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El polvorín

Túpac Katari, alma de la rebeldía aymara

7 Diciembre 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

 

Revista 7 Dias

Edwin Conde Villarreal*

En una carta fechada en 29 de abril de 1781, el comandante Segurola le dice a Túpac Katari que a los españoles les ha de pesar el querer propasarse porque “en lo tocante a las providencias las tengo sobresalientes, pues yo soy mandado de Dios, que ninguno tiene potestad de hacerme nada, y así me parece todo lo que digo es palabra del Espíritu Santo…”. Pero la rebelión indígena ya había comenzado con una impresionante convocatoria de más de 40 mil hombres que planificaron y devastaron la hoyada paceña con dos cercos; el levantamiento de Katari estaba destinado a recuperar la dignidad e identidad de la nación aymara.

Túpac Amaru, descendiente del inca Túpac Amaru I, que fue asesinado por el virrey Francisco de Toledo en 1572, planificó entre 1780 y 1781 un levantamiento en el Perú para la eliminación de la mita, la recuperación de la tierra para los indígenas y la expulsión de todos los españoles peninsulares (nacidos en España). Pero ya en 1778 el indio Tomás Catari, del ayllu de Collana, fue a pie hasta el Virreinato de Buenos Aires del que dependía Charcas para reclamar la restitución de su cacicazgo, posteriormente fue asesinado en una emboscada.

Julián Apaza, casi con 30 años, un indígena sin ninguna autoridad, asume la rebeldía libertadora de ambos revolucionarios nativos al autonombrarse Túpac Katari. El oidor español Francisco Tadeo Diez de Medina, conocedor del aymara y quechua, menciona en un fragmento de sus escritos –que coinciden con los diarios del cerco a La Paz– que Julián Apaza sostenía siempre que su autoridad emanaba de delegaciones o encargos que le han hecho los dos jefes rebeldes indígenas. “Túpac significa brillante, relumbrante, en quechua y en aymara; Amaru en quechua es serpiente, y serpiente en aymara es Katari”, concluye Diez de Medina y explica que el origen del nombre que eligió el caudillo proviene de una necesidad casi mágica de apropiarse de las características de ambos caciques.

Los levantamientos indigenales de 1780-1781 en Perú y Alto Perú no pueden ser considerados los primeros ni los únicos en la región. A partir de 1572, cuando se produjo la sublevación de Túpac Amaru I, que fue reprimida de forma violenta por el virrey Toledo, se iniciaba ya un largo proceso de sublevaciones en los Andes.

En un estudio histórico de las sublevaciones indígenas en La Paz, basado en los relatos de la época y en el principal oidor Francisco Tadeo Diez de Medina, la escritora María Eugenia del Valle dice en su obra Historia de la Rebelión de Túpac Catari 1781-1782 que en las provincias de Larecaja, Omasuyos, Pacajes, Sica Sica, Yungas y La Paz, es decir, en tierras del Collao habitadas por población aymara con escepción de ciertas islas de población quechua (Charazani y Mocomoco, se produjo una rebelión, fundamentalmente de carácter rural, campesina, “simplemente porque las filas de los hombres que se alzaron estaban formadas y dirigidas especialmente por gente procedente del agro”.

El movimiento fue popular –dice la historiadora en su obra– porque no participaron en ella caciques ni grandes propietarios, ni ganaderos, ni “traficantes de nota”. Y fue indígena porque el ingrediente humano era principalmente aymara en las filas, y aymara-quechua en la dirigencia. El elemento mestizo no alcanzó la importancia que tuvo en el Perú, viéndose limitada su intervención en las actividades de amanuenses o escribanos, fusileros o sirvientes, añade Del Valle.

La historiadora mantuvo una posición en su estudio –que se remonta hace dos décadas–, en el que explica: “se diría que el factor indígena –en la sublevación– está manifestado solamente en lo que se refiere a la realidad somática, política e idiomática, puesto que aquí como en Perú se piensa que la utópica vuelta del inca o por lo menos en la salida de los españoles, lo que no implica tampoco un borrar la tradición hispánica impuesta para volver a los cuadros del incario, sino más bien una indigenización de aquella administración que puede funcionar en beneficio de los rebeldes victoriosos, si se corta el cordón umbilical con la metrópoli española”.

Pero en la obra Indios y Esclavos en Armas, de Eusebio Gironda, el autor se refiere a la existencia de una autodeterminación política de lucha en las sublevaciones indígenas de 1781-1782. “Una característica esencial y la que distingue en la lucha de Túpac Katari, frente a los otros caudillos indios, es su planteamiento de autodeterminación política de los pueblos indígenas del Alto Perú de la tutela de los españoles en el hemisferio. En ninguna de las acciones tanto en Chayanta o el Cuzco –donde ya se habían sublevado los indios– se advierte este criterio esencialmente político. Lo que significa un formidable planteamiento estratégico”. Ya no se trata –dice Gironda– de tal o cual petición, de este o aquel problema, sino de una cuestión nodal que pretendía la expulsión de los ibéricos de tierras americanas y restablecer el poder indígena y gobierno propio.

Para Gironda, con esta postura Túpac Katari va a transformar profundamente la teoría política de nuestro tiempo, porque hasta ahora sólo se trataba de visiones parciales sin mucho fundamento y lejos de la realidad histórica.

Hace dos décadas aproximadamente, algunos historiadores como Del Valle consideraron que en la sublevación de Túpac Katari se evidenció la carencia de la permanencia ancestral, aunque ella supone, sin embargo, “una vuelta consciente ni inconsciente a los valores de la herencia cultural aymara o quechua. Difícilmente se encuentra en la documentación existente algún dato que muestre la aparición de testimonios de una permanencia ancestral en las creencias míticas o religiosas”.

Gironda considera en su reciente publicación –Indios y esclavos en armas– que una parte de las sublevaciones se guió por asuntos de orden económico, administrativo, laboral o abusos de corregidores, pero –destaca el autor– que el planteamiento de Túpac Katari, además de éstos, delineó tácticas y estrategias para enfrentar a los españoles y lograr su expulsión del continente.

El escritor menciona que la guerra sostenida por Katari y los otros caudillos era una irregular, no convencional, por eso las tácticas y las estrategias pueden haber variado constantemente. En los cercos a La Paz se aplica la guerra de posiciones, porque el enemigo no era fuerte, estaba escaso de gente, municiones y comida, sin posibilidades de salir por otras vías, sin ser aniquilado, menciona Gironda.

Sebastián de Segurola describe en sus Diarios de los Cercos a La Paz que el caudillo indígena organizaba un hostigamiento diario, permanente y continuo por tiempos medidos, con bullicios y alborotos, agitando banderas de colores y disparos de piedra y fusil. “Amenazan, envían cartas y mensajes al corregidor, obispo y otras autoridades, además de aparecer –Katari y Bartolina– de vez en cuando, cabalgando caballos y mulas bien enjaezados y acompañados de numerosos indios para ubicarse en lugares visibles en la ciudad”, menciona en sus escritos Segurola.

El primer cerco a La Paz se inicia el 13 de marzo de 1781 y se prolonga hasta el 30 de junio del mismo año. Los insurgentes empiezan el cerco armados de hondas, flechas, lanzas, palos y cuchillos elaborados de forma casera, y algunos arcabuces, escopetas, pedreros... El segundo cerco se inicia el 4 de agosto y concluye el 17 de octubre de 1781.

En uno de los diarios se describe de modo impresionante el relato que dice: “Se arrastraban, entonces, los cuerpos ya medio vestidos o desnudos en el todo, y como cayesen…al desamparo y la vergüenza, se hacían ciertos montones de ellos, en cuya vista se graduaban los fosos que se abrieron…pues sentados se quedaban muertos. En la ciudad se produjo una fetidez inaguantable… (Los vivos comían) cueros, zurrones y petacas, gatos, mulas y otros animales inmundos…desesperados se dedicaron a la antropofagia, así como a la búsqueda de granos que quedaban sin digerir entre los excrementos de los muladares. Los perros eran muy apetecidos porque estaban gordos de comer cadáveres”.

El proceso revolucionario conducido por Katari, interpretando correctamente el poder dual, oponía a sus adversarios un nuevo poder con representación genuina y características propias de la fuerza emergente en los Andes. Es la razón por la cual él y su esposa se visten a la usanza de los ibéricos y se hacen llamar rey y virreina, respectivamente, y así firma las cartas enviadas al corregidor Segurola, menciona el escritor Eusebio Gironda.

Katari asoló Sica Sica, Pacajes, Omasuyos, Yungas y la ciudad de La Paz entre febrero y noviembre de 1781. A mediados de marzo, el caudillo indígena –acompañado de su hermana Gregoria Apaza y su mujer Bartolina Sisa– rodeó la villa de La Paz con miles de indios que se asentaron en zonas como El Tejar, Pampahasi y el cerro Quilliquilli; la ciudad fue defendida por el comandante de armas Sebastián de Segurola.

Algunos historiadores han utilizado el argumento de que Katari se burlaba de la religión en su campamento, donde incluso había establecido una especie de capilla para sus oraciones. Gironda considera que éste es un accionar completamente natural de uso político para indios y españoles. Dice que no se debe olvidar que Katari fue sacristán durante varios años en la iglesia de Ayo Ayo, donde se cree que aprendió a rezar.

En los escritos revisados por la historiadora Del Valle se menciona que las autoridades y los vecinos de La Paz señalan a Túpac Katari muchas veces como idólatra, hereje y sacrílego, acusándolo de haber matado a sacerdotes y robado copones, custodias y cálices. Él niega, en cambio, haber matado por sus manos a sacerdote alguno, sindicando como ejecutores de los asesinatos a los indios de diversas comunidades.

En los inventarios de saqueos cometidos por Apaza y su gente figuran muchas veces objetos sagrados, pero generalmente puede demostrarse que estaban destinados a ser obsequiados a algunos eclesiásticos amigos o compadres o, como lo indican diversos testimonios, se consideraba que simplemente se los estaba trasladando desde Santa Bárbara, San Pedro y San Sebastián, parroquias de indios de La Paz, hasta las nuevas capillas de indios que el propio Apaza había hecho levantar.

La historiadora insiste en su obra que Túpac Katari muestra también actitudes de indudable sincretismo religioso al practicar ceremonias del paganismo prehispánico muy explicables en un movimiento mesiánico que quiere motivar un nativismo aymara. En su intento de resucitar la tradición andina, de revalorizar lo aymara y demostrar que, junto a su poder político y militar, posee también una autoridad sobrenatural, promete como Túpac Amaru la resurrección a los que mueran en la lucha e invoca a los antepasados en sus tumbas para que vuelvan a la tierra y combatan en esta guerra libertadora en la que él y los suyos se han empeñado.

La ideología forma parte de la actividad política en sociedades colonizadas por la religión católica, en consecuencia la actitud de Katari estaba enteramente adherida a sus tácticas y estrategias político-militares, dice Gironda.

Considera que es necesario recordar a sus críticos –de Katari– que en la guerra vale todo y todo es necesario si sirve a los objetivos de las partes involucradas en la contienda. El autor menciona que los indios asistían a las confrontaciones y acciones militares liderados por Katari imbuidos por una idea principal y central, y sobre todo esencial: su Estado y gobierno propios. El reino de los indios se vislumbra en cada batalla, en cada encuentro y en cada combate con los ibéricos y sus fuerzas represivas.

La idea del fin de la dominación, la autodeterminación política estaba profundamente arraigada en cada uno de los indios que seguían las acciones del Jach’a Mallku o del gran líder. Los indios ansiaban restablecer su Estado, gobernarse por sí mismos y vivir conforme a sus costumbres milenarias, lejos de los invasores y sus métodos inhumanos. Ése era su reino, su forma de vivir en paz y administrar su vida, sus pueblos y su Estado.

Después del segundo cerco vino la prisión para Bartolina Sisa, la liberación definitiva de la ciudad por el teniente coronel José Reseguín. También se evidencia la traición a Túpac Katari dentro de sus propias filas y su muerte, que fue establecida por Diez de Medina, quien dispuso el descuartizamiento del caudillo. Su cabeza fue exhibida en los altos del cerro de Quilliquilli, el brazo derecho en Achacachi, el izquierdo en Sica Sica, la pierna izquierda en Caquiaviri, la derecha en Chulumani y el tronco del cuerpo reducido a cenizas y esparcido al viento. Bartolina Sisa, quien había conducido a las tropas indígenas, fue ahorcada.

* Es periodista

Tomado de Periódico Boliviano

 

enviado por los compañeros de:

ARG Radio

 

Ver también

Túpac Amaru: El Inca Rebelde

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maria sabina 12/07/2010 22:08



Tupac Katari y Bartolina Sisa


 







Un matrimonio en lucha contra el colonialismo.











Bartolina Sisa y su esposo Túpac Katari, coincidieron con los itinerarios libertarios del arriero José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru) y de los hermanos Dámaso y Tomás Katari de Chayanta, con
quienes aunaron sus propósitos emancipatorios.


Pusieron en pie de guerra a más de ciento cincuenta mil indígenas en toda la región más conflictiva del Perú, La Paz, Oruro, y los valles de Chayanta en Bolivia. El ejército de los Katari-Sisa
que durante el inicio del Sitio de la Ciudad de La Paz (13 de marzo de 1781) contaba con veinte mil combatientes, en muy pocos días se convirtió en cuarenta mil, y al cabo de cinco meses
alcanzaron a ochenta mil.


Al estallar la insurgencia Aimara-Quechua de 1781, mientras su esposo era proclamado Virrey del Inca, ella era proclamada Virreina.


Durante el Cerco (o Sitio) a la Paz, por ejemplo, el nivel jerárquico de la jefatura fue compartido entre Túpac Katari y Bartolina Sisa en igualdad de condiciones. Fue así que Bartolina fue
ampliamente aceptada y reconocida por todos los niveles jefaturales. Fue indudable el respeto, afecto y aprecio a las virtudes de indiscutible liderazgo que despertaron estos jefes guerreros
indígenas.