propiedades que utilizaron mano-de-obra esclava son vendidas para la industria y el comercio dentro y fuera de Brasil.

 

Liberación de trabajadores esclavos

Liberación de trabajadores esclavos


El capitalismo necesita de realidades no-capitalistas para desarrollarse. En función de su naturaleza, no admite limitaciones en la adquisición de materia-prima y en la creación de mercados. Es bueno recordar que a lo largo de los siglos, países y corporaciones han ido a la guerra por ese motivo. En un corto espacio de tiempo, de acuerdo con una señalización de demanda de los centros capitalistas nacionales y globales, los emprendimientos agropecuarios son capaces de expandirse sobre áreas, la mayoría de las veces ocupadas por poblaciones que viven sobre un modo de producción no-capitalista. En cuestión de años, surgen grandes haciendas de ganado, cultivos de soya, algodón y caña-de-azúcar, además de carboneras, produciendo materia-prima y géneros alimenticios, donde antes vivían indígenas, campesinos, comunidades quilombolas o rivereñas. En esa expansión, coexiste tecnología de punta, vendida y financiada por los mismos centros capitalistas nacionales y globales, y formas ilegales de trabajo. Lo que parece contradictorio en verdad expresa un proceso fundamental para el desarrollo de esos emprendimientos, acelerando sus ganancias y garantizando la capacidad de concurrencia.

La utilización del trabajo esclavo contemporáneo no es resquicio de prácticas arcaicas que sobrevivieron a la introducción del capitalismo, pero sí un instrumento utilizado por el proprio capital para facilitar la acumulación en su proceso de expansión. La súper explotación de trabajo, de la cual la esclavitud es su forma más cruel, es deliberadamente utilizada en determinadas regiones y circunstancias como parte integrante e instrumento del capital. Sin ella, emprendimientos más atrasados no tendrían la misma capacidad de concurrir en la economía globalizada.

 

Trabajador torturado en hacienda del Pará, Brasil

Trabajador torturado en hacienda del Pará, Brasil

Sin tierra y sin empleo, los trabajadores son empujados a los brazos del que contrata mano-de-obra del hacendado, el intermediario (”gato”), no recibiendo garantías de que las promesas dadas en el momento del reclutamiento serán cumplidas. Basado en un contexto de fragilidad social y desempleo promovido por el proprio capital, el capitalista puede utilizar la mano-de-obra necesaria pagando el monto que desea. Que puede ser nada en el caso del trabajo esclavo.

Las propiedades rurales más atrasadas desde el punto de vista tecnológico tienden a compensar esa diferencia a través de una constante reducción de la participación de “trabajo” en su precio total. Simulan de esa forma una composición orgánica del capital de un emprendimiento más moderno, en que la disminución de la participación del valor del trabajo es a través del desarrollo tecnológico. En otras palabras, hay hacendados que ignoran las reglas, no invierten nada de su propio bolso y retiran el cuero del trabajador para poder bajar costos y concurrir en el mercado. Otros se aprovechan de eso no para generar competencia, sino para embolsarse dinero durante un periodo de tiempo (y después cambiar trabajadores por recolectores), o cambiar cada año su carro importado, tener una casa en la playa y, en fin, conquistar una vida de reyes a costa del sufrimiento y muerte de terceros.

Parte del Estado ha desempeñado un importante papel en ese proceso al garantizar las condiciones estructurales y la seguridad para posibilitar el crecimiento económico a cualquier precio. Es decir, ha garantizado que ese ciclo de explotación continúe. Propietarios rurales que utilizaron mano-de-obra esclava poseen una representación política o participan directa o indirectamente de las decisiones que protegen ese modelo.

Del otro lado de la moneda, hay sectores del Estado que son actores fundamentales en el combate a la esclavitud. Los grupos móviles de fiscalización, formados por el Ministerio de Trabajo y del Empleo, Ministerio Público del Trabajo y la Policía Federal, han actuado constantemente en la liberación de esclavos. Indemnizaciones millonarias contra hacendados vienen siendo concedidas por la Justicia de Trabajo atendiendo a acciones de procuradores – la mayor de ellas en el valor de 5 millones de reales fue confirmada en agosto pasado. Hacendados comenzaron a ser condenados en cadena por trabajo esclavo debido a la dedicación de algunos procuradores de la República y jueces federales. Empresas firmadas del Pacto Nacional por la Erradicación del Trabajo Esclavo han promovido boicotees a las personas y empresas que están en la “lista sucia”, registro del gobierno brasileño de quien se utilizo de esa forma de mano-de-obra.

 

Trabajador en situación de esclavitud que fue rescatado

Trabajador en situación de esclavitud que fue rescatado

Con todo, eso es poco. Y no por cuenta de las denuncias que nunca fueron atendidas o de aquellas que ni llegaron a ser hechas, sino porque, en ninguna momento, el Estado ha actuado para desestructurar las condiciones necesarias al surgimiento de esclavos, como la concentración de tierras y de medios de producción en el campo en las manos de pocos. Mucho menos garantizar los derechos de las poblaciones tradicionales (que también son víctimas del trabajo esclavo) a sus tierras, donde podrían producir y vivir.

El trabajo esclavo contemporáneo no es una enfermedad, pero si una fiebre, el síntoma de un problema mayor que se manifestó en la expansión o modernización de emprendimientos agropecuarios y extrativistas. Por lo tanto, su erradicación no vendrá apenas con la liberación de trabajadores, equivalente a un remedio para el dolor de cabeza en un caso de malaria, necesario pero paliativo. Erradicar el trabajo esclavo contemporáneo pasa por un cambio profundo que altere la lógica del capital.

 

Liberación de trabajadores esclavos

Liberación de trabajadores esclavos

En ese contexto, la Comisión Pastoral de la Tierra, el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra, entre otros movimientos sociales, sindicatos de trabajadores rurales, asociaciones de economía solidaria y organizaciones no-gubernamentales, defienden la realización de una amplia reforma agraria como elemento fundamental en el combate a la esclavitud.

La distribución de tierra no es el remedio para el problema de explotación del trabajo en el país. Pero representa un cambio en nuestro modelo de desarrollo excluyente, concentrador, racista, y violento. Aunque parcial, la socialización de los medios de producción en el campo significaría un pesado golpe en el capital que, directa o indirectamente, se aprovecha de la mano-de-obra disponible para super explotarla. De la misma forma, la garantía de tierras a indígenas, quilombolas y ribereños seria una señal de que la convivencia del Estado con quien roba tierras públicas o invade aéreas de poblaciones tradicionales tendría limites.

 

Tienda y trabajadores en medio de la foresta devastada

Tienda y trabajadores en medio de la foresta devastada

Una reforma agraria real no representaría el fin de la transformación de seres humanos en instrumentos descartables de trabajo. Pero seria una señal de que no necesitamos esperar a que la expansión del capital absorba todas las realidades externas a él, cerrando por fin la última frontera agrícola del planeta y llevándola a su propio colapso. En otras palabras, no necesitaremos esperar a que la bestia-fiera del capitalismo se coma todo a su alrededor hasta que ella misma muera de hambre. La clase trabajadora puede intervenir en la aparentemente inexorable marcha de la historia, libertándose de los que la esclavizan y construyendo su proprio destino.

 

 

 

 

Uma análise a partir do caso brasileiro

Trabalho escravo contemporâneo, fruto do capitalismo

A superexploração do trabalho, da qual a escravidão é sua forma mais cruel, é deliberadamente utilizada em determinadas regiões e circunstâncias para reduzir o preço da mercadoria. Erradicar o trabalho escravo contemporâneo passa por uma mudança profunda que altere a lógica do capital.

Leonardo Sakamoto

Fotos: Leonardo Sakamoto, STRTE-PA/Divulgação y MTE/ Divulgação

São Paulo, Brasil. A cada ano, milhares de trabalhadores rurais vindos de regiões pobres do país são obrigados a trabalhar em fazendas e carvoarias. Submetidos a condições degradantes de serviço e impedidos de romper a relação com o empregador, eles permanecem presos até que terminem a tarefa para a qual foram aliciados, sob ameaças que vão de torturas psicológicas a espancamentos e assassinatos. No Brasil, essa forma de exploração é chamada de escravidão contemporânea, nova escravidão, ou, ainda,trabalho análogo ao escravo.

Sua natureza econômica difere da escravidão da Antiguidade clássica e da escravidão moderna, mas o tratamento desumano, a restrição à liberdade e o processo de “coisificação” são similares. O número de trabalhadores envolvidos é relativamente pequeno, porém não desprezível: de 1995 – quando o sistema de combate ao trabalho escravo contemporâneo foi criado pelo governo federal – até agora, cerca de 40 mil pessoas foram encontradas nessa situação, de acordo com dados da
Comissão Pastoral da Terra.

A incidência de escravidão contemporânea na cana, no gado, na produção de soja, milho, arroz, feijão, algodão, frutas, na extração de madeira, na fabricação de carvão vegetal está concentrada nas regiões de expansão agropecuária da Amazônia, do Cerrado e do Pantanal. Contudo, há casos confirmados nos Estados de São Paulo, Rio de Janeiro, Minas Gerais e Rio Grande do Sul, o que demonstra que a origem desse fenômeno não está vinculada apenas à fronteira agrícola, mas a outro elemento que perpassa realidades sociais diferentes. Que elemento é este? O que garante que práticas que pareciam extintas, vinculadas a relações de trabalho que aparentemente foram destruídos pelo avanço do capital, continuem existindo?

Os relatórios de fiscalização do Ministério do Trabalho mostram que os empregadores envolvidos nesse tipo de exploração não são pequenos sitiantes isolados economicamente do restante da sociedade, mas na maioria das vezes, latifundiários, muitos deles produzindo com tecnologia de ponta. Afinal, não importa que a fazenda esteja escondida no meio da fronteira agrícola, ela estará conectada pelo comércio ao sistema global e dele dependente. Prova disso são as pesquisas de cadeias produtivas da ONG Repórter Brasil realizadas desde 2003: elas mostram como mercadorias produzidas em propriedades que utilizaram mão-de-obra escrava são vendidas para a indústria e o comércio dentro e fora do Brasil.

O capitalismo precisa de realidades não-capitalistas para se desenvolver. Em função de sua natureza, não admite limitações na aquisição de matéria-prima e na criação de mercados. Vale lembrar que ao longo de séculos, países e corporações têm ido à guerra por esse motivo. Em um curto espaço de tempo, de acordo com uma sinalização de demanda dos centros capitalistas nacionais e globais, os empreendimentos agropecuários são capazes de se expandir sobre áreas, na maioria das vezes, ocupadas por populações que vivem sob um modo de produção não-capitalista. Em questão de anos, surgem grandes fazendas de gado, lavouras de soja, algodão e cana-de-açúcar, além de carvoarias, produzindo matéria-prima e gêneros alimentícios, onde antes viviam indígenas, camponeses, comunidades quilombolas ou ribeirinhas.
Nessa expansão, coexistem tecnologia de ponta, vendida e financiada pelos mesmos centros capitalistas nacionais e globais, e formas ilegais de trabalho. O que parece contraditório na verdade
expressa um processo fundamental para o desenvolvimento desses empreendimentos, acelerando seus ganhos e garantindo a capacidade de concorrência.

A utilização de trabalho escravo contemporâneo não é resquício de práticas arcaicas que sobreviveram à introdução do capitalismo, mas sim um instrumento utilizado pelo próprio capital para facilitar a acumulação em seu processo de expansão. A superexploração do trabalho, da qual a escravidão é sua forma mais cruel, é deliberadamente utilizada em determinadas regiões e circunstâncias como parte integrante e instrumento do capital. Sem ela, empreendimentos mais atrasados não teriam a mesma capacidade de concorrer na economia globalizada.

Sem terra e sem emprego, os trabalhadores são empurrados para os braços do contratador de mão-de-obra do fazendeiro, o famigerado “gato”, mesmo não recebendo garantias de que as promessas dadas no momento do recrutamento serão cumpridas. Baseado em um contexto de fragilidade social e desemprego promovido pelo próprio capital, o capitalista pode utilizar a mão-de-obra necessária pagando o montante que desejar. Que pode ser nada no caso do trabalho escravo.

As propriedades rurais mais atrasadas do ponto de vista tecnológico tendem a compensar essa diferença através de uma constante redução da participação do “trabalho” no seu custo total. Simulam dessa forma uma composição orgânica do capital de um empreendimento mais moderno, em que a diminuição da participação do custo do trabalho através do desenvolvimento tecnógico. Em outras palavras, há fazendeiros que ignoram as regras, não investem nada do próprio bolso e retiram couro do trabalhador para poder baixar custos e concorrer no mercado. Outros se aproveitam disso não para gerar competitividade, mas para embolsar dinheiro durante um período de tempo (e depois trocar trabalhadores por colheitadeiras) ou trocar todo ano seu carro importado, ter uma casa na praia, enfim, conquistar uma vida de rei às custas de sofrimento e morte de terceiros.

Parte do Estado tem desempenhado um importante papel nesse processo ao garantir as condições estruturais e a segurança para possibilitar o crescimento econômico a qualquer custo. Ou seja, tem garantido que esse ciclo de exploração continue. Proprietários rurais que utilizaram mão-de-obra escrava possuem representação política ou participam direta ou indiretamente das decisões que protegem esse modelo.

Do outro lado da moeda, há setores do Estado que são atores fundamentais no combate à escravidão. Os grupos móveis de fiscalização, formados pelo Ministério do Trabalho e Emprego, Ministério Público do Trabalho e Polícia Federal, têm atuado constantemente na libertação de escravos. Indenizações milionárias contra fazendeiros vêm sendo concedidas pela Justiça do Trabalho atendendo a ações de procuradores – a maior delas no valor de R$ 5 milhões confirmada no mês passado. Fazendeiros começam a ser condenados à cadeia por trabalho escravo devido à dedicação de alguns procuradores da República e juízes federais. Empresas signatárias do Pacto Nacional pela Erradicação do Trabalho Escravo têm promovido boicotes às pessoas e empresas que estão na “lista suja”, cadastro do governo brasileiro de quem se utilizou dessa forma de mão-de-obra.

Contudo, isso é pouco. E não por conta das denúncias que nunca foram atendidas ou daquelas que nem chegaram a ser feitas. Mas porque, em nenhum momento, o Estado tem atuado para desestruturar as condições necessárias ao surgimento de escravos, como a concentração de terras e de meios de produção no campo nas mãos de poucos. Muito menos garantir os direitos das populações tradicionais (que também são vítimas do trabalho escravo) às suas terras, onde poderiam produzir e viver.

O trabalho escravo contemporâneo não é uma doença, mas sim uma febre, o sintoma de um problema maior que se manifesta na expansão ou modernização de empreendimentos agropecuários e extrativistas. Portanto, a sua erradicação não virá apenas com a libertação de trabalhadores, equivalentes a uma remédio para dor de cabeça em um caso de malaria – necessário, mas paliativo. Erradicar o trabalho escravo contemporâneo passa por uma mudança profunda que altere a lógica do capital.

Nesse contexto, a Comissão Pastoral da Terra, o Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra, entre outros movimentos sociais, sindicatos de trabalhadores rurais, associações de economia solidária e organizações não-governamentais defendem a realização de uma ampla reforma agrária como elemento fundamental no combate à escravidão.

A distribuição de terra não é a panacéia para o problema da exploração do trabalho no país. Mas ela representa uma mudança em nosso modelo de desenvolvimento, excludente, concentrador, racista, violento. Mesmo que parcial, a socialização dos meios de produção no campo significaria um pesado golpe no capital que, direta ou indiretamente, se aproveita da mão-de-obra disponível para superexplorá-la. Da mesma forma, a garantia de terras a indígenas, quilombolas e ribeirinhos seria um sinal de que a conivência do Estado com quem rouba terras públicas ou invade áreas de populações tradicionais teria limites.

Uma reforma agrária real não representaria o fim da transformação de seres humanos em instrumentos descartáveis de trabalho. Mas seria um sinal de que não precisaríamos esperar que a expansão do capital absorvesse todas as realidades externas a ele, fechando por fim a última fronteira agrícola do planeta e levando ao seu próprio colapso. Em outras palavras, não precisaríamos esperar que a besta-fera do capitalismo comesse tudo à sua volta até morrer ele próprio de fome. A classe trabalhadora pode intervir na aparentemente inexorável marcha da história, libertando-se dos que a escravizam e produzindo seu próprio destino.

 

(*) Leonardo Sakamoto é jornalista, doutor em Ciência Política e coordenador da ONG Repórter Brasil.

 

Tomado de Desinformémonos

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