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El polvorín

Túnez: ¿un nuevo modelo para el mundo árabe?

17 Marzo 2012 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

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Santiago Alba Rico*

Viernes 16 de marzo de 2012

El martes día 22 de noviembre se celebró en Túnez la solemne sesión inaugural de la Asamblea Constituyente, acto mediante el cual, al menos formalmente, se coronaba y se cerraba la revolución iniciada el 17 de diciembre del 2010, con la inmolación de Mohamed Bouazizi en la ciudad de Sidi Bouzid, una de las zonas más deprimidas del país. Tras el derrocamiento el 14 de enero del dictador Ben Ali, la Asamblea Constituyente había sido una de las reivindicaciones fundamentales de la llamada Segunda Qasba, la ocupación por parte de miles de personas, entre el 21 de febrero y el 3 de marzo, de uno de los centros simbólicos del poder político, sede del palacio del primer ministro. Esa poderosa movilización marcó, de algún modo, la parcial victoria del pueblo sobre el antiguo régimen, pero también la politización convencional, muy veloz, de un movimiento que había surgido de manera espontánea, reclamando dignidad y democracia, al margen de partidos y organizaciones.


Un mes antes de la inauguración de la Constituyente, el 23 de octubre, se celebraron las elecciones con los resultados más o menos previstos. La clara victoria del partido islamista Nahda, con 89 escaños, fue quizás más abultada de lo que anunciaban las siempre imprecisas encuestas oficiales, pero ha sido coherente con las expectativas señaladas por los propios líderes del partido en los días previos a la votación y con las estadísticas que cualquier observador imparcial podía elaborar a partir de conversaciones en la calle y visitas a los barrios populares. Nos guste o no, hay algo hasta saludable y racional en esta orientación de la mayoría de los ciudadanos tunecinos: Nahda es un partido islámico en un país musulmán; es un partido democrático en un país que se alzó contra la dictadura; es un partido sometido durante años a persecución en un país que rechaza cualquier sombra del antiguo régimen; es un partido “populista” en un país dominado por problemas económicos y sociales. AYLA. FUENTE www.flicrk.com Es, sobre todo, un partido que, por todas las razones anteriormente mencionadas, aparece a los ojos de un gran número de tunecinos, muchos de ellos abiertamente laicos, como el único capaz de luchar contra la corrupción, una de las causas del malestar popular que desencadenó el levantamiento de diciembre-enero. Sus votantes pertenecen a todas las clases sociales, pero hay que decir que Nahda, que ha contado sin duda con la ventaja de una disciplinada organización y un fuerte financiamiento externo, tiene una fuerte presencia en los barrios más populares y las ciudades más castigadas del interior. Como bien explica el analista tunecino Khaled Chaukat en un artículo de título elocuente (“Muerte y nacimiento de la izquierda”), la izquierda ha entregado su territorio tradicional (el de las clases más desfavorecidas) para centrarse en una defensa del laicismo que los sectores populares identifican con las elites urbanas y la influencia occidental.

Esta es, sin duda. la gran equivocación que explica el descalabro de los partidos de oposición legales bajo Ben Alí, a los que hace seis meses se consideraba en situación privilegiada para abordar la transición. El Partido Democrático Progresista de Najib Chebbi, un liberal de centro izquierda que Estados Unidos favoreció durante años como recambio posible al dictador y al que todos aupaban a la segunda posición muy cerca de Nahda, solo pudo alcanzar la quinta plaza con un misérrimo 8 por ciento (16 escaños) mientras que el Polo Democrático Modernista, la coalición apoyada desde fuera por el PSOE y aglutinada en torno al movimiento Tajdid (Renovación, el ex-PC tunecino), rayó apenas el 3 por ciento, obteniendo 5 escaños. Ambas fuerzas pagaron su reformismo bajo la dictadura, así como su oportunista participación en el primer gobierno provisional tras el 14 de enero, derrocado por la Primera Qasba. Pero pagaron sobre todo su insistencia en polarizar a la sociedad tunecina en torno a la defensa del laicismo, que nadie había cuestionado, provocando de alguna manera un voto a la contra y contribuyendo, de esta manera, a la victoria de los islamistas.

RESULTADO ELECTORAL, POCAS SORPRESAS

La voluntad de ruptura con el régimen de Ben Ali se demuestra, por lo demás, en el consistente resultado del Congreso por la República y de Ettakatol (Bloque por el Trabajo y las Libertades), segunda y tercera fuerzas con 29 y 21 escaños respectivamente. Moncef Marzouki, líder prestigioso del CPR, un honesto defensor de los DDHH vinculado a la izquierda nacionalista, no hizo jamás concesiones a la dictadura y ocupará en el gobierno de coalición (encargado de gestionar el país mientras se redacta la nueva constitución) el cargo de presidente de la República. Lo mismo puede decirse de Ben Jaafer, el dirigente socialdemócrata de Ettakatol, elegido presidente de la Asamblea Constituyente.

En cuanto a los resultados de la izquierda marxista, han sido muy decepcionantes y no pueden explicarse solamente, o apenas, por las pequeñas irregularidades denunciadas ni por las desventajas mediáticas y financieras durante la campaña. Todavía la víspera de las elecciones, en una alucinación de entusiasmo, fruto del mucho trabajo invertido en los últimos meses, llevaba al Partido Comunista Obrero de Túnez a especular con un 10 por ciento de los votos. Los 3 escaños alcanzados finalmente recompensan de forma muy cicatera los años de lucha contra la dictadura y demuestran el desplazamiento histórico hacia el islamismo de los potenciales partisanos del socialismo. En todo caso, una buena parte de la abstención (en torno al 45 por ciento) es la respuesta a la disolución del Frente 14 de Enero, una prometedora coalición de fuerzas marxistas y panarabistas creada a finales de enero (y de la que formaba parte del PCOT), que había despertado una gran entusiasmo entre los sectores populares y juveniles comprometidos en las jornadas revolucionarias. La única verdadera sorpresa de las elecciones, y muy grande, fue la irrupción en la Asamblea, con 25 escaños, de la lista independiente Petición Popular. Encabezada por Hechmi Hamdi, millonario propietario de una televisión satelitar con sede en Londres (Mustakila), su candidatura se vincula con el aparato de la dictadura y el periódico Le temps asegura que el propio Ben Ali le apoyaría desde su exilio en Arabia Saudí. Las muchas irregularidades cometidas durante la jornada electoral llevaron a la Alta Instancia Electoral Independiente a anular sus resultados en seis circunscripciones, incluida la de Sidi Bouzid, la ciudad donde y donde Petición Popular, paradójicamente, habría desbancado a Nahda de la primera posición. Durante dos días, la ciudad del mártir Bouazizi registró violentos enfrentamientos, detrás de los cuales, no sin razón, se ha querido ver la mano negra de los viejos recedistas, como lo demostraría el incendio muy selectivo de archivos judiciales.

ES SOLO EL COMIENZO

¿Qué lecciones podemos sacar de estos resultados? ¿Deben alegrarnos o no? Algunos analistas y medios de comunicación alimentan ya el temor a un gobierno islámico radical, en un retorno inquietante de la islamofobia que abortó la victoria del FIS en Argelia en 1991; otros, más realistas, desde la derecha o desde la izquierda, insisten, al contrario, en que poco o nada ha cambiado o va a cambiar tras la revolución y las elecciones a la Constituyente. Ambas posiciones se equivocan. Nahda, un partido pragmático (más que moderado), con buenas relaciones ya con las fuerzas políticas reaccionarias europeas y estadounidenses, incluido el Vaticano, está sometido a demasiadas presiones externas e internas (también las de sus propios votantes revolucionarios) como para permitirse ir demasiado lejos en ninguna dirección. Su coalición de gobierno con las fuerzas izquierdistas, con las que forma una abrumadora mayoría “rupturista”, al menos a nivel simbólico, se basa no solo en el temor a “quemarse” en solitario durante el período constituyente sino también, y de forma más decisiva, en la conciencia del nuevo marco geoestratégico regional y global y del despertar inesperado del poder popular.

La lucha no ha hecho más que empezar. Que Nahda sea aceptado y quizás digerido por las potencias occidentales, como lo demuestran las declaraciones de dirigentes estadounidenses y europeos, no debe hacer olvidar que el choque (un choque inmenso) ya se ha producido. Baste pensar que la Unión Europea y Estados Unidos apoyaron durante años una dictadura feroz para impedir precisamente que gobernara el partido que hoy ha ganado las elecciones tras una revolución popular. Veinte años después del golpe de estado contra el FIS en Argelia, es la presión popular y su reclamación de verdadera democracia la que impone a esas mismas potencias un islamismo a su vez renovado, consciente de la autonomía del impulso social. Túnez ha cambiado ya las reglas del juego en el Norte de África y en todo el mundo árabe y, a la espera del desenlace de los dolorosos y quizás apocalípticos procesos abiertos en otras partes, no cabe descartar la configuración en los próximos años de una especie de nuevo califato, guiado por una Turquía semi-independiente (y no por Arabia Saudí), de corte democrático, moderno y más o menos contrahegemónico. Las declaraciones, el 19 de noviembre, del nuevo primer ministro islamista, Hamadi Jebali, en torno al establecimiento de un Sexto Califato, indican una tendencia y un nuevo diseño geoestratégico general. De momento, Túnez es el laboratorio para una nueva gestión del mundo árabe, así como un foco de contagio para toda la región. Ala espera de lo que ocurra en Egipto, las elecciones marroquíes del pasado 25 de noviembre, con el triunfo del partido islamista Justicia y Desarrollo, así lo señalan.

Entre tanto, quedan los que no se sienten representados en la Asamblea Constituyente. La alta participación, también inesperada, no debe hacer olvidar que, en cualquier caso, la abstención alcanzó el 45 por ciento del cuerpo electoral. Aparte de algunos grupúsculos de extrema izquierda, lúcidamente equivocados, y la ultraderecha islamista del movimiento Tahrir, la mayor parte de esa abstención no obedece a una consigna consciente sino a la decepción, desconfianza o indiferencia de esos mismos jóvenes que en enero afrontaron la muerte para cambiar el país y que diez meses después siguen padeciendo el mismo paro, la misma represión y la misma miseria vital. La coalición encabezada por Nahda tendrá que contar con ellos si quiere mantenerse en el poder.

EL PUEBLO VIGILA

El martes 22 de noviembre, frente al palacio del Bardo donde se reunía por primera vez la Asamblea Constituyente, se concentraron también dos mil personas para recordar a los diputados que el pueblo va a estar vigilando su trabajo. Basta repasar las consignas y pancartas exhibidas por la multitud para medir todo lo que se espera de ellos y la dificultad de su misión. “Dignidad, libertad y justicia social”, los tres principios en nombre de los cuales se levantaron los tunecinos en un país en el que, desde la salida de Ben Alí, no han dejado de agravarse los problemas sociales y económicos: aumento del precio de los alimentos, paro, exclusión social, emigración. “No a la tortura; depuración del ministerio del interior”, porque el aparato policial de la dictadura sigue intacto y practica la misma política represiva. “Justicia para nuestros mártires”, porque está también pendiente la depuración de los tribunales, el procesamientos de los responsables y la satisfacción de las demandas de las víctimas de la represión. “No a los medios de Ben Ali”, porque también es necesario renovar por completo los medios de comunicación para garantizar una verdadera libertad de expresión. “Fuera Qatar, Arabia Saudí y Estados Unidos; soberanía nacional”, porque inquieta sobremanera la servidumbre de Nahda a intereses extranjeros, especialmente a la pequeña pero poderosa Qatar, cuya intervención en el Norte de África es cada vez más patente. “Igualdad de género y defensa de los derechos de la mujer”, porque, a pesar de las declaraciones de Nahda comprometiéndose a respetar el Código del Estatuto Personal, las mujeres tunecinas, cuya contribución a la revolución nadie puede ignorar, quieren conservar y ampliar sus conquistas seculares. Es probable que a los tunecinos se les permita tener más democracia que a los bahreiníes, los egipcios, los sirios o los yemeníes, pero es seguro que tendrán que defenderla. En Túnez, como en el resto del mundo árabe, todo acaba de empezar.❑

 

 

Revista Pueblos

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